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Esta página irá incorporando los textos publicados por Arturo Pérez Reverte, con quien me une una cierta afinidad al compartir una muy parecida apreciación de la actualidad.
Por ello y porque entiendo que sus escritos reflejan la realidad social que nos ha tocado vivir, entiendo también que resulte gratificante su lectura |

06/02/2012
Urbanismo de género (y génera)
Es cierto que, en materia de latrocinio y poca vergüenza, la Junta de Andalucía y sus paniaguados a sueldo, que son varios, no van más allá de otros gobiernos autonómicos trufados de golfos y maleantes. También es cierto que en todas partes cuecen siglas partidarias; y que, saqueadores aparte, un elevado número de tontos del ciruelo por metro cuadrado, con corbata y coche oficial o como simple infantería, no es exclusivo de ninguna autonomía de esta España discutida y discutible. Sin embargo, respecto al porcentaje de sinvergüenzas y de tontos -incluida la variedad mixta de tontos sinvergüenzas-, el régimen que desde hace tres décadas gobierna Andalucía queda muy bien situado en el palmarés nacional. Aunque ojo. Podrá atribuírsele el logro de una región saqueada, en paro y con índices de indigencia cultural y educativa que a veces lindan con el subdesarrollo; pero ése es detalle que se diluye en el contexto. A ver en qué autonomía no tenemos en nómina -duques y duquesas aparte- a cierto número de políticos ladrones, incompetentes y analfabetos. Sin embargo, lo que no puede regatearse a la Junta andaluza es un lugar de vanguardia en los anales de la imbecilidad oportunista y demagoga de género y génera. Ahí no hay quien moje la oreja a mis primos. Y primas. Nada comparable a una ultrafeminazi andaluza dándole vueltas al magín para justificar las subvenciones que trinca o espera trincar, con un político cerca, en plan compadre y dispuesto a ponerle a tiro el Boletín Oficial.
Déjenme que les cuente la última. O última que me envían. Ahora, con esto de la piratería digital, la poca lectura y la porca miseria, los juntaletras tendremos que buscar la vida en otros pastos. Yo mismo estoy considerando la posibilidad, a mis años provectos, de hacer oposiciones a ingeniero de montes de la Junta de Andalucía, y aplicar allí un sistema contra incendios forestales que llevo años maquinando, y que no sé cómo a nadie se le ha ocurrido proponer todavía para trincar una pasta oficial enorme: un pino, un cortafuegos; un pino, un cortafuegos. A cortafuegos por pino. Cosas más idiotas o descaradas se han subvencionado allí, en cualquier caso. El asunto es que, en el temario de las oposiciones, hallo una perla australiana: el artículo 50.2 de la ley 12/2007 para la Igualdad de Género en Andalucía. Que reza, con dos cojones:
«Los poderes públicos de Andalucía, en coordinación y colaboración con las entidades locales en el territorio andaluz, tendrán en cuenta la perspectiva de género en el diseño de las ciudades, en las políticas urbanas y en la definición y ejecución de los planteamientos urbanísticos».
Aparte de no saber qué relación hay entre ser ingeniero de montes y montañas andaluz y tener perspectiva de género, las preguntas inmediatas son obvias y hasta elementales, querido Watson. Eso, ¿cómo se hace? ¿Cómo se tiene en cuenta la perspectiva de género en el diseño de las ciudades y políticas urbanas? ¿Consultando los arquitectos a las asociaciones radicales feministas antes de trazar calles y plazas, para que les den permiso? ¿Procurando que los pasos de cebra no favorezcan a presuntos maltratadores? ¿Disponiendo aceras paritarias, unas para hombres y otras para mujeres, u obligando a circular por cada vía urbana al mismo número de ellos y ellas? ¿Rebautizando calles para que por cada nombre masculino haya uno femenino? ¿Patrullando con guardias y guardios que, cuando sean policía montada, cabalguen indiscriminadamente caballos machos y yeguas? ¿Procurando que entre los cartones y sacos de dormir que adornan los soportales de la Plaza Mayor de Madrid para deleite de turistas, haya el mismo número de mendigos y mendigas? ¿Que por cada grupo de mariachis, jazz band de ex bolcheviques, o rumano que hace música con vasos de agua, actúe una violinista búlgara, una orquesta de nigerianas o un grupo de mejicanas cantando Allá en el rancho grande? ¿Que cada perroflauta lleve el mismo número de perros que de perras, de flautas que de flautos? ¿Que en los parques juegue por decreto municipal la misma cuota de niños y niñas, y se mantengan turnos rigurosos para columpios y toboganes, con agentes que sancionen a padres y madres, abuelos y abuelas, que incumplan? ¿Que en cada zona de prostitución haya el mismo número de putas que de chaperos? ¿Que nos vayamos todos juntos y juntas a tomar por saco?
Ilústrenme, porfa. Necesito que alguien me lo explique. Ingeniero de montes, recuerden: pinos, cortafuegos. Oposiciones al caer. Me va el futuro en ello.

30/01/2012
La luz de la Bounty

23/01/2012
Sobre libros, cañas y tapas
Unos cazan conejos o venados, y otros cazamos libros. Transcurre una de esas mañanas frías y soleadas de Madrid, cuando las casetas de la cuesta Moyano se alinean en una luz cegadora con sus mostradores y tenderetes llenos de libros de lance. Entre esos naufragios de librerías, pecios de bibliotecas, restos flotantes de vidas y mundos desaparecidos, me muevo atento y sigiloso como un francotirador adiestrado por viejos hábitos. Dispuesto, como estipulan las reglas, a actuar sin piedad frente a otros eventuales cazadores, madrugándoles la pieza codiciada. Llevo así hora y media, mirando, tocando, husmeando como un depredador pertinaz, del mismo modo que mi teckel Sherlock lo haría, si su amo le permitiera hacerlo, tras el rastro de un codiciado jabalí. Con el pálpito en el corazón y el hormigueo en los dedos sucios de buscar y rebuscar que siente todo psicópata de los libros en lugares como éste. Ávido por cazar hasta sin hambre. De colmar el zurrón aunque vaya bien repleto.
Saciado al fin, o casi, cargo con un botín que justifica el paseo: una biografía de Nelson, el Napoleón de Ludwig -lo habré regalado cinco o seis veces-, el Viaje del Parnaso en edición crítica de Rodríguez Marín, la biografía de Engels de Tristam Hunt, tres novelas de Ágatha Christie y una de Eric Ambler. Entre los ocho libros, el desembolso total no llega a los setenta euros. Sabiendo mirar con paciencia y atento a las ediciones de bolsillo, puede comprarse aquí una docena de libros por quince o veinte mortadelos. Eso incluye policíacos o de aventuras y grandes obras de la literatura universal. De Beau Geste o Adiós muñeca a La línea de sombra o Crimen y castigo. Absolutamente todo.
Sin embargo, en este paraíso de libros y felicidad lectora que es la cuesta Moyano, hay cuatro gatos. Menos de treinta personas se mueven por las casetas y los tenderetes. Y eso, en día casi festivo como hoy; en que, con crisis como sin ella, bares y terrazas están llenos. Como de costumbre, la charla con algunos amigos libreros ha sido un rosario de lágrimas y pesares. No se vende un carajo, es frase que lo resume todo. Cada vez viene menos gente, y esto se muere. Y fíjate, añaden, que no hay lugar donde se concentre una oferta cultural tan extraordinaria y barata como ésta. Escuchándolos, recuerdo con amargura una discusión que mantuve hace días en Twitter con algún cantamañanas que argumentaba, en defensa de la piratería salvaje y del todo gratis para todos -confundiendo cultura de fácil acceso con cultura impunemente saqueada-, que los libros son caros y eso justifica trincarlos de Internet por la patilla. Lugares como la cuesta Moyano, las librerías de viejo o las ferias que los libreros de lance organizan con gran esfuerzo en diversos lugares de España, desmienten esa simpleza. Y si es cierto que la novedad editorial alcanza en ocasiones precios indecentes, a quien desea tener un buen libro en las manos le basta darse una vuelta por lugares como éste con diez euros en el bolsillo. O con menos. El precio de una caña y una tapa. Raro sería que no se fuese con tres o cuatro libros. O más. Quien no compra un libro es porque no quiere, o porque no lee. No porque todos los libros sean caros. Así que déjenme de milongas y cuentos chinos.
Aunque, para cuento chino, el de las autoridades municipales con la cuesta Moyano. Durante años, el ex alcalde Ruiz Gallardón desoyó el ruego de los libreros de que, para darle vida a aquello, instalase en el paseo algún chiringuito con terraza, que es lo único que atrae a la peña. Si vienen a tomar copas, argumentaban, algún libro verán, porque estaremos enfrente. El alcalde, naturalmente, se pasó la sugerencia por el forro del bastón municipal, argumentando competencias, permisos y ordenanzas que, por otra parte, nadie opone a la proliferación de bares y terrazas que llenan el centro de la ciudad. Y mucho temo que la nueva alcaldesa haga lo mismo, pues los libros no importan ni a los alcaldes. De todas formas, previne a los amigos de Moyano, cuidado con las ideas, que tienen doble filo. Un concejal avispado puede echar cuentas, concluyendo que el negocio sería mandar a los libreros a tomar por saco y montar en cada caseta un chiringuito de tapas, dándole la concesión a la empresa de algún compadre. De libros, ni rastro; pero la verja del Retiro se pondría de bote en bote, con todo Madrid, turistas incluidos, dándose codazos con una copa en la mano: terrazas llenas, ambientazo, promoción en los telediarios, y muchos puestos de trabajo para camareros, que es la única profesión nacional en auge. Ni crisis, ni leches. La cuesta Moyano, ahora sí, de plena moda. Y viva España.

16/01/2012 Los jóvenes reporteros nunca mueren
Hace unos días volví a ver la película que rodó Gerardo Herrero sobre Territorio comanche; que más que novela era un trozo de memoria personal con la ficción justa para aliñar la cosa. Rodada en escenarios tan naturales como la guerra misma, la película resiste el paso del tiempo; con la particularidad de que, al mostrar un Sarajevo agitado por los últimos coletazos del asedio serbio, contiene un valor documental extraordinario. Por mucho dinero que se metiese en la producción, sería imposible reconstruir hoy el sombrío decorado de esa ciudad destruida y peligrosa. El caso es que he visto de nuevo la película, como digo, refrescando el recuerdo que de ella conservaba: cierta cómica incomodidad cuando Imanol Arias, que en la peli hace de mí, o casi, se muestra demasiado nervioso bajo el fuego -un reportero veterano, le decíamos sin éxito, siente la guerra con los ojos, no con los oídos-, y una sonrisa cómplice ante el modo con que Carmelo Gómez interpreta el papel del cámara de televisión José Luis Márquez; que a mi juicio, y también al del propio Márquez, es una de las mejores interpretaciones de su espléndida carrera de actor.
Estos días también he visto un magnífico documental de Roberto Lozano -Los ojos de la guerra, se titula- sobre los actuales reporteros. Aparte de removerme algunas nostalgias, el documental plantea una pregunta que me hacen con frecuencia: si echo de menos mis tiempos de reportero dicharachero de Barrio Sésamo, y si el periodismo bélico que se hace ahora tiene algo que ver con el de mi generación, la tribu de enviados especiales que, criados al socaire de viejos maestros como Vicente Talón, Manu Leguineche, Enrique Meneses, Tomás Alcoverro o Miguel de la Cuadra, cubrimos conflictos durante el último tercio del siglo pasado. Y mis respuestas a esas preguntas siempre se resumen en una: no lo añoro porque ya no existe, y el periodismo de guerra actual poco tiene que ver con el de ayer. Entonces te perdías dos meses en África y al regreso tu reportaje iba en primera página; mientras que ahora, si tardas minuto y medio en dar una información, ésta se queda vieja porque ya la conoce todo el mundo. El teléfono móvil, la conexión en directo y el ordenador portátil acabaron con los viejos reporteros. Los enviados especiales de la televisión son ahora bustos parlantes de terraza o ventana de hotel, aunque no sea culpa suya: es imposible salir a la calle a buscar información cuando debes entrar veinte veces al día en directo, y a tus jefes interesa más decir «tenemos a alguien allí, o cerca» que lo que ese alguien cuente; pues la misma información ya circula por la Red desde hace rato, gracias a anónimos reporteros ocasionales que cuentan lo que ellos mismos viven. Además, una guerra bien cubierta resulta muy cara de cubrir, y no están los tiempos para alegrías, ni siquiera en los medios públicos. Más, cuando entre una matanza en Damasco y una final del Barça, la peña -que ésa es otra- prefiere ver el fútbol.
Sin embargo, viendo el documental de Roberto Lozano, y gracias a las incursiones que a veces hago en blogs de reporteros independientes que andan por esos mundos buscándose la vida a su aire, compruebo con admiración que el periodismo de guerra no ha desaparecido. Se vuelve más individual, tal vez. Más humilde, peligroso y vocacional. Pero allí donde no llegan los grandes medios informativos, siguen llegando algunos hombres y mujeres, jóvenes por lo general, a quienes el ansia de aventura, la vocación, el cara o cruz de palmar o hacerte una reputación si sobrevives, empuja a coger una mochila y jugársela. Prefiero no estar en la piel de sus padres o de quienes los aman. Su vida es difícil; y sus ganancias, escasas. Ninguna aseguradora se hará responsable de su salud o su vida. Y aunque así fuera, pocos podrían permitírsela. Pero ahí van y ahí siguen, los que aguantan la prueba. El mundo es aún más peligroso que antes, la televisión e Internet volvieron peor y más resabiada a la gente que sufre y muere en lugares extremos; y moverse por donde crujen las costuras del mundo es una osadía suicida. Por eso el auténtico periodismo de guerra lo hacen hoy esos chicos y chicas solitarios y valientes, con sus blogs, sus tuiteos, sus mensajes sobre lo que ven y fotografían en lugares hostiles y remotos. Los últimos grandes reporteros siguen sin ser los últimos: tomaron su relevo estos parias del periodismo que con su tesón y coraje, afrontando la falta de medios, la vida incierta, la desgracia y la muerte propias del oficio -tales son las reglas y el precio de la aventura-, desmienten el viejo dicho de que, en toda guerra, la primera que muere es la Verdad.
09/01/2012
Un marino
decente
Hace tiempo que no tecleo en plan abuelito Cebolleta, contando alguna peripecia histórica. Así que refrescaré una que, en realidad, es epílogo de otra que ya referí hace tres años -Un gudari de Cartagena- sobre el combate del pesquero armado republicano Nabarra con el crucero nacional Canarias durante la Guerra Civil. La acción tuvo lugar cerca del cabo Machichaco; y como señalé en su momento, es mi episodio favorito de la historia naval española del siglo XX. Lo que voy a contarles quizá contribuya a aclarar por qué.
El 5 de marzo de 1937, durante una acción contra un pequeño convoy republicano, las 13.000 toneladas y las cuatro torres dobles del Canarias, capaces de disparar proyectiles de 113 kilos, se enfrentaron a un humilde bacaladero de la Euzkadiko Gudontzidia -ikurriña en la proa y bandera española con franja morada a popa- armado con sólo dos cañones de 101.6 milímetros. El combate fue brutal y sangriento: durante una hora, maniobrando con tenacidad suicida entre una fuerte marejada, el comandante del Nabarra, Enrique Moreno Plaza, un murciano al que la Enciclopedia Auñamendi llama «marino vasco nacido en la Unión» -confirmando, como dice mi amigo el marino y escritor Luis Jar, que los vascos nacen donde les da la gana-, y los cuarenta y ocho hombres de la dotación, lograron arrimarse lo bastante al crucero enemigo para sostener un combate que sus propios adversarios, en el parte oficial, calificarían de «eficaz y admirable». Y al fin, en llamas, sin arriar bandera, el pequeño Nabarra se hundió con treinta hombres a bordo -imposible compararlos con los miserables que hoy se llaman a sí mismos gudaris-, incluido el comandante. Con ellos murió también el cocinero, Pedro Elguezábal, que mientras se iban a pique, animado por una botella de coñac, enseñaba al Canarias un cuchillo desde la borda gritando: «Venid si tenéis huevos, cabrones».
Ésa es la historia que conté hace tres años, aunque en folio y medio no me cabía el epílogo. Uno de esos adversarios que calificaron de eficaz y admirable la hazaña del humilde Nabarra fue el tercer comandante del Canarias, Manuel Calderón. Y ese marino de la escuadra nacional demostró, con su comportamiento tras el combate, una admiración por la valentía del enemigo derrotado, una compasión y una calidad humana que situaron en el mismo plano de grandeza moral, quizá por única vez en la sucia historia de nuestra Guerra Civil, a vencedores y vencidos; sobre todo en lo que se refiere al aspecto naval del conflicto, donde la saña de unos y otros desbordó la infamia, con asesinatos masivos de oficiales en la zona republicana y con una despiadada aplicación de la pena de muerte por parte de los tribunales franquistas a los marinos, mercantes o de guerra, capturados al bando enemigo. Ése fue el caso de los diecinueve supervivientes del Nabarra, que fueron condenados a muerte tras su desembarco y prisión. Y si no se cumplió la sentencia fue gracias a los esfuerzos del comandante del Canarias, capitán de navío Moreno, y sobre todo al tesón de su tercero, el capitán de corbeta Calderón, que removió cielo y tierra para salvar la vida de los vencidos. Calderón llegó al extremo de pedir una entrevista con el general Franco, en la que argumentó: «Esos hombres son unos héroes, y los héroes merecen vivir». Tanto insistió una y otra vez en alabar el valor de aquellos diecinueve marinos, que para quitárselo de encima Franco acabó concediendo el indulto y la liberación inmediata de todos ellos. «Sáquelos de la cárcel -fueron sus palabras exactas-. Y luego invítelos a comer chipirones. Pero pague usted de su bolsillo».
Hubo algo más que chipirones. Porque Manuel Calderón siguió velando el resto de su vida por los supervivientes del Nabarra. Buscó trabajo a unos, recomendó a otros y protegió a todos para que no sufrieran represalias. Al marinero Lahoz le avaló un crédito bancario, al segundo oficial Olaveaga lo ayudó a obtener el título de capitán de la marina mercante, y cuando supo que al telegrafista Cahué le negaban trabajo en Baracaldo por sus antecedentes políticos, se presentó allí de uniforme, convocó al alcalde y al comandante de la Guardia Civil, y dijo que al día siguiente quería ver a Cahué trabajando. Fue Manuel Calderón, en suma, un marino decente y un hombre de honor. Con más gente como él, la suerte de la infeliz España habría sido entonces, y aún ahora, más afortunada de lo que fue y de lo que es. La prueba de que los hombres del Nabarra le profesaron idéntica lealtad y aprecio es que cuando Calderón, soltero y sin hijos, murió en 1979 en una residencia de ancianos, sus antiguos enemigos en el combate de cabo Machichaco lo habían hecho padrino de treinta y dos hijos y nietos.
02/01/2012
Sobre
reglas y
remordimientos
Hace unos días
recibí una
interesante
carta de un
lector, a la que
todavía doy
vueltas en la
cabeza. Aunque
el interés
resida menos en
lo concreto que
ese lector
plantea que en
la visión del
mundo y la vida
de la que tal
carta es
reflejo, o
síntoma. Leída
la última
aventura del
capitán
Alatriste, el
comunicante
-amable y
afectuoso- me
dirige un
reproche
singular: la
falta de
remordimientos
expresos por
parte de
Alatriste tras
la muerte de
varios de sus
camaradas, en
Venecia, en el
curso de la
misión a la que
los condujo. La
ausencia, en
suma, de un acto
de contrición
alatristesco. De
una pesadumbre
expiatoria de
carácter
público, ante
terceros o ante
el lector mismo,
por la suerte
que han corrido
algunos de los
hombres, viejos
compañeros de
armas, a los que
el capitán
comprometió en
la aventura. Ni
un ápice de
dolor por su
pérdida, se
lamenta el
lector. Nula
expresión de
culpa. La carta
no sólo expone
la desazón de
ese lector ante
la aparente
falta de
escrúpulos de
Alatriste, sino
que en ella
apunta un
sentimiento casi
ideológico: un
lamento porque
el veterano
soldado no haga
ostentación de
ciertos valores
morales o éticos
que desde un
punto de vista
actual podrían
sonar adecuados,
como
solidaridad,
compasión o
remordimiento.
Porque se cisque
en el canon de
lo correcto,
dicho en corto.
Que vaya a lo
suyo y,
escabechados los
colegas, ahí me
las den todas.
Mejor vivo que
muerto. Punto.
Que reaccione,
por ejemplo,
como Aglae
Masini en
Nicosia, 1974,
cuando en un
tiroteo espeso
me tumbé sobre
ella en plan
machote, para
protegerla -yo
era un pardillo
jovencito que
todavía jugaba a
los héroes-. Y
ella, irónica y
sabia, dijo:
«Gracias,
flaquito. Tienes
razón. Si han de
matar a uno,
mejor que te
maten a ti».
En lo que se
refiere al
capitán
Alatriste,
la clave para
entender hoy por
qué se comporta
así, o lo
parece, podría
resumirse en dos
detalles: desde
1627 ha pasado
mucho tiempo y
muchas cosas, y
él es un
profesional para
quien la
violencia y sus
complejas
maneras son el
duro pan de cada
día. Alatriste
intenta
sobrevivir en
territorio
hostil, peleando
por su pellejo;
y en tales
circunstancias,
las lágrimas
impiden ver con
claridad el
mejor camino
para poner pies
en polvorosa
cuando las cosas
se tuercen. Sus
camaradas eran
del oficio, y
como él conocían
las reglas:
dejas de besar
la mano de curas
y caciques,
olvidas esta
tierra ingrata
que hay que
regar con sudor
a falta de agua,
empuñas una
espada rumbo a
América, Flandes
o al infierno, y
una de dos:
haces fortuna o
revientas
intentándolo. En
treinta años de
patear
callejones
oscuros y campos
de batalla,
Diego Alatriste
dejó atrás
demasiados
cadáveres de
amigos y
enemigos,
incluido el
riesgo de
incluir el suyo
propio, para que
una docena más
le altere el
pulso, o le haga
malgastar un
resuello que
necesita para
sobrevivir. Lo
suyo no es
indiferencia,
sino resignación
profesional.
Asumir que el
mundo donde vive
y pelea es un
lugar peligroso
donde lo más
fácil es que te
pille el toro.
Algo que sólo
los idiotas -los
menguados, diría
él- se empeñan
en ignorar. Eso,
naturalmente, no
excluye el
dolor. Pero éste
discurre por
otros cauces. No
tiene por qué
ser
melodramático,
ni inmediato.
Como lo de
Márquez en
Sarajevo,
después de
aquellas
jornadas con
mucha bomba y
mucha morgue,
cuando te ibas
de los sitios
con las suelas
de las botas
dejando huellas
de sangre en el
suelo. Soltaba
la cámara, se
acuclillaba con
la espalda
contra la pared,
encendía un
cigarrillo y se
pasaba una hora
inmóvil, mirando
el vacío.
Ordenando
remordimientos.
El otro punto
son los
cuatrocientos
años
transcurridos.
La literatura
también es salir
de nosotros para
mirar con ojos
ajenos, viviendo
vidas que de
otro modo serían
imposibles.
Comprender,
diferenciar, lo
que fuimos y lo
que ahora somos.
Por eso, cada
vez que tecleo
una aventura de
Alatriste
-sicario que
mata por dinero,
que ha
torturado, que
marcó la cara de
una mujer-
intento que el
lector vea el
mundo no con
anacrónicos ojos
de ahora, sino
como se veía
entonces:
áspero, cruel,
sin oenegés ni
lacitos
solidarios en la
solapa. Cuando
lo políticamente
correcto lo
traían todos, y
no sólo
Alatriste, en la
punta de la
espada o en la
punta del
cimbel. Un mundo
imposible de
juzgar con
criterios
occidentales
modernos, pues
-todavía ocurre
eso en buena
parte del
planeta- una
vida no valía ni
el acero o la
soga que se
empleaban en
quitarla. Aunque
nos empeñemos en
olvidarlo, no
siempre fuimos
amantes de las
focas y los
delfines, ni a
un niño de ocho
años lo
expulsaban del
colegio por
pelearse en el
recreo, o lo
acusaban de
acoso por
decirle guapa a
una profesora.
Tanto para lo
bueno como para
lo malo, éramos
más realistas.
Más humanos,
quizás. Menos
gilipollas.
26/12/2011
Un cigarrillo en
la puerta de
Lucio, al salir
a la calle.
Javier Marías lo
enciende apenas
pisa el umbral.
En la Cava Baja
de Madrid hace
un frío del
diablo. Hemos
despachado una
de nuestras
habituales cenas
después de la
Academia,
algunos jueves:
tomate aliñado
para dos,
escalope Javier,
solomillo poco
hecho yo, algo
de vino. Siempre
en la mesa de la
esquina, a la
que de vez en
cuando se acerca
alguien a decir
buenas noches.
Lectores suyos,
lectores míos. A
menudo -nos
sigue
sorprendiendo-
gente que nos
lee a ambos. Hoy
gano yo por dos
a uno, pero
otras noches
gana él. A veces
llevamos la
cuenta sonriendo
silenciosos y
cómplices.
Celebrando que
puntúe el otro.
Suena poco
español, pero es
cierto. Algunas
amistades serían
imposibles sin
maneras de
caballeros. A
fin de cuentas,
para eso sirven
las reglas.
Raras veces
hablamos de
literatura.
La gente cree
que los
escritores pasan
el tiempo
citando a Proust
o contándose lo
del último
libro. Quizá
haya gente así,
pero no es
nuestro caso.
Como mucho,
cambiamos algún
cromo sobre
aspectos
técnicos del
mercado, más que
del oficio. Tal
o cual agente,
tal cifra de
ventas, tal
traductor o
publicación en
el extranjero.
Muy prosaico,
todo. Muy
profesional. La
mayor parte del
tiempo nos
ocupamos de lo
que todos: el
paisaje, la
gente, la señora
que pasa, el
último
telediario o
periódico; que
no siempre es el
de la jornada,
pues vivimos en
nuestro mundo de
la tecla y no
siempre vamos al
día.
Hoy, sin
embargo, es
charla inusual,
pues acabamos
conversando
sobre autores y
libros.
Caminamos
despacio en
dirección a la
Plaza Mayor, y
entre dos
chupadas al
cigarrillo
Javier recuerda
que ya somos
sexagenarios los
dos, y pregunta
si noto el
estrago
psicológico de
la cifra.
Respondo que no.
Que me siento
igual que con
cincuenta y
nueve. Bromeamos
sobre ello y
acabamos parados
frente al
mercado de San
Miguel -segundo
cigarrillo de
Javier-
comentando lo
singular de
compartir un
creciente
desinterés por
los libros
recién
publicados
-salvo naturales
excepciones- y
una mayor
inclinación a la
relectura de lo
que dejamos hace
mucho atrás.
«Ahora es otro
mundo -comenta
Javier-. Otros
autores y otros
libros». Y yo
estoy de
acuerdo. No
mejores ni
peores, quizás.
Simplemente
otros. Como
pedirle, tal
vez, a Nabokov
que leyera con
interés a Javier
Marías. O,
forzando mucho
el ejemplo y la
categoría
correspondiente,
a Stephen Crane
o a B. Traven
que echasen un
vistazo a lo que
teclea un tal
Pérez-Reverte.
Comentamos, con pesadumbre, cómo nos flojean con los años
Hemingway y
Fitzgerald,
por ejemplo,
aunque lo de
Suave es la
noche o el Gran
Gatsby
seguramente no
es culpa del
autor, sino de
que nuestro
tiempo pasa; y
como ocurre con
Hemingway, a
fuerza de leer y
teclear terminas
por ver más los
trucos del
oficio que la
novela misma.
Aunque eso no
ocurre siempre.
Ahí sigue el
Gatopardo de
Lampedusa, por
ejemplo. Que
mejora cada vez
que lo lees. O
el siempre
enorme y más
grande a cada
relectura Joseph
Conrad: la obra
extraordinaria
donde también
convergen, desde
lugares casi
opuestos, la
admiración de
Javier y la mía.
Las formas tan
diferentes de
contar, y
contarnos. Con
movimientos de
las manos,
intentando
mostrar la
posición del
barco, recurro a
lo que sé de
maniobras a vela
y viradas por
avante para
comentar la
importancia del
sombrero blanco
flotando en el
agua de El
copartícipe
secreto. Luego
hablamos de que
Nostromo ya no
parece tan ágil
leída por
tercera o cuarta
vez; y de
Victoria, a la
que Javier no ha
vuelto desde
hace mucho y que
yo sigo
considerando, en
lo formal -en el
contenido es
superior Lord
Jim, creo-, la
más perfecta y
conradiana de
las novelas de
Conrad.
Nos resistimos a
despedirnos.
Dos amigos
recién
sesentones, de
pie en la calle,
de noche y en
mitad del frío,
hablando con
honradez de lo
que aman y
admiran. De
aquello ante lo
que atribuirnos
las palabras
escritor o
novelista suena
a vanidosa
osadía. «¿Sabes
algo? -dice de
pronto Javier-.
Tengo ganas de
leer otra vez El
conde de
Montecristo». Le
comento que lo
abordé por
quinta o sexta
vez hace pocos
años. «Es la
obra total
-opino-. Lo
tiene todo:
traición,
venganza,
lealtad,
compasión, amor,
tesoro
escondido. Ahora
la disfrutamos
más que cuando
éramos jóvenes».
Javier abre con
parsimonia su
pitillera y
elige un
cigarrillo a la
luz del farol
cercano. «Y
Hammet», añado.
La llama del
mechero alumbra
su gesto de
asentimiento. «Dashiell
Hammet es
perfecto
-responde-. Tan
bueno como
cualquiera de
los mejores. ¿Te
acuerdas?... El
perro movía las
patas. El perro
dejó de
moverse».
Sonrío, lector
feliz.
Recordando.
«Mejor que
muchos de los
mejores»,
apunto. Y Javier
asiente de
nuevo, noble y
humilde.
Chupando su
cigarrillo.
19/12/2011
Biberón
o martillo
Hace
medio siglo
justo, cuando el
arriba firmante
llevaba pantalón
corto y creía en
los Reyes Magos,
en la bondad de
los policías y
en la virginidad
de su madre, la
autora de mis
días, que era -y
sigue siendo,
porque ahí
continúa,
ochenta y ocho
primaveras en la
sonrisa y
jugando la
prórroga sin
ganas de cambiar
de barrio- una
señora con fe en
la Humanidad en
general y en los
buenos
sentimientos de
sus vástagos en
particular, hizo
con mi hermano y
conmigo un
experimento
sociológico: nos
castigó
-habíamos hecho
alguna
salvajada, con
los estragos
habituales- a
pasar una tarde
de sábado
encerrados sin
otra diversión
que algunos
tebeos de Dumbo
y Pumby, Los
apuros de
Guillermo, de
Richmal Crompton,
y las muñecas de
mi hermana
Marili. Lo de
las muñecas fue,
naturalmente, un
refinado toque
de humillación
deliberada. Un
puntito de
crueldad
materna, para
que me
entiendan. Una
manera, en fin,
de añadir la
nota de infamia
al castigo, y
que entre otras
cosas puso de
manifiesto que
Dios no había
llamado a mi
pobre madre por
el complejo
camino de la
psicología
infantil.
Encerrar de
aquel modo y en
semejante
compañía a dos
desalmados de
nueve y seis
años
respectivamente,
capaces de todo,
es un
experimento
peligroso en
cualquier época
y lugar; pero
especialmente
arriesgado si,
además, se lleva
a cabo con dos
individuos que
por aquellas
fechas sólo
anhelaban
hacerse mayores
para arponear
ballenas -eran
tiempos menos
ecológicos que
los actuales- o
alistarse con
nombre falso en
la Legión
Extranjera. Así
que imaginen el
resultado.
Cuando a la hora
de la cena
abandonamos la
celda del abate
Farias, a
nuestra espalda
quedaban la
Queca Muñeca
ahorcada de una
lámpara con el
cordón de la
cortina, y el
Tumbelino -un
muñeco odioso,
blandito,
vestido con
pijama azul-
apuñalado con
una daga
plegadera de mi
padre con la
que, hábilmente,
habíamos logrado
hacernos antes
del encierro.
No pude
menos que
recordar aquello
hace unos días,
escuchando a una
periodista
radiofónica, tan
ingenua y
parvulita como
mi señora madre,
asegurar, con
todo el candor
de su inocencia
políticamente
correcta, que a
los niños
varones no
debemos darles
juguetes que
inciten a la
violencia, y que
es bueno
hacerlos
entretenerse
también con
muñecas y
cacharritos de
cocina; porque
de ese modo,
aseguraba la
pava sin citar
fuente, tendrán
mejores y más
pacíficos
sentimientos,
serán mejores
padres, y tal
vez cocineros de
éxito como Arzak
o Ferran Adrià,
el día de
mañana. Y los
tertulianos que
acompañaban a la
locutriz, en vez
de partirse la
caja de risa y
preguntarle si
tenía hijos en
edad de merecer,
que probara con
ellos, se
mostraban, como
es usual en
estos casos,
calurosamente de
acuerdo. Ahí le
has dado, decían
más o menos.
Como si
estuviesen
oyendo el
Evangelio. Y
nadie tuvo
agallas para
decirle allí, a
la prójima:
prueba con un
enanito cabrón
tuyo, de sexo
masculino, si lo
tienes. Ponle a
mano una pistola
de plástico y
una olla exprés
de Famóbil, o
como se llame el
que fabrica la
olla. A ver qué
elige, el
hijoputa. O más
visual, si cabe:
ponle cerca una
muñeca, un
biberón y un
martillo. Luego
quédate mirando
lo que coge y
para qué lo usa.
Y me lo cuentas.
Y ahora,
háganme un
favor. Plis.
Después de
calzarse esta
página, si lo
hacen, ahórrenme
las cartas
contándome que a
su Manolito le
encantan las
muñecas de sus
hermanas y juega
a cocinarse unas
fabadas que
saben a gloria.
No digo yo que
no haya
Manolitos. Ni
que no deba
haberlos. Del
mismo modo que
me fascinan -aún
más que las
otras- las
Susanitas que no
limitan su gusto
y horizontes a
acunar muñecas,
y son capaces de
ponerte el filo
de una daga en
la yugular
mientras
susurran «Si
paras ahora, te
mato». O lo que
sea. Por mi
parte, me limito
a hablar de lo
que hay. De la
natural
querencia del
becerro y de lo
absurdo, incluso
peligroso, de
olvidar de la
noche a la
mañana, con más
buena voluntad
que inteligencia
práctica, con
más clichés
idiotas que
mecanismos de
educación
eficaces,
millones de años
de caza y
guerra. Dándose,
por ejemplo, la
grotesca
paradoja a la
que asistí el
otro día. A unos
niños de cinco y
seis años, que
tienen en casa
videoconsolas
con zombis y
masacres
sangrientas -y
si no las
tienen, las
tendrán- les
organizaron en
su colegio de
Madrid una
fiesta cowboy
donde los
tiñalpillas
debían ir
disfrazados de
vaqueros, pero
prohibiéndoles
llevar revólver.
«Se puede ir al
Oeste sin ser
violento»,
apuntaría, sin
duda, algún
padre de los que
aplaudieron la
idea, o
simularon
aplaudirla.
«Tengamos buen
rollito con los
cuatreros y los
indios»,
añadiría otro.
Lo mismo,
supongo, que
dijo el general
Custer.
12/12/2011
No me
gustan los
entusiasmos
advenedizos.
Desconfío del
converso que se
cree en la
obligación de
comunicar al
mundo el
descubrimiento
recién digerido
-o todavía sin
digerir-, que
acaba de
tumbarlo del
caballo en el
camino de
Damasco. Menos
todavía me
gustan quienes,
suponiendo en el
prójimo su
propia y fresca
ignorancia, dan
por supuesto
que, sin ellos,
la Humanidad
desconocería
determinadas
maravillas o
prodigios; sin
considerar que
tal vez el resto
de la peña, o
parte notoria de
ésta, puede
tener desde hace
tiempo una
extrema
familiaridad con
esos asuntos.
Dicho en simple,
es como si un
turista recién
llegado diera la
brasa
pregonando, a
quienes pasaron
la vida en la
barra de una
buena tasca
extremeña, las
virtudes del
cerdo ibérico.
Esto,
que ocurre en
todos los
órdenes de la
vida,
se da mucho en
el mundo que
-disculpen la
gilipollez-
llamamos
intelectual. De
pronto, el bobo
de guardia sube
al púlpito y
ordena,
entusiasmado,
leer a tal
autor, escuchar
a determinado
músico o visitar
la exposición de
aquel pintor -a
quienes no había
mencionado antes
en su zorra
vida-, con una
falta de
prudencia y una
pedantería tales
que resulta
evidente que
acaba de toparse
con ellos y no
está dispuesto a
admitirlo. De
esos pavos
tenemos en
España, como en
todas partes,
copiosa tropa:
tertulianos,
críticos
literarios o
cinematográficos,
escritores y
demás. Catetos
deslumbrados,
impúdicos en su
repentino y
sospechoso
entusiasmo,
empeñados en
convencer de lo
buena que es La
regenta o lo
bella que es La
batalla de San
Romano a quienes
tal vez
conocieron a Ana
Ozores con
quince años o
llevan cuatro
décadas pateando
Florencia. No
hace falta que
cite nombres,
pues por ahí
andan ellos y
ellas,
ilustrándonos.
Incluido un
casposo
cagatintas que
hasta hace poco
salía
fotografiado en
el suplemento
cultural de ABC
en actitud
pensativa, de
cuerpo entero,
con zapatos sin
calcetines y
tocándose los
pies.
Pensé en
todo eso hace
unos días,
cuando uno de
tales tontos
solemnes
recomendó, con
el tono superior
de quien desvela
un secreto sólo
por él conocido,
leer a Manuel
Chaves Nogales.
«Tienes que
leerlo»,
sentenció
imperioso. Y me
hizo gracia
porque era el
quinto o sexto
presunto
intelectual del
momento al que,
tras una larga
vida de silencio
al respecto, oía
mencionar a
Chaves Nogales
en las últimas
semanas. La
razón era obvia:
la publicación
de una
espléndida
biografía
escrita por
María Isabel
Cintas -Chaves
Nogales, el
oficio de
contar-, que,
junto a la
reciente y
loable
recuperación
sistemática de
la obra de uno
de los más
importantes y
atractivos
periodistas y
narradores
españoles de la
primera mitad
del siglo XX,
emprendida por
la editorial
Libros del
Asteroide, ha
puesto los
principales
textos del
magnífico
escritor
sevillano a
disposición de
unos lectores
que antes debían
rastrearlos como
podían. Un
personaje
extraordinario,
Chaves Nogales,
al que muy
pocos, entre
ellos Pío Baroja
en su momento, y
mucho después el
escritor Andrés
Trapiello,
valoraron
públicamente
hasta hace
cuatro días.
Está de moda,
por tanto, el
autor de El
maestro Juan
Martínez que
estaba allí, con
su obra
felizmente
disponible, al
fin, para todo
lector de buena
casta. Por eso,
y hasta el
próximo nombre
que toque -a ver
cuándo Sender, o
Luys Santa
Marina- pocos
Petronios de la
cultura nacional
confesarán no
haberlo leído
hasta hace poco.
O nunca. De
manera que, al
modo habitual,
los conspicuos
profesionales
del camelo se
apresuran a
tapar el agujero
mencionando en
sus columnas y
comentarios al
autor de A
sangre y fuego
como si toda la
vida se hubieran
tuteado con ese
fascinante
observador de la
vida y la
Historia de su
tiempo, muerto
en el exilio de
forma
tristemente
temprana:
burgués
inteligente y
culto, escritor
de una
modernidad
asombrosa,
lúcido
republicano
liberal que de
haberse quedado
en la infame
España habría
sido fusilado,
con certeza, lo
mismo por un
bando que por
otro. En todo
caso, bien está.
Si de pregonar
la obra de
Chaves Nogales
se trata,
benditos sean
incluso los
oportunistas y
los pedantes que
ahora, de
pronto, lo
descubren y
elogian. Todo
camino es bueno
si contribuye a
hacer justicia.
En lo
que al arriba
firmante se
refiere,
permítanme
añadir una
pequeña nota
personal. Porque
éste es lugar y
momento
adecuados para
agradecer a mi
amigo Pepe
Arenzana, viejo
pirata
sevillano,
haberme regalado
hace veinte años
la primera y
azul edición de
Juan Belmonte,
matador de
toros, de un
autor que hasta
ese día me era
por completo
desconocido. A
él se lo debo, y
así lo escribo,
firmo y rubrico.
Para que conste.
05/12/2011
Ambiente ajedrecístico
espléndido en la Alhóndiga de Bilbao,
donde disfruto como un gorrino suelto en
campo de mazorcas. Nivel
intenso y emoción asegurada. Se juega la
Final de Maestros -la primera parte fue
en Sao Paulo- en una ciudad que en los
últimos años se ha vuelto en extremo
acogedora, cuidada y serena. Llevo aquí
tres días como espectador privilegiado
del juego de los más grandes: Anand,
Carlsen, Aronian, Nakamura, Vallejo y mi
querido Ivanchuk -el que jugaba contra
un huevo pasado por agua-, se baten
silenciosamente tras el cristal de una
vitrina insonorizada; pecera en torno a
la que se agolpa el público, que de ese
modo puede presenciar, como si estuviese
en pie junto a la mesa de los jugadores,
el desarrollo de las partidas. Y algo
más allá, en largas filas de tableros,
aficionados adultos y niños juegan las
suyas, dando entre unos y otros a la
antigua lonja de grano bilbaína un
fascinante aspecto de templo del
ajedrez; de ese noble y viejo arte
menospreciado por gobiernos y ministros
de presunta Educación y de presunta
Cultura, que incluso gente bien
dispuesta, limitando mucho el ámbito del
asunto, considera sólo un deporte, o un
juego.
Observar en la Alhóndiga al
público y a los jugadores aficionados es
tan interesante como seguir los
movimientos de los grandes maestros.
Los niños, en especial, atraen la
atención por la seriedad con que
enfrentan al adversario, el aflorar de
emociones ante la situación
comprometida, la jugada brillante o
equivocada, la victoria o la derrota.
Los hay, sobre todo algunos de los más
pequeños, que no pueden contener las
lágrimas al verse víctimas de un jaque
mortal o advertir que acaban de cometer
un error que les costará la partida.
También sigo atento el juego de algunas
niñas que actúan con letal eficacia;
como una de doce años, cinta en el pelo
y uniforme escolar, que cada vez que
mueve una pieza mira penetrante a los
ojos de su adversario -un muchachito
regordete de expresión concentrada e
inteligente- como intentando comprobar
en ellos el efecto de la jugada, y que
acaba venciendo tras sacrificar dos
peones con mucha intrepidez.
Estoy apoyado en una de las
columnas, mirando la sala
mientras pienso en mis cosas -parte de
la novela que ahora escribo transcurre
en el marco de un torneo internacional
de ajedrez-, cuando uno de los niños
cuyas partidas presencié se me acerca.
Es rubio y flaco, de ojos azules, tan
fríos que parecen peligrosos. Tendrá
unos diez u once años. Su monitor ha
debido de contarle a qué me dedico,
porque se apoya en la columna a mi lado,
y muy serio y decidido dice: «No
escribas nada sobre mí, porque acabo de
perder dos partidas». Intento consolarlo
indicándole la gran urna de cristal
donde juegan los mejores del mundo. «Lo
importante es luchar bien hasta el final
-comento-. También ellos, antes de ser
campeones, perdieron muchas veces».
Durante cinco segundos silenciosos, los
ojos azules siguen la dirección de mi
mirada. Después el niño se encoge de
hombros, despectivo, y dice: «Ellos no
perdieron, como yo, dos partidas contra
Íñigo Biurrun», y se marcha, cabizbajo,
tras mirarme como si yo fuera
gilipollas.
Y es que el ajedrez también es
eso. Al menos para un jugador
mediocre como el arriba firmante, cuya
limitada eficacia en el tablero queda
compensada por el placer de observar y
gozar cuanto ocurre en torno a él. Lo
que hay entre partida y partida, o
detrás de cada una de ellas: los grandes
maestros, los jugadores y sus mundos
particulares, el público -muchas mujeres
aficionadas veo en Bilbao- con sus
personajes pintorescos y sus frikis.
Porque tengo esta certeza: si hay un
territorio fronterizo con Frikilandia,
donde a veces coinciden de forma
asombrosa la inteligencia extrema y el
pintoresquismo más singular, ése es el
mundo ajedrecista. Un ejemplo es el
individuo que toma el relevo del niño
que acaba de dejarme solo -sigo
recostado en la columna, mirando a los
jugadores-: fulano flaco, treintañero,
que se apoya en una muleta. «¿Conoce el
chess boxing?», me pregunta a
bocajarro. Respondo que no tengo el
gusto, de momento. Entonces sonríe con
media boca, donde tiene una cicatriz, y
me ilustra. Lo inventó un alemán,
cuenta. Uno muy aficionado tanto al
boxeo como al ajedrez. Y consiste en eso
mismo: asaltos alternativos de boxeo y
ajedrez, uno en un ring con guantes y
otro ante un tablero. Y puede ganarse
por jaque mate, por puntos o por K.O. Lo
escucho con el natural interés, y al
acabar la exposición pregunto cuántos
jugadores de chess boxing hay
en España. Entonces tuerce la cicatriz
de la boca, muy serio, como si la
respuesta fuera obvia: «Otro y yo
-dice-. O sea, dos».
28/11/2011
Varias veces les he hablado en
esta página del barrio de las letras de
Madrid, donde hace tres siglos
se cruzaban cada mañana, camino de
comprar el pan, los periódicos o lo que
se comprase entonces, Quevedo, Lope de
Vega, Calderón de la Barca, Góngora y el
buen don Miguel de Cervantes, entre
otros. Cada cual, como españoles de fina
casta que eran, con sus fobias,
envidias, desprecios y descalificaciones
mutuas a punto de nieve. También comenté
en alguna ocasión que si un barrio con
semejante pedigrí hubiera estado en
Londres o París, todo el lugar sería hoy
un inmenso museo al aire libre cuajado
de bibliotecas, placas conmemorativas,
monumentos y autobuses con turistas.
Pero donde está es en Madrid, a ver si
me entienden. Capital de España, o de lo
que sea este puticlub de carretera. Así
que pueden imaginar la diferencia.
Una de esas diferencias ocurrió
hace unos días. Y lo más
simpático no es la anécdota, sino su
desarrollo y posterior tratamiento
mediático. Un grupo de okupas se había
instalado, mediante el procedimiento
tradicional de patada a la puerta y de
aquí no me saca ni Kristo bendito, en
una casa de la calle Huertas en la que
vivió Góngora después de que su enemigo
mortal Francisco de Quevedo comprase su
anterior vivienda, a fin de darse el
gustazo de echarlo a la calle. La casa
-ya hemos precisado que hablamos de
Madrid- estaba hecha una piltrafa,
decrépita y llena de escombros. Así que
los okupas se instalaron tan ricamente
con su parafernalia habitual, también
llamada ajuar perroflauta de toda la
vida. Con la seguridad, por otra parte,
que a cualquier okupa bien informado le
da saber con certeza absoluta que en
España, líder mundial en libertades y
derechos del hombre y la mujer, si te
metes por el morro en una casa ajena, es
seguro que entre el hecho, la demanda
del propietario, la decisión judicial y
la ejecución de la sentencia de
desalojo, si llega a producirse, y
dependiendo de que el juez sea compañero
de carrera o colega de universidad del
abogado de una parte o de la otra,
pueden transcurrir veinte años. O más.
El caso es que esos inquilinos
por la kara estaban instalados en la
antaño gongorina y ahora ruinosa morada,
gozando de pleno derecho las
innumerables facilidades que la Justicia
española en general y el Ayuntamiento de
Madrid en particular prestan a esta
suerte de bonitas iniciativas populares.
Pero siempre hay un pelo en la sopa. En
ésas, algún propietario desesperado,
impaciente, y si rascamos un poco seguro
que fascista, racista, machista,
violento, homófobo y misógino -etiquetas
que en España suelen atribuirse en
bloque a cualquiera que no se baje los
calzones y ofrezca el ojete sin
rechistar- debió decidir que aquella
situación la solucionaba él a título
personal, por el artículo catorce. Así
que cuatro individuos fornidos tiraron
la puerta, cogieron a los okupas en
brazos y los sacaron a la calle. Acto
reprobable, éste, que acogiéndome a la
retórica al uso me apresuro a calificar
-conste en acta para que no haya dudas
sobre mi punto de vista ético- de
terrorismo urbano. Incluso de genocidio
perroflauta. De mi opinión debieron ser
también los desalojados; pues en seguida
pidieron apoyo a través de las redes
sociales, y al poco se congregaron tres
docenas de presuntos representantes del
15-M exigiendo reparación aún más
indignados si cabe; pues la policía, que
acabó presentándose, no actuó contra los
malvados desalojadores ni devolvió las
cosas al statu quo ante. Como si no
estuviera clarísimo y consagrado por el
uso hispano que, entre patada a la
puerta de un okupa y patada a la puerta
de un propietario, el segundo es quien
actúa al margen de la ley, y el primero
es la verdadera víctima del asunto. Por
favor. A estas alturas.
Por cierto: escalofriante
testimonio sobre la demencial pesadilla
sufrida por los desalojados
-algunos periodistas parecían compartir
su asombro y justa indignación- fue el
de una joven que afirmó, aún nerviosa
del soponcio, que lo había pasado muy
mal al verse sacada así a la calle, de
sopetón, y que lo que había hecho el
propietario de la casa era una infamia
social de las que no tenían nombre, ni
apellidos. Tras cuyo pertinente
telediario, supongo, el Ayuntamiento y
la Comunidad de Madrid enviaron con suma
urgencia un equipo de psicólogos y
psicólogas para aliviarle el trauma. Eso
me lleva a sugerir sin reservas que en
las próximas okupaciones, tanto si son
en las casas ruinosas de Góngora,
Quevedo o Cervantes como en la del
Payaso Fofó -que también tiene calles en
España, y posiblemente en mayor número y
con la placa más grande-, la policía
abandone esa vergonzosa pasividad que me
atrevo a calificar de filonazi y proteja
de propietarios y otros energúmenos a
quienes debe proteger. Que para eso
cobra, la muy perra.
21/11/2011
Al principio no lo reconozco.
El suyo es un rostro como cualquier
otro. Camina bajo la lluvia fina, con la
cabeza descubierta y las manos en los
bolsillos del chaquetón impermeable.
Pasa por mi lado y me mira un instante,
tímido y confuso, como si dudara entre
saludarme o no, antes de seguir su
camino sin decir nada. Entonces, de
golpe, recuerdo. Me detengo y lo llamo:
grito su nombre por encima del ruido de
los automóviles. Se detiene como
sorprendido, al oírlo. De que lo
recuerde. Y se vuelve hacia mí. La ropa
de paisano le sienta mal; no parece
propia de él. Ha engordado, y el pelo
que le queda es gris. Sin embargo, la
sonrisa es la misma. La cicatriz del
mentón -estuve presente el día que se la
hizo, o se la hicieron- se embosca entre
las arrugas de la cara, en la piel
recién afeitada.
-Niño -dice.
Me hace gracia el viejo
apelativo, tanto tiempo
después. Así me llamaban él y sus
compañeros: yo tenía entonces veintitrés
años. También lo llamo ahora como
entonces.
-Mi capitán -respondo.
Nos estrechamos la mano,
entre las luces de los escaparates y los
semáforos que se reflejan en el suelo
mojado. Tras las primeras palabras
quedamos en silencio, mirándonos cautos
mientras nos reconocemos los adentros.
Resolviendo si es cosa de seguir cada
cual su camino, o de quedarse un rato.
Recordar y recordarnos. Nos miramos
indecisos hasta que, de mutuo acuerdo,
decidimos recordar. Con asombrosa
naturalidad recobramos antiguos ritos:
una palmada en el hombro, más sonrisas,
nombres de personas y de lugares que
afloran como un torrente. Y luego
buscamos un bar apropiado. Una tasca del
Madrid de los Austrias, casi vacía. Nos
acodamos en la barra, él pide una
cerveza y yo un vermut rojo; y con ellos
pasamos revista a los recuerdos mientras
desgranamos un rosario de nombres
queridos: el teniente coronel López
Huerta, el comandante Labajos, el
capitán Gil Galindo, el teniente Rex
Regúlez, el cabo Belali uld Maharabi, el
teniente Albaladejo... Casi todos ellos
están muertos hace mucho tiempo. Como
decíamos entonces, dejaron de fumar.
Me habla de mis novelas,
que ha leído todas. O eso dice. Del
capitán Alatriste, que como veterano
soldado es, naturalmente, su favorito.
Por mi parte hablo de él mismo, de mis
recuerdos a su lado. De su juventud, que
durante ocho meses también fue la mía.
De otros países, otras fronteras y otras
guerras que vinieron después. De nuevos
compañeros y amigos en los que, sin
duda, se habría reconocido. Al fin, con
la tercera cerveza y el tercer vermut,
me cuenta de su mujer, de sus dos hijas.
De sus tres nietos. De cómo acabó siendo
su trabajo hasta hace poco: la mesa
cubierta de papeles, la jornada con
horario burocrático, el desesperado
aburrimiento que en los últimos tiempos
invadió hasta el último rincón de su
vida. El piso familiar que reservó para
su jubilación -Melilla, apunta con una
luz singular en los ojos, África a fin
de cuentas-. La rutina, los años, la
resignación. El consuelo de los
recuerdos. De lo que en otro tiempo fue,
o creyó ser. Hace siglos, comenta con
una sonrisa amarga, que en su vida no
hay sorpresas, noches en vela,
escaramuzas en el desierto, patrullas
nómadas bajo la Cruz del Sur, chicas
como las del cabaret de Pepe el
Bolígrafo, soldados fieles -a los que
traicionamos como a perros, apostilla-
como los saharauis de su tropa nativa.
Se acabó, amigo. Safi. Una vez fui de
vacaciones, en plan visita, a los
campamentos de Tinduf, añade. Y me pasé
el tiempo llorando.
Cuando salimos de nuevo a la
calle, las luces verdes de los
taxis pasan por Puerta Cerrada. Miro el
reloj. Siento marcharme, digo. Tengo una
cita de trabajo. Asiente, comprensivo.
Está claro que no desea que nos
separemos. Soy parte de su memoria, de
sus sueños perdidos y sus nostalgias.
Durante tres cervezas ha vuelto a ser el
que era, junto a un testigo de lo que en
otro tiempo fue: un joven oficial que
aún creía en patrias y banderas mientras
jugaba a los héroes en un escenario
perfecto e irrepetible. Y en cuanto nos
separemos, a ojos de cuantos se crucen
con él -pocos llevan la biografía
escrita en la cara-, volverá a ser un
transeúnte más: viejo, anónimo, de aire
fatigado. Quizá por eso hay una amarga
desolación en su sonrisa cuando estrecha
mi mano y vuelve la espalda, alejándose.
Aunque se detiene a los tres pasos, como
si hubiera olvidado algo.
-Allí no había nada -dice de
pronto-. Sólo viento y arena,
¿te acuerdas?... Pero era el lugar más
hermoso del mundo.
14/11/2011
Me llamó la atención el otro día,
viendo un telediario, que en ningún
momento de la información referida a un
partido internacional de fútbol se
mencionara la palabra España.
El reportaje incluía una entradilla de
la presentadora del informativo y otra
de un redactor de deportes. Sumaba el
asunto, entre pitos y flautas, unos tres
minutos de información. Y ni una sola
vez, en todo ese tiempo, pronunció nadie
las palabras selección nacional
o selección española. Todo el
tiempo se habló de la Roja. Un
nombre o apodo afectuoso, éste, que por
otra parte me parece bien. Simpático,
incluso. En principio. El problema es
que, en este país fértil en cantamañanas
-como dijo alguien, una ardilla podría
recorrerlo saltando de tonto en tonto-,
hasta lo simpático somos capaces de
convertirlo en empachoso y desagradable,
a causa de nuestra singular capacidad
para combinar gregarismo y estupidez.
Eso, naturalmente, en el mejor de los
casos. En el otro, que ya entra en el
terreno de la intención deliberada,
estaría de por medio nuestra proverbial,
probada, histórica, esquinadísima mala
fe. Lo cierto es que sobre el uso y
abuso de la expresión la Roja
no tengo opinión formada. Ignoro si se
trata de simple contagio mediático -se
pone de moda una idiotez y todos nos
abalanzamos entusiasmados sobre ella,
olvidando cualquier alternativa-, o de
instrucciones recibidas por los
asalariados correspondientes -en su
momento lo fui, y sé lo que digo- para
que, en materia de fútbol, las palabras
nacional y España, tan
equívocas y molestas, se utilicen lo
menos posible. No vayamos a irritar a
alguien, por Dios. No contaminemos el
sano deporte con conceptos discutidos y
discutibles.
Pensaba en eso también, en
conceptos discutidos y discutibles, hace
unas semanas, cuando el rescate
por tropas especiales españolas de una
rehén francesa en poder de piratas
somalíes. Quizá ésta sea la primera
noticia que tienen algunos de ustedes
del asunto; y no me extrañaría, porque
en su momento el acomplejado ministerio
de Defensa español hizo cuanto pudo por
ponerle sordina. No por natural modestia
castrense -la operación fue profesional
e impecable- sino porque hubo una
peligrosa situación de combate en la que
varios somalíes resultaron heridos.
Cosa, por otra parte, lógica cuando hay
tiros. Pero claro. Según la doctrina
oficial española, disparar contra
africanos subsaharianos de color oscuro,
o como carajo se diga, por muy piratas
armados que sean, en lugar de afearles
su conducta y apelar a sus nobles
sentimientos humanitarios, es un acto
reprobable de fuerza bruta, propio del
más repugnante militarismo. Así que la
instrucción para tratar el incidente con
la prensa fue perfil bajo, información
mínima y cuanto menos se sepa, mejor. No
vayamos a liarla. Y de esa forma, una
acción que de haber sido realizada por
los gringos o los franceses habría
abierto telediarios, aquí pasó casi
inadvertida. O sin casi. No fueran a
llamarnos fascistas.
Calculen ustedes mismos:
océano Índico, anocheciendo, mala mar,
esquife con piratas, mujer cuyo marido
acaba de ser asesinado, y a la que
llevan a tierra para cantarle bonitas
coplas africanas típicas de allí. Y en
eso, lancha neumática que llega con
fuerzas especiales españolas. Tatatachán.
Los malos se lían a tiros. Bang, bang,
bang. Por parte de los buenos, tiroteo
de precisión, impecable. Más bang.
Vuelca el esquife, rehén cae al agua.
Chof. Dos piratas con Kalashnikovs
apuntándole a la pobre señora. Fuego de
los buenos que neutraliza a los malos.
Señora que se hunde en el mar. Capitán
de fuerzas especiales que se tira al
agua con veinte kilos de equipo de
combate encima, casco, pistola, radio y
dos cojones, y salva a la prójima. Éxito
absoluto, beso de la rehén al capitán,
final de película. Y entonces, en vez de
difundir el episodio, enorgulleciéndose
de que en 45 segundos un grupo de
infantes de marina españoles haya
resuelto tan difícil situación, con
algún pirata herido pero sin dar
matarile a nadie, la ministra de Defensa
y quienes le llevan el botijo deciden
perfil bajo y poco ruido. No vayan a
criticarnos, dicen, que les disparemos a
negros famélicos y tal. Nosotros que los
queremos tanto. Y una vez más, como de
costumbre, se nos llena de cagadas de
rata el arroz de la paella.
Ahora imaginen ustedes,
en el telediario y los periódicos que
recogieron la noticia del incidente
camuflada entre otras, de pasada y por
encima, cuáles habrían sido los
titulares si ese día hubiera ganado
la Roja un partido de fútbol. El
delirio, las banderas, los canutazos
alcachofa en mano, la sonrisa feliz de
los presentadores. Los rostros sudorosos
y triunfales, en primer plano, de los
héroes de la jornada.
07/11/2011
No soy mal hablado. Al
contrario. Como mi viejo amigo el
maestro de esgrima Jaime Astarloa, me
precio de no haber sido grosero nunca,
incluso ante casos de impertinencia
pertinaz. Rara vez se me escapa una
palabra gruesa en el transcurso de una
conversación civilizada, y lo mismo
puedo decir de mis novelas. Otra cosa es
esta página pecadora y semanal, donde
quien se expresa no es el arriba
firmante, sino un personaje literario, o
algo por el estilo, situado a medias
entre el novelista que soy, el reportero
que fui y el ciudadano de barra de bar
inclinado a ajustar cuentas con métodos
y expresiones que buscan la eficacia;
sobre todo considerando que estos
artículos se publican en un país de
autistas voluntarios, donde nadie se da
por aludido a menos que `permítanme esta
contradicción perifrástica que refuerza
lo que pretendo decir´ le pateen
directamente los huevos.
Veinte años de teclear aquí con
cierta desvergüenza han producido un
efecto curioso. De vez en
cuando me aborda gente convencida de
que, para que un comentario parezca
realmente mío, debe ir adobado con algún
taco sonoro o concepto agresivo. Y
parecen decepcionados cuando comprueban
que no; que el arriba firmante puede
mantener largas conversaciones sin
mentar a nadie los muertos. Con
amabilidad, incluso. Sin gruñir,
insultar ni escupir al otro en un ojo.
Me ocurre con frecuencia, sobre todo con
señoras de cierta edad y educación
razonable, o con periodistas: las
primeras se acercan con cierto morbo
expectante, casi esperando con
anticipado deleite que las mandes a
hacer puñetas, les digas zorra o algo
así. Relamiéndose con un posible
maltrato verbal cuya perspectiva las
hiciera, clup, clup, clup, gotear
limonada. Estilo señora finolis que
acudiese por morbo a un puticlub infame,
a mirar escandalizada, y la decepcionara
que nadie intente robarle las joyas, o
violarla.
En cuanto a ciertos periodistas,
a alguno se le nota mucho que acude a
entrevistarte imaginando sabrosos
titulares del tipo `Me cisco en
la madre que te parió´; y se queda medio
cortado cuando comprueba que no. Que no
me cisco. Y ahí surge el problema. En
tales casos, a veces cae el
interrogador, incluso de buena fe, en la
tentación de adornar un poco la cosa,
poniendo algo de su parte. Ayudando a tu
personaje a ser lo que él supone que
debería ser. Sacando frases de contexto
y hasta poniendo en tu boca lo que no
has dicho. Completando él la cosa con el
toque artístico final. Con la guinda del
pastel. Algo así como si concluyera: `A
mí no va a engañarme con disimulos este
cabrón´.
Es como lo de las fotos.
Cualquiera -político, deportista,
escritor- que comparezca en público ante
fotógrafos sabe que nada importa que
haya mantenido una compostura impecable
durante la hora larga que pueda durar el
asunto. Bastará que por un
breve instante el individuo sienta un
picor irresistible en la nariz, y se
roce la punta con un dedo durante el
breve espacio de dos segundos, para que
relampagueen docenas de flashes, y la
foto que al día siguiente publiquen los
periódicos sea la del fulano tocándose
la nariz; preferentemente aquéllas en
las que, debido al ángulo de cámara,
parezca que tiene el dedo metido dentro.
Eso mismo -no lo del dedo, sino
lo anterior- me ocurrió por
quincuagésima vez hace unas semanas.
Me hacían una entrevista, y en el curso
de ésta el periodista preguntó por `los
hijos de puta´, creyendo, imagino,
establecer cierta complicidad semántica
con el entrevistado. Como dije, rara vez
utilizo expresiones malsonantes en
conversaciones o entrevistas; así que
todo el tiempo -conozco el paño y puse
mucha atención en ello- me referí al
inconcreto personal por el que se
interesaba mi interrogador como `los
malos´ y, con más frecuencia, `los
canallas´. Precaución táctica, ésta, que
resultó inútil: al día siguiente, en la
transcripción de la entrevista, aparte
resúmenes discutibles de conceptos más o
menos complejos -hacerte hablar no como
tú hablas sino como habla el redactor es
frecuente en tales casos-, el autor de
la información puso cuatro veces en mi
boca la expresión `hijos de puta´, que
con tanta precaución, la de quien en
materia de periodismo fue furcia antes
de ser monja, me había esforzado en
evitar.
Así que háganme un favor.
Cuando a través de teclas ajenas me lean
echando espumarajos por la boca,
apliquen con cautela el beneficio de la
duda sobre qué parte es genuinamente
mía, y cuál corresponderá al
entrevistador de turno. Porque ya les
digo. En materia de hijos de puta, ni
son todos los que están, ni están todos
los que son.
31/10/2011
En 1991, mientras esperaba en
Dahrán la ofensiva norteamericana para
liberar Kuwait, presencié un suceso
curioso. Frente al mercado Al
Shula había un vehículo militar con una
soldado norteamericana al volante. En
Arabia Saudí está prohibido que las
mujeres conduzcan automóviles; así que
una pareja de mutawas -especie de
policía religiosa local- se detuvo a
increpar a la conductora. Incluso uno de
ellos le golpeó con una vara el brazo
que, con la manga de camuflaje
remangada, apoyaba en la ventanilla.
Tras lo cual, la conductora -una
sargento de marines de aspecto nórdico-
bajó con mucha calma del coche y le
rompió dos costillas al de la vara. Ésa
fue la causa de que durante el resto de
la guerra, a fin de evitar esa clase de
incidentes, la Mutawa fuese retirada de
las calles de Dahrán. Pensé en eso el
otro día, al enterarme de un nuevo
asunto de chica con problemas por
negarse a ir a clase sin el pañuelo
islámico llamado hiyab. Y recuerdo la
irritación inicial, instintiva, que
sentí hacia ella. Mi íntimo malhumor
cuando me cruzo en la calle con una
mujer cubierta con velo, o cuando oigo a
una joven musulmana afirmar que se cubre
la cabeza en ejercicio de su libertad
personal. Cómo no se dan cuenta, me
digo.
Cómo no les escuece igual que
ácido en la cara la sumisión, tan
simbólica como real, a que se someten.
Recuerdo, por ejemplo, que hace cuarenta
años mi madre aún necesitaba la firma de
su marido para sacar dinero del banco. Y
me llevan los diablos. Tanto camino, me
digo. Tanta lucha y esfuerzo de las
mujeres para conseguir dignidad, y ahora
una niñata y cuatro fátimas de baratillo
-como las llamaría el capitán Haddock-
pretenden hacernos volver atrás,
imponiendo de nuevo, en la Europa del
siglo XXI, la sumisión irracional al
hombre y a las reglas hechas por el
hombre.
Reclamando tolerancia o respeto
para esa infamia. Pero no es
tan simple, concluyo cuando me sereno.
Incluso aunque digan actuar con
libertad, esas mujeres siguen siendo
víctimas de un mundo cuyas reglas fueron
impuestas por los hombres para
garantizarse el control de su
virginidad, su fertilidad y su
fidelidad. Después de escucharnos decir
lo libres de conducta que pueden y deben
ser, esa muchacha o la señora del velo
van a casa y se cruzan en la escalera
con el imán de su mezquita, que vive en
el quinto piso, o con el chivato
hipócrita que a veces incluso luce una
pasa en la frente -ese moratón de pegar
cabezazos en el suelo al rezar, para que
todos sepan lo buen musulmán que es
uno-, que vive en el segundo. Y con
ellos, y con el padre, el marido o el
abuelo que están en casa, esas mujeres
tienen que convivir cada día, y casarse,
y criar familia, y ser respetadas por
una comunidad donde la religión suele
estar por encima de las leyes civiles, o
las inspira.
Una sociedad endogámica,
especializada en marcar y marginar
-cuando no encarcelar o ejecutar- a
quienes discrepan o se rebelan;
y cuyos más radicales clérigos, esos
imanes fanáticos que recomiendan a sus
fieles machacar a las mujeres para que
no se desmanden, son tolerados y hasta
amparados, de manera suicida, por una
sociedad occidental demagoga, estúpida,
desorientada, con el pretexto de unos
derechos y libertades que ellos mismos
niegan a sus feligreses. Todo eso, en
vez de ponerlos en la frontera en el
acto, si son extranjeros, o meterlos en
la cárcel, si son de aquí, cada vez que
humillan o amenazan a la mujer en una
prédica.
Una sociedad, la nuestra,
incapaz de plantearse el verdadero nudo
del problema: si una niña que durante
catorce años fue a un colegio normal,
entre chicos y chicas, resuelve de
pronto ponerse un pañuelo en la cabeza,
es que algo con ella estuvo mal hecho.
Que alguna cosa no funciona en el
método; falto de una firmeza, una
claridad de ideas y una persuasión que
no tenemos. En todo caso, si a menudo es
la mujer la que elige ser hembra sumisa
en vez de sargento de marines, y con su
pasividad o complicidad educa a los
hijos en esclavitudes idénticas a las
que ella sufrió, tampoco es justo que el
Islam se lleve todas las bofetadas. En
materia de esclavitudes, sumisión y
transmisión de costumbres a hijas y
nietas, igual de infame es el
espectáculo de esas españolísimas
marujas presuntamente modernas, libres y
respetables, que babean en programas de
televisión aplaudiendo y diciendo te
queremos y envidiamos, guapa, bonita, a
fulanas que encarnan lo que, en el fondo
y a menudo en la forma, a ellas les
habría gustado ser, y desean para sus
propias hijas: analfabetas sin otra
aspiración en la vida que convertirse en
putizorra de plató televisivo. Y esos
aplausos y admiración -hasta autógrafos
les piden, las tontas de la pepitilla-
me parecen tan indignos y envilecedores
para las mujeres, tan turbios y
reaccionarios, como un burka que las
cubra de la cabeza a los pies.
24/10/2011 El perro de RocroiLa vida concede ciertos privilegios, y tener algunos amigos leales, sólidos como rocas, es uno de los míos. Entre ellos se cuenta el mejor de los pintores de batallas españoles vivos: se llama Augusto Ferrer-Dalmau, y llegué a su amistad por el camino más corto: la admiración que siento por su obra. Un día fui a una exposición suya y se lo dije. Le hablé de cómo, en mi opinión, su pintura continúa y renueva una tradición clásica que en España, con breves excepciones, tuvo escasa fortuna. Pocos de nuestros pintores se ocuparon de un género que en Francia tuvo a Meissonier y a Detaille, y en Inglaterra a Caton Woodville. Por ejemplo.
Ahora Ferrer-Dalmau ha terminado un cuadro espléndido, que estos días puede admirarse en una exposición que sobre su obra y la de su paisano Cusachs se celebra en el venerable edificio de Capitanía de Madrid, esquina de Mayor con Bailén. Se llama `Rocroi. El último tercio´, y narra -pintar con talento es una forma de narrar tan eficaz como otra cualquiera- la situación en el campo de batalla de Rocroi hacia las diez de la mañana del 19 de mayo de 1643, cuando los veteranos de la destrozada infantería española, formando el último cuadro, esperaban impasibles el ataque final de la artillería y la caballería francesas. Último ataque, éste, que no llegó a producirse. Admirado el duque de Enghien por la resistencia de los españoles -murallas humanas, los llamaría Bossuet- permitió a los supervivientes capitular con todos los honores, en los términos que se concedían a las guarniciones de plazas fuertes.
El cuadro de Rocroi tiene para mí un sentido especial, pues nació de una conversación con el pintor mientras despachábamos un cordero con cuscús en un restaurante de Madrid. Un lienzo crepuscular, fue la idea, que reflejase la soledad y el ocaso, la derrota orgullosa, el impávido final simbólico de la fiel infantería que durante dos siglos, desde los Reyes Católicos a Felipe IV, hizo temblar a Europa. El retrato riguroso de aquellos soldados empujados por el hambre, la ambición o la aventura, que acuchillaron el mundo caminando tras las viejas banderas, desde las junglas americanas a las orillas lejanas del Mediterráneo, de las costas de Irlanda e Inglaterra a los diques de Flandes y las llanuras de Europa central: hombres brutales, crueles, arrogantes, amotinadizos y broncos, sólo disciplinados bajo el fuego, que todo lo soportaban en cualquier degüello o asedio, pero que a nadie -ni siquiera a su rey- toleraban que les alzase la voz.
Mete un perro en el cuadro, sugerí más tarde, cuando el artista me mostró los primeros bocetos: uno que, como sus amos, se mantenga erguido esperando el final. Un chucho español flaco, pulgoso, bastardo, que siguió a los soldados por los campos de batalla y que ahora, acogido también al último cuadro, abandonado por su patria y sin otro amparo que sus colmillos, sus redaños y los viejos camaradas, espera resignado el final. Y píntalo tan desafiante y cansado como ellos.
A Ferrer-Dalmau le gustó la idea. Y ahora he visto el cuadro acabado, y el perro está ahí, en el centro, entre un veterano de barba gris y un joven tambor de trece o catorce años que el artista ha pintado rubio porque, naturalmente, es hijo de madre holandesa y de medio tercio. En el lienzo no figura el nombre del perro; pero Ferrer-Dalmau y yo sabemos que se llama Canelo y es un cruce de podenco y galgo español de hocico largo y melancólico, firme sobre sus cuatro patas, arrimado a sus amos mientras mira las formaciones enemigas que se acercan entre el humo de la pólvora, dispuestas al ataque final. Vuelto a los franceses como diciéndose a sí mismo: hasta aquí hemos llegado, colega. Es hora de vender caro, a ladridos y dentelladas, el zurcido pellejo. El cuadro es soberbio, como digo. O me lo parece.
Retrata a la pobre y dura España de toda la vida: el soldado ciego con una espada en la mano, al que un compañero mantiene de pie y vuelto hacia el enemigo; los que rematan sañudos a los franceses moribundos; el tranquilo arcabucero que sopla la mecha para el último disparo; el desordenado palilleo de picas que eriza la formación, tan diferente a las victoriosas lanzas que pintó Velázquez. Y sobre todo, la expresión de los soldados que miran al enemigo-espectador con rencor asesino. Acércate, parecen decir. Si tienes huevos. Ven a que te raje, cabrón, mientras nos vamos juntos al infierno. Realmente da miedo acercarse a esos hombres; y uno entiende que les ofrecieran rendirse con honor antes que pagar el precio por exterminarlos uno a uno. Son tan auténticos como el buen Canelo: españoles desesperados, tirados como perros, olvidados de Dios y de su rey. Y pese a todo, arrogantes hasta el final, fieles a su reputación, temibles hasta en la derrota. Peligrosos y homicidas como la madre que nos parió.
17/10/2011 Ni flores, colegaTengo una urgencia floral. Necesito enviar un ramo de flores vía Interfloripondio, o Florexprés, o como se llame ese útil invento con el que eliges ramo, le pagas a la florista de tu barrio, y las flores las entregan desde una sucursal local en donde haga falta. Me corre prisa, así que trinco el coche y voy al pueblo más cercano, inquieto porque suele estar de tráfico hasta arriba. La suerte me guiña un ojo y encuentro espacio libre delante de la floristería. Sólo está permitido estacionarse para carga y descarga; pero como español de toda la vida, hecho a los usos y costumbres de mi patria, decido que en realidad voy a descargarme y cargarme yo mismo. También considero que estaré el tiempo preciso para elegir flores, dar la dirección de entrega, arriar la tela y largarme.
Lo hice otras veces, y son tres minutos justos. Además, compruebo por el retrovisor que hay detrás un automóvil cuyo conductor intenta meterse en el mismo sitio, y da muestras de impaciencia con un destello de faros y un toquecito de claxon. Eso me decide, naturalmente. Aparco. Entro. Buenos días, etcétera. La elección es rápida. Una maceta como aquélla. Con esto y lo otro. Echo mano a la cartera mientras espero que la dependienta levante el teléfono, como de costumbre, y llame a la ciudad de destino, que es Sevilla, para averiguar si tienen allí las macetas con plantas y flores que he elegido. Para mi sorpresa, lo que hace es teclear en el ordenata de a bordo. Pregunto qué pasa, y me dice que han modernizado el sistema. Que ahora todo se hace informatizado, vía internet. Temiéndome lo peor, miro hacia la puerta, donde sigue mi coche sin que por ahora ronde ningún policía municipal. Y trago saliva. Que sea lo que Dios quiera.
La dependienta teclea con denuedo. Tacatacatac. Es joven y masca chicle. Nunca la había visto antes, aunque hace veinte años que compro flores en la misma tienda. Hace preguntas insólitas: domicilio, teléfono, Deneí, número de Nif. Cosas así. Respondo con paciencia franciscana, volviéndome de vez en cuando a echarle una mirada al coche, hasta que me pide también una dirección de correo electrónico. Alto ahí, digo. Ya vale. He venido aquí a comprar una maceta, no a darme de alta en Telefónica. Son las nuevas normas, responde la dependienta.
Si no lleno todos los apartados de la plantilla no puede realizarse la operación. Empiezan a flaquearme las piernas. «¿Operación? -pregunto-. ¿Qué operación? Yo sólo quiero enviar una maceta a Sevilla. Hoy, a ser posible». Entonces la dependienta me mira con lástima profesional, calculando si merezco explicaciones. Parece concluir que no las merezco, pues acto seguido le da a otra tecla y aparece en la pantalla del ordenador una sucesión vertiginosa de ramos de flores y macetas. «¿Qué hace usted, criatura», pregunto, al filo del pánico. «Busco la referencia del modelo que nos solicita», responde seca. Le señalo el modelo con el dedo, porque está justo en el centro del escaparate, pero ignora mi dedo y sigue buscando en la pantalla. Al fin parece dar con ello, pues enarca una ceja, pulsa otra tecla y se queda mirando el ordenata mientras yo miro de nuevo hacia el coche, con gotas gordas de sudor corriéndome por el pescuezo. «AS3B2», dice al fin la pava, pensativa. «Agua», comento yo por hacerme el simpático, a ver si acelero la cosa. Pero sin éxito. Lo más que obtengo son tres mascadas de chicle y una mirada glacial. Transcurre un minuto de inactividad absoluta, esperando no sé exactamente qué. «Mientras no se caiga el sistema», comenta la dependienta, para animarme. Ella tamborilea con las uñas sobre la mesa y yo me como la de un pulgar; vuelto de vez en cuando hacia la puerta, pues creo haber visto pasar un coche azul con pirulos de la Policía Municipal.
Al fin, la dependienta mira la pantalla y enarca la otra ceja. «No da la referencia», comenta, críptica. La miro aterrado, esperando instrucciones como un marinero desvalido que mire al capitán en mitad del temporal que los desarbola. «¿Y qué hacemos?», inquiero al borde de las lágrimas. Entonces la dependienta hace -ultima ratio regum- lo que en ésta y en otras tiendas se ha hecho toda la vida: descuelga el teléfono y marca el número de Interfloripondio, o Florexprés, de Sevilla. «¿Tenéis macetas de tal y tal?», pregunta. A los treinta y cinco minutos de haber entrado en la tienda, y después de pagar un ramo de rosas -en toda Sevilla no hay una puta maceta con referencia AS3B2- salgo dándoles cabezazos a las paredes.
«Somos gilipollas», me digo una y otra vez, en voz alta. «Somos gilipollas». El comentario hace levantar la cabeza al policía municipal que, parado junto a mi coche, rellena su cuadernillo de multas. «Unos más que otros, don Arturo», comenta con sonrisa guasona. Y me alarga el papelito.
10/10/2011 El cretino de la curvaAyer por la tarde estuviste a punto de matarme. Cabrón. Un descuido trágico puede tenerlo cualquiera, por supuesto. Pero ése no fue tu caso. Tomaba tranquilamente una curva cerca de mi casa, a poca distancia del puente de piedra y el bar de Marcelino, y apareciste de frente con tu Seat Ibiza negro -creí ver que estaba tuneado, pero no me dio tiempo a confirmarlo-, a más de cien kilómetros por hora en un lugar señalizado para sesenta. Ignoro el motivo de que pisaras la continua. Quizá la música que tal vez llevabas a toda pastilla te ponía caliente, haciéndote perder el sentido de la realidad de las cosas.
Quizá atendías por el teléfono móvil una llamada de tu churri, o estabas presionando el encendedor del coche para encender un pitillo. Puede ser, también, que la velocidad excesiva te hiciera perder un instante el control en la curva; aunque imagino que, tal como eres, esto último no lo admitirías nunca. Igual que tus coleguis y todas tus perras castas, tonto de mierda, te consideras un virtuoso del volante y rey indiscutible de esas carreteras por las que siempre circulas por encima del límite, pegado al guardabarros del coche inmediato y adelantando por la derecha.
El caso es que ayer por la tarde, figura del asfalto, pasaste más de un metro la continua y me viniste encima por el morro. Te encontré de pronto delante, tan cerca que tuve ocasión de ver tu careto: unos treinta años, cara de cenutrio bajuno, pelo muy corto y flequillo engominado en forma de cresta. Para resumir, uno de esos pavos que tecleas en Google las palabras macarra, bajuno y poligonero, y salen tu foto de carnet y la de la madre que te parió. Te asustaste, confiésalo, porque pegaste un volantazo mientras chirriaban tus neumáticos; y entre eso y mi desesperada maniobra para eludirte hubo tiempo de que volvieses a tu carril, pasando a dos metros de mi faro izquierdo.
Te fuiste de rositas, supongo que a la misma velocidad, en busca de otro a quien endiñársela. Dejándome con una doble frustración, fruto del primer impulso: no tener veinte años y la seguridad necesaria para dar la vuelta al coche y perseguirte hasta la primera gasolinera, y no llevar en el maletero una escopeta con plomos del doce. Ahora, en frío, me alegro de que no se diera ninguna de esas circunstancias; pero el reconcome de la frustración sigue dándome retortijones en la memoria. Por eso te dedico esta página.
A ver si te lo explico clarito, tonto del culo. Ya han estado a pique de matarme antes, varias veces. Igual se te hace raro; pero aparte el coche tuneado y la discoteca hay vidas que, si las administras y tienes suerte, dan algo de sí. Antes de que nos cruzáramos ayer por la tarde, asómbrate, me quisieron poner mirando a Triana con diversas herramientas y en varios idiomas. Fulanos negros, blancos, amarillos, cobrizos, o mitad y mitad. De todo, oyes. Te lo juro. Unos por casualidad y otros con ganas. Hasta en cierta ocasión, de jovencito, un fulano como un orangután empezó a tirarme navajazos en un puticlub de El Aaiún, y yo no tenía con qué; y si no llega a intervenir mi amigo el teniente Albaladejo rompiéndole la cara, me quedo allí listo de papeles.
Todavía trago saliva al acordarme. Pero no sólo personas, ojo. Una vez, volando entre Larnaca y Beirut -que están un poco más allá de Fuenlabrada-, pegó un rayo en el avión. No veas el acojone. Y hasta el mar, que es muy borde cuando se cabrea, lo intenta alguna vez. Imagínate: yo blasfemando, mojado hasta el ombligo y con las uñas sangrando, y él dale que te pego, viento y olas que te rilas. Pero tengo suerte, tío. Y aquí me tienes. Contándotelo.
Comprenderás, considerado eso, que habría tenido mucha guasa no palmar en Sarajevo ni en el golfo de León, por ejemplo, para que tú me dieras matarile en la curva del bar de Marcelino. Llevándome además, como última imagen, no un paisaje bonito, un cuerpo de mujer o el rostro de amigos y gente querida, sino tu estúpida cara de cretino con cresta engomada saltándose la continua. Haber visto en dos absurdos segundos mi vida -o la de cualquier ciudadano al que el azar hubiese puesto en mi lugar en ese momento- interrumpida, rota, truncada, aniquilada por un cateto irresponsable que perdía el control del volante porque iba con prisa por recoger a su Yenifer, pasado de copas o de lo otro, se creía Fernando Alonso con un Ferrari, o conducía distraído y rascándose los huevos. Así que, mira. Como soy un fulano más bien correoso, poco inclinado a poner la otra mejilla y a la compasión hacia quien no la merece, espero que no te tomes a mal, dadas las circunstancias, dos detalles personales: que me cisque en tus muertos más frescos, y que desee con toda sinceridad, ya que amas la emoción automovilística, que uno de estos días pongas el coche a doscientos cuarenta, o lo que dé de sí, y te estampes contra una pared. Chof. Tú solo, o sea. Sin implicar a nadie. Hijo de la gran puta.
03/10/2011 Un muchacho con un libroEstoy sentado donde suelo hacerlo cuando me encuentro en la plaza Mayor de Madrid, que es la terraza del bar Andaluz. Me gusta instalarme allí con un libro al sol de invierno o a la sombra del verano; y de vez en cuando, levantando la mirada, ver pasar a la gente o conversar con los camareros: dos viejos amigos que, desde su privilegiado observatorio, toman el pulso diario a la condición humana con singular sabiduría y precisión. Estoy allí, como digo, observando a ratos a los habituales que se buscan la vida en la plaza: el acordeonista virtuoso aunque no siempre oportuno, el que hace pompas de jabón, el Spiderman barrigudo que se fotografía con los paseantes. Y observo, una vez más, que la peña resulta agarradísima a la hora de aforar una chapa. Igual dan guiris o de aquí: ven a Bart Simpson en la plaza, se ponen al lado para hacerse una foto, y luego se largan sin dar las gracias ni soltar, por supuesto, una pequeña propina. Dando por sentado, los miserables, que el fulano que pasa todo el día al sol con tres kilos de paño encima está allí por simpatía y amor al arte, para que ellos se hagan fotos sonriendo felices, por la cara.
En una mesa cercana hay un muchacho que lee un libro. Tiene unos diecisiete o dieciocho años, está solo, y llama la atención porque no es frecuente encontrar lectores en este paraje. Está concentrado en las páginas, y de vez en cuando cierra el libro y se queda mirando la plaza sin verla, con la expresión de quien permanece ajeno a cuanto ocurre ante sus ojos. Con esa mirada ausente que todo lector conoce como propia: la de quien se detiene en el acto de leer pero no interrumpe la lectura, sino que sigue inmerso en las imágenes o las ideas que el libro suscita. Uno de los camareros pasa por mi lado y sonríe dirigiéndole una mirada de simpatía al muchacho, como si dijera: ahí tiene usted a un potencial cliente, o por lo menos a un colega devorador de letra impresa.
Me pregunto qué lee el muchacho. Por qué mundos andará, merced al libro que tiene en las manos. Con la curiosidad natural entre hermanos de la costa, hago esfuerzos por ver la tapa del volumen, arriesgando descoyuntarme las cervicales. Por el grosor y formato, parece una novela. No consigo ver el título ni la portada. Lo que está claro es que al joven le interesa mucho lo que lee, pues pasa las páginas con la decisión del lector seguro de sí; y cuando levanta la vista sostiene el volumen con ese tacto familiar, confianzudo, de quien siente con un libro en las manos el mismo consuelo, o confianza, que un pistolero al sopesar un revólver con seis balas en el tambor. Mucho se equivocan, pienso una vez más, quienes afirman que una tableta electrónica borrará el libro de papel de las necesidades humanas. Porque un libro no sirve sólo para leer. Sirve también para que su peso tranquilice las manos lectoras, para subrayar y ajar sus páginas con el uso, para regalar el ejemplar leído a personas a las que quieres. Para ver amarillear sus páginas con los años sobre los viejos subrayados que hiciste cuando eras distinto a quien ahora eres. Para decorar -no hay cuadro ni objeto comparable en belleza- una habitación o una casa. Para amueblar una vida.
El muchacho ha cerrado el libro y me parece advertir, aunque no distingo título ni autor, una ilustración en la tapa que parece un velero antiguo. Quizá se trate de una novela sobre el mar, concluyo. Tal vez en este momento el muchacho no está aquí sino empeñado a cañonazos, corriendo un temporal con sólo la gavia rizada del trinquete, apretando los dientes mientras empuña el arpón. Quizá en este momento navegue hacia islas a las que nunca llegan órdenes de captura, busque a los náufragos del Raquel, recorra entre astillazos la cubierta de la Suprise, o ice la bandera del corsario alemán Emdem para el último combate en las islas Cocos. Quizá -o sin duda- ese joven lector ha descubierto ya que para adueñarse cómodamente de ésos y otros mundos, para llenar la existencia propia de experiencias ajenas y vivir mil vidas que de otro modo serían imposibles, basta con abrir las tapas de un libro. Al fin, el muchacho cierra su volumen, lo guarda en la mochila y se marcha. Lo sigo con la vista, deseándole silenciosamente suerte en zafarranchos, temporales y arribadas. Que tengas buen viento y buena caza, chaval. Le deseo. Que la vida te depare valor en combates y abordajes, dignidad en las derrotas, serenidad en los naufragios, amigos leales y hermosas mujeres a bordo o esperándote en los puertos. Y mientras se aleja me parece verlo caminar balanceándose ligeramente, tranquilo, alerta, afirmando los pies con seguridad a cada paso. Como si en ese momento cruzara su particular línea de sombra pisando la cubierta inestable de un barco, y en el libro que lleva en la mochila hubiese aprendido cómo hacerlo.
26/09/2011 Una historia de violenciaMe dan la bronca algunos lectores veteranos porque hace tiempo que no hablo de esos personajes e historias del pasado que a veces, para bien o para mal, ayudan a encajar el presente. Así que, para quienes echan de menos las historias del abuelo Cebolleta, hoy tocamos esa tecla, recordando a uno de esos fulanos sobre los que, de nacer en otro sitio, habría novelas, películas y series de la tele. Pero nació aquí, aunque pasó la vida fuera de España, ganándose el pan con una espada. Así que tenía pocas posibilidades de figurar en los libros de texto de los colegios. Como dijo no recuerdo qué político analfabeto de los que mezclan churras con merinas, la violencia no educa.
Año 1547. La España del emperador Carlos V tiene al mundo agarrado por las pelotas. Los príncipes protestantes se han puesto flamencos, y les caen encima, entre otros, los tercios de infantería española. La cosa se dilucida en Mühlberg, con el río Elba entre los ejércitos del elector de Sajonia y el del emperador. Se acomete la gente, se retiran los luteranos, y en mitad del pifostio hay un momento delicado. Huyendo ante el empuje de la vanguardia mandada por el duque de Alba, que siega como una guadaña, los alemanes -marcando el paso de la oca, o lo que marcaran entonces- pasan el río por un puente de barcas, lo recogen en la otra orilla, y para defender el único vado y cubrir su retirada acumulan allí enorme cantidad de artillería y arcabuceros. De manera que al llegar los españoles granizan balas sobre los arneses. El de Alba, cabreadísimo, va de un lado a otro sin saber cómo hincarle el diente al asunto, pues los tudescos van a enrocarse tras las murallas de la plaza fuerte, y de allí no los sacarán ni con Tres en Uno. El emperador está a punto de llegar con el grueso del ejército, encontrando el paso bloqueado; y además, los enemigos empiezan a incendiar las barcas. Como para ingerir cianuro.
Entonces ocurre una de esas cosas que a veces nos pierden a los españoles y otras nos salvan. Algo muy nuestro. Muy de aquí. Porque de pronto, en mitad del carajal, a un soldado del Tercio Viejo se le va la pinza y empieza a ciscarse en los alemanes y en todos sus muertos; y jurando en arameo se pone la espada entre los dientes, echa a nadar por el vado bajo una lluvia de arcabuzazos, llega a la orilla con dos cojones, arremete contra los alemanes echando espumarajos, y mata a cinco. Tras él, por vergüenza torera y porque está feo dejarlo ir solo, se han echado al agua su capitán y nueve soldados, que salen chapoteando y gritando «España, cierra, cierra», como animales. Imagínense el cuadro y las pintas de mis primos, aullando mojados de barro y con ojos de locos, de mucho matar, con sus barbas, espadas, escapularios y demás parafernalia. De ese modo los colegas llegan a tiempo de ayudar al que pelea a la desesperada, acuchillando a mansalva. Así, entre los diez, hacen un escabeche de toma pan y moja. Y mientras los alemanes deciden que es momento de salir por pies a buscar unas cervezas, los españoles, chorreando agua y sangre ajena, apagan el incendio, reconstruyen el puente, y cuando llega el emperador, su ejército lo pasa tranquilamente, alcanza al enemigo, y al elector de Sajonia y a su puta madre les da las suyas y las de un bombero.
Después, Carlos V pregunta quién fue el majara que cruzó el río. Y le presentan a un oscuro soldado de padres vascos aunque nacido en Medina del Campo, llamado Cristóbal Mondragón. Y allí mismo, sobre el campo de batalla, el emperador lo llama «el mejor soldado del mejor tercio de la infantería española» y lo nombra alférez. Al capitán que lo siguió lo asciende a maestre de campo, y a los nueve soldados les da tanto dinero que Lope de Vega, en su comedia El valiente Céspedes, dirá más tarde que los ha cubierto de oro.
¿Colorín colorado? Casi. Y no como habría debido ser. Con el tiempo, Mondragón se convirtió en uno de los más destacados militares españoles en las guerras de Flandes. Amado por sus hombres, eso le granjeó -no podía ser de otra manera-, odios y envidias en España. Y Felipe II, al que sirvió con tanta devoción y valor como al padre, se portó con él como un miserable. Cuando ya veterano volvió a su patria y solicitó expediente de nobleza, los jueces se las arreglaron para inventarle antepasados judíos. Humillado, lleno de amargura y vergüenza, Mondragón regresó a Flandes, de donde no había de volver nunca. Acabó con noventa años, digno hasta el fin, ordenando que lo pusieran en la ventana para que sus soldados, que lo adoraban, lo viesen morir. En su testamento pedía, en pago a sus servicios, la castellanía de Amberes para su hijo y una capitanía de lanzas para su nieto. El rey, naturalmente, no concedió ni la una ni la otra.
19/09/2011 Tirachinas para el neneHoy vamos a jugar, si les parece, al bonito juego de imaginar absurdos. Imaginemos, por ejemplo, que usted lleva a sus niños a las fiestas del cole, o al recinto infantil de las de su pueblo; y allí, presidiendo el despliegue de globos, chuches, cuentacuentos, columpios y colchonetas de gomaespuma, ve un cartelón enorme en el que, junto a la imagen de un muchacho con rostro oculto por pasamontañas, que tensa en las manos un tirachinas con tornillo gordo o bola de acero dentro, figuran las palabras «Prepárate para luchar». Sé que suena a barbaridad, en efecto. La estúpida posibilidad. En el sentido, además, literal de la palabra bárbaro. Pero, en fin. Una vez imaginado eso, imagine también cuál sería su reacción. O permítamelo a mí, si le da pereza. Como cualquier padre normal, se llevaría -nos llevaríamos- de allí a las criaturas con una rapidez que pulverizaría varios récords olímpicos. Y acto seguido, tras poner a los niños a buen recaudo, y en unión de otros padres a los que supongo tan indignados como usted o yo, montaría un pifostio de aquí te espero. Exigiendo, como mínimo, la cabeza del director del colegio o del alcalde responsables de tolerar semejante atrocidad.
Parece lógico, ¿verdad? Pues se equivoca usted y me equivoco yo. Valga como prueba una foto que, hecho curioso, apenas ha merecido comentarios en este país delirante donde cualquier disparate se considera lo más natural del mundo. Se tomó durante las fiestas del pueblo navarro de Leiza, y sobre ella podrían escribirse varias tesis doctorales. Muestra una carpa municipal, la del recinto infantil, presidida por un cartelón enorme cuyo centro está ocupado por la imagen amenazadora -estéticamente muy lograda, estilo Banksy- de un joven con gorro de lana y rostro cubierto por un pañuelo, que tensa su tirachinas junto a una estrella roja y solitaria que también decora el pañuelo. Y la imagen, situada dentro de un círculo negro, está flanqueada por dos frases en letra mayúscula y con signos de exclamación: «Independetzia eta sozialismoa», que no necesita traducción, y «Borrokatu Antolatu»; que, si mi limitadísimo euskera no me engaña -aunque todo puede ocurrir-, significa prepárate para luchar, asume la lucha o algo parecido.
Pero oigan. Lo estremecedor no es el cartel, que a fin de cuentas puede verse pintado en cualquier pared del País Vasco o la Navarra irredenta, sino las mamás. Porque la escena, tirachinas y borrokatu aparte, está llena de niños y mamás. Los enanos, de ambos sexos y sexas, tienen entre tres y siete años, y andan por allí con globos y chupando caramelos pringosos. Las madres atienden a sus retoños en compañía de monitoras -deliciosa estética Nekane- con absoluta naturalidad, inflándole el globito a uno, limpiándole los mocos a otra y cosas así. Incluso hay una mamá, a la izquierda, que sostiene lo que a primera vista parece una pistolita amarilla monísima, perteneciente a su criatura de tres años, pero que tras una observación detenida resulta ser una bolsa de patatas fritas apretada en la mano. Y todas esas mamás, como digo, están ahí con sus tiernos infantes, dejándolos impregnarse bien del espíritu festivo del pueblo leizatarra, o como se diga. Esperanzadas y orgullosas, supongo -ante ese cartelón descomunal, indiferentes o distraídas sería imposible-, de que sus vástagos tomen buena nota de cuáles son las urgencias del pueblo y de la patria. Y así, el día de mañana, cada vez que esos niños, para entonces hombres y mujeres hechos y derechos y hechas y derechas, vean un tirachinas y un pasamontañas, les pasará lo que a los trianeros les ocurre en Semana Santa cuando pasa el Cachorro; que lloran como magdalenas, y a quienes los miran asombrados les comentan: «Es que para entender esto, que por la gloria de mi madre es lo más grande del mundo, hay que haber nacido en Sevilla».
Y es que ciertas cosas hay que verlas en su contexto. En Leiza -tres asesinados por ETA en su limpio historial-, las madres, los niños y el resto de la sociedad, privados por la cara de independencia y socialismo, gimen bajo la bota de España, cuyos txakurras y cipayos encarcelan a heroicos gudaris mientras el Estado fascista construye carreteras y trenes de alta velocidad que destruirán el paisaje de una Euskadi utópica y feliz, parecida a la Irlanda postiza de El hombre tranquilo: vacas pastando, humo de caseríos entre la foresta y fornidos aizkolaris socios del Atlético de Bilbao. De ahí la necesidad de formar, desde la cuna, a pequeños gudaritos que el día de mañana, cada vez que vean un pasamontañas y un tirachinas, lloren emocionados recordando los festejos entrañables de su tierna infancia. Diciendo, como en Sevilla, que para entender eso -por la gloria de sus madres- hay que tener el orgullo de haber nacido en Leiza.
12/09/2011 Saludando no es gerundioNo sé si se habrán fijado, aunque supongo que sí. Que se fijan. Cada vez resulta más inusual que alguien, al interpelar a otro en busca de un servicio o una información, recurra a la correctísima y tradicional fórmula «por favor», y mucho menos que anteponga un cortés «buenos días». Por lo común, la peña suele abordarse sin prolegómenos, a bocajarro, en plan compadres que frecuenten el mismo puticlub, sustituyendo el saludo de toda la vida por una frase absurda que en los últimos tiempos ha hecho fortuna en España, y que permite identificar de lejos a un compatriota, o lo que seamos ahora, en cualquier latitud y longitud: ese bajuno «oye, perdona», acentuado por el infame tuteo con que resolvemos, tanto con abuelos como con niños, nuestra vida social. No hace mucho, en un local muy correcto de París, tras escuchar en una mesa vecina un sonoro «oye, perdona», vi a un estirado camarero gabacho hacerse el sueco ante dos turistas españoles ya maduritos. Con mi silencioso, íntimo y -no me avergüenza confesarlo- perverso regodeo.
En cuanto al «buenos días» cuando nos cruzamos con un presunto semejante, ni les cuento. No hay quien lo extraiga ni con alicates. Naturalmente, no hablo de ir por las ramblas de Barcelona o la Puerta del Sol de Madrid diciendo buenos días a todo cristo, como un imbécil. Hay momentos y momentos. Pero es cierto que cualquier clase de saludo, cuando nos encontramos con una persona sólo vagamente conocida, o con desconocidos a quienes las circunstancias acercan de modo particular, se hace cada vez más raro. Incluso cuando eres tú quien toma la iniciativa y saluda primero, hay muchas probabilidades de que el interpelado no responda y pase por tu lado sin decir esta boca es mía.
Un ejemplo. Amarro desde hace veinte años en un puertecito mediterráneo de ambiente tradicional. En sus muelles, pantalanes e instalaciones me cruzo con propietarios de barcos, marinos extranjeros en tránsito, marineros y socios de club náutico. Ante ellos, los conozca o no, el reflejo natural es decir «buenos días». Los navegantes extranjeros, habituales o de paso, saludan casi siempre, aunque no te conozcan. Con frecuencia toman la iniciativa, incluyendo una sonrisa amistosa. Los españoles, por el contrario, suelen pasar contemplando el horizonte, interesadísimos por alguna gaviota que allí planee. Ni ven, ni oyen, ni hablan. Y cuando lo hacen casi nunca es por impulso propio, sino en respuesta a tu «buenos días» o «buenas tardes». En lo que a la gente joven se refiere, extraordinario es que digan al menos «hola». Cruzan impasibles sin mirarte, saludes como saludes, a pesar de que, en lo de responder a saludos de vecinos y conocidos, los niños son mejores que los padres; quizá porque el instinto de su poca edad y el colegio reciente los hacen respetar un poco más a los adultos.
Otro ejemplo personal, aunque transferible: vivo en la sierra de Madrid y camino a diario. A veces encuentro a otros paseantes, y es pintoresca la actitud de buena parte de ellos. Mientras se acercan desvían la mirada, como si no te vieran; y si no dices nada, pasan vueltos hacia otro lado, mudos. Sólo cuando apuntas «buenos días» responden apresuradamente, a veces cuando ya están a tu espalda. Quienes lo hacen. Otros siguen adelante, imperturbables. No va con ellos. La más notable es una señora -la llamo señora con razonables reservas- con la que me encuentro a menudo. La he visto hacerse mayor, dos veces embarazada, y ahora camina con dificultad a causa de un accidente o una dolencia. Ni una sola vez ese trozo de carne con patas respondió al «buenos días» que le dirigí durante veinte años. Hasta que me cansé de hacerlo.
Pero cada cual tiene su manera de vengarse. A veces, si voy en plan cabroncete y alguien llega de frente, hago como él: mirar con fijeza hacia la lejanía o el suelo, cual si algo allí atrajese mi atención. Y luego, al llegar a su lado, lo miro de pronto y disparo un «buenos días» inesperado, casi agresivo, que suele pillar al sujeto de improviso; saludo ante el que balbucea una desconcertada o presurosa respuesta, mientras yo me alejo riendo entre dientes, arf, arf, arf. Como el perro Pulgoso.
Supongo que cualquiera de ustedes conoce casos parecidos en los que oficie de protagonista activo o pasivo. Pero no creo que deban atribuirse siempre a grosería o mala voluntad. Muchas veces se trata sólo de incertidumbre y timidez social, fruto de una educación deficiente: la inseguridad de no tener claros, desde niños, los usos elementales de cortesía y convivencia. Y no deja de ser contradictorio, en esta España saturada de demagogia idiota, buen rollito y compadreo cantamañanas, que despreciemos de ese modo las fórmulas que, precisamente, ayudan a que la sociedad de los seres humanos sea soportable.
05/09/2011 Turistas que merecemos
Si hay algo que me sigue dejando patedefuá, pese al escaso margen de sorpresa que a uno le deja ser súbdito español y tener los sesenta tacos casi a punto de nieve, es la facilidad de algunos compatriotas, o como se llamen ahora, para salir en la tele sorprendiéndose ante lo obvio. Lamentando de pronto, pancarta en alto, lo que hasta el más tonto del pueblo veía venir desde hace años, sin otra bola de cristal que el sentido común. Pensaba en eso este verano, durante los incidentes provocados en algunas localidades costeras por hordas de turistas jóvenes, ebrios y gamberros, mientras las autoridades locales y los vecinos ponían el grito en el cielo, preguntándose qué habían hecho ellos para merecer eso. Lamentando que España, o buena parte de su litoral mediterráneo, se haya convertido en la cochinera donde viene a recalar el turismo más cutre y bajuno de Europa. La meca de la chusma cervecera, bailona y vomitona, a veinte euros por noche.
Vaya por delante que turismo basura hay en todas partes. Verbigracia, Italia. En materia de chusma, incluida la indígena, poco tienen que envidiar los primos del Lacio y aledaños a nuestros más conspicuos poligoneros nacionales, o a los turistas de cerveza, discoteca con fiesta de espuma y alivio en el portal. Lo que pasa es que allí, junto a ese turismo de bajo coste y carne sudorosa macerada en alcohol, los italianos, que son varias cosas menos tontos, han sabido mantener, paralela, una oferta turística de alta calidad, con lugares donde el turismo de mayor nivel económico y exigencia, incluida la cultural, también se encuentra a sus anchas. Al menos, de momento. Sitios, ésos, que viven no sólo de la cantidad de botellas de agua mineral, bocatas y pizzas recalentadas que turistas de menos recursos -dignísimos y con derecho a comer, por otra parte- consumen cada día, sino también de viajeros que pueden gastarse durante una cena con vistas al lago de Como, sin que les tiemble el pulso, 150 euros en una botella de Gaja. Por ejemplo.
Pero eso hay que currárselo. Lo fácil es montarlo con docenas de torres de apartamentos y hoteles baratos, tropecientas hamburgueserías y discotecas, barriles de cerveza en cada esquina y guindillas municipales tolerantes con el guiri que, antes de caer en coma etílico o matarse haciendo el gilipollas en el balcón, se desnuda, orina, rompe y vomita por doquier. Reconvirtiendo todo el comercio local, restaurantes, tiendas, bares, para adaptarlo a esa subespecie de clientes. Sin exigir, siquiera, que se pongan la camiseta cuando entran descalzos y rascándose los huevos, o el chichi, y que echen la pota en otra parte; no vayan a irse a comprar a la tienda o al pueblo vecinos. Pero claro. Para combinar este turismo ya inevitable con el de categoría, y aprovechar lo más rentable de ambos, hacen falta cultura, tradición, inteligencia, previsión a medio y largo plazo, y sobre todo la conciencia de que una oferta turística no puede inspirarse sólo en suelta lo que tengas y mañana Dios dirá. Tomemos por ejemplo La Manga, que algunos conocimos de niños cuando era una bellísima lengua de arena desierta entre dos mares. ¿Imaginan lo que sería hoy ese lugar, de haber caído en manos de promotores inteligentes y con una visión de futuro digna, en vez de acabar convertido en un disparate de especulación y una pesadilla urbanística? ¿Calculan la riqueza que estaría generando para toda la región, orientada a un turismo de calidad con servicios impecables?
Lo nuestro, sin embargo, es otra cosa. Cuando cinco mil alemanes, italianos e ingleses empastillados y borrachos, a los que igual dan Lloret de Mar que Tegucigalpa porque van ciegos, lo ponen todo patas arriba haciendo en manada lo que en su país no les permiten que hagan, y los guardias de la porra se ponen de pronto cumplidores y tienen que correrlos a hostias porque le pegan fuego al pueblo, echamos la culpa a los dueños de discotecas, y a la degradación de valores en la juventud, y a la puta que nos parió. Obviando que llevamos décadas pidiendo a gritos esa clase exacta de turistas; y que para complacerlos, beneficiándonos de sus miserables migajas, transformamos muchos de nuestros pueblos costeros en barras al aire libre, arrasamos el buen gusto, liquidamos el comercio tradicional, convertimos a nuestros hijos en camareros de chiringuito y lamemos las chanclas a la gentuza de toda Europa. Por eso tiene coña que ahora, cuando recogemos en el telediario los frutos de nuestro esfuerzo, de ese pan para hoy y hambre para mañana -lo que tarde en tranquilizarse la otra orilla del Mediterráneo-, los alcaldes, concejales, comerciantes y vecinos que por acción o silencio fuimos cómplices de tan grotesco y sudoroso negocio, nos llevemos las manos a la cabeza. Olvidando que a quien pide música luego le toca bailarla.
29/08/2011 Retrato de un héroe
Hay héroes en la vida real. No sólo en el cine, la tele o la literatura. Usted y yo nos cruzamos con ellos con frecuencia, sin reconocerlos. Es injusto, pero así son las cosas. La gente debería llevar su biografía escrita en la cara. En la mirada. A veces la lleva, pero no todo el mundo sabe leer allí. Pocos lo hacen. De cualquier modo, las biografías visibles no son el caso. Los héroes pasan por nuestro lado sin que reparemos en ellos. Se sientan en la terraza del bar, se sujetan a la barra del metro o hacen cola en la oficina del paro, como tantos. Conozco a uno con pinta de pobre diablo: un emigrante rumano que se busca la vida trabajando de albañil en lo que puede. Es joven, de maneras toscas. Un día, camino de la obra, vio que una anciana, a la que no conocía de nada, quería tirarse por la ventana de un tercer piso. El hombre trepó arriba como pudo y la estuvo sosteniendo, jugándose la vida en el vacío, hasta que llegaron los vecinos y los bomberos. Después se fue a acarrear ladrillos, como cada día, y agachó la cabeza cuando el capataz lo abroncó por llegar tarde.
Sé de otro héroe, entre tantos, con el que se cruzan algunos de ustedes de vez en cuando. Lleva casi treinta años salvando vidas, pero no se le nota. Es un tipo callado. Discreto. Supongo que nunca me perdonaría que diese aquí su nombre, así que ni lo intento. Baste decir que hay quien lo admira y quien lo ama. Quien le lleva la cuenta de los rescates que ha realizado en el mar. Unos cuatro mil, calculan. Primero como buceador y luego en Salvamento Marítimo. De manzanilla man, que dicen allí; porque, como las bolsitas de infusión, lo cuelgan con un cabo desde un helicóptero y lo sumergen en el agua para que trinque a la gente. Duro que te rilas, imagínense. El pavo. Una vez salió su foto en los periódicos, sujetando los intestinos de un fulano al que llevaban en una zodiac camino del buque hospital Esperanza del Mar. Antes de evacuar al herido tuvo que reducir a hostias al tripulante que se paseaba por la cubierta del pesquero con un ataque de delirium tremens, llevando en la mano el cuchillo con el que acababa de rajar a su colega.
Hace un tiempo, el helicóptero donde volaba con tres compañeros cayó al agua frente a la costa de Almería. Cosas de la mala suerte. De que salga tu número. Nuestro héroe es un hombre entrenado para esa clase de situaciones: sabe cosas que el común de los mortales ignoramos. Así que las puso en práctica por instinto de adiestramiento. Se llenó el pecho de aire segundos antes del impacto, hiperventiló mientras se inundaba la cabina, se zafó del arnés que lo ataba al helicóptero que se hundía, y subió a una balsa salvavidas. Allí cogió un cuchillo y una linterna, se quitó el chaleco inflado para poder sumergirse, y tras palpar la carne levantada en su cuero cabelludo y comprobar que pese al golpe y las heridas estaba entero, buceó de nuevo en busca de sus compañeros. No los encontró. Agotado, volvió a la balsa. No usó las bengalas de mano porque sabía que flotaba en una mancha de queroseno. Lanzó una con paracaídas, se tumbó en la balsa y aguardó haciendo señales intermitentes con la linterna. Rescatado por una patrullera de la Guardia Civil, sus palabras en el hospital fueron «¡Cosedme ya, joder!... ¡Tengo que ir a por mis compañeros!». Pero los tres habían muerto en el impacto.
Hubo medallas con distintivo rojo para los cuatro. Los muertos y el superviviente. A menudo queda alguien para contarlo, aunque éste sea poco amigo de contar. Aquel día, el telediario apenas mencionó la noticia: un helicóptero de rescate caído al mar y tres palabras del ministro del ramo. Punto. Nada sobre quiénes eran los tres desaparecidos, qué los llevó a la muerte, cuántas vidas salvaron jugándosela durante años y años. Nada sobre el cuarto hombre. El que seguía vivo. El que se lamía las heridas. Por aquellos días aún lo copaba todo el terremoto de Haití, más espectacular y vistoso. Comparados con las conexiones en directo desde Puerto Príncipe, tres rescatadores muertos eran poca cosa. Para lo que sí hubo espacio fue para que la tele y los periódicos se ocuparan de las andanzas de Brad Pitt y Angelina Jolie. Sus vacaciones solidarias en no sé dónde. También en Haití, me parece. Tan humanitarios ellos. Tan guapos y tan fashion.
Hágase un favor, estimado lector. A usted mismo. Cuando vaya hoy a tomar un café, una caña o lo que sea, preste atención al apoyarse en la barra del bar o la cafetería.
Tal vez haya a su lado un hombre o una mujer, solos o acompañados, mojando un churro en la taza, despachando un pincho de tortilla o tomándose una aspirina. Tipos normales, como usted o como yo. Gente de infantería. Obsérvelos de reojo y con respeto, porque nunca se sabe. Quizá esté mirando a un héroe.
22/08/2011 Sobre imbéciles y malvados
No quiero, señor presidente, que se quite de en medio sin dedicarle un recuerdo con marca de la casa. En esta España desmemoriada e infeliz estamos acostumbrados a que la gente se vaya de rositas después del estropicio. No es su caso, pues llevan tiempo diciéndole de todo menos guapo. Hasta sus más conspicuos sicarios a sueldo o por la cara, esos golfos oportunistas -gentuza vomitada por la política que ejerce ahora de tertuliana o periodista sin haberse duchado- que babeaban haciéndole succiones entusiastas, dicen si te he visto no me acuerdo mientras acuden, como suelen, en auxilio del vencedor, sea quien sea. Esto de hoy también toca esa tecla, aunque ningún lector habitual lo tomará por lanzada a moro muerto. Si me permite cierta chulería retrospectiva, señor presidente, lo mío es de mucho antes. Ya le llamé imbécil en esta misma página el 23 de diciembre de 2007, en un artículo que terminaba: «Más miedo me da un imbécil que un malvado». Pero tampoco hacía falta ser profeta, oiga. Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.
Agradezco muchos de sus esfuerzos. Casi todas las intenciones y algunos logros me hicieron creer que algo sacaríamos en limpio. Pienso en la ampliación de los derechos sociales, el freno a la mafia conservadora y trincona en materia de educación escolar, los esfuerzos por dignificar el papel social de la mujer y su defensa frente a la violencia machista, la reivindicación de los derechos de los homosexuales o el reconocimiento de la memoria debida a las víctimas de la Guerra Civil. Incluso su campaña para acabar con el terrorismo vasco, señor presidente, merece más elogios de los que dejan oír las protestas de la derecha radical. El problema es que buena parte del trabajo a realizar, que por lo delicado habría correspondido a personas de talla intelectual y solvencia política, lo puso usted, con la ligereza formal que caracterizó sus siete años de gobierno, en manos de una pandilla de irresponsables de ambos sexos: demagogos cantamañanas y frívolas tontas del culo que, como usted mismo, no leyeron un libro jamás. Eso, cuando no en sinvergüenzas que, pese a que su competencia los hacía conscientes de lo real y lo justo, secundaron, sumisos, auténticos disparates. Y así, rodeado de esa corte de esbirros, cobardes y analfabetos, vivió usted su Disneylandia durante dos legislaturas en las que corrompió muchas causas nobles, hizo imposibles otras, y con la soberbia del rey desnudo llegó a creer que la mayor parte de los españoles -y españolas, que añadirían sus Bibianas y sus Leires- somos tan gilipollas como usted. Lo que no le recrimino del todo; pues en las últimas elecciones, con toda España sabiendo lo que ocurría y lo que iba a ocurrir, usted fue reelegido presidente. Por la mitad, supongo, de cada diez de los que hoy hacen cola en las oficinas del paro.
Pero no sólo eso, señor presidente. El paso de imbécil a malvado lo dio usted en otros aspectos que en su partido conocen de sobra, aunque hasta hace poco silbaran mirando a otro lado. Sin el menor respeto por la verdad ni la lealtad, usted mintió y traicionó a todos. Empecinado en sus errores, terco en ignorar la realidad, trituró a los críticos y a los sensatos, destrozando un partido imprescindible para España. Y ahora, cuando se va usted a hacer puñetas, deja un Estado desmantelado, indigente, y tal vez en manos de la derecha conservadora para un par de legislaturas. Con monseñor Rouco y la España negra de mantilla, peineta y agua bendita, que tanto nos había costado meter a empujones en el convento, retirando las bolitas de naftalina, radiante, mientras se frota las manos.
Ojalá la peña se lo recuerde durante el resto de su vida, si tiene los santos huevos de entrar en un bar a tomar ese café que, estoy seguro, sigue sin tener ni puta idea de lo que vale. Usted, señor presidente, ha convertido la mentira en deber patriótico, comprado a los sindicatos, sobornado con claudicaciones infames al nacionalismo más desvergonzado, envilecido la Justicia, penalizado como delito el uso correcto de la lengua española, envenenado la convivencia al utilizar, a falta de ideología propia, viejos rencores históricos como factor de coherencia interna y propaganda pública. Ha sido un gobernante patético, de asombrosa indigencia cultural, incompetente, traidor y embustero hasta el último minuto; pues hasta en lo de irse o no irse mintió también, como en todo. Ha sido el payaso de Europa y la vergüenza del telediario, haciéndonos sonrojar cada vez que aparecía junto a Sarkozy, Merkel y hasta Berlusconi, que ya es el colmo. Con intérprete de por medio, naturalmente. Ni inglés ha sido capaz de aprender, maldita sea su estampa, en estos siete años.
15/08/2011 El tío Gilito y sus secuaces
Decía Unamuno que, cuando en España se habla de honra, un hombre honrado debe ponerse a temblar. Más de uno debió de temblar el otro día, escuchando decir a un poderoso banquero que ahora los bancos serán más compasivos con sus clientes. Es hecho probado que a ningún banquero, de aquí o de afuera, le da acidez de estómago la ruina ajena. Un banquero es un depredador social con esposa en el Hola, un Danglars que traiciona a cuanto Edmundo Dantés cruza su camino, un Scrooge al que se la traen floja los espectros de las navidades pasadas, presentes y venideras, un tío Gilito que hasta con su sobrino el pato Donald -los que leíamos tebeos lo calamos desde niños-, ignora la piedad. Y ni falta que le hace.
De economía no tengo ni idea; pero lo que no soy es completamente gilipollas. Por eso me toca la flor, corneta, que los banqueros maltraten mi sentido común a semejantes alturas de la feria, en esta España donde no hay monumento al sinvergüenza desconocido porque aquí nos conocemos todos. Un infeliz país donde la gente puede verse obligada a cerrar tienda o negocio por equivocarse en su gestión; pero donde ningún banco ni banquero, que llevan años equivocándose en la gestión irresponsable de un dinero que ni siquiera es suyo, pagan el precio de sus errores. Nunca.
Durante mucho tiempo, al socaire ladrillero que el Pepé del amigo Aznar nos legó por sucia herencia, esa panda de golfos, que igual engorda con unos que con otros, concedió préstamos a todo cristo, sin importar la capacidad de devolución de la clientela. A mi hija, por ejemplo, cuando cumplió dieciocho años, le mandaron seductoras cartas ofreciendo créditos para coches, videoconsolas y ordenadores, los hijos de la gran puta. En vez de centrarse en su trabajo de captar dinero y prestarlo bien, los bancos inundaron España de créditos que rozaban lo fraudulento. Lo usual era hipotecar la casa, en un ambiente de euforia que llevó hasta conceder el precio total de la vivienda, tasada por encima de su valor real, a veces con una cantidad suplementaria, también a sugerencia del propio banco. Y esto fue Disneylandia. Alentada, naturalmente, por la estúpida condición humana; por nuestra criminal simpleza, capaz de tragarse que alguien vendiera duros a cuatro pesetas, y que un empleado que ganaba mil quinientos euros al mes pudiera permitirse -«yo también tengo derecho» fue la frase de moda, como si tener derecho equivaliese a tener posibilidades- hipotecarse en una casa de medio millón, coche para el niño y vacaciones en el Caribe.
Al fin, como era de esperar -aunque nadie parecía esperarlo-, todo se fue al carajo, y los bancos quedaron saturados de garantías que no garantizaban nada. De casas que no valían lo que los tasadores de esos mismos bancos dijeron que iban a valer. El resto lo conocemos: los bancos no quisieron asumir las pérdidas. En cuanto al Gobierno, en vez de decirles oye, cabrón, te has equivocado, así que ahora paga por ello, lo que hizo fue darles dinero. Pero, en vez de destinar esa viruta a proteger a sus clientes, lo que hicieron los bancos fue trincarla para mantener su beneficio. Ni un duro menos, dijeron. Y lo que ocurrió, y ocurre, es que el Estado mira y consiente. Un Gobierno tan aficionado a gobernar por decreto como éste podría limitar las comisiones que cobran los bancos en tarjetas, transferencias, cuentas y cosas así. O los sueldos y beneficios de los banqueros. Pero eso, dicen, conculca los principios del Estado liberal. Obviando, claro, que más liberales son Gran Bretaña y Estados Unidos, donde sí han limitado los ingresos de los banqueros. Allí, cuando el Estado da dinero, vigila qué se hace con él. Por eso se ha metido en los consejos de administración de los bancos y ahora vigila desde dentro. Si piden mi apoyo, exijo. Y cuidado conmigo.
Pero esto es España, y los políticos evitan meter mano. Lo hicieron con las cajas de ahorro cuando todo era ya tan disparatado que no quedaba más remedio. Es el lobby bancario quien decide y el Estado el que babea. Nada raro, si consideramos que los principales deudores de los bancos son los sindicatos y los partidos políticos; y que, tanto a esos dos payasos que salen en la tele con pancartas llenas de siglas como a los de corbata y coche oficial, los bancos los tienen agarrados por las pelotas, o -seamos paritarios- por el folifofó. Y mientras el tendero, el del bar, yo mismo si no vendo libros, asumimos nuestras pérdidas y nos vamos a tomar por saco, nuestro banco se las endosa a otros, sin despeinarse. Y tan amigos. Ahora, para más recochineo, están saliendo a bolsa entre sus mismos depositarios.
A sacar más dinero de aquellos a quienes ya se lo sacaron. Haciendo la bola más grande todavía. Y lo que dure, pues oigan. Dura.
08/08/2011 Museos, meigas y salmorejos
Hace unas semanas, en relación con el 90º aniversario del desastre de Annual, comentaba aquí la falta de iniciativa oficial en la conmemoración de acontecimientos históricos, lamentando la ignorancia y el sectarismo miope de nuestros sucesivos responsables de Educación y de Cultura. Tampoco las autoridades locales de antes o de ahora, sin distinción de ideología, se quedan a la zaga en negligencia o torpeza. Sin embargo, frente a iniciativas ingeniosas y con frecuencia heroicas, llevadas a cabo por particulares sin apenas medios y con enormes dosis de entusiasmo, la estupidez y la demagogia, cuando no la manifiesta mala fe, suelen imponerse con frecuencia, torpedeando muchas iniciativas. Nada extraño, por otra parte, en un país donde la gestión del patrimonio artístico local o los bienes de interés cultural se ponen a menudo, como ya escribí alguna vez, en manos de concejales de Cultura que no hicieron ni el bachillerato. Y no tomen esto por hipérbole desaforada. Conozco al menos a dos.
Hay casos recientes que indican cómo son esas cosas en España. Y cómo van a seguir siendo, me temo, hasta la consumación de los tiempos. Uno de mis favoritos es el asunto del fuerte de la Concepción en Cedeira, La Coruña. Hace años, con fondos de la Comunidad Europea, mucho esfuerzo y buen criterio, se restauró el edificio con objeto de devolverlo a su estado a finales del siglo XVIII: un clásico fuerte defensivo gallego de los que protegían la costa, especialmente de las incursiones de los navíos ingleses, que allí fueron el enemigo de toda la vida. El lugar llevaba mucho tiempo abandonado, entre ruinas y matojos, y se hizo un buen trabajo de recuperación al recrear en forma de edificio-museo las antiguas dependencias, cocinas, dormitorios, polvorín y armero; colocándose, también, cañones en las quince troneras de que disponía el fuerte, así como la estructura en madera de una cureña de artillería de la época. El entusiasmo de los aficionados gallegos a la Historia y sus modestas aportaciones hicieron el resto, dotando varias salas con armas históricas, dioramas, uniformes de la época y maquetas de barcos, procedentes de colecciones particulares, y acompañando todo con cartelas escritas en castellano, gallego e inglés.
Sin embargo, a los tres meses cambió el gobierno municipal. Y una de las primeras iniciativas del nuevo concejal de Cultura fue insinuar que aquel fuerte era una apología del militarismo y la carcundia bélica fascista -«La violencia no educa», argumentó el muy cantamañanas-, que la pacífica Cedeira y sus buenas gentes no necesitaban aquello para nada, y que estaba dispuesto a cerrar el museo de La Concepción, a vaciarlo de su contenido e instalar allí algo más a tono con las tradiciones culturales y la auténtica Historia de Galicia: un Museo de las Meigas, Ocultismo y Brujería. Como si no hubiera otro sitio para tan instructivo proyecto. Al cabo, tras muchos dimes y diretes, varios artículos de La voz de Galicia y reacciones indignadas de los coruñeses sensatos y los grupos de recreación histórica de toda España, pudo salvarse el fuerte. Creo. De la suerte corrida por las meigas no sé nada. Según mis noticias, las instalaciones de La Concepción siguen abiertas, y el modesto museo recibe numerosos visitantes.
Pero oído al parche. No hay que perder nunca la fe en el ingenio español cuando resuelve aliarse con la cultura. En casi la otra punta de España, en Jaén, la diputación provincial y el ayuntamiento de Belmez han conseguido, con mucho esfuerzo, juntar medio millón de euros del Fondo Europeo de Desarrollo Rural para construir un centro que dejará chato al de las meigas: el museo de las Caras de Belmez. El plan, presentado con toda la seriedad del mundo y aprobado con más seriedad si cabe, incluye exponer fotografías de las supuestas caras y adobarlas con las psicofonías y el camelo oportunos, convirtiendo aquel casposo fraude de hace décadas, del que Belmez debería avergonzarse con sólo la mención o el recuerdo, en un foco de atracción turística que le dé vidilla al sitio. Y conociendo el paño, no les quepa duda: se la dará.
Así que ya lo saben. O lo sabemos. Para qué complicarnos la vida con iniciativas fascistas, recreaciones históricas y fuertes construidos por el franquismo en el siglo XVIII, e incluso antes. Psicofonías es lo que pide la peña. Historia y cultura a tope. Calculen ahí nuestro amplio abanico de posibilidades nacionales: museo del Turista de Benidorm, centro de interpretación del Bocata de Calamares, museo del Salmorejo Cordobés, casa museo de Marianico el Corto, museo de Género de Moros y Moras y Cristianos y Cristianas, museo del Traje de la Generalidad Valenciana, museo de La Madre Que Nos Parió... Material nos sobra de aquí a Lima. Quien no monte uno en su pueblo, será porque no quiere.
01/08/2011 Músicos en la sopa
Me gustan los músicos callejeros, dentro de lo razonable. No pocos recuerdos de ciudades y personas están unidos a la melodía que sonaba en un momento determinado en algún lugar de mi memoria. Algunos de tales momentos son muy hermosos, como el de una noche en la que paseaba por detrás del Panteón, en Roma; y allí mismo, en las sombras, sentada en el peto de piedra de uno de los fosos con restos arqueológicos, encontré a una joven que ejecutaba con violonchelo una música bellísima y triste. Otros recuerdos de esa clase son más vulgares o folklóricos, y hay de todo: simpáticos fulanos, improvisadores oportunistas, caraduras sin la menor idea de música, orgullosos mariachis, virtuosos melancólicos a los que nunca te resistes a dejar algo en el platillo, y gente así.
Tampoco faltan pelmazos que dan la barrila justo cuando menos apetece. Nunca olvidaré a un grupo de jazz formado por ex bolcheviques o gente de por allí cerca, que por cierto tocaban bastante bien, pero a los que maldije durante toda una mañana, pues lo hacían bajo la ventana de un hotel donde yo intentaba conciliar el sueño tras una noche agitada. Y en el apartado caraduras, de los que mi registro de músicos callejeros tampoco anda mal nutrido, el premio Reverte Malegra Verte se lo lleva un fulano que estando yo sentado entre algunos turistas en una terraza de la calle Larios de Málaga se arrimó con una guitarra. El pavo era de aspecto agitanado, muy flaco y chupadillo, con tatuajes; llevaba un peine en un bolsillo de atrás de los vaqueros y a la guitarra le faltaban dos cuerdas. Llegó, tomó postura, pegó cuatro sartenazos a la guitarra, dijo lolailo, ele y arsa, pasó la mano, se pasó el peine y se fue, tan campante, con lo que los guiris acojonados, y yo a punto de estamparle un beso en los morros -no lo hice porque me habría interpretado mal-, le dimos. El hijoputa.
Los músicos que entran en los restaurantes me gustan menos. Por lo general estás pensando en tus cosas mientras masticas, o lees un libro entre plato y plato, o hablas de trabajo o de asuntos personales con otra persona; y no siempre agrada que alguien, por muy buen músico que sea, venga a tocarte la guitarra junto a la oreja, o a cantar Cuando salí de Cuba a grito pelado. Mi viejo amigo Montaigne, al que sigo acudiendo -con los años, cada vez más- en busca de consuelo analgésico, me recuerda a menudo que el griego Alcibíades, hombre entendido en preparar banquetes, excluía siempre de éstos a los músicos «para que no turbaran la dulzura de la conversación», y que, por ese mismo motivo, Platón calificaba de «costumbre propia de plebeyos -gentuza, diríamos ahora- llamar a instrumentistas y a cantantes a los festines, a falta de buenos discursos y agradables conversaciones».
Pensé en todo eso hace unos días, mientras despachaba una paella con atún y una botella de Barbadillo en un restaurante de la costa mediterránea. Había en la mesa contigua una pareja con aspecto de tener problemas: conversaban en voz baja, la mujer parecía irritada, al borde de las lágrimas, y él se inclinaba, insistente, apretándole una mano que de vez en cuando ella apartaba con disgusto. Y en ésas entran por la puerta dos fulanos con sombreros de paja guajira, uno con una guitarra y otro con unas maracas, y se ponen a cantarles, exactamente al lado, Guantanamera. Yo soy un hombre sincero, dicen los tíos. Clang, clang, clang. De donde crece la palma. Lamentando no tener una cámara oculta que grabe aquello, observo discreto a la pareja. El hombre intenta seguir la conversación, pero es evidente que poco a poco pierde el hilo, y acaba recostándose en el respaldo de la silla. Primero hace como que no oye a los músicos; al fin se vuelve y dirige al de las maracas una mirada que lo dejaría en el sitio, sin confesión, si las miradas mataran. Entonces el de las maracas sonríe, sociable, encantado de que le presten atención, mientras el de la guitarra se acerca un poco más a la mujer, que mira al novio, marido o lo que sea como si él tuviera la culpa hasta de la música, y le asesta, a quince centímetros de la trompa de Eustaquio, unos acordes virtuosos mientras asegura, con voz melosa y acento ultramarino, que antes de morirse quiere echar sus versos del alma.
Y bueno. Qué quieren que les diga. Admito que es necesario ganarse la vida -más con la que está cayendo y la que va a caer-, y asumo que en los próximos años tendremos músicos hasta en la sopa. Eso, claro, los afortunados que puedan ir a un restaurante a pagarse una sopa. Aún así, comprendan mi reticencia.
No siempre está uno de humor para que le canten Guantanamera. No cenas todas las noches con Cary Grant, o con Marlene Dietrich.
25/07/2011 La Profesora de arte
En la vida de todo hombre hay mujeres que lo marcan para siempre. Eso incluye a madres, esposas, hijas, amantes o cualquier otra variedad imaginable del asunto. En ocasiones, algunos individuos más o menos afortunados vislumbran claves ocultas, secretos de la vida a través de los ojos de esas mujeres. Llegan a conocer mejor el mundo y a ellos mismos gracias a lo que ven o creen ver en la mirada de ellas, y también en sus actitudes, sus palabras y especialmente sus silencios. Alguna vez escribí, o dije, que nadie habla con silencios mejor que las mujeres. O con palabras, cuando se ponen. Sobre todo si salen al palenque hartas, fatigadas o heridas.
Hoy quiero contarles de una mujer que marcó mi vida. Su nombre figura en libretas de apuntes que conservo desde hace más de cuarenta años, y que contienen las notas que tomé en 6.º y Preu sobre Historia del Arte. Por aquel tiempo yo era un jovenzuelo insolente con la mochila llena de libros, a punto de viajar a la isla de los piratas. Me habían echado de los Maristas y conseguí asilo en el Instituto de Cartagena. Sólo éramos once en Letras, y los profesores de Literatura, Latín, Griego, Filosofía e Historia, también recién llegados, resultaron jóvenes y brillantes. Nos dieron tres años de felicidad intelectual con alicientes extras: Gloria, la profesora de Griego, usaba minifaldas de vértigo y tenía unas piernas espectaculares; y la profesora de Historia del Arte era dulce, tímida y sabia. Se llamaba María Amparo Ibáñez; y, como digo, conservo sus apuntes porque son metódicos y perfectos. Todavía ahora, cuando necesito refrescar un dato de modo urgente, acudo a ellos antes que al Summa Artis, al Espasa o al René Huyghe. Por eso siguen al alcance de mi mano, en el estante más próximo a la mesa donde trabajo.
Esa profesora nos enseñó a mirar a través de sus ojos: arquitrabes, volutas, arbotantes, frescos, veladuras, adquirieron sentido gracias a su inteligencia paciente. Ella nos llevó de la mano desde el arco de adobe a la nervadura gótica, del tesoro de Atreo a la silla de Frank Lloyd Wright, de la cerámica cordada a las sombras largas de Chirico. Enseñándonos, entre otras cosas útiles, que la Historia del Arte, como la Historia a secas, es mucho más que una disciplina académica: es un espejo familiar donde mirarse, un libro ameno que explica lo que fuimos y somos. Un rico sedimento de siglos que proporciona al hombre occidental -o a lo que va quedando de él- memoria, explicación y consuelo. Sin Amparo Ibáñez, sin sus explicaciones y su inteligencia, sin su fe imbatible en los once muchachos que, con ella, analizaban fascinados el último detalle de cada catedral, cada escultura y cada cuadro, mi vida sería hoy, seguramente, muy distinta. Con la mirada que esa mujer me educó pude escribir, más de veinte años después, La tabla de Flandes: la historia de una joven que mira un cuadro como quien descifra un enigma, del mismo modo que, gracias a mi profesora, aprendí yo a mirar con diecisiete o dieciocho años. Y tampoco, sin esa mirada que luego contempló cosas que nada tienen que ver con la Historia del Arte -aunque en el fondo quizá tengan que ver, y mucho-, habría podido escribir más tarde la novela que llamé El pintor de batallas sin que haya nada casual en la elección del título: la historia del hombre que, encerrado en una torre circular, pinta en sus muros la fotografía que nunca logró hacer: el paisaje-resumen devastado, monótono, implacable, de todo el horror y todas las guerras.
Hace algún tiempo, cuando firmaba libros después de presentar una de mis novelas en Valencia, vi a Amparo Ibáñez en la cola de lectores, aguardando paciente con un libro en las manos. No la había vuelto a ver desde el Instituto, pero la reconocí en el acto: delgada, menuda, tímida. Estoy lejos de ser un fulano de lágrima fácil; pero verla allí, como uno más, me conmovió las entrañas. La cola de lectores era interminable: había mucha gente esperando una dedicatoria, y yo me iba esa misma noche. Así que hice cuanto pude. Como siempre firmo de pie, no tuve que levantarme. Hablé atropelladamente de lo mucho que mis libros y mi vida le debían. De la deuda inmensa y del indeleble recuerdo. Ella asentía complacida de escuchar aquello, mientras yo garabateaba unas líneas apresuradas en la página de cortesía de la novela. Después la besé y me quedé mirándola un momento, con dolorida impotencia, antes de atender al siguiente lector que aguardaba. Así la vi perderse entre la gente, con el libro firmado que apretaba contra el corazón. Entonces decidí que alguna vez, si lograba no ponerme demasiado sentimental, escribiría unas líneas como las que ahora escribo. Para decirle, al fin, lo que entonces no le dije.
18/07/2011 Una tragedia españolaHoy toca batallita, de las que fueron borradas de los libros de texto españoles, o casi, porque contar eso a los jóvenes es propio, dicen, de carcamales y de fascistas. Por estas mismas fechas, en Waterloo, se conmemora el 196º aniversario de la derrota de Napoleón ante Wellington; y el campo de batalla, muy bien conservado, se convierte en excepcional espectáculo para escolares, aficionados y turistas. En España, gracias a los grupos locales de recreación histórica, esas iniciativas son cada vez más frecuentes, supliendo las lecciones de Historia que por ignorancia o negligencia, sin distinción de partido o ideología, descuidan nuestros responsables de Educación y de Cultura. Sin embargo, hay fechas aciagas que ni siquiera así se recuerdan. Si la tragedia de un campo de batalla es siempre una lección sobre los pueblos y su naturaleza, la que este 23 de julio cumple 90 años exactos dice mucho sobre España y quienes la habitamos. Y en lo que dice, apenas hay algo bueno. En esa fecha, en lo que se conoce como desastre de Annual, casi 8.000 soldados españoles fueron sacrificados como corderos, y más de medio millar apresados por las harkas sublevadas en Marruecos por Abd el Krim, que en pocos días reconquistaron todas las posiciones establecidas por nuestro ejército en la zona oriental del Protectorado. Lo que había empezado como una arrogante campaña para ocupar el Rif desembocó en una sucesión de desastres culminados por terribles matanzas: la caída de Igueriben, la trágica fuga de Annual y la carnicería de Monte Arruit, con masivos asesinatos de heridos y prisioneros por parte de los rifeños, salvajes mutilaciones, crucifixiones y empalamientos con estacas de alambradas. Y toda esa barbarie, toda esa desgracia estremecedora, muy bien narrada por los novelistas Ramón J. Sender y Arturo Barea, que allí fueron soldados y testigos de excepción, la sufrieron los de siempre: los pobres soldaditos del sistema de cuotas; la humilde carne de cañón que no podía, como los ricos, pagar a otro pobre desgraciado para quedar exenta del servicio militar.
El horror de esos días merece ser recordado cada año en España con más razón que los hechos de armas heroicos, porque fue peor que una sangrienta derrota. Fue, sobre todo, una tragedia tan típica y nuestra como la paella, el jamón ibérico o el flamenco. Aquello fue la derrota de un país entero, la expresión de incompetencia de generales y de políticos, la improvisación, la desidia, la indisciplina, la cobardía y la desfachatez llevadas al extremo: España en estado puro. Y sobre el terreno, desde el general Silvestre, jefe de las operaciones -muerto allí sin honor ni decencia- hasta los oficiales y mandos subalternos, aterrorizados, embrutecidos por el horror de la huida en tropel y la matanza, casi todos cuantos tuvieron mando en la tragedia fueron indignos de sus estrellas y galones, llevando a la infeliz tropa al calvario para abandonarla luego, indefensa, en manos del enemigo. Los relatos de los supervivientes, más que indignación, lo que causan es sonrojo. Una inmensa vergüenza por lo que a veces fuimos. Por lo que a menudo somos.
Recordar aquello es, para cualquier español, un ejercicio doloroso y necesario. Una clave más para comprender el triste país donde se vive y la infame clase dirigente con la que seguimos jugándonos los cuartos y la vida. Pero también, como sucede hasta en las mayores desgracias, el desastre de 1921 proporciona cierto consuelo al demostrar que ni siquiera en situaciones trágicas desaparecen por completo la dignidad y el coraje. Bajo tanta incompetencia y cobardía, entre las imágenes de miles de cadáveres mutilados y resecos al sol, quien lee sobre aquello encuentra también retazos analgésicos, hechos admirables que permiten respirar entre tanto horror y tanta patriotera mierda. El último mensaje de los defensores de Igueriben, por ejemplo: «Sólo nos quedan doce cargas de cañón. Contadlas, y a la duodécima, fuego contra nosotros porque el enemigo habrá entrado en la posición». O las sucesivas cargas de caballería dadas sable en mano, para proteger a los desbandados de Annual, por el heroico regimiento de Alcántara: ensangrentado, diezmado y tan agotado en hombres y caballos que los últimos ataques hubo de darlos despacio, al paso, bajo el fuego horroroso de los rifeños. Si quieren hacerse idea, busquen en Internet: hay un cuadro estremecedor de nuestro mejor pintor de batallas vivo, el catalán Ferrer-Dalmau, titulado «Las cargas del Gan». Uno de esos lienzos que a veces lo reconcilian a uno con esta infeliz España que, pese a ella misma y gracias a unos cuantos, merece salvarse siempre.
11/07/2011 Sobre niños, vida y ajedrezHace poco pasé unos días como espectador de infantería en el legendario Magistral de León, un apasionante torneo de ajedrez que lleva veinticuatro años enrocado en la tierra natal de mi viejo amigo el capitán Alatriste. Esta vez el duelo era de campanillas: el campeón del mundo, Vishy Anand, contra uno de mis jugadores favoritos: el letón nacionalizado español Alexei Shirov, que ha estado dos veces a punto de alzarse con el título mundial. Y disfruté mucho, como digo. Una cena con Shirov me dejó en la cabeza, aparte de mucha simpatía por ese oso grandote y rubio de mirada tierna, algunas ideas útiles para cosas que ando escribiendo estos días. Pero lo que tal vez me interesó más fue el torneo de jóvenes talentos, donde una veintena de niños de entre doce y dieciséis años -el más torpe, capaz de darme mate en diez jugadas, sin despeinarse- compitieron entre sí con objeto de jugar la última partida, los finalistas, en la misma mesa y con las mismas piezas que utilizaban Anand y Shirov.
Lo de los críos y el ajedrez es, por cierto, una asignatura pendiente en España. Demasiado pendiente, creo. Un deporte que también es cultura; un juego antiguo como ése, fascinante, fácil de comprender ya por un niño de cuatro años, sólo es obligatorio en cincuenta colegios españoles y figura como actividad extraescolar en menos de un millar. Culpables de esto son los propios ajedrecistas, a menudo enfrascados en sus propias partidas e incapaces de organizarse para reclamar mayor presencia del tablero en los lugares adecuados; pero también son responsables los padres que, por indiferencia o ignorancia, privan a sus hijos del aprendizaje básico, al menos en su fase elemental, de una disciplina que consideran menos útil que el fútbol o las manualidades artísticas. Y sin embargo, pocos juegos son tan atractivos para un niño como ese lidiar precoz dotado de reglas de cortesía y comportamiento; ese juego divertido, agresivo y elegante al mismo tiempo, que enseña a pensar con razón y lógica a cualquiera que lo practique.
En lo que se refiere a nuestra clase política, imaginen. Su sensibilidad para este asunto equivale a la de un trozo de carne de cerdo poco hecha. El ministerio de Educación y los responsables del deporte español consideran el ajedrez -cuando se les obliga a pensar en él y no tienen más remedio- como la más fea del baile: algo desconocido e incómodo, difícil de encajar en planes educativos diseñados por psicopedagogilipollas seguros de que la igualdad y la excelencia se logran mejor si los niños juegan con muñecas y las niñas al fútbol que si se enfrentan, miden y conocen, al otro y a ellos mismos, sobre un tablero de ajedrez. Un ejemplo: aunque hace ya seis años el Senado aprobó por insólita unanimidad -tendrían prisa por irse de puente o cobrar dietas- instar al Gobierno a que facilitase la introducción del ajedrez en los colegios españoles, tanto el central como los autonómicos de entonces y de ahora se pasaron, y siguen haciéndolo, tan provechosa recomendación por el forro de sus respectivas legislaturas.
En fin. Qué quieren que les diga. Quienes de ustedes me leen desde La tabla de Flandes conocen la importancia que el ajedrez tiene en varias de mis novelas, como en mi concepción del mundo y de las cosas. Soy un mal jugador; pero crecí entre libros, marinos y ajedrecistas, y mis primeros recuerdos están unidos a la imagen de mi padre y sus amigos inclinados sobre un tablero, entre humo de cigarros y pipas. Me acerqué a ese juego desde muy niño, incluso antes de comprenderlo, intuyendo en él claves útiles sobre los misterios insondables o estremecedores de la vida. Después, los cuadros blancos y negros, las piezas en sus escaques, me ayudaron a entender mejor el mundo por donde eché a andar temprano, mochila al hombro. Gracias al ajedrez, o a los perfectos símbolos que lo inspiran -repito que soy jugador mediocre, a menudo torpe-, encajé de modo razonable el miedo al aguzado alfil, el horror de la torre devastadora, la soledad del peón aislado en su casilla, los cuadros blancos, negros, fundidos en grises, de la turbia condición humana. Y mientras estuve -todos estamos alguna vez, tarde o temprano- en el vientre del caballo de madera esperando mi turno para degollar troyanos dormidos, y luego, cuando al regreso con sangre en las uñas la vida me despobló el cielo de dioses, el ajedrez me dio respuestas, consuelo, sosiego y media docena de certezas útiles con las que ahora envejezco, leo, navego y escribo novelas. Otros van a la iglesia, y yo voy al ajedrez. De puntillas, con humildad y respeto, a ver oficiar los misterios de la vida. Como quien asiste a misa.
04/07/2011 Noche de tango en La IdealConfitería La Ideal, calle Suipacha, Buenos Aires. Anoche estuve calzándome una botella de Luigi Bosca en el Torcuato Tasso, un elegante lugar que no conocía, en la calle Defensa, escuchando a la gente joven del grupo Violent Tango, y hoy retorno -cuatro años no es nada- a mis clásicos entrañables: este viejo local en el corazón de la ciudad, con su magnífica y centenaria decoración, en cuya planta baja puedes pagar 160 pesos por una copa de vino infame y un espectáculo tanguero, tan depresivo y cutre que el Príncipe Gitano cantando In the ghetto en La Trompeta a finales de los 70 parecía, a su lado, Frank Sinatra en las Vegas. El caso es que aguanto un rato razonable en la planta baja de La Ideal gracias a que una de las tanguistas faldicortas, que es china o se operó hace poco, le pone arte al frote porteño con su pareja; pero cuando el cantante, cabeza afeitada y traje de chaqueta gris perla, se hace el simpático micrófono en mano con la docena de clientes que ocupamos las mesas en torno a la pista de baile -«¿Cuántos norteamericanos tenemos aquí? ¿Y cuántos brasileiros?»-, pongo pies en polvorosa antes de que me incluya en los pormenores, o la china me saque a bailar Garufa.
Decido refugiarme en el primer piso, donde las cosas son diferentes. Allí funciona una escuela de tango, y los sábados el viejo salón se cuaja de noctámbulos que bailan tango y milonga de toda la vida. A la señora de la puerta no la impresiona que yo sea un súbdito de la madre patria rajándose del cantante calvo, y me saca otros 16 mangos por subir. A cambio, elijo mesa con buena vista y observo a la peña mientras disfruto cual roedor en incunable. Fiel a mi memoria, como la última vez, una variopinta nómina de aficionados cumple el ritual tanguero: se mueven al compás de la música, observan a los bailarines, se invitan unos a otros con la familiaridad, formal y al mismo tiempo natural, de quienes se saben viejos miembros de una grata cofradía. A los compases de Danzarín o de La última grela, las parejas salen a la pista, los hombres se paran ante las mesas y aguardan inmóviles mientras ellas se ponen en pie, pasan una mano por los hombros del varón y extienden la derecha sobre la mano izquierda de éste; y tras unos instantes de inmovilidad para que la música circule por sus venas e imprima el ritmo adecuado, los dos se alejan lentos, majestuosos, enlazados entre las otras parejas que danzan.
Me gusta imaginarles historias. Clasificarlos por su aspecto y maneras: el maduro elegante, el joven aprendiz, la joven que nunca niega un baile, el matrimonio que acude cada fin de semana. Algunos vienen vestidos expresamente para el tango, faldas cortas ellas y medias oscuras caladas, como la madura de buen tipo que aún tiene rastros de una cercana belleza, que baila muy junta, apasionada, con el hombre todavía joven y pintón. O el abuelete de piel amarillenta que acude trajeado y de corbata con una señora flaca que parece la suya, o tal vez no, y se mueve muy bacán, con artrítico donaire, dando un paso atrevido pierna por alto de vez en cuando, y del que piensas: le queda un tango y seguramente lo está bailando ahora. O la señora embarazada de muchos meses, con cara de llamarse Margot o Malena. O la abuela pellejuda y amojamada, con un vestido corto hasta la indecencia: una especie de gran pañuelo de seda bajo el que asoman dos canillas flacas y largas, y que por alguna extraña razón me recuerda a mi tía Pura que saliera de la tumba para marcarse un tango vestida sólo con el liviano sudario.
Todos bailan de maravilla, y envidio el arte. Si yo hubiera tangueado así alguna vez, concluyo, me habría comido a las minas de dos en dos. Y al que esta noche más envidio es al gordo: ciento veinte kilos en canal, menos de treinta años, camisa y pantalón negros que perfilan unas formas paquidérmicas. Parece salido del tango El gordo triste, de Ferrer y Piazzolla, aunque de triste no tenga nada: su sonrisa es tranquila, dulcísima, y baila con una señora que por la apariencia debe de ser su madre; pero luego va sacando una por una a todas las mujeres del recinto. Ninguna se niega, pues resulta asombroso ver cómo baila. Con qué sobria elegancia mueve los pies calzados para la coyuntura con zapatos de dos colores mientras se marca un tango tras otro, sereno, canchero, seguro de sí. Hasta guapo, parece. Y observándolo pienso que seguramente fue objeto de rechifla en el colegio, y que algunas chicas lo mirarán por la calle con burla o indiferencia. Ignorantes, todas, de que con música de tango este joven gordo y desgarbado se transforma en el bailarín más elegante de la noche porteña; y que cada sábado, en el salón de arriba de la Confitería Ideal, consigue sin esfuerzo aparente lo que yo no lograría en mi vida: abrazar a cualquier mujer, hermosa o no, y que todas las guapas goteen agua de limón, clup, clup, clup, locas por bailar con él.
Es curioso lo de los remordimientos. El arrastrar la culpa con el tormento del recuerdo. Y es muy poca la gente que conozco que los tenga de verdad. Sin embargo, todo el que vive y camina deja muertos a la espalda. Cadáveres en la cuneta. Todo ser humano causa daños colaterales a otros, deliberada o accidentalmente. Por azar, por inexperiencia, por las simples y terribles reglas de la vida. Carga con fantasmas de los que tal vez ni siquiera es consciente, pero a los que el tiempo y la lucidez permiten identificar, tarde o temprano. O suponer.
Sin embargo, el ser humano también es un superviviente natural. Necesita vivir tranquilo, olvidar, no volver la vista hacia ciertas zonas oscuras de sí mismo. Acolchar en la memoria los malos ratos, los sufrimientos, el horror. Sólo así se explica, supongo, que quienes sufren pérdidas familiares terribles se adapten, a veces, a la vida normal. Que las víctimas procuren olvidar, o lo intenten. Que incluso perdonen a sus verdugos, o sean capaces de convivir con ellos sin recurrir al viejo expediente del ojo por ojo. Al inmenso alivio de la venganza.
Le di unas cuantas vueltas a este asunto hace unos días, cuando se juntaron varias cosas. Una fue la detención del cerdo carnicero al que en otro tiempo, en los Balcanes, conocí como general Mladic. Los canallas de ese calibre no tienen remordimientos, por supuesto; pero uno habría esperado que sus cómplices por defecto, toda aquella diplomacia europea y de Naciones Unidas, con nombres y apellidos -tengo uno, español, en la punta de la lengua-, que durante tres cochinos años le estuvo dando palmaditas en la espalda y besos en la boca a Mladic y a sus jefes de la Gran Serbia con pretexto de apaciguarlos, mostrase a estas alturas alguna contrición por el infame papel que hicieron en aquello. Por las innumerables fosas comunes con que tres años de infame pasividad, cobardía e impotencia alfombraron la antigua Yugoslavia. Pero resulta que no. Que ahora esos perfectos mierdas se congratulan de que al fin se haga justicia. La que ellos no tuvieron las agallas de hacer, cuando podían.
Otro asunto que me hizo pensar en remordimientos, o en la ausencia de ellos, fue el vigésimo aniversario de la matanza terrorista en la casa cuartel de la Guardia Civil, en la localidad catalana de Vic. Y no hablo de los siempre heroicos gudaris de ETA, analfabetos hasta para deletrear la palabra, sino de la gente respetable, o que se dice tal. A fin de recordar a las diez víctimas, simbolizadas en aquella foto del guardia civil ensangrentado llevando en brazos a una niña a la que le faltaba un pie, allí se congregaron hace pocas semanas cuatro gatos: representantes de los cuerpos policiales, y punto; con clamorosa ausencia del consejero de Interior y del presidente de la Generalidad. La población de Vic tampoco estuvo presente ni se esperaba que estuviera, porque un asunto de guardias civiles, obviamente, no iba con la honrada y laboriosa Cataluña. Ya lo habían dejado claro los vecinos a los dos años justos del atentado -que en su momento acogieron con lógico desagrado, pero también con indiferente silencio-, cuando, esa vez sí, salieron a la calle para protestar porque la nueva casa cuartel iba a construirse cerca de una escuela. Al mismo tiempo que un imbécil apellidado Carod Rovira, que ni sé a qué se dedica ahora ni me importa un carajo, pero que durante algún tiempo salió mucho en la tele gracias a unos cuantos miles de honrados y laboriosos ciudadanos catalanes con derecho a voto -incluidos, supongo, varios de Vic-, escribía a ETA una carta memorable y por supuesto ya olvidada: «Cuando queráis atentar contra España, situaos previamente en el mapa».
Tienen suerte todos ésos. Los que así funcionan. Quienes lo mismo bostezan sobre una fosa bosnia que sobre los escombros de una casa cuartel donde fueron asesinadas diez personas. Otros no tienen tanta suerte, pues sobrevivir no siempre es confortable. Asombraría conocer la cantidad de espectros que arrastran algunos: cadáveres propios y ajenos, remordimientos por aquéllos a quienes mataron o ayudaron a matar, real o figuradamente. Por cientos de causas. Vivían pendientes de la hora del telediario o el cierre del periódico, miraban en otra dirección, estaban absortos caminando, viviendo, durmiendo. Ya lo dije: sobreviviendo. Algunos, los más afortunados, escriben novelas con eso.
O quizá artículos como éste. Otros con menos recursos o menos suerte se limitan a estar con los ojos abiertos de noche, dando vueltas por habitaciones a oscuras. Pagando el sucio peaje de la vida. Pero esto, naturalmente, es lo raro. El insomnio. Basta un vistazo alrededor para confirmar que, en materia de remordimientos, la mayor parte de nosotros duerme a pierna suelta. Son pocos los que juegan al ajedrez con sus fantasmas.
En este planeta azul, o del color que tenga ahora, hay gente aficionada a la ornitología, la ictiología y a cosas así. Fulanos que siguen paso a paso la vida social de las mofetas, las costumbres predatorias de la trucha de vivero o el apareamiento de la hiena del Kalahari. Como le dijo el torero al filósofo, hay gente para todo. Yo mismo, sin ir más lejos, también soy aficionado a la zoología. Me gusta observar, y sobre todo confirmar, el comportamiento de las ratas. Consideren si esta afición viene de antiguo, pues ya en 2004, en esta misma página, publiqué un artículo titulado Las ratas cambian de barco. Que lo mismo les interesa. Y les suena:
«En los últimos ocho años, cada vez que abríamos un diario o encendíamos la radio estaban allí, ellos y ellas, empleados en minuciosas tareas de palmeo fino y succión, peones de brega dispuestos a dar unos oportunos capotazos para ayudar al señorito. Lean algunas columnas de periódico, oigan ciertas tertulias radiofónicas y decidan ustedes. Lo chusco es que uno, que fue puta antes que monja, ya conocía a varios de la etapa anterior. Tenía las fotos de esos mismos jetas peloteando con idéntico entusiasmo a los anteriores amos del cotarro. Incombustibles, inasequibles al desaliento y sin cortarse un pelo, en plan muy bueno lo tuyo, ministro, o hay que ver, presidente, está feo que te lo diga, pero eres un hombre providencial. Y encima, guapo. Siempre dije que tú esto y que tú lo otro. A unos cuantos de esos lameculos tuve ocasión de tratarlos un poco durante mi época de reportero, cuando a veces me tocaba la cobertura informativa de un viaje oficial a alguna zona africana o latinoamericana de mi competencia, primero con la Ucedé y luego con el Pesoe. Pasmaba el compadreo, oigan. Las mamadas.
Luego ganó el Pepé -es un decir, porque en esta puta España nunca gana la oposición; pierden los gobiernos-, y todos los sicarios que llevaban acumulados cuatro trienios ganándose el jornal como finos analistas orgánicos decidieron que, con la coartada moral de contribuir al pluralismo democrático del nuevo tinglado, no había problema en integrarse en las tertulias de radio y en los medios informativos copados por los vencedores. Cobrando, claro. Todo lo contrario: allí podrían aportar su granito de arena, su experiencia y su hombría de bien. Y oigan. Tanta dedicación echaron a lo de templar, que ponías la radio o la tele y siempre salían los mismos, con sus lugares comunes, su demagogia inculta y todoterreno, su osadía a la hora de enjuiciar cualquier tema situado en el cielo o la tierra. Y sobre todo, su descarada adulación al poder que les llenaba el pesebre.
La verdad -las cosas como son- es que en momentos como lo del Prestige y la guerra de Iraq todos esos mierdas se ganaron el jornal, adaptándose con pasmosa flexibilidad a cada coyuntura: virtuosos de la contradicción propia sin consecuencias, especialistas en afirmar lo contrario de lo que afirmaban semanas atrás, maestros en echar cortinas de humo con la coletilla: yo siempre sostuve que. Y ojo: no hablo de quienes, por convicción ideológica o por los garbanzos, justifican su salario de honrados mercenarios trabajando para quien les da de comer. Eso lo hace hasta el que aprieta tornillos en la Renault. No. Hablo de los otros. De ciertos impúdicos polivalentes, útiles lo mismo para un cocido que para un estofado. De los trincones golfos que, entre lametones y lametones, viajes en aviones presidenciales y comidas en La Ancha -donde nunca pagan ellos la cuenta- ensañándose con el débil y adulando al poderoso, tienen los santos huevos de manipular y mentir como ratas, mientras se proclaman sin ningún rubor ecuánimes, equilibrados, vírgenes y honorables.
Y claro. Ahí los tienen de nuevo, cogidos a contrapelo e intentando recobrar el paso perdido. Yo no quería, me obligaron, sólo pasaba por allí. Como para echar la pota, oigan. El espectáculo. Pese a lo mucho que llevamos visto en este desgraciado país, todavía asombra el cinismo, la demagogia, el oportunismo con el que esa gentuza se cambia de bando -mi apuesta clara siempre fue Zapatero, la arrogancia del Pepé no podía terminar bien, etcétera- y se dispone a trincar, a costa de sus perspicaces análisis, también durante los próximos cuatro años. ¿Y saben qué les digo? Que ahí estarán: en las mismas tertulias, en las mismas radios, en las mismas teles y en las mismas columnas de los diarios. Diciendo sin despeinarse lo contrario de lo que decían hace un mes, como si los lectores y los oyentes y los teleespectadores fuésemos gilipollas. Que lo somos. A fin de cuentas, mande quien mande, quienes detentan el poder siempre necesitan a los mismos».
Lo mismo les suena la historia, como digo. Así que para qué voy a escribirla otra vez. Si ya lo hice hace siete años.
La semana pasada mencioné las viejas máquinas de escribir. Dije que conservaba dos en casa, aunque en realidad son tres. La tercera es una antigua Underwood con la que no escribí nunca, aunque se encuentra en perfecto estado; y las otras, dos recias y fieles Olivetti: la Línea 98 y la portátil Lettera 32. A éstas les tengo especial afecto por razones distintas. Con una escribí, tachando con las letras x y w y corrigiendo a mano cada folio, mis tres primeras novelas. La otra conserva su funda original, en la que hay dos viejas pegatinas: una con el nombre del diario Pueblo y otra con la frase I love Beirut, confesión pintoresca si consideramos que la pegué allí durante la batalla de los hoteles de 1976. Y esa abollada carcasa, que protegió la máquina en viajes y sobresaltos diversos, tiene en la parte interior, escrita a bolígrafo, una frase que resume los veintiún años que anduve como reportero dicharachero de Barrio Sésamo: Todos los días puede conmemorarse el aniversario de alguna barbaridad.
Acabo de enterarme de que la empresa Godrej & Boyce, de Bombay, última fabricante de máquinas de escribir, ha cerrado porque hasta los parias de la tierra teclean ya con ordenata. Lo siento por mi hermano de tinta Javier Marías, único escritor entre los que conozco que permanece fiel a su vieja Olivetti, Olympia o la que sea -no recuerdo la marca ni puedo telefonear para preguntarle por ella, porque el rey de Redonda es poco madrugador y a estas horas está frito-. El caso, como digo, es que el tañido funeral de esa campana deja a Javier en desamparo técnico ante su vicio solitario. Si antes le costaba encontrar quién reparase el viejo cacharro o conseguir recambios de cinta, a partir de ahora le resultará imposible, o casi. De manera que esta página me sirve para acompañarlo en el sentimiento.
También sirve para recordar, con un punto de melancolía, rostros y situaciones unidos al tableteo de las máquinas de escribir. Redacciones de diarios de cuando un periodista todavía se ciscaba en lo políticamente correcto, los redactores jefes no eran robots mingafrías sino interesantes cruces genéticos entre perro de presa, padre confesor, tahúr cínico y madame de burdel; y los periodistas, desde el curtido veterano al osado cachorrillo que heredaba su olfato y maneras, éramos una banda de piratas descreídos, puteros, burlangas, rápidos de ojo y de tecla: desalmados capaces de prostituir a nuestras hermanas o novias con tal de firmar en primera página, siempre a caballo entre el mundo de afuera y aquellas fascinantes redacciones llenas de humo de tabaco, con tazas de café manchando las mesas y botellas de whisky en los cajones, junto al repiqueteo constante de los télex y el tacatatatactac de docenas de dedos febriles golpeando recias máquinas de escribir; duros artefactos sonoros en los que se tecleaba con furia, pasión, rencor, ilusión, ansia de revancha, de aventura, fama, gloria o dinero, en redacciones frecuentadas por los mejores periodistas del mundo: fascinantes escuelas de oficio y de vida donde, cuando repicaba un teléfono a las dos de la madrugada, en plena timba donde algunos se jugaban la nómina cobrada esa misma tarde, cuando ya sólo se oía el tecleo de la máquina de escribir del crítico teatral -Alfredo Marquerie era el nuestro- que acababa de llegar del café Gijón tras cubrir un estreno, asomaba la cabeza por la puerta de su mampara un redactor jefe para decir: «No cojáis el teléfono, cabrones, que puede ser una noticia».
Todo acaba, o cambia. Es natural. El sonido suave y monótono de las teclas de ordenador simboliza lo que es ahora el mundo de escritores y periodistas. Más cómodo, sin duda. Escribes, corriges, imprimes. Ganas tiempo y eficacia. Pero oigan: fui furcia antes que monja, y les aseguro que ningún teclado moderno transmitirá nunca la sensación perfecta del ruido de una máquina de escribir en sintonía con tu estado de ánimo, las ideas fluyendo violentas de la cabeza a los dedos, la pasión de contar una historia, real o imaginada, en el tableteo casi musical de un artefacto que vibraba con mecánica perfecta, lo mismo en redacciones ruidosas que en solitarias habitaciones de hotel, en el resguardo de una trinchera o una casa en ruinas, bajo el neón de un techo o a la luz de una linterna. Con aquellos timbrazos del carro al acabar cada línea y el sonido de los tipos metálicos al golpear cinta y papel, formando palabras, frases, historias del mundo que en otro tiempo pateamos y conocimos, escritas en treinta líneas y sesenta y cuatro espacios el folio.
Ayer entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla. La dueña hablaba español con acento entre chino y de Lavapiés. Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto.
Mientras me alejaba, pensé más cosas. En cómo nos gusta apretar un botón y tener la vida resuelta. En los peligrosos atajos suicidas por donde nos deslizamos sin vuelta atrás, por la cuerda floja. En cómo hacemos el mundo cada vez más vulnerable, sujeto al chispazo más tonto, al fallo inevitable, al iceberg puesto por el Destino en el rumbo del frágil barco en el que navegamos a toda máquina, a ciegas en la noche. En los millones de cuentas bancarias y tarjetas de crédito, por ejemplo, que unos piratas informáticos destriparon hace unos días, al meterse en unas plataformas de juegos electrónicos. O en el amigo contándome hace poco que, durante un viaje a Nueva York, perdió su teléfono móvil y con él toda su agenda; y cuando le pregunté por qué no tenía una libreta de teléfonos anotados, como yo, me dijo: «Hala, antiguo», como si yo fuera el abuelo Cebolleta.
Recordé también cuando fui a echar una carta a Correos y se había ido la luz, y el de la ventanilla me dijo que verdes las iban a segar, porque la máquina de franquear era eléctrica. Y cuando pedí un sello de siempre, de aquellos con el careto del rey, se tronchó de risa y dijo que de eso no tenían ya. Que probara suerte en un estanco. También recordé cuando en un restaurante no funcionó el chisme de las tarjetas y el camarero dijo que esperase a que volviera la línea, y yo respondí que me hicieran una copia manual de la tarjeta o me iba a esperar a la calle, y entonces me hicieron la copia. Aunque la culpa fue mía; porque también, como todos, llevo la cartera llena de plástico con claves, chips y cosas así, y me la rifo aceptando las reglas de esta ruleta rusa en la que, en nombre del confort y el mínimo esfuerzo, nos zambullimos todos de cabeza. Entre otras cosas -lo diré a modo de descargo-, porque a quien no acepta lo dejan fuera. Hace tiempo, por ejemplo, que es imposible sacar un billete de avión normal en una oficina de Iberia de Madrid, y cualquier día las agencias dejan de emitirlos. Entonces sólo podrán sacarse por Internet; y el que no sepa manejarse allí, o no le apetezca, o sea un carcamal opuesto a teclas y pantallas de ordenador, que se fastidie. Que trague, o que no viaje.
Y así, unos sinvergüenzas ahorran personal y sueldos, y otros idiotas nos vamos al diablo. Resolver cualquier problema nos cuesta horas de teléfono frente a voces enlatadas, marcando tal para esto o cual para lo otro. Todo cristo se ha puesto contestador automático en el móvil, en vez de la antigua señal de comunicando sale un buzón de voz, y ahora llamamos cinco veces a quien antes llamábamos una. Coches que antes se reparaban con una llave inglesa quedan bloqueados y ni gira el volante al menor fallo electrónico. O nos vemos sin teléfono, sin ordenador portátil, sin tableta electrónica o sin lo que sea, porque se escachifolla el cargador y la tienda de repuestos no abre hasta mañana. O no hay tienda. Yo mismo, el idiota al que mejor conozco, dependo cada día de que haya electricidad para que funcionen el teclado y la pantalla con que me gano la vida. De nada me sirve haber tenido la precaución de conservar dos viejas Olivetti, por si acaso, si ya no venden en ningún sitio las cintas de máquina de escribir que las alimentan.
Hay un consuelo: así lo hemos querido. Nadie nos obligaba. Pero hasta los más renuentes hemos aceptado las reglas de este disparate. De esta espiral imbécil. Nunca fuimos tan vulnerables como hoy. Hemos olvidado, porque nos conviene, que cada invento confortable tiene su accidente específico, cada Titanic su iceberg y cada playa paradisíaca su ola asesina. Por eso nos van a dar, pero bien. A todos. Ya nos están dando. Y déjenme que les diga algo: a veces, incluso cuando palmo yo, me alegro. O casi. Hay siglos en que simpatizo con el profesor Moriarty.
Pues eso. Que son las once y media de la mañana y voy dando un paseo por el centro de Madrid. Acabo de calzarme un vermut con pincho de tortilla en la barra del Schotis, en la Cava Baja, justo enfrente de la Taberna del Capitán Alatriste, y ahora camino despacio, mirando librerías y escaparates, aprovechando que hoy me tocaba bajar a Madrid porque tengo Academia, y no me pego las habituales ocho horas de madrugar y darle a la tecla que me calzo cada día. Porque, según para qué cosas, no hay más irritante esclavitud laboral que ser tu propio jefe. Contigo mismo resulta imposible escaquearse. O casi.
El caso es que voy dando una vuelta tranquila por el viejo Madrid, que en mañanas soleadas como ésta suele estar para comérselo, mientras pienso que hay capitales europeas más limpias -cualquiera de ellas, me temo-, más elegantes, monumentales y cultas; pero muy pocas, o ninguna, tienen el hormigueo de vida natural que bulle en ésta, el carácter peculiar que imprimen los miles de bares, terrazas y restaurantes, la animación de sus calles, el mestizaje magnífico de razas y acentos diversos. Hasta los turistas, que en otras ciudades europeas son núcleos humanos móviles que no se integran en el paisaje urbano, en Madrid se imbrican en el gentío general con toda naturalidad, formando parte de él; como si aquí se borrasen recelos y líneas divisorias y en las calles de esta ciudad se volviesen, por el hecho de pisarlas, tan madrileños como el que más. En esta especie de legión extranjera cuya identidad se basa, precisamente, en la ausencia de identidad; o tal vez en la suma indiscriminada, bastarda y fascinante, de infinitas identidades.
Voy pensando en eso, como digo, esperando que sea la hora del segundo vermut, esta vez con patatas a lo pobre como tapa, en el bar Andaluz de la Plaza Mayor, cuando, al pasar ante una tienda donde está el dueño en la puerta -nos saludamos desde hace años-, éste señala hacia dos coches negros detenidos enfrente, en torno a los que hay siete u ocho pavos con traje oscuro y pinganillo en la oreja. «Tiene narices -me espeta-. Llevo aquí desde las nueve de la mañana, como cada día, en esta tienda que no he cerrado todavía porque hay ocho familias que desde hace treinta años dependen de que siga abierta, y ahí los tiene usted. Las once y media, y esperando a que baje la ministra.»
Me paro a mirar, sorprendido. Nunca había coincidido con esos dos coches en esta calle. No sabía, comento, que viviese ahí una ilustre rectora de nuestras vidas y costumbres. Pero el dueño de la tienda me informa de que sí, desde hace tiempo. Antes ya de ser ministra o de lo que sea ahora. «Y oiga -añade con amargura-. Cada día la veo salir de su casa desde mi tienda, y raro es cuando lo hace antes de las diez o las once de la mañana. Pero lo mejor es el tinglado que se monta cada vez: los dos coches oficiales, los chóferes, los escoltas y todo el barullo. Hay que joderse, ¿no? Cualquiera diría que están esperando a Barack Obama.»
Buscando aliviarle la pesadumbre, respondo que es lógico. Que un ministro arrastra su inevitable parafernalia, y que vea el lado positivo: lo ejemplar de que la pava, pese al cargo oficial, los coches y los guardaespaldas con pinganillo, siga viviendo en un barrio céntrico y castizo como éste. Sin renunciar, añado con retranca, a sus esencias naturales. Pero el tendero se chotea. «¿Naturales? -responde-. ¿Se imagina usted a una ministra yendo a las rebajas del Corte Inglés?... Además, no diga que no es para encabronarse. Todos con el agua al cuello, sobreviviendo como podemos mientras se cierra una tienda tras otra, y esa señora moviliza dos coches oficiales y a seis tíos cada mañana para ir al curro, como hoy, pasadas las once y media. Eche cuentas: multiplíquelo por el número de ministros y sume los altos cargos que quiera. El circo y el derroche que cada día nos restriegan por las narices.»
«Igual éstos que los que vendrán luego -pronostico lúgubre, para darle ánimos-. Y con las mismas ganas de coche.» Luego me despido y sigo unos metros calle abajo, hasta una librería que está muy cerca. Y mientras compruebo cómo disminuye cada día la pila de ejemplares de Los enamoramientos de Javier Marías en la mesa de novedades, comento lo de la vecina ministra. No sabía, le comento al librero, que ese notable ornato de la política nacional vivía por aquí. Y el librero, al que también conozco hace años, encoge los hombros y responde: «Eso dicen, pero no la he visto nunca. No ha puesto los pies en la librería en la puta vida».
Despacho oval de la Moncloa. Reunión de urgencia. Están presentes el presidente del Gobierno -Zapatero, Rajoy, el que le toque-, la ministra o ministro del ramo, los asesores y un par de generales habituales del telediario. Enfrente, una pantalla de imágenes por satélite y otra de Google Earth para que los presentes sepan, al menos, por dónde van los tiros. También hay línea directa de audio con el equipo operativo que en este momento hace rappel de un helicóptero Blackhawk Down en la casa de Osama ben Laden. La emoción es casi tanta como en una final Madrid-Barça. El presidente se come las uñas y la ministra o ministro van continuamente al servicio. O al revés. Se masca la tragedia.
Suena el audio. Hay comunicación con el CPA -Comando Paritario de Ataque- compuesto por los soldados y soldadas españoles y españolas Atahualpa Chiapas, Mamadú Bongo, Vanesa Pérez y Fátima Mansur, que van armados y armadas con fusiles HK G36E con visores holográficos, infrarrojos y otra parafernalia. Los fusiles son consecuencia de una discusión previa sobre si es éticamente aceptable que un soldado lleve armas en una democracia ejemplar como la española. Como no daba tiempo a consultarlo con el Tribunal Constitucional, se decidió votar. El ministro o ministra de Defensa y sus espadones de plantilla votaron en contra. «No se vaya a escapar un tiro -apuntó un general, el encargado de llevar el botijo- y la liemos parda.» Pese a tan prudente opinión, el resultado fue que el comando fuese armado, por cuatro votos contra tres.
Empieza la acción. Suena el audio. «Estamos en la puerta -informa la legionaria Vanesa, jefa del comando- y solicitamos permiso para entrar.» Rajoy, Zapatero o el que sea, miran a sus asesores. La tensión puede cortarse con un cuchillo. La señora de la limpieza -se llama Menchu y es ecuatoriana- que en ese momento barre el despacho, le guiña un ojo al presidente y levanta el dedo pulgar. «Permiso concedido», dice el presidente con voz ronca. El general Romerales, que es del Opus Dei, se santigua furtivo. El titular o titulara de Defensa lo apuñala con la vista. «Ya está el gafe dando por saco», murmura alguien por lo bajini.
Más audio. «Estamos frente al objetivo», informa la lejía Vanesa. «Descríbalo», ordena el presidente. «Pijama, barba, legañas. Lo normal, porque estaba durmiendo», es la respuesta. «¿Algún otro objetivo a la vista?» Carraspea el audio y suena la voz de Vanesa: «Hay también una mujer en camisón, y se la ve cabreada. Solicito instrucciones». Los del gabinete de crisis cuchichean en voz baja. Al fin asienten, y el presidente se acerca al micro. «Procedan con exquisito respeto a la ley de Igualdad y Fraternidad», ordena. Un breve silencio al otro lado de la línea. Luego se oye a la jefa del comando: «Me lo expliquen», solicita. «Actúen sin menoscabo de la dignidad e integridad física de los objetivos», aclara el ministro o ministra. «Lo veo difícil -es la respuesta- porque tras arañar al soldado Bongo, la presunta señora Laden le está mordiendo un huevo al soldado Chiapas después de quitarle el Hacheká y metérselo por el ojete. Los gritos que escuchan ustedes son del compañero Chiapas.» De nuevo hacen corro los del gabinete, cuchicheando. «Intímenla a que deponga su actitud -ordena el presidente-. Pero que la intime la soldado Fátima para que no haya violencia de género ni de génera.» Respuesta: «La intimamos, pero pasa mucho de nosotros y nosotras».
«Bueno, vale -responde el presidente tras pensarlo un poco-. Olviden a la señora Laden y céntrense en el objetivo principal. Intímenlo a él.» Acto seguido, durante unos angustiosos segundos, se escucha la voz de la soldado Fátima hablando en morube, seguida por la voz de Ben Laden. «¿Qué le han dicho?», inquiere tenso el presidente. «Que se rinda o...», responde la legionaria Vanesa. «¿O qué?», pregunta el presidente, y Vanesa responde: «Eso es precisamente lo que ha contestado él: ¿O qué?». Transcurren unos segundos de indecisión. «Solicito -dice Vanesa- permiso para afearle al objetivo su conducta.» Esta vez, el presidente no cuchichea con los asesores. «Aféesela», decide enérgico. «Demasiado tarde -informa la jefa del comando-. Se ha ido...» «¿Cómo que se ha ido?...» «Pues eso. Que ha cogido la puerta y se ha ido. Con su mujer detrás. Lo que oyen ustedes es al soldado Chiapas, que tiene un huevo menos.»
«Aborten, aborten», ordena el presidente. Y por su pinganillo, antes de cortarse la comunicación, los del comando oyen protestar airado al general Romerales. El del Opus. Por el aborto.
Hace tiempo que no cuento una de esas historias de navegaciones y batallitas que me gusta recordar de vez en cuando. También llevo años sin mentarle la madre a la pérfida Albión; que, como saben los veteranos de esta página, siempre fue mi enemiga histórica favorita. Si como lector disfruto con los libros que cuentan episodios navales o terrestres, disfruto mucho más cuando quienes palman son ingleses. Como español -cada cual nace donde puede, no donde quiere- estoy harto de que todos los historiadores y novelistas británicos, barriendo para casa, describan a los marinos y soldados de aquí como chusma incompetente y cobarde que olía a ajo. Por eso, cuando tengo ocasión de recordar algún lance donde a los súbditos de Su Graciosa les rompieran los cuernos, disfruto como gorrino en bancal de zanahorias. A otros les gusta el fútbol.
Esta semana, lo de La Albuera me lo pone fácil. El lunes 16 de mayo se cumple el bicentenario exacto de cuando, en plena guerra de la Independencia, 34.000 españoles, ingleses y portugueses se batieron allí durante cinco horas con 23.000 franceses que iban a socorrer Badajoz, rechazándolos. Dos brigadas británicas fueron casi aniquiladas; las tropas españolas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvieron la línea frente a los asaltos franceses, y en el campo quedó muerto o herido uno de cada cinco combatientes. La Albuera fue una de las más sangrientas batallas de la guerra de España. Y por supuesto, desde los historiadores ingleses de la época -Napier, Londonderry, Oman- hasta los de ahora, todos coinciden en atribuir a sus tropas el peso de la batalla, dejando a los españoles, como también ocurrió con la batalla de Chiclana, en un modesto y aseadito segundo término. Esos pobres chicos spaniards, ya saben. Simples colaboradores y tal.
Sin embargo, la realidad fue otra. Cartas y relatos de testigos, ingleses incluidos, permiten hoy establecer lo que realmente ocurrió en La Albuera. Y fue que, correspondiendo el flanco derecho a las tropas españolas, situadas sobre una colina y en un frente de sólo 600 metros de anchura, hacia allí se dirigió el principal ataque francés. Manteniendo sus posiciones bajo un fuego horroroso -los reclutas del 4º batallón de Guardias cayeron en el mismo lugar donde se encontraban, sin romper la formación-, los españoles rechazaron dos ataques gabachos. Al hallarse ya sin munición cuando se iniciaba el tercero, la brigada británica Colborne hizo un paso de línea para situarse delante y soportar el tercer asalto. Pero, en vez de quedarse en la colina, los ingleses, deseosos de demostrar que para chulitos ellos -y realmente siempre combatieron muy bien en la guerra de España-, avanzaron hacia las tropas enemigas sin advertir que había caballería imperial apostada cerca. La brigada inglesa fue destrozada, además de otra que andaba por allí. Asumir un error táctico de ese calibre, dos brigadas de Su Majestad pasadas por la cuchilla de picar carne, era duro de tragar para Wellington. Y cuando leyó el parte donde el general Beresford contaba lo ocurrido, exigió otro donde se omitiera la desastrosa maniobra, así como el hecho de que los españoles resistieron a solas los dos primeros asaltos. Quería algo que sonase más a tenaz y heroica resistencia inglesa. Y esa segunda versión, adecuada al orgullo nacional británico, fue la publicada por la prensa y adoptada oficialmente en los libros de Historia.
Uno de los más minuciosos historiadores militares españoles actuales, José Manuel Guerrero Acosta, se ha tomado en los últimos años el trabajo de desempolvar todos esos partes de guerra, probando cuanto acabo de contar. Con mucha irritación, por cierto, de colegas ingleses como el ilustre Charles Esdaile; que durante un congreso reciente en Varsovia se levantó, airado, para decir que esa revisión de lo ocurrido en La Albuera «ofende la memoria de las tropas británicas que lucharon en España». Curiosa afirmación, por cierto, de un historiador al que no parecen ofenderle la memoria los centenares de mujeres españolas violadas cuando las tropas británicas entraron en Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, ni sus compatriotas historiadores y novelistas que llevan doscientos años asegurando que, en la guerra peninsular, las tropas de Napoleón fueron derrotadas sólo por Wellington; a veces, eso sí, con la colaboración -a regañadientes, por supuesto- de la miserable chusma española que, en las siempre gloriosas y heroicas batallas inglesas, se limitaba a llevarle el botijo.
No conservo muchos recuerdos materiales de los veintiún años que estuve como reportero dicharachero en Barrio Sésamo: el casco de un soldado serbio muerto en Vukovar, el de un iraquí que palmó en Kuwait, el mío de kevlar de Bosnia, un Kalashnikov inutilizado, un par de casquillos vacíos, algún fragmento de metralla especialmente saltarina y un cartel de madera donde pone Peligro minas, de cuando el Sáhara. Y junto a eso, situado en un rincón oscuro de casa por donde nunca pasan las visitas, hay una botella de vino vacía. La botella de Vranac.
Descubrí ese vino en el hotel Esplanade de Zagreb durante la guerra de Croacia, merced a Paco Eguiagaray, maestro de maestros. Paco, que ya cría malvas como tantos buenos colegas de entonces -parece mentira cuántos se fueron ya-, era un gran señor del periodismo y de la vida. Baste decir que en Viena, para demostrar que ya había currado con él y por tanto era de confianza, un taxista se presentó así: «Yo trabajar con don Francisco. Champán, chicas, facturas. No problema». El caso, como digo, es que los regresos del frente croata con Márquez, la intérprete Jadranka, la productora Maite Lizundia y otros colegas de entonces, solíamos remojarlos con ese estupendo tinto de Montenegro, embotellado junto al lago Skadar. Nos quedó la costumbre, por así decirlo; y durante los tres años siguientes, mientras duró la guerra de los Balcanes, el Vranac -Crnogorsko Vrhunsko Crno Vino- se convirtió en nuestro vino de cabecera. Todavía hoy, cuando recuerdo aquellos regresos al hotel, agotados, llenos de polvo y mierda, cargados con el equipo y con la cabeza llena de imágenes que ansiábamos olvidar, los asocio con una ducha caliente, una buena comida y el sabor de aquel excelente vino en la boca.
Durante el largo asedio de Sarajevo, los reporteros nos alojábamos en el hotel Holiday Inn, muy agujereado por la artillería serbia. Allí el Vranac siguió siendo grata costumbre, con el inconveniente de que estábamos cercados, Montenegro quedaba en el bando enemigo, y las provisiones de ese vino mermaban día a día. Si algo aprendí pronto en mi antiguo oficio es que los subalternos mandan más que los jefes. Así que toda la vida procuré -todavía lo hago- establecer relaciones de amistad, no con los figurones que posan en las fotos, sino con quienes de verdad resuelven tus problemas: camareros veteranos, secretarias, proxenetas, putas bien informadas, conserjes, porteros de hotel, suboficiales, policías, traficantes, taxistas espabilados, jefes de talleres, telefonistas y gente así. Tan útiles y complejas relaciones no se improvisan, claro; se establecen con tiempo, sentido común, cortesía, y algo personal que no está en los libros ni se logra con dinero: una naturalidad de trato, resumible en el gesto amistoso de ponerle al otro una mano en el hombro -en realidad las propinas son sólo un pretexto-, en ademán equivalente a decir: hoy por mí, mañana por ti, y en todo caso te la debo. Amigo mío.
Mustafá, el maître del restaurante del Holiday Inn de Sarajevo, era de ésos. Compartíamos cigarrillos, humor negro, lengua francesa e interés por las piernas de una guapa camarera subordinada suya. Acabamos siendo íntimos, y recuerdo que ni siquiera los aparatosos sobornos de los productores gringos de la CNN, que compraban con dólares cuanto se movía, lograron interponerse. Nuestro equipo -se turnaban de cámaras Márquez, Miguel de la Fuente y Paco Custodio- siempre fue su ojito derecho. El Vranac resultaba solicitadísimo por la escasez; pero Mustafá, fiel a las reglas no escritas, mantuvo mi suministro hasta el final. Bromeábamos sobre las últimas botellas, y él decía que era mejor que me las calzara yo que los serbios cuando tomaran la ciudad. Por fin, un día, me llamó aparte y me entregó un paquete. «Es la última botella de Vranac de Sarajevo -dijo-, y no se la beberá el invasor.»
No me la bebí. La guardé como un tesoro, a pesar de los sobresaltos de la guerra, y regresé a Madrid con ella en mi mochila. Un día, hace cuatro o cinco años, Márquez vino a casa y nos pusimos a hablar de aquello; de Miguel Gil, de Julio Fuentes y de los otros compañeros que ya no beben vino ni beben nada. Así que fui al armario, la descorché, y brindando por sus fantasmas entrañables cayó entera, al fin. Pero no tiré la botella. La guardo todavía, como dije, en ese rincón oscuro de mi casa que nadie ve. Y ahora, mientras cuento su historia, la tengo puesta delante, sobre la mesa. En su etiqueta, escrito a bolígrafo con letras desvaídas por el tiempo, aún puedo leer: «Vin de l´invasseur pour Arturo. Saraievo 92».
02/05/2011 Cediendo el paso. O no.
Una de las cosas que estamos logrando entre todos es el desconcierto absoluto en materia de corrección política. El bombardeo de estupidez mezclada con causas nobles y la contaminación de éstas, los cómplices que se apuntan por el qué dirán, la gente de buena voluntad desorientada por los golfos -y golfas, seamos paritarios- que lo convierten todo en negocio subvencionado, la falta de formación que permita sobrevivir al maremoto de imbéciles que nos inunda, arrasa y asfixia, ha conseguido que la peña vague por ahí sin saber ya a qué atenerse. Sin osar dar un paso con naturalidad, expresar una opinión, incluso hacer determinados gestos o movimientos, por miedo a que consecuencias inesperadas, críticas furiosas, sanciones sociales, incluso multas y expedientes administrativos, se vuelvan de pronto contra uno y lo hagan filetes.
Voy a poner dos ejemplos calentitos. Uno es el del amigo que hace una semana, al ceder el paso a una mujer -aquí sería inexacto decir a una señora- en la entrada a un edificio, encontró, para su sorpresa, que la individua no sólo se detuvo en seco, negándose a pasar primero, sino que además, airada, le escupió al rostro la palabra «machista». Así que imaginen la estupefacción de mi amigo, su cara de pardillo manteniendo la puerta abierta, sin saber qué hacer. Preguntándose si, en caso de tratarse de un hombre, a los que también cede el paso por simple reflejo de buena educación, lo llamarían «feminista». Con el agravante de que, ante la posibilidad de que el supuesto varón fuese homosexual -en tal caso, quizá debería pasar delante-, o la señora fuese lesbiana -quizá debería sostenerle ella la puerta a él-, habría debido adivinarlo, intuirlo o suponerlo antes de establecer si lo correcto era pasar primero o no. O de saber si en todo caso, con apresurarse para ir primero y cerrar la puerta en las narices del otro, fuera quien fuese, quedaría resuelto el dilema, trilema o tetralema, de modo satisfactorio para todos.
Pero mi drama no acaba ahí, comentaba mi amigo. Porque desde ese día, añadió, no paro de darle vueltas. ¿Qué pasa si me encuentro en una puerta con un indio maya, un moro de la morería o un africano subsahariano de piel oscura, antes llamado sintéticamente negro? ¿Le cedo el paso o no se lo cedo? Si paso delante, ¿me llamará racista? Si le sostengo la puerta para que pase, ¿no parecerá un gesto paternalista y neocolonial? ¿Contravengo con ello la ley de Igualdad de Trato o Truco? ¿Y si es mujer, feminista y, además, afrosaharianasubnegra? ¿Cómo me organizo? ¿Debo procurar que pasemos los dos a la vez, aunque la puerta sea estrecha y no quepamos?... Pero aún puede ser peor. ¿Y si se trata de un disminuido o disminuida físico o física? ¿Cederle el paso o la pasa no será, a ojos suyos o de terceros, evidenciar de modo humillante una presunta desigualdad, vulnerando así la exquisita igualdad a que me obliga la dura lex sed lex, duralex? ¿Debo echar una carrerilla y pasar con tiempo suficiente para que la puerta se haya cerrado de nuevo cuando llegue el otro, y maricón, perdón, elegetebé el último?... Por otra parte, si de pronto me pongo a correr, ¿se interpretará como una provocación paralímpica fascista? ¿Debo hacer como que no veo la silla de ruedas?... O sea, ¿hay alguien capaz de atarme esas moscas por el rabo?
Y bueno. Si a tales insomnios nos enfrentamos los adultos, que supuestamente disponemos de referencias y de sentido común para buscarnos la vida, calculen lo que está pasando con los niños, sometidos por una parte al estúpido lavado de cerebro de los adultos y enfrentados a éste con la implacable y honrada lógica, todavía no contaminada de gilipollez, de sus pocos años. El penúltimo caso me lo refirió una maestra. Un niño de cuatro años había hecho una travesura en clase, molestando a sus compañeros; y al verse reprendido ante los demás, un poco mosca, preguntó quién lo había delatado. «Fulanita, por ejemplo -dijo la maestra señalando a una niña rubia y de ojos azules-, dice que eres muy travieso y no la dejas trabajar tranquila.» Entonces la criatura -cuatro años, insisto- se volvió despacio a mirar a la niña y dijo en voz baja, pero audible: «Pues le voy a partir la boca, por chivata». Escandalizada, la maestra le afeó la intención al niño, diciendo entre otras cosas que a las niñas no hay que pegarles nunca, etcétera. Que eso es lo peor del mundo, lo más vil, cobarde y malvado. Y entonces el enano cabrón, tras meditarlo un momento, muy sereno y muy lógico, respondió: «¿Por qué? ¿Es que no son iguales que los niños?».
25/04/2011 El desayuno del ajedrecista
Lo veo entrar en uno de los comedores del hotel de Montecarlo donde asisto al legendario torneo Amber Chess, que por una elevada suma de dinero enfrenta a los doce mejores jugadores de ajedrez del mundo. Es un individuo de aspecto tosco, desgarbado de maneras, vestido con chándal azul, que camina entre las jarras de zumo de naranja, las pilas de croissants, la fruta y las bandejas calientes con huevos, salchichas y tocino. Viene despeinado, sin afeitar, y lo observo con asombro porque tardo en reconocerlo. Se mueve con mucha torpeza, como si no terminase de despertar del todo, o como si, recién dejada la cama, sus miembros no acabaran de habituarse a los movimientos usuales. Hasta su forma de apoyar los pies en el suelo es peculiar: arrastra las zapatillas de deporte volviendo los pies hacia adentro, igual que quienes tienen algún defecto físico que les impide andar con soltura. A eso hay que añadir la expresión absorta del rostro: sus ojos azules bajo las cejas espesas parecen perdidos en la nada, vacíos de contenido, dándole un aire de extrema estupidez. Y todo ello, el aspecto rústico y vulgar, la expresión, la manera fatigada de moverse, lo hacen parecer fuera de lugar en el comedor del lujoso hotel monegasco; cual si un campesino de maneras burdas y chata inteligencia acabara de colarse, de manera inexplicable, entre los árabes vestidos de Hugo Boss y las rubias de acento eslavo, falda corta y piernas largas, que acompañan a hombres de negocios con camisa de seda, teléfono móvil y macizo Rolex de oro en la muñeca.
Lo sigo con la vista, interesado, mientras coge un huevo pasado por agua. Con éste en la mano, dudando como si no supiera exactamente qué hacer, acaba por dirigirse a una mesa donde aguarda una mujer joven y corpulenta que parece su esposa. Sentándose al lado, el hombre de la expresión estúpida emplea un tiempo increíblemente largo en estudiar el huevo como si pretendiera averiguar por dónde entrarle. Al fin, torpe y lento, lo golpea un poco en el borde de la mesa y le quita la cáscara a la mitad superior antes de llevárselo directamente a la boca y comerlo despacio, con la mirada perdida de antes. Cuando acaba, deja la cáscara vacía sobre la mesa y se la queda mirando largo rato, absorto, con la misma expresión de estupidez absoluta. De gañán fuera de lugar y de momento. Y apenas se mueve cuando la mujer, con el ademán solícito que tendría si atendiese a un impedido, se inclina hacia él y, con una servilleta, le limpia restos de yema de huevo que han quedado en los pelos del mentón sin afeitar.
Seis horas más tarde, sentado en una sala en la que reina un silencio absoluto, reverencial, me encuentro de nuevo a tres metros de ese mismo hombre. Ahora lo veo afeitado, bien peinado y limpio, vestido con un traje oscuro. Está de codos ante un tablero de ajedrez y ya no parece un campesino desaliñado y estúpido. Se llama Vasili Ivanchuk, es ucraniano, y también es el quinto mejor jugador del mundo en el ranking actual de grandes maestros. Hace dos días lo vi en esta misma sala jugar contra el noruego Magnus Carlsen, ayer lo vi enfrentado a Viswanathan Anand, actual número uno mundial, en una partida memorable, y hace cinco minutos, jugando con blancas contra el búlgaro Veselin Topalov, lo he visto sacrificar deliberadamente una torre, en el curso de un ataque audaz por el flanco de dama, preciso como un golpe de bisturí, que ha transformado la partida en un espectáculo de belleza perfecta. Y mientras sigo asombrado la progresión de su juego impecable, compruebo que la expresión absorta de los ojos azules de Vasili Ivanchuk es idéntica a la de esta mañana en el desayuno, mientras le quitaba laboriosamente la cáscara al huevo: alienada y vacía. Y así, mientras concluyo que nunca es posible estar seguro de lo que oculta la mirada estúpida, inteligente, bondadosa o malvada de un ser humano, recuerdo lo que el hombre al que tengo delante le dijo a mi amigo el periodista y gran maestro de ajedrez Leontxo García, cuando éste le preguntó, hace tiempo, si para él era concebible levantarse una mañana sin tener una partida que jugar. El ucraniano estuvo pensativo quince segundos, igual que si calculase un movimiento, y al fin respondió con un escueto «no».
Inmóvil en mi silla, entre el reducido público, sonrío sin apartar los ojos de Ivanchuk, que sigue inclinado sobre su tablero. Ahora sé que es perfectamente posible, a las ocho y media de la mañana, jugar una partida de ajedrez contra un huevo pasado por agua.
18/04/2011 La tarde en la que acabó el mundo
La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás.
Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban.
El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día.
Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos.
Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz
11/04/2011 Los que no salen en la foto
También están ellos. Y ellas, como diría algún ministro imbécil. Los que no fueron a buscar nuevos campos de batalla para sus empresas. La pobre y maltrecha infantería que no es fiel sino a sí misma; y eso sólo cuando puede. Los mercenarios en busca de un amo que les dé de comer, sea quien sea: cualquiera que asegure dos mil euros al mes y un futuro a corto o medio plazo. Los que no se van con ademán heroico sino por la puerta pequeña, discretamente, dejando atrás a padres, madres y novios que los echan de menos. Alejándose para mucho tiempo de la gente querida, a la que, muy de vez en cuando, visitan en vacaciones cada vez más cortas, sabiendo que no podrán estar con ellos cuando vayan al hospital, o mueran; y a los que, si alguien avisa con tiempo, quizá lleguen a acompañar en su entierro. Aunque también puede ocurrir que haya suerte, y los padres, o el perro que acompañó su vida durante diez o doce años, esperen a morirse cuando están en casa, de vacaciones.
Se llaman María, Noemí, Héctor, Manolo. Tienen cerca de cuarenta años, se fueron de España hace tres o cuatro, y no salen en los dominicales de los diarios: en esos patéticos reportajes dedicados a convencernos de lo orgullosos que debemos sentirnos de que el mundo esté salpicado de jóvenes españoles que se buscan la vida fuera. A su edad no son tan fotogénicos. No lucen posando con bata de laboratorio en Oslo, con gorro de cocinero en Berlín, con camiseta de baloncesto en Nueva York. Ni siquiera valen para la foto en EPS o XLSemanal de camarero guapo y veinteañero que friega platos, sólo de momento, en un local de moda de Londres o Nueva York; entre otras cosas porque ni son veinteañeros ni guapos, y cuando friegan platos o sirven mesas, a su edad, puede ser para toda la vida. Son seres vencidos sin segunda oportunidad, que saben lo seguirán siendo, sin remisión. Sin otro anhelo que no ir a peor. No ir a menos.
Por ahí afuera andan, a miles. Su generación ni siquiera es la de los aeropuertos, el ordenador portátil y el hotel barato, a la caza de mercados aunque sean modestos. La suya es la del billete de ida, de las hipotecas imposibles de pagar. La generación engañada por el espejismo y la irresponsabilidad de quienes pudieron hacer un país culto, trabajador y decente, y no lo hicieron. De quienes, respaldados en las urnas por ilusiones y sueños de futuro, tenían la obligación de encauzar esto y no supieron, o les importó una mierda; y ahora siguen ahí, impasibles, cobrando el sueldo del partido, trincando los favores hechos a compadres. Sin que nadie les diga fue por tu culpa, cabrón. Sin que nadie, al cruzárselos cuando salen del restaurante de lujo o de dar conferencias, con esa cara de cerdos que les han puesto los años, la pasta, el estatus y el coche con chófer que nunca perdieron, les parta la cara.
Sus víctimas se fueron, eso es todo. Sin hacer ruido, como digo. Fueron cuarenta en clase del instituto y doscientos en el aula de la facultad, y todo para conseguir un título universitario que a nadie importa un carajo. Que nadie les dijo que no sacaran. Los sentenciaron a la cola del paro y les preguntaron mil veces, cuando eran mujeres, si estaban embarazadas o tenían hijos, en grotescos simulacros de entrevistas de trabajo. Por su edad les habría correspondido agachar la cabeza, aceptar mil euros al mes, cerrar la boca, poner el culo -o el coño- y desangrarse con la hipoteca del piso y las letras del coche, como todo cristo. Tragar y sobrevivir once meses soñando con el duodécimo de vacaciones baratas en Cancún. Se trataba de eso, o de tener el coraje, la desesperación, de organizarse con sus iguales para incendiar esta España de mierda. Para conseguir, al menos, que los culpables tuviesen miedo o lo pagasen caro. Pero eso resulta más fácil escribirlo que hacerlo; así que optaron por lo razonable: largarse de aquí. Alejarse, sacudiendo de los zapatos el polvo de este paraje ingrato, envidioso y miserable, históricamente enfermo. De esta ruin madrastra y sus turbios, desvergonzados, impunes secuaces. Por eso están fuera, y no volverán si pueden evitarlo. Hicieron lo más difícil, que fue saltar al vacío, echarse el macuto al hombro, internarse en territorio hostil, desconocido. Se buscaron la vida lo mejor que supieron, y así sobreviven, comen caliente, rehacen como pueden sus maltrechas vidas. Ni siquiera pretenden ya reconciliarse con esta triste España que los echó a patadas. Si van a morirse lejos, tan solos como viven, por ellos puede pudrirse esta mala perra.
04/04/2011 Ese monumento de papel
Pues resulta que voy a la librería de Antonio Méndez, en la calle Mayor, y le digo oye, compañero, ¿tienes la Biblia nueva que acaba de sacar la Conferencia Episcopal? Y Antonio, que es amigo hace veinte años, me mira de reojo y dice te veo chungo, maestro, una Biblia a tus años. De qué vas, Tomás. ¿Has visto la luz, o qué? Y yo le respondo que menos choteo, chaval, o la compro en el Corte Inglés. Grandes superficies, que se dice ahora. Y además quiero dos, una para regalar. Pues la tengo que pedir porque no la tengo, redunda Antonio. Y yo le digo: debería darte vergüenza. Un librero sin Biblia nueva en el escaparate. Ya sé que no vas a misa ni yo tampoco, y que monseñor Rouco y sus mariachis te caen, como a mí, igual que una patada en el duodeno. Pero no estamos hablando de opio del pueblo, ni de tocapelotas nietos de Trento, ni de estragos históricos y sociales, sino de cultura, chaval, que para ser librero no te enteras. De uno de los caudales de sabiduría que nos hizo lo que somos, cóscate, Viejo y Nuevo Testamento, cultura judeocristana que, combinada con el Islam mediterráneo, Grecia, Roma y toda la parafernalia, hizo lo que llamamos Europa y de rebote Occidente: sitio que lo mismo también te suena, Antoñete; aunque a esa vieja Europa, en tiempos referente moral del mundo, cuna de derechos humanos y crisol de cultura, ya no la reconozca ni la madre que la parió. Dicho en lenguaje de librero, para entendernos, te hablo del mayor bestseller de la Historia, necesario para quien pretenda estar al tanto de lo que es y lo que hace. Para tenerlo tan a mano como a Cervantes, Shakespeare y Montaigne: cuatro patas de la mesa donde algunos apoyamos los codos cuando estamos cansados. No sé si me explico.
Concluida la guasa entre Antonio y yo, una semana después tengo al fin esa nueva Biblia en casa; y, aparte el pequeño inconveniente de maldecir en arameo el tacto áspero de su encuadernación en tela bajo las guardas -la tela en los libros siempre me dio dentera-, disfruto con sus páginas de papel sutil y agradable al tacto, la limpia tipografía y el peso reconfortante del volumen en las manos. Es un hermoso ejemplar con la nueva traducción canónica de los textos sagrados al castellano, que será utilizada en todos los actos litúrgicos y catequéticos, o como se diga, de la Iglesia Católica de aquí. El canon, para entendernos, de la Biblia oficial en lengua de Cervantes. Esto lo convierte en libro de extraordinaria importancia; pues, aparte la lectura íntima que haga cada cual, su texto, leído en misa y utilizado a partir de ahora en las actividades relacionadas con el asunto, influirá directamente, en la lengua que hablan y escriben varios millones de católicos de habla hispana. Que se dice pronto.
Pero ésa, la de la peña practicante, sólo es una parte. Al fin y al cabo, la Biblia es también, y sobre todo, un magnífico caudal de diversión, reflexión y conocimiento. Un monumento indispensable para comprender sobre qué cañamazo se tejió lo que algunos cabrones reaccionarios y gruñones como el arriba firmante todavía llamamos, con una mezcla de melancolía y de guasa escéptica, cultura occidental; dicho sea sin ánimo -o con ánimo, qué puñetas- de ofender. En ese contexto, la Biblia es una fuente extraordinaria de relatos, aventuras, batallas, traiciones, amores, emociones y simbolismos; materia de la que hace tres mil años viene nutriéndose el mundo civilizado y que inspiró a los más grandes filósofos y artistas de todas las épocas; literatura, música, pintura y cine incluidos. Nadie que busque lucidez e inteligencia, que quiera interpretar el mundo donde vive y morirá, puede pasar por alto la lectura, al menos una vez en la vida, del libro más famoso e influyente -para lo bueno y lo malo- de todos los tiempos. El Antiguo y el Nuevo Testamento, para unos historia sacra y revelación divina, y para otros llave maestra de cultura e ilustración, son imprescindibles para comprender cómo llegamos aquí, lo que fuimos y lo que somos. Compadezco a quien no tenga un Quijote y una Biblia en casa, aunque sólo sea para decorar un mueble y leer cuatro líneas de vez en cuando. Y quien sí sea lector, que calcule. Sólo la Biblia, releída una y otra vez, bastaría para colmar una vida entera. Y ojo. Insisto en que no se trata de religión, sino de cultura. La de verdad; no esa papilla desnatada, presuntamente educativa, impuesta por quienes legislan desde su cateta mediocridad. Oponer prejuicios a la Biblia es como oponerlos a una catedral: no hace falta creer en Dios para visitarla y admirar su belleza. Para sentir lo majestuoso de la memoria que atesoran sus viejas piedras.
28/03/2011 Echando pan a los patos
Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto. A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos.
Hace un par de meses, una editorial gringa publicó ediciones políticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer de Mark Twain en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro. Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter -Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus-, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela.
Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés, confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo -como, por otra parte, miles de compatriotas suyos-, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria. Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros. En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias.
Así que, españoles todos, oído al parche. Suponiendo -tal vez sea mucho suponer- que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones... ¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?... ¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?... ¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?... ¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?... ¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?... ¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?... ¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?... ¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?... Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o, mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?... ¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?... ¿Cómo un machista homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?... En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?... ¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada?
Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan. Tranquilos. El peligro es mínimo. Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida.
21/03/2011 Trileros en las Ramblas
Doy un paseo cerca del mercado de la Boquería de Barcelona, entre esas estatuas vivientes a las que han prohibido, o van a prohibir, que posen con armas simuladas aunque sean vaqueros, indios, soldados o marcianos, para que no den ejemplos belicistas a la tierna infancia, dicen, y también por seguridad pública, imagino; no vaya a ser que a un indio se le dispare una flecha, o algún niño quede traumatizado ante un vaquero verde fosforito con un Colt en la mano. El caso es que paseo, como digo; y en ésas me topo con una cuadrilla en torno a una mesa de camping, currándose la calle: están el que dirige el juego, los ganchos y también algún pringao palmando o a punto de. Así que saco el móvil y telefoneo a mi colega Ángel Ejarque, retirado del delito hace veinte años, pero que en su tiempo fue leyenda viva, rey del trile y de otros lances callejeros, y le digo oye, plas, se me cae la cara de vergüenza, años sin ver una cuadrilla de trileros currándose la calle, y la primera que encuentro, al arrimarme con toda ilusión, es de guiris, te lo juro, del Este por el acento. Y curran chungo, por lo que veo y oigo. Muy descarado y sin finura. Casi atracando a la gente, mira lo que te digo. Aprietan tanto que sólo les falta sacudir a los batos, que por cierto son tres japos con mochilas, para que aflojen la viruta. Y oyes. Ya sé que tú te saliste de la calle; pero, ¿y los colegas? ¿Cómo es que tus antiguos consortes dejan que les quiten de esa manera el pan de la boca? Si vieran esto, los huesos de los palmaos, aquéllos a los que se llevaron los años o el prive, se removerían en sus tumbas. No te digo ya el Muelas, que era maestro de maestros. Hasta el más primavera de los soguillas que teníais entonces para dar el agua sería un virtuoso comparado con estos chapuzas de importación. ¿Qué pasa? ¿Ya no quedan trileros nacionales como Dios manda? ¿Dónde están aquellos artistas de morro y labia? ¿Qué ha sido del Patillas, el Catarecha, el Rasca, el Chino o el Ladrillo? ¿No hicieron escuela? ¿El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos?
Eso largo por el móvil. Tal cual. Y Ángel, avergonzado, responde es que nos hemos vuelto algo mariquitas, colega, y también nos hicimos viejos, o taxistas, o empleados de algo, y dejamos el juego, el alcohol y las tordas donde se nos iba el jurdós, y en los últimos tiempos a los jóvenes les fue más cómodo hacerse camareros o albañiles. No hubo escuela fina, así que se perdió el arte. Mírame a mí, que cuando nos conocimos manejaba cuadrillas de siete u ocho virtuosos que se comían el mundo -yo hasta les sacaba a mis niños el dinero de la hucha- y hubo días que levanté hasta un cuarto de kilo, y aquí me tienes ahora, reformado y limpio que te rilas, de currito en una empresa de seguridad. Llevo veintidós años sin sobar un catecismo, y no entro en un bar ni para ir al tigre. Pero oye lo que te digo -en este punto le advierto un puntito de curiosidad profesional- ¿esos jambos están burlando con pastos o con triles?
Le respondo que con pastos, que los ganchos cantan la Traviata con acento eslavo, y que el de la mesa es tan burdo con los tapones y la borrega, que hace falta ser de Osaka para no coscarse. Y Ángel responde es natural, colega, porque los pastos los manejas más fácil, son de estocada en plan aquí te pillo aquí te mato, y todo consiste en esconder la bolita; mientras que los triles necesitan arte, son lentos de ejecutar y hay que currárselos doblando una esquina de un naipe y luego otra, con buena mano. Y es que ya no hay estilo, añade. Ni filigranas de caballeros. Y si el pringao muerde el pastel y se rebota, encima van y lo hostian. Es otro estilo, ¿me sigues? Además, saben que aquí hay pajera abierta y se les da cuartel, y que si no se pasan de violentos, pues tranquis. Van a la calle en bola según entran, por la misma puerta, y por lo que yo me comía tres meses ahora les sale gratis. Así que esto es vente a Alemania, Pepe: cada día verás más, haciéndose los amos del trile, de las lumis y de todo. Pero cosas buenas también tienen, no creas. Nosotros éramos individualistas, a ver si me entiendes. Después de un buen palo astillábamos y cada uno se iba por su cuenta, a su vicio: la priva, las tías o la ludopatía de cada cual. ¿Te acuerdas? A pulírnoslo. Éstos, sin embargo, son solidarios entre ellos. Vinieron a trabajar: curran y viven juntos, en grupo, ahorran, se organizan en plan serio, tienen abogados. Cuando les va bonito invierten en usura, en puticlubs, en tráficos de armas y cosas así. Son peña emprendedora, con ganas de montárselo. Se hacen un futuro. No acabarán, como algunos que tú y yo conocimos, durmiendo en la calle con tres cartones: el de abajo, el de arriba y el de Don Simón. Pasa como con todo lo demás: se lo van a llevar crudo porque lo curran, vinieron con hambre y ambiciones y juegan para meter goles. Y ya lo ves. Hasta burlando en la calle, colega, nos mojan la oreja.
14/03/2011 El ecologista ecologizado
Hace tiempo hablé aquí de mi amigo neoyorkino Daniel Sherr, que aparte ser un magnífico intérprete profesional que habla todas las lenguas de Babel, es judío, alérgico, vegetariano y una de las mejores personas que conozco. Su única pega es ser uno de esos ecologistas pelmazos que, según los días, llegan a romperte los huevos. Por la calle dirige miradas furiosas no ya a los fumadores, sino a quienes sospecha puedan serlo; y cuando viaja mete en la maleta cuanta botella se cruza en su camino, para reciclarlas al regreso, pues no se fía del personal de los hoteles. Carga con bolsas con arroz hervido, como los vietcong, y fruta para consumo propio; y se niega a pasar los plátanos por el control de viajeros en los aeropuertos porque, afirma, los detectores los contaminan con sus rayos radioactivos y malignos. Imagínense el cuadro, e imagínenme caminando lo más lejos posible de él, poniendo cara de que a ese tipo estrafalario al que cachean los guardias, o se llevan aparte para interrogarlo en privado, ni lo conozco ni lo he visto en mi puta vida.
Ése es mi amigo Dani, al que quiero muchísimo. Por eso vivo informado de sus peripecias. La última es tan deliciosa que no me resisto a contarla. Más que nada porque, aunque parece delirante, es un augurio siniestro de lo que nos espera en España. De lo que traerá, de forma irremediable, tanta peligrosa combinación de mansedumbre ciudadana y prepotente imbecilidad oficial. El caso, absolutamente real, es ejemplo de hasta qué punto esos Estados Unidos que para nuestra babeante Europa son referencia ideal de lo socialmente correcto, nos llevarán al absoluto disparate. De hasta dónde puede llegar la descarada injerencia estatal en lo más íntimo de nuestras palabras, nuestras casas y nuestras vidas.
Dani tiene un piso en Nueva York, en un edificio de seis plantas donde viven unos cuarenta inquilinos. Fiel a sus principios ecologistas, llevaba años dando la murga para que la comunidad de vecinos aceptase una auditoría energética, a fin de evitar derroche, contaminación y cosas así. El trámite, le dijeron, pasaba por una visita previa del administrador de la finca. Se presentó éste en casa de Dani, y dijo que lo de la auditoría energética estaba divino de la muerte y era una propuesta interesante a más no poder. Que estaba entusiasmado con la idea hasta el punto de aplaudir, plas, plas, plas. Pero antes había un requisito: comprobar que el apartamento del reclamante se ajustaba a las ordenanzas de Nueva York sobre viviendas libres de toda sospecha. Luego señaló con dedo acusador los libros, periódicos y documentos profesionales que mi amigo tenía en su casa por todas partes. Según la disposición cuarenta y siete barra ochenta, indicó, o una de ésas, los libros apilados en el suelo podían obstaculizar el paso de los bomberos en caso de incendio. Sin contar con el peligro de tener tanto papel -material inflamable- en un edificio de apartamentos. Y mientras Dani, boquiabierto, intentaba deglutir aquello, el otro se asomó a la cocina y dijo literalmente: ajá, qué es lo que veo, tres granos de arroz integral sueltos sobre una mesa. Eso puede atraer cucarachas, e incumple la disposición sanitaria treinta y cuatro barra seis. O algo así. Dani, que viajaba a España dos días más tarde, dijo que sí a todo, acojonado, creyendo que poner tierra de por medio bastaría para que se olvidara el asunto. Pero al regreso encontró una carta preguntándole si había «abordado» lo de subsanar las deficiencias señaladas. Respondió que sí -abordar, pensó con lógica, no significa eliminar ni resolver- y consultó mientras tanto con un abogado la manera de que se olvidaran de él, de la auditoría energética y de la madre que lo parió. Pero el asesor legal dijo que verdes las había segado. Que, según las ordenanzas neoyorkinas, podía ser denunciado por violar los códigos de vivienda, de incendios y de salud. El consejo era que tragara.
El siguiente paso de Dani, que a esas alturas ya era presa del pánico y renegaba hasta de las energías alternativas, fue tirar cuantos papeles pudo, y esconder otros. Tuvo a una señora de la limpieza tres días en casa, buscando hasta el último grano de arroz escondido. Al cabo, el administrador regresó con sonrisa de zorro entrando en gallinero. Mucho mejor, dijo. Casi al noventa y nueve por ciento. Aunque lo ideal según las ordenanzas municipales, añadió con recochineo, es que no queden a la vista papeles en absoluto. En todo caso, no debe haber ni un solo papel ni libro en el suelo, ni tampoco sobresalir de las mesas ni estantes. Los bomberos, ya sabe. La normativa y todo eso. Haré otra inspección en tres meses; y por supuesto, espero que sea la última. En cuanto a lo de la auditoría energética que usted reclamaba para el edificio, desde luego, no hay ningún problema. Aquí somos tan ecológicos como el que más. ¿No le parece? Así que cuando quiera me llama, oiga. Y discutimos el asunto.
07/03/2011 Borrascas perfectas
He leído con atención tu carta. Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida. Deduzco que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte sobre eso. Yo tengo 59 años y amo el mar, pero ya sólo navego por el Mediterráneo. Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas. Con canas en la barba y arrugas en la cara acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de velas blancas y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me educaron con rumor de resaca, en playas donde, al fuego hecho con madera de deriva, hombres de manos encallecidas por remos y redes, piel curtida y ojos quemados de sal, fumaban tabaco negro, hervían calderos de arroz y asaban sardinas. Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol. Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor.
En realidad, ningún mar es mala gente. Es el viento el que lo hace peligroso y mortal. Pero, a diferencia del Atlántico, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola suele ser larga y tendida, más gobernable, el Mediterráneo desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan. Viví entre marinos desde niño, y me crié con relatos de buques y mar. Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, hablaban de la mar terrible que los temporales del norte levantan en el golfo de León. Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de comprobar en persona cómo es capaz de golpear el azul Mediterráneo cuando se torna malhumorado y cabrón. Cuando se pone barbas grises.
De una de esas situaciones hablé aquí alguna vez: fue a bordo del petrolero Puertollano, navidad de 1970, y tuvimos una mar horrorosa doblando el cabo Bon, frente a la costa de Túnez, con olas de diez metros y viento que en la escala Beaufort se conoce como temporal duro, de fuerza 10. En otras ocasiones tampoco escapé a los temibles mistrales del golfo de León o a las noroestadas duras del canal de Cerdeña; con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, y que éste sea un velero con tripulantes de cuyas vidas eres responsable. Y te aseguro que un mistral de fuerza 8 pegando en la amura de estribor durante horas, con sólo una trinquetilla arriba, la mayor reducida al último rizo y el barco -valiente, fiel y marinero, bendito sea- navegando a ocho nudos escorado hasta el trancanil, dando pantocazos, macheteando entre rociones y rachas la maldita ola corta mediterránea, es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él, de los barcos y de la madre que te parió.
Sin embargo, hay algo bueno en eso. Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba. Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a ti mismo. Eres marino. Hiciste las cosas como debías, y ahora estás a salvo. Librado a tus propias fuerzas, con los dientes apretados, sin aspavientos, estuviste allá lejos, donde nadie puede decir basta, oigan, paren esto que me bajo. Y, por mucho título de capitán de yate que tengas en casa, posees el mejor certificado náutico del mundo: saliste vivo, con tu barco. Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, acaba matando a cualquiera, incluso al mejor marino, también es cierto que primero liquida a los torpes, a los arrogantes y a los imbéciles; a quienes carecen de la suficiente experiencia o la humildad -que allí son sinónimos- para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas imprevistas y sus arrecifes acechando en alguna parte, es lugar peligroso. Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en territorio enemigo, ayuda a mantenerse vivo.
Y, bueno. Eso es todo, o casi. Sólo quería decirte que, lo mismo que el mar, espejo de la vida, también la tierra firme -engañosamente firme- tiene borrascas perfectas que discurren por el corazón del ser humano, probándolo, tanteando su resistencia y su coraje. Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas, aparte una saludable incertidumbre, que la lucidez, la tenacidad y la cultura. Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales de fuerza 8. Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perderte con tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino. Con el consuelo de que lo hiciste todo lo mejor posible.
28/02/2011 Otra vez ganan los malos
Al principio creí que era simple estupidez; pero rectifico. Es prepotencia, vileza y mala leche. Es la imbecilidad de unos pocos visionarios analfabetos, aceptada con entusiasmo formal por los clientes y en silencio cómplice por los cobardes. Como se veía venir, aquel artículo 22 bis de la ley 56/2003, creado a partir del artículo 5 de la ley de Igualdad, ha conseguido el sueño perfecto de todo gobernante totalitario: reprimir hasta el uso de la lengua hablada y escrita cuando no se ajusta a su concepción del mundo, por muy limitada, inculta o cantamañanas que ésta sea. Rebajar por decreto, imponiendo el uso irracional de la fuerza del Estado, la libertad y dignidad del idioma español hasta el triste nivel de su propia estupidez. De su mezquino oportunismo político.
Ya no es anécdota suelta, como la que les contaba aquí el año pasado -«Chantaje en Vigo»-. Ya es violencia sistemática, de Estado, contra el uso correcto de la lengua española. Penúltimo caso: una empresa de Sevilla que, recurriendo con naturalidad al uso genérico del masculino -consagrado por el uso, el sentido común y la Gramática-, puso un anuncio para cubrir «una plaza de programador» en vez de «una plaza de programador o programadora», fue obligada por la Inspección de Trabajo a modificar el texto, bajo amenaza de una multa de 6.250 euros. El argumento diabólico es que, según la ley, «se considerarán discriminatorias las ofertas referidas a uno de los sexos». La pregunta es: ¿se considerarán, por parte de quién? Y también, ¿qué entendemos por «uno de los sexos»? Porque ahí está el truco infernal. Establecer si el uso del masculino genérico discrimina en un anuncio al sexo femenino, es algo que la ley no deja a los lingüistas, que saben de eso. Ni siquiera a los jueces y su presunta ecuánime sabiduría. Quien decide es cada inspector de Trabajo, según su particular criterio. Como le salga. Y aunque no dudo que entre los inspectores de ambos sexos -que a su vez tienen órdenes que vienen de arriba- haya dignos y cultos funcionarios capaces de distinguir entre incorrección gramatical, uso machista de la lengua, abuso de poder y simple gilipollez, nadie discutirá, supongo, que de ahí a convertirlos en policías e inquisidores de la lengua española, usada por 450 millones de personas en todo el mundo, dista un buen trecho.
Es aquí donde entramos en la parte diabólica del negocio. Son varios los empresarios que se han dirigido a la Real Academia Española denunciando situaciones parecidas, en demanda de argumentos o amparo. Y la RAE, que en tales cosas está obligada a mantener una exquisita prudencia oficial, responde siempre lo mismo: el uso genérico del masculino es correcto y aconsejable, la lengua pertenece a quienes la hablan, no se puede forzar por decreto, y no hay ley de Igualdad que pueda imponerse sobre la autoridad de la Gramática ni violentar el uso correcto del castellano. Incluso algunos académicos, a título particular, nos hemos ofrecido a dar dictámenes técnicos en favor de los empresarios acosados, e incluso a acudir a los tribunales en defensa de quien nos pida consejo para defenderse de la desmesura y el chantaje lingüístico de que es víctima. Pero claro. Ahí está la trampa ineludible. Eso habría que solventarlo ante un juez, y a ver qué empresario amenazado por una inspección de Trabajo se atreve a litigar contra quien puede convertir su vida y su empresa en un infierno. Sólo de imaginar un juicio, largo y de resultado incierto, les dan sudores fríos. Y más con la que está cayendo. De manera que el respaldo de autoridad que la Academia puede dar frente a tales abusos no sirve para nada, pues el empresario indefenso nunca llegará a exponer su caso ante un juez: se resigna, modifica lo que le piden, y traga. Qué remedio. Y así, inevitablemente, la Inspección de Trabajo y los analfabetos -incluidas analfabetas con nombre y apellidos- que redactaron el artículo 22 bis de la ley de Igualdad, se apuntan muescas en su infame navaja, mientras la imbecilidad que tanta risa nos daba hace tiempo en boca del lendakari Ibarretxe -aquel ridículo «vascos y vascas»- se convierte, al fin, en chantaje impune, sueño anhelado de feminazis talibanes y sus mariachis. En arrogante norma inquisitorial contraria a la lengua, la razón y la justicia.
Así que vamos listos, me temo. Imaginen qué ocurrirá cuando, por ejemplo, un empresario publique un anuncio pidiendo un cantante, y al inspector/a de Trabajo de su pueblo se le ocurra ley en mano, porque le da la gana y para chulo él, que el anuncio debe añadir «o cantanta»; y, si hay disponible una plaza de taxista, se especificará también «o taxisto», so pena de inspección laboral y multa. Por la cara. A veces me pregunto si de verdad nos damos cuenta de lo que nos están haciendo. De lo que, borregos resignados y sumisos, permitimos que nos hagan.
21/02/2011 Sobre violaciones y fascistas
Si algo desvirtúa y ahueca las palabras, vaciándolas de significado, es la estupidez de quienes abusan de ellas. Me refiero a ésos que entran a saco en el diccionario -que encima no consultan jamás- y, con la ausencia de complejos del analfabeto o el capullo en flor, machacan un término al que convierten en perejil de todas las salsas, retorciendo su sentido original hasta que no puede reconocerlo ni la madre que lo parió. Y al cabo, cuando la gente seria necesita esa palabra para usarla en su sentido exacto, se encuentra con que la infeliz comparece tan ajada y maltrecha que no sirve para nada. Los que cada día trabajamos dándole a la tecla, eso lo notamos mucho. Como también lo aprecia cualquiera que tenga sentido común y se fije. Puesto en verso, es lo que le ocurre al pobre Luis Mejías con doña Ana de Pantoja, en el Tenorio, cuando dice aquello de: «Don Juan, yo la amaba, sí. / Mas con lo que hais osado / imposible la hais dejado / para vos y para mí».
Un ejemplo, entre muchos, es la palabra fascista; que, de aludir al movimiento nacionalista surgido en Italia después de la Primera Guerra Mundial, con su encarnación hispana en el falangismo y otras tendencias hermanas, pasó a definir durante la Guerra Civil, en boca de la izquierda radical, al bando nacional e incluso a los republicanos moderados. Heredada por el franquismo, la palabra fue patrimonio de la ultraderecha durante la Transición, antes de verse felizmente olvidada durante veinte años. Pero en los últimos tiempos ha vuelto a ponerse de moda. La necesidad, a falta de coherencia ideológica propia, de poner etiquetas al adversario, hace que ahora se aplique a cualquier persona o situación que se aparte, no ya de una posición de izquierda, sino de lo social y políticamente correcto, e incluso de la más fresca tontería de moda. Así, alguien que se peine con fijador o vista con corrección puede ser calificado de fascista, igual que el aficionado a los toros, quien enciende un cigarrillo o el que ejerce violencia doméstica. Todo se presenta en el mismo paquete, el de fascistas o fachas, como si fuera improbable que alguien de izquierdas se peine con raya, fume, le guste ir a los toros o le pegue a una mujer. Por supuesto, quien más jugo saca al término es la clase política: ni los del Pepé de Murcia se cortaron llamando fascistas -en vez de animales miserables y cobardes, que es lo adecuado- a quienes apalearon hace unos días a su consejero de Cultura, ni un consejero de la junta andaluza llamado Pizarro se privó de llamar fascistas a los funcionarios, algunos afiliados a su mismo partido, o votantes de él, que boicotean los actos del Pesoe.
La cosa no se limita a España, claro. Con los tiempos que corren y los que van a correr, la tontería es internacional. Pensaba en eso leyendo las manifestaciones de unas ecologistas inglesas que aseguraban «sentirse violadas» porque el compañero de lucha con el que se dieron muchos, repetidos y voluntarios homenajes carnales, resultó ser un policía infiltrado. Y claro. La diferencia entre irse a la cama con un ecologista o con un policía es que el txakurra te viola. Tú puede que no te percates; pero él, en su fuero interno, sabe que te viola. El fascista. Frente a eso, ya me dirán ustedes qué palabra reservamos al violador de verdad; al que fuerza sexualmente a una mujer -o a un hombre, que siempre olvidamos ese detalle- abusando de su vigor físico, de la amenaza, del estatus económico o social. Al auténtico hijo de puta de toda la vida. Pues, si de violar en serio hablamos, les aseguro que ni idea tienen ciertos gilipollas y ciertas gilipollos. Pregúntenle a Márquez y a los colegas con los que andábamos por los Balcanes qué es violar de verdad, y a lo mejor los pillan relajados y se lo cuentan. Mujeres entre los escombros de sus casas, degolladas después de pasarles por encima docenas de serbios o croatas. Hoteles llenos de jóvenes apresadas para disfrute de la tropa, a las que se pegaba un tiro cuando quedaban preñadas. O aquella ciudad de Eritrea, abril de 1977, cuando un jovencísimo reportero que ustedes conocen tuvo el amargo privilegio de asistir, impotente, a la caza de cuanta mujer de nacionalidad etíope quedaba a mano. Igual un día les cuento con detalle cómo gritan, primero, y luego, al quinto o sexto golpe, se callan y aguantan resignadas, gimiendo como animales. Supongo que para individuas como Pilar Rahola, María Antonia Iglesias y otras joyas de la telemierda, que tras vivir de la política viven ahora de la demagogia pseudofeminista imbécil, el arriba firmante tendría que haber evitado aquello: persuadir a mil quinientos tíos con escopetas de que lo que hacían estaba feo. Seguro que las antedichas y otros cantamañanas de ambos sexos lo habrían evitado, con dos cojones. Interponiéndose. Así que seguramente me llamarán violador pasivo, por defecto.
Hace mucho tiempo, año 90 y cuando la primera guerra del Golfo, bebiendo zumo de frutas en un hotel de Dahrán, Arabia Saudí, un oficial norteamericano de las fuerzas especiales llamado Gamboa me contó que, en situaciones extremas, aislados en territorio enemigo, los soldados de origen latino -teníamos alrededor, en ese momento, a montones de ellos apellidados Sánchez y González- solían comportarse mejor, estadísticamente, que los de origen anglosajón. Éstos últimos funcionan muy bien en equipo, dijo. Más cohesionados, solidarios y disciplinados. Pero cuando falla el apoyo exterior, las cosas se van a tomar por saco y cada cual se queda solo y debe apañárselas como puede, los latinos llevan ventaja. Se espabilan mejor, con más ingenio. Están hechos a la iniciativa privada en mitad del follón. A buscarse la vida en pleno desmadre.
Me acordé de eso hace unas semanas, cuando conocí la aventura de un legionario de Ceuta que se fue de permiso a Marruecos; donde, tras perder en equívocas e imaginables circunstancias -supongo que en la mejor tradición grifota, con juerga moruna dotada de la parafernalia habitual para esa clase de tropa- el pasaporte y la documentación, y ante el problema que se le planteaba con la policía marroquí de la frontera, por donde debía pasar para estar en su cuartel al toque de formación del día siguiente, decidió saltarse a los mehanis a la torera. O a la marinera. Así que se fue a una tienda, compró un traje de neopreno -hacía un frío del carajo, imagínense-, aletas, gafas de buceo y tubo de respiración, y así equipado se metió en el agua y empezó a nadar, chof, chof, plas, plas, hacia el puerto de Ceuta, esquivando la verja fronteriza. Casi lo había conseguido, el tío, cuando una patrullera de Picolandia, tomándolo por un inmigrante ilegal, lo trincó por el pescuezo, llevándoselo, supongo que después de prestarle una toalla, no al cuartel, sino al cuartelillo.
Me mosqueó un poco, debo confesarlo, el tratamiento mediático del asunto. La prensa, la radio. Todo eso. Hasta en Internet se guasearon del pobre lejía. Y, para escarnio suyo, todo cristo salió por soleares en plan Celtiberia caspa y cañí: legionario de juerga en territorio comanche, permiso ahumado con ketama, esperpento berlanguiano, surrealismo de la situación con Benemérita incluida, insensatez temeraria del fulano, que a saber cómo iría de ciego, etcétera. Choteo, en resumen. Mucho. Ignoro qué suerte corrió el protagonista de la historia una vez devuelto a su cuartel; aunque supongo que, informado su coronel, debió de comerse un marrón como el sombrero de un picador. No sé cómo andarán las cosas por la Legión, pues desde que dejé mi otro oficio, después de los Balcanes, los trato poco. Creo ya no hay rapado al cero y pelota de castigo, y que ni calabozo tienen ya. Le gritas órdenes a un soldado y te lleva a juicio por acoso laboral. En el Tercio tienen ahora que abotonarse la camisa, afeitarse la barba, y a pique han estado de que les quiten el chapiri, capándoles la borla y la tradición. Pero imagino que, a poco que alguno de sus jefes y oficiales conserve algo de la vieja escuela, el lejía nadador, chorreo castrense aparte, habrá deglutido a estas horas, por lo menos, más guardias que el cabo Tres Forcas.
Tampoco sé si el fulano era español -quiero decir europeo, peninsular-, o uno de los cada vez más numerosos legionarios de origen marroquí y religión musulmana enrolados en el Tercio, que defenderán las plazas norteafricanas, en caso de conflicto con Marruecos o con quien sea, hasta la última gota de sangre. Pero, como digo, la chirigota mediática habida a cuenta del lejía nadador me parece impropia. Tampoco es que la aventura sea para ponerle una medalla; pero tiene su puntito. Yo lo habría ascendido a cabo, fíjense. O pagado una botella de algo en la cantina del cuartel. A fin de cuentas, lo que demostró echándose al agua fueron, precisamente, aptitudes de las que se exigen a los profesionales de las fuerzas armadas en cualquier ejército serio del mundo: iniciativa y decisión tácticas, firmeza en la ejecución y capacidad de buscarse la vida en territorio hostil. Como aquellos soldados de los que me hablaba en Arabia Saudí el capitán Gamboa. Y además, el jambo le echó al negocio un par de huevos: atributos simbólicos que no están de más en un legionario feroz -o legionaria ferrosa- al que, por oficio de llevar escopeta, suponemos desenvuelto y razonablemente corajudo. En estos tiempos acebollados y demagógicos, cuando miro la tele y veo a los líderes islámicos tunecinos y egipcios, y a sus chicas con velo diciendo viva la democracia y abajo los tiranos, me digo que pronto harán falta unos cuantos más como el de las aletas. Por lo menos, para proteger las instalaciones portuarias mientras evacuamos Ceuta y Melilla.
Los vi hace poco en el aeropuerto de México: ojerosos, mal afeitados, hechos polvo tras largos vuelos y tránsitos infames. Eran cuatro -uno, naturalmente, se llamaba Pepe- y hablaban de Flandes y de las Indias. O de como se diga ahora. Holanda, decían. México y Venezuela. Sitios así. Hablaban de saqueos, botines y aventuras. O sea, de buscarse la vida donde ésta late. De negocios. Estaban allí con sus arrugados coletos de cuero transformados en trajes de chaqueta y corbata; con sus armas, que eran ordenadores y agendas, y con esa mirada absorta, fatigada, que les queda a los que vienen de asaltar las murallas de Breda o pelear en las calzadas de Tenochtitlán. Observándolos mientras consultaban las salidas de los vuelos, concluí que tampoco, si uno se fija bien y leyó los libros adecuados, hay tanta diferencia: Barajas en vez de Cádiz, Lisboa o la boca del Guadalquivir, en galeones, o Italia y el Camino Español por los Alpes y Suiza, rumbo al norte de Europa. La fiel infantería del rey católico: la misma gente que hace cuatro siglos, harta de monarcas imbéciles, curas parásitos y funcionarios sanguijuelas, decidió que era mejor intentarlo allá afuera y reventar en ello, que languidecer en una tierra yerma, ingrata, dejada de la mano de Dios.
Alguien escribió que en otro tiempo, cuando España se dilataba en el mundo, los españoles se echaron afuera a pelear y buscarse la vida, desde nobles hasta labriegos. Y fue cierto. Unos lo hicieron por hambre de gloria y dinero; otros, los más, por hambre de verdad. Desde las Indias a Filipinas, del norte de África a Europa entera, contra toda clase de naciones bárbaras o civilizadas, pelearon hidalgos y campesinos, bachilleres y pastores, caballeros y pícaros, amos y criados, soldados y poetas. Pelearon Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, Ercilla y muchos más. En todas las tierras y climas, bajo nieve, sol, lluvia o viento, desharrapadas huestes de españoles pequeños y recios, fanfarrones, crueles, hechos a la miseria, el sufrir y las fatigas, con todo por ganar y nada que perder salvo la vida, renegando a cada paso en todas las lenguas de España, acuchillándose entre sí en los ratos libres que no empleaban en degollar a terceros, caminaron tras las rotas banderas en busca de pan que llevarse a la boca. Así llenaron los espacios en blanco de los mapas, las tierras incógnitas. Y sin pretenderlo, de rebote, los que regresaron vivos trajeron Méxicos y Perús, riquezas hasta para quienes nunca arriesgaron nada. E historias fascinantes que escuchar.
Pensaba en eso viendo a los cuatro soldados de los modernos tercios que aguardaban en el aeropuerto. La misma hambre, me dije. El mismo dilema. Quedarse en esta tierra estéril y enferma es languidecer. Recordé haberlos visto toda mi vida en cien rincones perdidos del mundo, alojados en hoteles de veinte dólares donde nunca para un hombre de negocios acomodado. Planchándose ellos cada mañana su único traje, como otros se revestían el arnés y el acero, antes de echarse a la calle a pelear de nuevo. A arrancarle el botín a la vida donde ésta se deja. Lo mejor de nuestra fiel infantería: empresarios y comerciales españoles que no gastan más de lo preciso en dormir y comer, sobrios y tenaces; pero que cada mañana, a la hora del combate, riñen con esos otros a quienes todo sobra, tumbando a base de iniciativa e imaginación a competidores de grandes compañías gringas que han hecho masters en Harvard y escriben sin faltas de ortografía; y que sin embargo se ven, sin comprenderlo, acuchillados por esos tipos duros, hambrientos y mal afeitados que no tienen Visa Oro pero saben arreglárselas para hacer lo imposible, por pura necesidad y desesperación. Porque hablan la lengua, o se la inventan. Porque lo de buscarse la vida, asaltar murallas para cobrarse pagas atrasadas o pelear en una trinchera, hambrientos y con el barro hasta los huevos, lo llevan en la sangre. Pensé en todo eso, como digo, mirando a esos tipos en la sala de espera del aeropuerto. Nunca imaginaréis, concluí, con cuántas cosas me reconciliáis de nuestra perra España. Calculé sus noches solitarias velando armas, mirando ventanas de cielos extranjeros. La soledad y la dureza del combate librado a tus solas fuerzas, sabiendo que el único día fácil es el que dejaste atrás. Hombres y mujeres valientes, soldados metidos muy adentro en territorio enemigo, que llevan al hombro, a su manera conmovedora, la vieja aspa de San Andrés: los colores de sus modestas empresas -«I am from Murcia», oí decir a uno en El Cairo, hace treinta años, al policía que le pidió la cartilla de vacunación que no llevaba-. Batiéndose a ciegas por la negra honra y por desesperación. Por hambre. Mal pagados e ignorados en su tierra, como siempre. De nuevo, también como siempre, la misma historia. No sabemos vivir de otra manera.
24/01/2011 La historia de Don Alejo Garza
Hay un episodio reciente que ha pasado inadvertido para la mayor parte de los medios de comunicación españoles. Quizá porque no es modelo de mansedumbre y buen rollito, y resulta socialmente incorrecto al haber pistolas, escopetas y toda clase de armas de por medio. Y en este país imbécil que habitamos y que nos habita, de ahí a llamarle ultraviolento y facha -etiqueta adhesiva polivalente- a su protagonista, incluso a quien se refiera a él, hay menos que el canto de un euro. Pero me importa un carajo. Como decía mi abuelo, hay cosas que alientan la virtud, o al menos cierta clase de ella, aunque no se trate de la que anda al uso. Así que, bueno. Quien sepa ver virtudes en esta historia, que las aproveche. Y el que no, pues oigan. Que le vayan dando.
Se llamaba Alejo Garza Támez, tenía 77 años y era empresario maderero con rancho en Tamaulipas, México. Nadie le había regalado nada: llevaba toda la vida trabajando, y cuanto tenía lo ganó con sudor y trabajo. Aficionado a la caza y la charla con los amigos, era respetado por sus vecinos; de esos hombres cuyo apretón de manos y palabra valen más que un contrato firmado. Su desgracia fue que, en los últimos tiempos, Tamaulipas, como buena parte de México, se ha convertido en territorio comanche: narcos hasta en la sopa. Y hace dos meses, el sábado 13 de noviembre, con precisión de corrido de los Tigres del Norte, los sicarios del cártel de allí fueron a decirle muy gallitos que ahuecara. Que su propiedad les interesaba, y que debía arreglarse con ellos. Veinticuatro horas para pensarlo, dijeron. Luego aténgase a las consecuencias. Que, tal como andan las cosas en esa tierra, se resumían en una: velatorio con cuatro cirios encendidos en las esquinas y ataúd en medio. El suyo.
Don Alejo se lo pensó, en efecto. Con casi ochenta tacos de almanaque, concluyó, lo mío anda más que amortizado. Se le hacía cuesta arriba cambiar de rancho, a su edad. Así que, parafraseando a Cervantes, se dijo aquello de balas tengo, lo demás Dios lo remedie. Hasta aquí hemos llegado. Reunió a los trabajadores del rancho, les pagó lo que les debía, y ordenó que al día siguiente no fuese ninguno a trabajar. Quiero estar solo, dijo. Luego hizo recuento de armas y municiones -ya he dicho que era cazador- y pasó el resto del día en preparar la casa para su defensa, poniendo barricadas en las puertas y disponiendo escopetas y cartuchos para disparar en cada ventana. La noche fue larga, de poco sueño y mucha alerta, atento a cualquier ruido exterior. Supongo que se quitaría el frío con una botella de tequila y mataría las horas con cigarrillos. Tal vez había dejado el tabaco años atrás, por la salud, y volvió a fumar esa noche. Es así como imagino a don Alejo: sentado en la oscuridad con un rifle semiautomático entre las piernas, los bolsillos llenos de cartuchos, un tequila en una mano y la brasa roja de un cigarrillo en los labios, entornados los ojos para escudriñar la noche, atento a los sonidos del exterior. Recordando a ratos su vida. Esperando.
A las cuatro de la madrugada sonaron motores. Bajando de varias camionetas, armados hasta los dientes con fusiles de asalto y muy seguros de sí, como suelen, una veintena de sicarios se encaminó a la casa, gritando que tomaban posesión del rancho. Que todo el mundo saliese afuera, con las manos en alto. Entonces, en el interior, don Alejo apuró el tequila, apagó el último pitillo con el tacón de sus botas de piel de iguana y empezó a pegar tiros.
Fue un verdadero combate, largo e intenso. Hasta granadas usaron. Desde los ranchos cercanos se oyó mucho rato el crepitar de las balas y el retumbar de las explosiones. Don Alejo vendía cara su veterana piel. Y cuando a la mañana siguiente tropas de la Marina mejicana llegaron al lugar, aquello parecía un campo de batalla. La casa todavía olía a pólvora, acribillada por centenares de disparos e impactos de granadas. El interior, destrozado a tiros, se veía alfombrado de casquillos de bala disparados por don Alejo; que yacía muerto junto a una ventana, con el rifle todavía cerca. Se había llevado por delante a cuatro gatilleros, cuyos cadáveres estaban tirados delante de la casa. Dos sicarios más, gravemente heridos, a los que sus compañeros habían dejado atrás por creerlos muertos como los otros, vivieron lo suficiente para contar la historia. El viejo peleó como una fiera, dijo uno. Hasta el último cartucho.
Colorín, colorado. Ésta es la vida y la muerte, real como la vida y como México mismo, de don Alejo Garza Támez. Si el ejemplo es edificante o no, allá cada cual con lo que entienda. Yo me limito a contar la historia de un abuelete de Tamaulipas a quien los poderosos -los narcos, en su caso- dijeron que se hincara de rodillas, y no quiso. Le daba pereza.
17/01/2011 - Sobre mujeres y héroes.
Estoy de acuerdo, señora mía. Fui injusto cuando dije que madame Bovary era idiota. O cuando lo dijo uno de mis personajes; que es lo mismo, aunque no del todo. Se lo dijo Makarova, la lesbiana dueña de un bar, al cazador de libros Lucas Corso, en El club Dumas. Y como digo, tal vez sea verdad lo de injusto. O cruel. Puede que mi capacidad de compasión disminuya con los años y con el espectáculo -grotesco, inagotable- de la nunca sorprendente estupidez humana, incluida la mía. Y es cierto. Quizá sea injusto enternecerse con don Quijote y despreciar a Emma Bovary. A los dos se les fue la olla creyendo que la vida podía ser como en las novelas baratas; y es verdad que late el mismo idealismo trágico en salir a deshacer entuertos que a buscar una pasión amorosa en un pueblecito de provincias. Hasta ahí, estamos de acuerdo.
Sin duda la peor idiotez de madame Bovary fue el dinero. Entramparse hasta el corsé. Si hubiera tenido sentido común, o recursos económicos, otro habría sido su destino. Pero ni el estatus social ni el momento eran adecuados para una pobre soñadora provinciana. Cuanto tuvo en su vida fueron dos imbéciles y medio: sus dos amantes y el marido. Y por supuesto: si hubieran sido treinta los hombres de su vida, habrían sido treinta imbéciles. También reconozco que es difícil arreglárselas cuando no sólo la satisfacción sexual, sino las posibilidades de sentirse amada y acompañada, dependen de un mundo de hombres que te acusan de puta si lo intentas y de idiota si fracasas. Hay poco espacio ahí para los héroes, en efecto. Para las heroínas. Y resulta una soberbia injusticia pedir a todas las mujeres que se curtan para sobrevivir. Que sean hembras fatales o chicas duras. Que sean Tánger Soto, Lolita Palma o Macarena Bruner; o la Reina del Sur después de haber sido Teresita Mendoza en Culiacán. Es injusto, desde luego, sentir simpatía por Homer Simpson, o por cualquier Manolo de barriga cervecera, y despreciar a doña Maruja por no ser capaz de escupir a la cara y hacerse matar -o matarlo ella a él- por un varón miserable que no le llega ni a la altura del chichi.
Pero ojo. Tampoco admiro a Penélope. Su absurda fidelidad -veinte años de abstinencia y mojama entre las piernas- me saca de quicio; y también me repatea el hígado ese palacio lleno de cortejadores gorrones y abúlicos que ni la violan, ni saquean la casa, ni hacen otra cosa que tumbarse a la bartola mientras ella deshoja la margarita. Creyendo esperar a que la presunta viuda escoja, los cretinos, cuando en realidad lo que hacen es dar tiempo a que Ulises llegue, lo reconozca su perro y tense el arco. Y ella, mientras, tejiendo y destejiendo en plan melindres calientapollas, en vez de llevarse al más guapo o al más rico al catre, o agarrar una escopeta con posta lobera, o lo que usaran en el siglo VIII antes de Cristo, y correrlos a todos a fogonazos hasta la orilla del mar color de vino. Hay muchas cosas notables que se han perdido en la historia de la Humanidad porque las mujeres que habrían podido hacerlas, crearlas, se negaron a acostarse con hombres que les daban asco. Pero también, gracias a esas mujeres que no transigieron -vaya una cosa por la otra-, se han evitado muchas infamias y muchos prescindibles hijos de puta.
Sin duda soy injusto con Penélope, como lo fui con Emma Bovary. Sólo soy un hombre torpe que mira, y que escribe sobre eso. Que tantea intentando comprender, haciendo frente a su estupidez y sus remordimientos de varón con los personajes femeninos que, mejor o peor logrados, habitan el mundo que narro. Pero de algo estoy seguro. A la hora de escoger héroes para mis novelas, prefiero ser injusto a complaciente. Quiero lobas y no ovejas. En tal sentido, estoy seguro de que la mujer lúcida es el único personaje literario apasionante que nos queda, el único héroe posible en el siglo XXI: soldado perdido en un territorio enemigo, de reglas hechas por los hombres. Mujeres intentando sobrevivir, llegar al mar y volver a casa. O encontrarla, al fin. Una casa propia, una vida normal. Heroínas a su pesar, luchando por el derecho, luego, a ser vulgares. Creo que la capacidad de sorpresa que ofrece el héroe masculino está agotada tras veintinueve siglos de literatura. El hombre se repite a sí mismo, o lo que resta de él, mientras que la mujer entró en esta centuria haciendo frente a desafíos nuevos, todavía no escritos. Arriesgándose como los exploradores que antaño se adentraban por la tierra incógnita dibujada en los espacios en blanco de los mapas. Por eso no son tiempos, los míos, de compasión literaria ni de justicia narrativa. A estas alturas, madame Bovary me importa un carajo. Existe, sin duda. Con sus tres o sus treinta imbéciles. Y seguirá existiendo. Pero no pienso escribir sobre ella. Que la compadezcan otros.
Me van
ustedes a
disculpar -o
no-, pero la
culpa no la
tiene el
niño, ni sus
padres. Alguien
debería romper
una lanza por
esa familia; así
que aquí me
tienen,
rompiéndola. En
el asunto del
profesor del
instituto de La
Línea que mentó
el jamón en
clase,
ofendiendo la
sensibilidad
islámica de un
alumno musulmán
de trece años,
los culpables
son otros.
Después de todo,
el padre que
puso una
denuncia en
comisaría, tras
calificar de
maltrato escolar
el hecho de que
se pronunciasen
las impuras
palabras
jamón y cerdo
en clase, no
hacía otra cosa
que demostrar
que sabe muy
bien dónde está.
Que nos ha
tomado el pulso.
Los hipócritas
somos nosotros,
ciudadanos
socialmente
correctos y de
limpia
conciencia, que
después de
llenarnos la
boca tragándolo
todo hasta el
fondo porque no
vayan a decir
que somos
intransigentes,
xenófobos y
fachas, y por el
resto del qué
dirán, de pronto
nos ponemos
estrechos y
tiquismiquis
diciendo que no,
oiga. Por Dios.
Ahora, la
puntita nada
más.
Esto es
España, oigan.
Donde, como dice
mi compadre
Carlos
Herrera, no cabe
un tonto más,
pues nos
caeríamos al
agua. Cuando la
familia del niño
musulmán
ofendido por el
jamón dirigió
sus pasos a la
comisaría más
próxima, de
ingenua tenía lo
justo. La movía
la certeza
absoluta de que,
por descabellada
que fuese su
denuncia, tenía
ciertas
posibilidades de
prosperar. Y no
puedo menos que
darle la razón.
Conociendo el
patio.
El
maestro, en
primer lugar.
Menos mal que
anduvo prudente
y
achantó la
mojarra. Con la
hiperprotección
que en España
dispensamos a
los pequeños
cabroncetes, que
un niño se
levante en clase
y le quite la
palabra al
profesor que
está hablando de
Geografía y de
climas adecuados
para la cura del
cochino, a fin
de exigirle que
no ofenda su
sensibilidad
religiosa, nos
parece a muchos
lo más natural
del mundo. O
semos
tolerantes, o no
lo semos.
Respeto a la
multiculturalidad,
se llama eso. Y
si al maestro se
le ocurre
levantar la voz
para decirle al
zagal que cierre
el pico, o
agarrarlo por el
pescuezo si se
pone flamenco y
sacarlo al
pasillo,
calculen el
desparrame.
Docente
fascista,
violencia
escolar,
xenofobia en las
aulas, tertulias
de radio y
televisión,
Internet a tope.
Se le cae el
pelo, al profe.
Niño y encima
musulmán, casi
nada. Si además
llega a ser niña
y con pañuelo en
la cabeza, abre
telediarios.
En
cuanto a la
policía,
imaginen que son
el cabo Ramírez,
o como
se llame, que
está echándose
un cigarrito en
la puerta, y en
ésas llega el
padre de la
criatura y dice
que a su hijo le
han mentado el
jalufo en clase,
y que es
intolerable.
Entonces usted,
Ramírez,
considera dos
opciones. La
primera que se
le ocurre es
mandar al padre
y al hijo a
tomar por saco;
pero, lo mismo
que el maestro,
sabe
perfectamente en
qué país imbécil
se juega los
cuartos. También
sabe que, si no
se pone a
disposición de
cualquier
fanático
oportunista,
tramitando tal
clase de
denuncias, puede
ponerse a
remojo:
xenofobia
policial, abuso
de autoridad,
prevaricación,
nocturnidad -son
las siete de la
tarde- y
alevosía.
Titulares de
prensa, y María
Antonia
Iglesias,
descompuesta de
belfo,
llamándolo
fascista y mala
persona en la
telemierda. Así
que opta por la
segunda opción,
y tramita.
Cayéndosele la
cara de
vergüenza, pero
resignado con su
puto oficio y su
puta España, va
al día siguiente
a tomarle
declaración al
maestro. Y que
salga el sol por
Antequera.
Ahora,
el juez, fiscal
o lo que sea.
Afortunadamente
estaba de
guardia uno
normal, de los
que no buscan
salir en los
periódicos. Y
decidió, con
sano criterio,
hacer lo que no
pudo el cabo
Ramírez: mandar
al demandante a
tomar por saco,
como la Justicia
hace esas cosas:
archivando la
denuncia. Mi
pregunta es qué
habría ocurrido
si en vez de
tocarle al
fiscal Fulano le
hubiese caído al
fiscal Mengano:
uno de los que
tocan otro
registro y se la
cogen con papel
de fumar, por si
acaso. De los
que, en una
discusión de
tráfico, una
conductora llama
cabrón
a un conductor,
éste responde
zorra,
y empapelan al
conductor por
conducta
machista. Dirán
ustedes que es
imposible. Que
la denuncia del
jamón no podía
prosperar jamás.
Vale. Piénsenlo
despacio. Esto
es España,
recuerden.
Paraíso de
demagogos y
cantamañanas,
donde prospera
todo disparate.
Ahora díganme
otra vez que la
denuncia nunca
iría adelante,
por lo menos en
fase de
diligencias.
Díganlo
mirándome a los
ojos.
Así que,
en mi opinión,
el digno
musulmán hizo
perfectamente.
No arriesgaba
nada. Y si
cuela, cuela.
Con suerte,
incluso habría
sacado una pasta
para pagarse el
viaje a La Meca
con la familia.
En todo caso, lo
seguro es que en
la comunidad
islámica de su
pueblo deben de
tenerlo ahora
por un hombre
santo, honesto
mahometano. Todo
un tipazo. De
estar en su
chilaba, yo
también lo
habría hecho.
Tengo en casa una foto grande,
recortada de un viejo libro de
fotografía cuyo título no recuerdo.
También olvidé el nombre del autor,
si llegué a saberlo. La imagen
pertenece a una serie sobre los
movimientos revolucionarios en los
años 20 del siglo pasado, y en ella
aparecen tres hombres relativamente
jóvenes, aunque el aspecto y la
época los hagan parecer mayores. Dos
llevan barbas poco espesas, todos
usan gafas redondas con montura de
acero, y visten con modestas y
raídas ropas burguesas. No sé dónde
se hizo la foto, ni la nacionalidad
de los tres individuos, aunque
recuerdo que el texto los
identificaba como socialistas, o
bolcheviques. Puede tratarse de una
escena tomada en el patio de una
cárcel, o tal vez un recuerdo de
camaradas. Hay en sus protagonistas
algo clandestino. Están sentados muy
juntos, fraternalmente agrupados
ante la cámara del fotógrafo, que el
del centro observa con una singular
expresión de recelo y desafío: una
mirada sombría, fanática. Es
evidente que se trata de individuos
convencidos de algo. Una causa
común, una idea. Sin la menor duda
son hombres peligrosos.
Seguramente los mataron pronto. Si
algo aprendí dando tumbos por el
mundo, mochila al hombro, es a
identificar a los que no sobreviven,
o al menos llevan en el bolsillo las
papeletas de la rifa. Esos tres las
llevaban todas. Es probable que a
poco de hacerse, o hacerles, aquella
foto, alguien les diera matarile:
quienes los fotografiaron en el
patio de la cárcel, si es que
estaban en una, o la policía de
alguno de los países de Europa
Central por los que se movían
secretamente entre fronteras, trenes
y falsos pasaportes. Fueron
liquidados, tal vez, en una pensión
de mala muerte, en un sucio
callejón, en una comisaría tras
pasar un rato incómodo diciendo sí y
no en la sala de interrogatorios.
Quizá se arrojaron por una ventana,
o los arrojaron. Solía ocurrir.
Gaseados por Hitler, fusilados por
Stalin. Puede que alguno se pegara
un tiro para no caer vivo en manos
de alguien, aunque también el tiro
pudieron pegárselo sus propios
camaradas. Porque ésa es otra. Sus
caras son de manual: duros,
convencidos, en la edad justa.
Aventureros de la utopía. Ni muy
jóvenes, ni pasados de vueltas. Aún
no veo rastro de fatiga. Por ello
son peligrosos, como dije antes. De
los imprescindibles en vísperas de
una revolución, y que luego
estorban. Aquellos que, tras hacer
posible la toma del palacio de
Invierno, acabaron picando piedra en
Siberia, o en el sótano de la
Lubianka con un tiro en la nuca.
Aunque lo mismo, todo puede ser, fue
uno de ellos quien despachó a los
otros dos: el que antes despertó de
la quimera. Tal vez se denunciaron y
mataron entre sí al cabo del tiempo,
cuando rozaban el poder y cuajaba el
sueño. Autocrítica pública antes del
paredón. Quién sabe. Son las vueltas
y revueltas de su tiempo. De la
vida.
Los veo mirarme con sus ojos
jacobinos y miopes, encogidos uno
junto a otro como si tuvieran frío,
y pienso en lo que hicieron. Sobre
todo, en lo que estuvieron a punto
de hacer. Calculo el incendio
magnífico que quisieron provocar. La
hoguera terrible, necesaria y
fallida con las astillas de tronos y
confesonarios. Considero el sueño
tenaz al que dedicaron sus vidas, el
modo de perseguirlo, de inmolarse en
él. Imagino la inteligencia, el
coraje, el rencor, la desesperación
con que esos tres hombres, y cuanto
simbolizan, pusieron el viejo mundo
patas arriba, abriendo las puertas a
otro. Y pienso también cómo lo mejor
del sueño se pudrió en contacto con
la puerca condición humana, y cómo
la aventura de la esperanza acabó en
bufonadas grotescas, traiciones
infames y estériles carnicerías
sangrientas; en la mentira y el
cinismo de gánsters convertidos en
dictadores sin escrúpulos, en la
estupidez suicida de las masas
incultas, en el callejón sin salida
donde los canallas oportunistas y
demagogos, todavía un siglo después,
en nuestras barbas, siguen
destruyendo lo más noble, osado y
libre que late en el ser humano.
Quizá por eso, mirar la foto me
produce una extraña ternura.Al
poseer una información de la que sus
protagonistas carecen, yo sé cuál es
su destino. Puedo leer el futuro que
ya fue, pintado en esos rostros
hoscos hasta la inocencia, en las
miradas fanáticas y peligrosas. En
esa voluntad ingenua que tanto me
conmueve adivinar, y que me
reconcilia con muchas cosas de las
que blasfemo a diario.
Objetivamente, acaben como acaben,
sé que esas tres pobres vidas
anónimas no valdrán para nada. Su
fotografía es el documento de un
fracaso: la derrota irreparable del
ser humano justo, valiente y libre.
Pero sé también que, sin esa foto y
cuanto simboliza, la fe en lo grande
y temible que encierra el corazón
del hombre no existiría. Ése es mi
orgullo melancólico. Nuestro
consuelo.
No
quiero que se vaya 2010 sin glosar un recorte de prensa
que tengo sobre la mesa. Hace unas semanas coincidieron,
en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de
las autoridades del ramo tras la publicación de cada
informe Pisa sobre el estado de la educación en España
-sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos
tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta
de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma
educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar y
sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso
de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata;
sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro
responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de
su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se
llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos
presuntos consejeros de Educación de los diecisiete
putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado
con las cautelas oportunas.
El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de
prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos
los datos que, una vez más, confirman que la lucha
honorable de tantos maestros españoles, maniatados por
nuestro triste sistema educativo, es una batalla
perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente
incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la
apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de
chusma informe antes que élites preparadas que le pongan
letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte
sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no
fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el
informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de
Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa
autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta,
lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es
publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el
conocimiento de la perspectiva ecofeminista y potenciar
el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género
medioambiental».
Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio
de políticos oportunistas y clientela comprada con
subvenciones, carezca de medios para que los colegios
funcionen, los alumnos progresen, y los profesores
heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que
libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que
comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente,
Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al
mundo que se evite la palabra actor sustituyéndola por
persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos
quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga
personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen
en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños
en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.
Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la
Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó
exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner
algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista.
Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les
prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el
profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que,
además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi
recomendación favorita del informe juntero -me pregunto
cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o
mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo
magnífico en su intervención y la señora Martínez iba
muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo
magnífico en su intervención y la señora Martínez
realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por
sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el
hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por
cojones.
Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido
común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la
educación y la cultura. Hay una exigencia de la que,
supongo, tomarán nota todos los profesores -el
profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la
Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de
España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el
manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá
dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval
con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de
Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste
como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no
tienes motivos para ello». Y punto. Ocho siglos de
Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un
plumazo. ¿Motivos? ¿Reconquista de qué? Más fácil para
los chicos, imposible.
No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan
estúpidos. Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes,
y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna. Me
pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un
analfabeto de un sinvergüenza.
Acabo de leer un libro extraordinario. Un tocho enorme
de tamaño folio y casi mil páginas. Requetés, se llama,
y trata sobre la actuación de los voluntarios carlistas
en la Guerra Civil. Lo abordé con reparos, pues los
cruzados de la Causa nunca fueron santo de mi devoción.
Cuando lees a Baroja y Valle Inclán de jovencito, hay
fanatismos místico-castrenses que ya no te caen
simpáticos nunca. Mucho menos cuando, mirando hacia
atrás y hacia adelante, uno acaba comprendiendo el
estrecho parentesco de aquellos curas de boina roja, que
en el siglo XIX bendecían bayonetas antiliberales, con
los curas vascos que, durante la última mitad del siglo
XX, en otras sacristías que de algún modo son la misma,
empollaron y siguen empollando el huevo asesino de la
serpiente. Pastores de almas para los que, en el fondo,
Josu Ternera y sus compadres, arrepentidos o sin
arrepentir, no dejan de ser otra cosa que respetables
generales carlistas.
Sin embargo, reconozco que Requetés ha sido una
agradable sorpresa. Pese a los avales del prólogo de
Stanley Payne y el epílogo de Hugh Thomas, lo abrí con
cautela, esperando indigestión de rosario, escapulario y
detente bala. Pero resulta que no. El libro, dotado de
un despliegue fotográfico que por sí mismo lo convierte
en documento extraordinario, es una minuciosa relación,
con testimonios en primera persona, de cómo vivieron la
guerra los combatientes de los tercios de requetés que
en los más duros frentes de batalla lucharon contra la
República. Testimonios, en su mayor parte -no mezclemos
churras con merinas-, de gente que se partió la cara de
igual a igual; no ratas de retaguardia, madrugada y tiro
en la nuca. Que también los hubo.
No falta ideología en el libro, claro. Aquellos hombres
y mujeres que vivieron la guerra en primera persona,
tanto en los frentes como en los hospitales y en la
retaguardia, añaden, a veces, su visión del mundo y de
España. Pero eso suele ser secundario, y cede paso al
caudal de hechos vividos, al relato de historias
personales de trincheras, dolor y muerte, y también de
solidaridad, compasión, camaradería y heroísmo. De
60.000 combatientes encuadrados en los tercios de
requetés, 6.000 murieron en combate: uno de cada diez.
Veteranos navarros, vascos, valencianos, catalanes,
incluso andaluces, la mayor parte de los cuales no había
cumplido entonces veinte años, cuentan con sobria
naturalidad sus mil días de fuego, utilizados siempre
como fuerzas de choque. Hombres al límite, en lugares
donde todo se reducía a sobrevivir, matar o morir.
Historias que en su mayor parte, motivos últimos al
margen, podrían intercambiarse con las del otro bando:
cuadrillas de amigos alistados en el mismo pueblo,
muchachos de quince años que empuñaban el fusil junto a
sus hermanos, padres y parientes. Desde la distancia del
tiempo, abuelos que entonces fueron jóvenes vigorosos, a
los que vemos en las fotos, todavía imberbes, pasando el
brazo por encima del hombro de compañeros que se
quedaron atrás para siempre, recuerdan con singular
ecuanimidad sus peripecias entre amigos y enemigos. Y a
menudo, el aliento de lo real estremece al lector-oyente
como nunca podría hacerlo un relato ficticio de guerra o
aventuras.
Lo que hace tan valioso Requetés es que Pablo Larraz y
Víctor Sierra, sus autores, recogen esos testimonios y
dejan el juicio último al lector. El libro plantea lo
que, en mi opinión, es el único modo decente de alejar
los fantasmas perversos de nuestra Guerra Civil: no
juzgar a los protagonistas por sus ideas, sino por sus
actos. En ese sentido, lo que hace aún más importante
esta obra monumental es que casi todos los recuerdos
provienen de hombres y mujeres muertos a poco de dar su
testimonio. Eran los últimos carlistas supervivientes de
la guerra, y habría sido una lástima que sus vidas se
hubieran perdido para siempre en esta España analfabeta,
oportunista, elemental, que confunde memoria histórica
con rencor histórico. Y es curioso: en Requetés no se
reconoce a los vencedores, porque en realidad sus
protagonistas no lo fueron. Tras utilizarlos como carne
de cañón, el franquismo los relegó al olvido; y los ex
combatientes carlistas ni siquiera se beneficiaron de
los privilegios que la nueva casta nacional, dueña del
cortijo, disfrutó sin límites. Quizá por eso, un aire
triste, resignado, recorre las páginas del libro. Una
melancolía encarnada a la perfección en la figura de ese
pastor navarro que, mucho tiempo después, vuelto a sus
ovejas tras jugarse la vida peleando durante tres años,
no conserva otro privilegio que llevar en su pobre
morral los prismáticos de un oficial del ejército rojo
al que mató en la batalla del Ebro.
La
moto está parada en el semáforo de un paso de peatones,
con un pavo encima: un mensajero con el rótulo fosforito
de su empresa en la espalda. Detengo el coche en su
aleta de babor y miro la máquina. Pese a la caja
portaequipajes del asiento trasero, me recuerda la
hermosa moto italiana que tuve hace treinta y tantos
años largos, a esa edad en que te crees invulnerable;
cuando eres joven, inconsciente y capaz de salir de
viaje nocturno cayendo lluvia a mantas, atravesando a
ciegas pantallas de agua pulverizada de camiones por
carreteras de doble dirección, y crees que estamparte
contra un coche o un árbol, a 160 kilómetros por hora,
es algo que sólo puede pasarle a otros, y nunca a ti. El
caso, como digo, es que estoy mirando la moto y al
usuario con una punzada de nostalgia. Bajo el casco y el
barbur, el mensaka parece motero veterano, treintañero
largo. Está tranquilo y a lo suyo, abiertas las piernas,
las botas militares apoyadas en el suelo, pendiente de
que el semáforo pase a verde. Pensando en sus cosas,
supongo. En que va retrasado en las entregas, o a quién
votar en las municipales. Cualquiera sabe. Y en ese
momento, despistado al volante, frenando en el último
instante porque no se había fijado en el semáforo, llega
el pringao.
No hay golpe fuerte. Sólo el chirrido del frenazo sobre
el asfalto. Riiiias. Miro a mi derecha y veo que un
coche, deteniéndose casi de milagro en el último
momento, golpea ligeramente la moto por atrás. Apenas un
toque en el neumático de la rueda trasera. Cloc. Lo
justo para que, sin hacerle desperfectos visibles, la
moto salga despedida tres o cuatro metros adelante, con
el motero pateando a un lado y a otro en desesperado
esfuerzo por mantener el equilibrio. Y lo consigue, el
tío. Logra estabilizarse un trecho más allá, pasadas las
marcas de pintura del paso de peatones, y desde allí se
vuelve para comprobar qué diablos ha ocurrido. Entonces
ve el coche detenido donde antes se encontraba él, y al
conductor que, petrificado, las manos agarrotadas en el
volante y expresión estupefacta, lo mira reponiéndose
del susto. Acojonado.
Entonces asisto a una escena memorable. Con una sangre
fría envidiable, tras quedarse unos instantes mirando
hacia atrás como si no diera crédito a lo ocurrido, el
mensaka se baja de la moto, la pone sobre la pata de
cabra, echa un vistazo comprobando que no hay daños de
importancia, y luego se acerca despacio al automóvil,
tomándose su tiempo. Es un tipo de aspecto rudo,
vigoroso y con aparente buena salud. El casco negro, del
que sólo ha levantado la visera, refuerza su aspecto
amenazador. Y huelga señalar que, para entonces, los
conductores de los tres o cuatro coches que estamos
cerca seguimos el asunto con atención no exenta de
morbo, haciendo cábalas sobre si el primer guantazo se
lo va a dar el mensaka al conductor con la derecha o con
la izquierda, o si se limitará a enumerarle a gritos la
relación completa de sus muertos más conspicuos y
frescos. El del coche debe de andar en cálculos
parecidos, pues permanece atrincherado tras el volante,
igual de blanco que una hoja de papel marca El Galgo. Y
en ésas ocurre la cosa.
Siempre despacio, sin alterarse, el mensaka ha llegado a
la altura del conductor y se inclina a mirarlo. Éste es
más bien de perfil tiñalpa, con poca chicha. Salta a la
vista que no sabe qué hacer ni decir, y que teme le
pongan la cara como un mapa de carreteras. Entonces,
cuando el motero tiene ya apoyada una mano en el abridor
de la puerta, lo veo inclinarse un poco más, mirando
hacia el asiento de atrás del vehículo. Sigo la
dirección de su mirada y descubro a dos enanos de ocho o
diez años, niña y niño, sentados allí, con sus
cinturones de seguridad puestos. En ese momento, el
mensaka hace una de esas cosas que a veces, hasta en los
momentos más negros de la vida, puede reconciliarte con
el ser humano. Se queda inmóvil un instante, como
pensándoselo, la mano aún puesta en la puerta del coche.
Luego se yergue despacio, mira al conductor y le suelta
esta frase inmortal: «Un día te vas a matar, gamberro».
Y eso es todo. Después, sin esperar respuesta -el otro
sigue sentado, sin arrestos siquiera para balbucir una
excusa-, el mensaka se dirige a la moto tan tranquilo
como vino, echa un último vistazo para confirmar que no
hay desperfectos, sube a ella, la pone en marcha y se
va. Yo meto la primera y arranco a mi vez, pues suenan
detrás bocinas impacientes de coches, y veo al motero
perderse en el tráfico, a la entrada de un túnel.
Entonces caigo en la cuenta de que ni siquiera he podido
verle la cara. Y pienso que es una lástima. Me gustaría
reconocerlo en cualquier calle, con la moto parada.
Aparcar cerca, señalar el bar más próximo e invitarlo a
una caña.
Lo
que voy a contarles ocurrió hace treinta y cinco años
exactos, casi día por día, en diciembre de 1975; pero me
acuerdo bastante bien. Es una historia que en su momento
-yo era un jovencísimo reportero, enviado especial del
diario Pueblo en el Sáhara desde hacía ocho meses- no me
dejaron publicar. No eran buenos tiempos ni para la
libertad de prensa ni para otras libertades, pero uno se
las apañaba allí lo mejor que podía. Aunque en esta
ocasión no pude. Recuerdo el episodio con mucho
sentimiento, por varias razones. De una parte, los
últimos sucesos en el Sáhara le dan, para mí, especial
significado. De otra, algunos testigos fueron muy
queridos amigos míos. Casi todos de los que tengo
memoria están muertos, excepto el entonces capitán Yoyo
Sandino, de la Policía Territorial, que creo estaba
presente. Yo mismo viví la última parte del episodio;
pero ya no recuerdo quién más estaba allí, aparte del
teniente coronel López Huerta y el comandante Labajos,
ya fallecidos. Acababa de morir Franco, y España
entregaba el Sáhara a Hassán II. El Aaiún era una ciudad
en estado de sitio, con toque de queda, cuarteles y
barrios en poder de los marroquíes, y otros aún bajo
autoridad española. Uno de éstos era Casas de Piedra,
feudo del Polisario; la custodia de cuyo perímetro,
rodeado de alambradas y caballos de Frisia, correspondía
a la Policía Territorial. En sus sectores, la
gendarmería real y las tropas marroquíes se comportaban
con extremo rigor. Había innumerables detenidos. Y cada
día, muchos jóvenes saharauis, así como veteranos de
Tropas Nómadas y de la Territorial, huían al desierto
para unirse a la guerrilla que ya combatía en las zonas
abandonadas del este.
Aquella noche, una patrulla marroquí que pasaba cerca de
Casas de Piedra fue tiroteada desde el otro lado de la
alambrada. Los dos soldaditos españoles de guardia a la
entrada del barrio -reclutas de mili obligatoria,
destinados forzosos al Sáhara como policías
territoriales- se apartaron de la luz, inquietos, y se
quedaron allí hasta que hubo ruido de motores con
resplandor de faros, y varios vehículos se detuvieron en
el puesto de control. De ellos bajó nada menos que el
coronel Dlimi, comandante general de las fuerzas
marroquíes en el Sáhara, acompañado por todo su estado
mayor y una sección de soldados de las fuerzas reales.
Todos, incluido Dlimi, venían armados con fusiles de
asalto, y estaban dispuestos a entrar en Casas de Piedra
y arrasar el barrio como represalia por los tiros de
media hora antes. Imaginen la escena: la noche, los
faros iluminando la alambrada, el coronel en contraluz
con todas sus estrellas y galones, y los dos soldaditos
con todo aquello encima. Acojonados.
Lamento no recordar sus nombres, o tal vez no los supe
nunca. Pero esto fue lo que hicieron: mientras uno de
ellos echaba a correr hacia donde tenían la radio para
avisar a sus jefes, el otro tragó saliva, se cuadró y
les dijo a los marroquíes que no pasaban -yo conocí a su
oficial superior, el eficaz y duro teniente Albaladejo,
y estoy seguro de que el chico prefirió vérselas con
ellos antes que con el teniente-. Como pueden ustedes
suponer, Dlimi se puso hecho una pantera. A gritos,
descompuesto, mandó al territorial que se quitara de
allí o le iban a pasar por encima. Tengo órdenes de no
dejar entrar a nadie, dijo éste. No sabes con quién
estás hablando, etcétera, aulló el otro. Luego blandió
su arma e hizo ademán de cruzar la alambrada, seguido
por todos los suyos. Fue entonces cuando el soldadito
dejó de ser lo que era, un humilde recluta forzoso que
hacía la mili en el culo del mundo, para convertirse en
otra cosa. En lo que juzguen ustedes que fue. Porque en
ese momento, casi con lágrimas en los ojos y temblándole
la voz, montó su fusil -clac, clac, chasqueó el cerrojo
al meter una bala en la recámara- y le dijo en su cara
al poderoso coronel Dlimi, jefe de las fuerzas
marroquíes en el Sáhara, estas palabras extraordinarias:
«Mi coronel, por mi pobre madre que, como alguien pase
de ahí, le pego un tiro».
El aviso me pilló en el bar del cuartel de los
territoriales, y a Casas de Piedra me fui, quemando
neumáticos en el Seat 600 con el cartel Prensa que
teníamos alquilado a medias Pedro Mario Herrero, del
diario Ya, y el arriba firmante. Tuve así oportunidad de
asistir al último acto del episodio, cuando llegaron los
jefes españoles y tras una tensa negociación lograron
que Dlimi se retirase con su gente. En cuanto al
soldadito que le paró los pies salvando el barrio de una
represalia, no eran, como digo, tiempos para la lírica.
Me temo que la única recompensa que obtuvo aquella noche
fue el cigarrillo Coronas que el comandante Labajos le
ofreció de su paquete, la palmada en la espalda del
teniente coronel López Huertas y esta página en la que
hoy lo recuerdo.
Me sorprenden algunos
amigos lectores porque, tras diecisiete años escribiendo
ajustes de cuentas semanales -que para mi salud mental
como español resultan de lo más higiénico-, hace poco se
montara un pifostio en torno a cierto comentario mío,
hecho en un humilde rincón de la red social Twitter,
sobre la opinión personal y razonada que tengo de la
gestión política de cierto ministro pasado a peor vida
(apuntemos, de paso, que según la 22ª edición del
diccionario de la RAE y en la quinta acepción del
palabro, un mierda -escrito con artículo masculino-
significa, literalmente, persona sin cualidades y
méritos). Como digo, se extrañan esos amigos de que en
todos estos largos y tormentosos años nunca se montara
cisco semejante, pese a que, como certificarán los
responsables de XLSemanal, algunos de sus cabellos
encanecidos se deben a esta página pecadora; en la que,
aparte disgustos empresariales con anunciantes y poderes
más o menos fácticos, el teléfono y el correo tuvieron
momentos de gloria, lo mismo en tiempos de la España
prepotente, meapilas, ladrillera y cañí del amigo Ánsar,
que cuando no hace mucho comenté los sentimientos que la
vista del palacio de las Cortes despierta en mi
espíritu, o cuando dediqué un artículo -Permitidme
tutearos, imbéciles- a la política educativa española de
los hunos y los hotros: esa casta política demagoga y
oportunista que ha conseguido hacernos analfabetos en
diecisiete libros de texto y cuatro idiomas distintos,
sin contar el bable asturiano y la fabla aragonesa. Ni
siquiera llegó a tanto cuando, gobernando el Pepé, glosé
en términos contundentes -dos sustantivos con
preposición en medio- la figura de Pío XII, el papa
entrañable que se hacía fotos místicas con un pajarito
posado en un dedo mientras los nazifascistas deportaban
y gaseaban a cientos de miles de judíos bajo sus
pastorales narices. Dense ustedes una vuelta por el
gueto judío de Roma, por ejemplo, que todavía está allí.
Miren las placas conmemorativas y sabrán a qué me
refiero.
La respuesta a por qué en esos y otros casos el
desparrame no llegó a tanto, mientras que en éste varios
ministros -en su acepción genérica de hombres y mujeres
que ocupan el cargo- me concedieron el privilegio de
pronunciar mi nombre en los telediarios, es
lamentablemente obvia: Internet, las redes sociales y la
obligada simplificación de muchos de sus mensajes, se
caracterizan por la potente difusión, el acceso
indiscriminado y la fácil superficialidad. Cualquier
mensaje puesto allí puede rebotarse millones de veces
con extrema rapidez. Además, todo usuario, desde la
lúcida mente científica hasta el cretino más tarado que
imaginar podamos, tiene a mano expresar su opinión en
Internet bajo nombre real o fingido, con la simplicidad
de darle a una tecla y la impunidad opcional del
anonimato. Con el incierto resultado de que lo mismo
valen estadísticamente las opiniones del escritor y
caballero Mario Vargas Llosa, del profesor Gregorio
Salvador o del científico y académico José Manuel
Sánchez Ron, que las de cualquier tiñalpa analfabeto y
con seudónimo que decida asomarse a la red.
Pero la causa principal, en mi opinión, es la
superficialidad. Una característica de Internet es que
ahí todos corremos el riesgo de opinar, basándonos en
frases leídas al azar, fuera de contexto, o en mensajes
mil veces rebotados y que se deforman y desnaturalizan
por el camino, sobre cuanto la amistad, el entusiasmo,
el rencor, la ideología, la simple estupidez, hacen
decir a unos tras leer de otros lo que, a su vez, éstos
aseguran que alguien dijo. Luego, ese despelote salta a
ciertos medios informativos siempre ávidos de titulares,
de etiquetas fáciles y de agua a su molino;
notoriamente, en esta triste, cobarde y demagógica
España, donde tantos paniaguados rascatertulias a sueldo
de sus amos, de ésos que nunca pierden ningún tren
porque corren delante de cualquier locomotora, se ganan
el jornal. De tal modo, una maraña de información
insustancial, hecha de comentarios inexactos, cuando no
falsos o malintencionados, acaba suplantando el hecho
real y los argumentos originales. Y al cabo es lo que
queda. Permítanme un caso propio: hace poco publiqué en
esta página un artículo titulado Notario del horror. A
las veinticuatro horas, en un lugar de Internet, una
sucesión de usuarios estaba poniéndome a parir por
recomendar las memorias de un secretario judicial de
Burgos, nada menos que capital rebelde durante la Guerra
Civil. Por darle coba a un represor fascista. Hasta que
otros internautas, que sí habían leído el artículo, les
aclararon que el tal secretario judicial era de
izquierdas y narraba las ejecuciones masivas de
republicanos en aquella ciudad. Y que llamarme
asalariado del Pepé, facha y nostálgico del franquismo
por alabar ese libro, resultaba, cuando menos, inexacto.
No sé si está usted al
corriente. Quizás, en uno de los doscientos puentes
vacacionales que los españoles disfrutamos al año «de la
crisis nos va a sacar Rita la Cantaora» decida cambiar
Canarias, Roma o Punta Cana por Auschwitz. Que igual le
suena, aunque no me sorprendería lo contrario. En
cualquier caso, estoy seguro de que ese campo de
exterminio, avión y hotel incluido por ciento ochenta
euros más IVA, se convertiría en destino de turismo
masivo en cuanto la mafia de las agencias turísticas
decidiera ponerlo de moda con tarifas y ofertas
adecuadas. En cualquier caso, si usted se anima, sepa
que tras visitar la cámara de gas, las dos toneladas de
pelo rapado y las montañas de maletas y zapatos, podrá
comprar en la tienda, justo al lado del sitio por donde
entraban esos trenes con judíos que salen en las
películas, postales de Auschwitz y de Birkenau para
mandar a las amistades «Esto es muy fuerte, deberías
verlo. Besos. Manolo.», e incluso bonitos carteles para
adornar la pared, en plan póster, por el módico precio
de diez zlotys polacos, que son tres euros de nada.
Pero sobre todo, si viaja allí, lo genial es que usted y
su familia, o su pareja, o quien puñetas le haga
compañía, podrán inflarse a sacar fotos: cientos, miles
de fotos con la cámara del teléfono móvil. Ésa que ahora
todos disparan con la celeridad del relámpago en
cualquier circunstancia, clic, clic, clic. Relámase de
gusto: fotos de las alambradas, de los barracones, de
las ruinas del crematorio número 2, de la escultura que
reproduce con realismo «Parece que estén vivos, Encarni,
retrátame con ellos, anda» los cuerpos esqueléticos de
tres prisioneros. Fotos de otras fotos que los nazis
tomaron y que ahora ilustran las paredes del museo con
momentos gloriosos en la historia de Alemania y la raza
aria. Fotos de latas de veneno, montones de gafas,
prótesis, brochas de afeitar. Fotos de aquí te pillo y
aquí te mato, usted mismo sonriendo con una mano puesta
en la alambrada, o la ineludible instantánea bajo el
arco de la entrada con el rótulo «Arbeit macht frei»: El
trabajo libera. Fotos, en fin, fáciles de hacer gracias
a la tecnología moderna, listas para ser enviadas en el
acto a la familia, a los amigos, a los compañeros de
trabajo. O a su señora madre de usted. Fotos hechas con
tanta frivolidad y tanto despego como lo que somos cada
vez más. Como lo que seremos ya para siempre. Ayer
presencié en Madrid un accidente de automóvil.
Cataclás. Nada importante: un leñazo entre dos coches,
con mucho ruido, airbags disparándose y toda la
parafernalia. Había cerca unas cincuenta personas; y no
exagero en absoluto si digo que al menos treinta sacaron
sus teléfonos móviles y se pusieron a fotografiar la
escena. No sé para qué deseaban registrar aquello, la
verdad. Qué utilidad tendría conservar la imagen de dos
coches abollados. Pero el caso es que así lo hicieron,
clic, clic, clic, y luego siguieron su camino, la mayor
parte sin preocuparse de averiguar si algún conductor
necesitaba ayuda. Tenían la foto, y punto. Habían
cumplido con la exigencia de un ritual tan fácil y
barato como el fin de semana en Cancún. Si alguien
hubiera preguntado el motivo, lo habrían mirado con
desconcierto y sincera sorpresa. Para qué, entonces,
tienes una cámara gratis en el móvil, sería la
respuesta. ¿Para no usarla? Y así van por la vida, y así
vamos. Sin detenernos siquiera. Sin ver el mundo más que
a través de un teléfono móvil o una pantalla de
televisión. Luego nos preguntan por lo que fotografiamos
y se nos pone cara de escuchar una gilipollez. ¿Pues qué
va a ser? El motorista que se ha partido el espinazo, la
señora desmayada en la calle, el manifestante que rompe
escaparates, la mancha de sangre en la acera.
Lo de menos es averiguar las causas y las consecuencias.
La foto capturada con nuestro teléfono móvil, el acto
mecánico de tomarla, sustituye a todo lo demás. Así
podemos pasar por Auschwitz como los rebaños de borregos
que somos, sin detenernos ni hacer preguntas, como
pasamos frente al Coliseo de Roma, Las Meninas, la plaza
de las Torres Gemelas de Nueva York, el tipo al que
acaban de dar un navajazo y se desangra en el suelo, el
coche despanzurrado en la carretera con cuatro pares de
piernas asomando bajo las mantas. Sin mirar apenas, sin
indagar siquiera qué ha pasado allí. Sin importarnos un
carajo lo que vemos. Clic, clic, clic. Es gratis y no
requiere esfuerzo. Luego seguimos adelante, a lo
nuestro. Ya lo analizaremos otro día. Y si no, tampoco
pasa nada. ¿Víctimas? ¿Verdugos? ¿Cómplices? Para qué
meternos en dibujos. Tener la foto es lo que cuenta.
Archivarla estérilmente con el resto del mundo y la
vida. Un instante de imagen. Luego, nada. El vacío
absoluto. La anestesia del olvido.
Hace tiempo que me
preguntan por el libro electrónico. Qué opino y cómo veo
el futuro, la desaparición del papel, los formatos
clásicos y demás. Siempre respondo lo mismo: me da
igual, porque yo escribo lo que va dentro. Mi trabajo es
ocuparme del contenido: contar historias y que la gente
las lea. Del soporte se ocupan otros. Editores y gente
así. Y, por supuesto, los lectores que recurren al medio
que estiman conveniente. Estoy convencido de que, en un
mundo razonable, la oposición entre libro de papel y
libro electrónico no debería plantearse nunca. Lo ideal
es que el segundo complemente al primero, llevándolo
donde aquél no puede llegar. Como herramienta eficaz de
trabajo, por ejemplo. O facilitando el acceso a asuntos
menos afortunados en librerías convencionales: teatro,
poesía, autores sin respaldo editorial, literatura
bloguera, descargas y otros experimentos interesantes
que el concepto clásico no favorece demasiado. Pero no
es eso lo que se plantea. Al hablar de libro de papel y
libro electrónico, lo usual es oponerlos. Obligarte a
elegir, como siempre. O conmigo o contra mí. Y no es ésa
la cuestión. Creo. El libro electrónico es práctico y
divertido. Hace posible viajar con cientos de libros
encima, trabajar consultándolos con facilidad, aumentar
el cuerpo de letra o leer sin otra luz que la propia
pantalla. Incluso los hay con ruido de pasar páginas
cuando se va de una a otra «lo que no deja de ser una
simpática gilipollez».
Además, mientras lees puedes zapear a tu correo
electrónico, escuchar música, ver imágenes y cosas así.
Todo muy salpicadito, multimedia. Cuando lees, por
ejemplo, «Tienen, por eso no lloran / de plomo las
calaveras», puedes ilustrarlo con la foto de guardias
civiles que hizo Robert Capa, escuchar a Estopa, ver
cómo va el Barça-Osasuna y mandar un emilio a tu churri
anunciando que le vas a sorber el tuétano. Y ahí surge
uno de los problemas. No con la churri, ni con García
Lorca. Ni siquiera con la Guardia Civil. Surge cuando,
en vez del Romancero gitano, lo que trajinas es el
Oráculo manual y arte de prudencia de Gracián, Lord Jim
o La Regenta. Entonces la atención necesaria se puede
desparramar un poquito. Entre otras cosas. Porque leer
no tiene nada que ver con eso. Me refiero a leer de
verdad, en comunión estrecha con algo que educa tu
espíritu, que te hace mejor y consciente de ti mismo.
Que aporta lucidez, multiplica vidas, consuela del
dolor, la soledad y el desamparo, aclara la compleja y
turbia condición humana. Leer así requiere tiempo,
serenidad concentrada, ritual. Cuando estás en ello, ni
siquiera las bombas son capaces de romper el vínculo
mágico. No hay comandante de avión que obligue a
apagarlo para el aterrizaje, ni batería que te deje a
medias; y si se funden los plomos, o como se diga ahora,
el verdadero lector es capaz de seguir haciéndolo a la
luz de una vela, de un encendedor, o a la luz de la luna
llena reflejada en la arena de un desierto. Puestos a
setas o a Rolex, aún hay más. He dicho que libro de
papel y libro electrónico deberían ser complementarios;
pero si me obligan a elegir, diré alto y claro que no
hay color. Y que, llegado a ese extremo, la pantalla
portátil me la refafinfla.
Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes,
hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi
biblioteca en un cibercafé. Con un libro electrónico,
sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo
anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el
uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al
ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni
buquinistas del Sena, ni librerías como las de Luis
Bardón, Guillermo Blázquez o Michele Polak donde los
libros electrónicos puedan ocupar sus venerables
estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo
libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla táctil
huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la
Academia, ni tampoco como un Tintín, un Astérix o un
Corto Maltés al abrirlos por primera vez. Ninguna
conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que
permiten evocar, años después, un momento de felicidad o
un momento de horror que jalonaron tu vida. Y déjenme
añadir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido,
han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta
lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico
sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se
mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi treinta mil
libros en casa; suficientes para resistir hasta la
última bala. Quien crea que esa trinchera
extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad
inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear
páginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de
plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no
tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es
un libro.