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05/02/2012
¿Hay salida? : educación e investigación (III)
El aborrecimiento hacia la ciencia llegaría a tanto en nuestra nación, que la frase "que inventen ellos" se convertiría incluso en lema de movimientos intelectuales y corrientes de opinión
Como señalé hace ya algunas semanas, una de las peores consecuencias de abrazar el campo de la Contrarreforma fue que naciones como España, Portugal o Italia se quedaron descolgadas de una revolución científica que nació – como supieron ver Kuhn o Whitehead – precisamente de la Reforma protestante del s. XVI. No se ha avanzado mucho desde entonces.
Desde que España decidió aplastar en su territorio la Reforma a sangre y fuego se descolgó tanto de la revolución científica como del extraordinario impulso educativo nacido de aquella. Ha pasado casi medio milenio y en esas andamos y poco consuela decir que a portugueses o italianos les pasó lo mismo. Recuerde el que piense que exagero que, a día de hoy, no hay ni una sola universidad española entre las ciento cincuenta primeras del mundo o que nuestra educación no deja de obtener pésimas calificaciones en sucesivos informes PISA.
El aborrecimiento hacia la ciencia llegaría a tanto en nuestra nación, que la frase "que inventen ellos" se convertiría incluso en lema de movimientos intelectuales y corrientes de opinión. La verdad es que ponerse manos a la obra en el terreno de la investigación fue causa no sólo de llorar sino de morir en la Historia de España iniciada con la Contrarreforma. El método científico lo habían inventado herejes protestantes como Bacon; sobre los universitarios españoles recayó la prohibición de estudiar en el extranjero porque así lo dispuso ese gran destructor de la grandeza de España que fue Felipe II y la Inquisición se ocupó del resto con verdadera pasión. El éxito de semejantes medidas fue, por desgracia, espectacular. El mismo año en que el protestante John Locke se dirigía hacia Inglaterra para contribuir a la Gloriosa Revolución y asentar los principios del liberalismo en la isla; en España, reinaba un tarado que no recibió atención médica porque se consideró más apropiado tratarlo con exorcismos y reliquias. Con paralelos así no deberíamos sorprendernos de nada.
No es que los españoles fueran racialmente negados o torpes o incluso desinteresados. No. Ése no era el problema. La desgracia –verdadera maldición histórica– que pesaba sobre ellos era el control ejercido por la Inquisición no sólo en cuestiones doctrinales sino en las áreas más diversas de la vida incluidas la educación y la investigación científica. En pleno siglo XVIII, ya no quedaban en España protestantes porque la Inquisición los había exterminado en la hoguera o había provocado su exilio para huir de las llamas. Tampoco podía perseguir a unos judíos expulsados en 1492 y que se habían asimilado al catolicismo por convicción o pánico hacía siglos. Sin embargo, las acciones de la Inquisición no brillaron por su ausencia ni tampoco las de un gobierno que consideraba la represión pro-católica timbre de honor. En España, la Inquisición tenía su Índice de libros prohibidos propio y, por añadidura, los confesores estaban sometidos a la obligación de preguntar sobre la posesión o el conocimiento de la posesión de tan peligroso material a los que se acercaban al sacramento de la penitencia quedando claro que la absolución del pecado quedaba reservada al Santo Oficio. La edición del Índice de la Inquisición española de 1790 contaba con 305 páginas, en folio, con columnas dobles y caracteres de imprenta de tamaño muy reducido. Prohibidos no estaban sólo Wycliff, Lutero, Calvino, Erasmo o Voltaire, sino también, en mayor o menor medida, Dante, Petrarca, Maquiavelo, Boccaccio e incluso Cervantes. El Robinson Crusoe –lectura infantil en la actualidad– fue incluido en el Índice en 1756. Al parecer, que un protestante se las arreglara para sobrevivir en una isla casi treinta años y además pretendiera enseñar el Evangelio a un caníbal resultaba insoportable para los inquisidores y debía mantenerse lo más lejos posible de las frágiles mentes hispanas. El espíritu de las leyes de Montesquieu – autor tan odiado por la Inquisición como, al parecer, por el PSOE – también fue prohibido en ese año. Tycho Brahe y Johannes Kepler - ¡dos astrónomos! – también estaban prohibidos y lo mismo sucedía con autores que tan sólo pretendían desarrollar una visión jurídica que no encajaba en el absolutismo regio que tanto complacía a la Santa Sede –Hugo Grocio, J. J. Burlamaqui, Samuel Pufendorf– o que eran contrarios a la tortura que practicaba la Inquisición como era el caso de Cesare Beccaria. Por supuesto, a todos ellos había que añadir los filósofos franceses como Rousseau y no pocos clásicos españoles que habían escrito páginas poco edificantes o en las que se deslizaban críticas relacionadas con la iglesia católica. El gobierno de Carlos III determinó en 1768 que si la Inquisición deseaba prohibir un libro y el autor era católico y español debía escucharlo previamente. Ni que decir tiene que semejante medida no evitó las condenas. El padre Isla –una de las mentes más preclaras de la Ilustración española– sufrió la prohibición de su Fray Gerundio de Campazas.
Pero la acción represiva del clero no se limitaba a la literatura y la ciencia, sino que servía para quitar de en medio a cualquiera so pretexto de heterodoxia. A Pablo Olavide, uno de los ilustrados, lo miraban mal los medios más diversos, pero el golpe de gracia se lo dio un capuchino alemán que no veía bien que sus ovejas germánicas se mezclaran, como pretendía Olavide, con las españolas. Como Uriarte o Setién, debía pensar el clérigo que el catolicismo no necesariamente implicaba creer en la igualdad de razas y denunció a Olavide. Así comenzó en España uno de los juicios inquisitoriales más famosos del siglo XVIII que concluyó, tras años de mazmorras, con la huida del ilustrado español a la protestante Ginebra.
Olavide no fue una excepción. Bernardo y Tomás Iriarte también fueron objeto del ataque de la Inquisición –los dos pensaban con bastante sensatez que el Santo Oficio era el culpable de la ignorancia de la nación española– y lo fue el matemático Benito Bails porque quien tanto tiempo dedicaba a las ciencias exactas sólo podía ser ateo; y lo fue Luis Cañuelo, editor de El Censor; y lo fue Macanaz y lo fueron tantos otros.
Hubiérase esperado que semejante despropósito que seguía manteniendo a España situada en la cola científica de Europa desapareciera en algún momento, pero no fue así. Durante el siglo XIX, los intentos liberales por crear un sistema educativo verdaderamente sólido y que alcanzara a toda la población como, por ejemplo, sucedía desde inicios del s. XVI en la Suiza protestante, se vieron frustrados una y otra vez por una iglesia católica que no deseaba verse privada del monopolio educativo. Los relatos decimonónicos de aquellos maestros que sabían que podían encontrar en el párroco a un enemigo acérrimo se correspondieron, por desgracia, en no pocos casos con la realidad. A fin de cuentas, el último ajusticiado de la Inquisición, Cayetano Ripoll, era, además de protestante, maestro.
Partiendo de esas bases, no puede sorprender que las instituciones educativas que fueron surgiendo a lo largo del s. XIX lo mismo si estaban incluidas en los ateneos libertarios que en la Institución libre de enseñanza nacieran con una carga ideológica asfixiante. La izquierda española – no nos cansaremos de repetirlo – creció modelada a la imagen y semejanza de la iglesia católica y entendía no que la educación pudiera ser algo neutro y carente de sectarismo sino que se trataba –como lo había sido durante siglos– de un instrumento de control social y político de primer orden. Hasta ZP ha mantenido, por desgracia, ese punto de vista.
Pero –quizá se pregunte alguno– ¿no fue la educación ejemplar durante el régimen de Franco? ¿No se vivió durante la dictadura una especie de oasis educativo? Sinceramente, creo que hay que desconocer mucho el tema para pensar cosa parecida. De entrada, la educación no estaba al alcance de un porcentaje muy elevado de la población. También es cierto que, mediante el expediente de entrar en un seminario, hubo niños y niñas que pudieron acceder a ella. Recuerdo a la perfección como, a finales de los sesenta, un vecino expresaba su sorpresa porque, por primera vez, algunos de esos estudiantes abandonaban el seminario concluidos sus estudios y no se mantenían en la senda de la clerecía. No faltarán los que culpen de esas decisiones al concilio Vaticano II, pero yo creo que, simplemente, comenzaban a aparecer almas cansadas de tanto abuso. De manera semejante, no faltarán los que recuerden criaturas de pocos años que trabajaban en condiciones durísimas –mi memoria llega hasta los sesenta y los setenta y no creo que la situación en los cuarenta y cincuenta fuera mejor– porque no habían podido estudiar. En cuanto al acceso a la enseñanza, aquella época no fue –ni de lejos– mejor que ésta.
A la falta de acceso a la enseñanza, se sumaba su carácter ideologizado y limitado. No cabe duda de que la ortografía se enseñaba muy bien gracias a los dictados, pero todavía en la adolescencia di yo en la biblioteca de mi colegio con un Índice de libros prohibidos que, hasta el Vaticano II, había mostrado lo pernicioso que era leer a Baroja, Blasco Ibáñez o Unamuno. No se trataba sólo de establecimientos educativos regentados por órdenes religiosas. Mi profesor de filosofía de Sexto, don Manuel Márquez, me contó cómo cursando la licenciatura, para leer a Sartre tuvo que solicitar licencia al obispo.
Es verdad que no puede dudarse de que mucha gente sabía quién era don Pelayo, pero no nos ufanemos en exceso. Al mismo tiempo, se les enseñaba lo benéfica que había sido la Expulsión de los judíos o lo agradecidos que debíamos estar a la Santa Inquisición –puedo dar testimonio personal de ambos extremos– a la vez que se le hurtaban de la Historia de España personajes de primer orden, pero “heterodoxos”. Que algunos lograran ya en las postrimerías del franquismo leer sin censura elDecamerón o incluso a Marx no cambia ese panorama.
En términos generales, la educación en Humanidades fue mucho más sólida que ahora, pero no mucho menos sesgada ideológicamente; la formación técnica era sensiblemente inferior a la de otras naciones europeas y no digamos a la de Estados Unidos y la investigación científica –excepciones aparte– no tenía punto de comparación. Nuestros grandes arabistas, nuestros grandes hispanistas o nuestros grandes especialistas en derecho romano no cambian ese panorama.
Por supuesto, con la llegada de la izquierda al poder, los pecados seculares se repitieron aunque ahora orientados hacia la otra dirección. También la izquierda intentó reescribir la Historia de España; también la izquierda se esforzó por controlar la educación; también la izquierda hizo lo posible y lo imposible por imprimir el mayor sectarismo a los contenidos y también la izquierda intentó copar las cátedras. Si algunos de los catedráticos ahora eméritos pueden citar cátedras concedidas por la presión de distintas órdenes religiosas, los pobres alumnos actuales saben que hay titulares cuya única característica notable es su carnet o –en el caso de algunas privadas– su piedad católica supuesta o real.
De creer a Ricardo de la Cierva –y tengo razones para pensar que el dato es cierto– sólo el Opus se planteó en los años sesenta y ante la perspectiva de cambio de régimen, el reparto de cátedras con el adversario, en ese caso, el PCE. Sabido es que, al fin y a la postre, en España no se implantó el sistema italiano de "compromiso histórico" y el PSOE se quedó con el santo y la limosna.
Naturalmente, con esos mimbres no se puede esperar que los cestos nacionales de educación y ciencia salgan bien y nunca saldrán mientras el sectarismo prime sobre la investigación científica, mientras la ideología prevalezca sobre el estudio, mientras el control de cátedra se imponga sobre el trabajo y mientras la identidad de carnet resulte más relevante que el mérito.
Permítaseme referir una historia personal relacionada con ese cainitismo que persigue a cualquier coste que sólo se escuche su voz y que pretende por sistema acabar con el disidente. En 1994, Mario Muchnik publicó mi libro La revisión del Holocausto en el que desmontaba las tesis de los autores negacionistas que sostenían –como ahora Ahmadineyah– que nunca hubo un Holocausto. El libro fue objeto de ataques en librerías de Zaragoza, Madrid y Barcelona por parte de grupos neo-nazis que arreciaron en sus agresiones cuando, al año siguiente, Alianza editorial publicó El Holocausto, la primera historia de la Shoah escrita en español por un autor español. Dirá algún lector que es lo que cabe esperar de los nazis. Seguramente, pero unos años después, en un conocido diario, un ceporro que enseña en una universidad de provincias solicitó que se me prohibiera escribir y hablar. Sucedía muy poco antes de que en un programa de televisión en la nacionalista Cataluña y con fondos públicos se procediera a ahogar mi Camino hacia la cultura, imagino que por eso de que el nacionalismo catalán tiene sus manías y una de ellas es que se le discuta su especial visión cultural. “Los nacionalistas, ya se sabe…”, dirá alguno. “Los nacionalistas”, diría yo, “han tenido y tienen ayuda directa de obispos como Setién y Uriarte y cardenales como Sistach”. Pero prosigamos con la breve historia. No mucho después, Cristina Almeida, hija de franquista y pasajera por el PCE y el PSOE siempre con cargos, señalaba en público que cuando veía mis libros le daba gana de quemarlos. La afirmación – sincera sin ningún género de duda – fue objeto de algún comentario irónico por mi parte y de un artículo en La Razón donde recordaba yo los antecedentes familiares de la curvilínea abogada. “Ya se sabe como es de sectaria la izquierda española…”, podrá decir alguno. Sí, seguramente, pero hace apenas unos días y gracias a esta serie que están ustedes leyendo, una página web católica ha decretado el boicot contra mis libros. Al igual que los nacionalistas catalanes, que los socialistas, que los comunistas o que los nazis, los talibán de la citada página –que no empezaron mal, pero que están terminando por convertirse en un Santo Oficio de tercera regional y que, dada la vida personal de quien escribe algunos de sus artículos harían mejor en callar– han terminado por lanzar su fatwa especial contra las opiniones que no gustan. Con la excepción de los nazis que, gracias a Dios, nunca terminaron de arraigar en España, todos los personajes en cuestión pertenecen a grupos que, en mayor o menor medida, han ido dejando a lo largo de la Historia de España muestras no escasas de intolerancia causando un daño de dimensiones difíciles de cuantificar, pero, sin duda, inmensas. Gracias a Dios que, al menos de momento, tanto la Inquisición como las checas han dejado de funcionar, pero la pregunta sigue resultando obligada:
¿Y existe salida?
Sí. Habrá salida el día
que la educación no dependa de comisarios políticos sino de criterios simplemente científicos;
que cualquier niño español pueda estudiar en español en cualquier rincón de España a pesar de que se hable de líneas rojas y de que haya cardenales que las bendigan;
que se elimine totalmente la endogamia en las universidades
que no sea más importante el conocimiento de lenguas escandalosamente minoritarias que el dominio de una especialidad
que se prime a los que han ampliado sus estudios en universidades extranjeras de primer orden sobre los que permanecieron en España haciéndose con un carnet o adulando al jefe del departamento;
que desaparezcan las inquisiciones que, en no pocas ocasiones, sólo tienen como finalidad el mantener el cortijo en manos de unos y evitar que pase a las de otros;
que en lugar de adoctrinadores políticos, las universidades dispongan de docentes que sepan lo que es una empresa y encaminen a los estudiantes en esa dirección en lugar de hacia el paro;
que los planes de estudio sean serios y no vías para que los liberados sindicales o los profesores cobren sobresueldos;
que el acceso al profesorado no dependa de la ortodoxia religiosa o política sino del conocimiento y del mérito y que, por lo tanto, los mejores no tengan que exiliarse al extranjero en busca de las oportunidades que España les brinda como tuvieron que hacer los reformadores españoles que en el s. XVI acabaron como catedráticos en Cambridge o Ginebra, que los ilustrados que terminaron en mazmorras o que los eruditos liquidados por cualquiera de las dos Españas intolerantes durante la guerra civil.
El día que así suceda habrá salida en el terreno educativo y científico para nuestra sociedad. Mientras tanto, sólo seguiremos arrastrando los males que recayeron sobre nosotros cuando España decidió abrazar la causa de la Contrarreforma.

29/01/2012
¿Hay salida? (II)
Junto a los privilegios de unas regiones sobre otras y de unos estamentos económicos sobre otros, encontramos los privilegios de diputados y senadores y otras figuras políticas. Comprensibles a inicios del siglo XIX, hoy son injustos e injustificados
En las anteriores entregas, he ido desarrollando brevemente las razones que explican nuestros numerosos puntos de coincidencia con naciones como las que integran el grupo de las PIGS o de Hispanoamérica a la vez que nos distancian de otras como Gran Bretaña, Suecia, Dinamarca, Alemania, Noruega, Holanda o los Estados Unidos. En la última, inicié la enumeración de las condiciones que nos permitirían borrar los aspectos negativos de esa diferencia y ayudarnos a parecernos a los más positivos de naciones occidentales como las mencionadas. Si la primera era la asunción veraz de nuestro pasado, la segunda es la aceptación del imperio de la ley y la supresión de privilegios.
Históricamente, España ha sido una nación cuya trayectoria ha discurrido, en no escasa medida, de espaldas al imperio de la ley e inmersa en la aceptación de los privilegios y de lo que he denominado "tuertismo" a la hora de juzgar esa circunstancia. Semejante configuración social es un fruto directo del orden medieval en el que el feudalismo, por un lado, y la supremacía espiritual de iglesias como la católica o la ortodoxa consagraron la existencia de una serie de estamentos y territorios con derechos bien diferentes. Para los empeñados en pintar la Edad Media como una Era dorada en el que poder político estaba sometido al papal en todos los órdenes, semejante realidad es magnífica. El problema es que la verdad histórica se acerca más al terreno de lo horripilante que al de lo ejemplar y, en términos meramente jurídicos, implicó un atraso de siglos que nos condujo a códigos mesopotámicos como el de Hammurabi y que arrojó por la borda conquistas legales como las recogidas en la Torah de Moisés o incluso el derecho romano. Lejos de avanzar hacia la igualdad ante la ley, la Edad Media consagró –y legitimó– un orden sustentado en el privilegio, es decir, la norma privada.
Semejante cosmovisión recibió un golpe de muerte con la Reforma del siglo XVI y no podía ser de otra manera porque cuando, por ejemplo, Lutero escribió que el trabajo realizado por la mujer que limpiaba la iglesia era tan importante como el del clérigo que predicaba no sólo enaltecía enormemente cualquier labor honrada encaminada a ganarse la vida sino que, por añadidura, daba un paso de gigante en la desaparición de la sociedad estamental y con clases legalmente privilegiadas, en la igualdad ante la administración de justicia y en el imperio de la ley. Esas conquistas jurídicas explican, por ejemplo, las revoluciones puritanas del s. XVII en Inglaterra o la americana de finales del s. XVIII. En otras naciones que no experimentaron el impacto de la Reforma, el proceso se retrasó siglos o incluso, como es el caso de España, nunca ha terminado de cuajar por completo.
Ciertamente, los liberales españoles habrían deseado crear ese estado moderno a partir de la Constitución de Cádiz de 1812, pero, al aceptar que determinados elementos sociales mantuvieran sus privilegios jurídicos, impidieron esa posibilidad. Fue José María Blanco White, amigo íntimo de Argüelles "el divino", el que le advirtió –y acertó de lleno– que la constitución gaditana estaba condenada al fracaso desde el momento en que se había negado a recoger – como en Inglaterra, Francia o Estados Unidos –la libertad religiosa para así satisfacer a la Iglesia católica. Semejante paso implicaba entregar lo más preciado en un ser humano –la conciencia– a una institución privilegiada que no dudaría en aliarse con el rey a su regreso para aniquilar el sistema liberal. Se trataba de un pronóstico pesimista y triste, pero resultó indudablemente certero. Fernando VII –y los absolutistas que lo sucedieron como su hermano Carlos– tuvo como aliado primordial a una Iglesia católica determinada como fuera a impedir la creación de un estado liberal que, por definición, tenía que acabar con su situación privilegiada. En no escasa medida, ese factor explica buena parte de la Historia de España durante el s. XIX y buena parte del siglo XX.
Con todo, la idea del privilegio no era exclusiva de la monarquía o de la Iglesia católica. A decir verdad, estaba ya tan incrustada en la mentalidad hispánica que la misma izquierda no tardó en articularse con una visión de privilegio aunque orientada en otra dirección.
Muchos de esos privilegios se mantuvieron incluso en la Constitución de 1978 por razones comprensibles en su día. Sin embargo, actualmente, si deseamos que España deje de ser diferente en el peor sentido del término no pueden seguir manteniéndose. A decir verdad, deben desaparecer:
Los privilegios regionales
Una de las grandes desgracias de España es el mantenimiento de privilegios regionales de lejano origen medieval, de apoyo cerrado por parte de la Iglesia católica antes, durante y después de las guerras carlistas, y de condición absolutamente intolerable en un régimen democrático. A día de hoy, no es de recibo que las Vascongadas y Navarra posean un régimen fiscal distinto y privilegiado – el denominado "pufo vasco" por Miguel Buesa –basado en unos presuntos derechos territoriales que nos retrotraen en su concepción jurídica al foralismo medieval. Si a esto añadimos las pretensiones del nacionalismo catalán de obtener un privilegio semejante, podemos captar el tremendo daño que esa situación causa –y causará– a la nación.
Todavía menos de recibo es que en esas regiones se produzca la privación de derechos a determinados segmentos sociales –como los no catalano-parlantes– por cierto, todo hay que decirlo con el respaldo cuando no el aplauso de sus respectivos episcopados.
Las distintas regiones o CCAA o como puedan llegar a denominarse en el futuro esas entidades territoriales no pueden disfrutar de privilegios y menos en materia tan delicada, sensible y necesaria como la fiscal o la lingüística y mientras esos privilegios no desaparezcan España no será totalmente una nación de ciudadanos libres e iguales.
Los privilegios sindicales y patronales
Tampoco resulta aceptable que determinados entes sociales de creación relativamente reciente se hayan convertido en estamentos privilegiados que viven del esfuerzo de los ciudadanos como antaño la aristocracia del Tercer Estado. Sin entrar en la cuestión de si practican o no un sindicalismo acorde con los tiempos, lo que resulta obvio es que no puede seguir manteniéndose a los sindicatos y a la patronal con cargo al erario público. Semejante idea era lógica en el corporativismo fascista de Mussolini o en el régimen católico de Franco que se esforzaba por unir en el mismo ente a los denominados "productores" y a los empresarios. Carece, sin embargo, de justificación; choca con los ejemplos del derecho comparado y sirve sólo para articular un sistema costoso de privilegiados. Los sindicatos y la patronal –pese a quien pese- deben mantenerse de las cuotas de sus afiliados y no de una financiación privilegiada.
Los privilegios políticos
Junto a los privilegios de unas regiones sobre otras y de unos estamentos económicos sobre otros, encontramos los privilegios de diputados y senadores y otras figuras políticas.
Estos privilegios son, fundamentalmente, de tres órdenes: penal, fiscal y económico. Penalmente, los miembros del poder legislativo siguen disfrutando del privilegio de aforamiento que les permite eludir su sometimiento a un procedimiento penal como el que es de aplicación para el resto de los ciudadanos. Tal situación es imposible de sostener a día de hoy. Comprensible a inicios del siglo XIX para protegerse del absolutismo regio –pero inoperante, a fin de cuentas, porque el rey absoluto persiguió exactamente igual a los liberales con la colaboración de la Santa Inquisición si así era preciso– hoy en día no es sino un privilegio injusto e injustificado. Episodios como los de Felipe González en relación con los GAL, de Jordi Pujol en relación con Banca Catalana, de los diputados de HB protegidos por el PNV en el parlamento vasco o de José Blanco en relación con Campeón constituyen ejemplo de unos privilegios intolerables.
Económicamente, los miembros del legislativo también se benefician de exenciones y bonificaciones fiscales fuera del alcance del ciudadano medio. Por último, en el terreno económico, los miembros del legislativo son objeto de una cobertura social en caso de desempleo y de unas pensiones doradas de las que tampoco disfrutan los ciudadanos de a pie. Han venido así a constituir una neo-aristocracia que recoge los privilegios de las de otros tiempos: mejor tratamiento penal, mejor tratamiento fiscal y mejor tratamiento económico.
Los privilegios en la percepción de los caudales públicos
Como sucedía en la sociedad estamental, también en la española de inicios del s. XXI existen segmentos que son objeto de privilegios relacionados con los caudales públicos. En ocasiones, el privilegio se recibe como una merced que ahora es denominada subvención; en otros, como una exención. En este último caso, el ejemplo más claro es el que presentan las SICAV, un organismo creado por el gobierno socialista de Felipe González para ayudar a los más ricos a pagar menos impuestos y del cual se benefician actualmente desde conocidos cineastas "progresistas" a la Iglesia católica que cuenta con varias.
Con los matices que se quiera señalar, lo cierto es que la existencia de estos mecanismos legales de privilegio económico resulta, sencillamente, bochornosa, pero que además pueda perpetuarse en momentos como los actuales constituye un verdadero escándalo.
Los privilegios de la monarquía
En el capítulo de los privilegios medievales que han resistido el paso del tiempo ocupa un lugar nada desdeñable la impunidad del rey. Aunque la monarquía española es formalmente constitucional, no resulta menos cierto que el actual rey no quiso renunciar a un privilegio que arrancaba de la época de Franco y que consistía en la irresponsabilidad del Jefe de Estado por sus actos. Mientras que en Estados Unidos, el presidente puede ser objeto de impeachment y de un proceso penal y que ese principio de sometimiento de todos los ciudadanos al imperio de la ley se recoge en otras legislaciones comparadas, en España seguimos manteniendo una situación de privilegio que no es de recibo.
Los privilegios por razón de religión
Algo muy similar a lo señalado en los apartados anteriores sucede en el terreno de los privilegios por razón de religión que en España están circunscritos de manera única y exclusiva a la Iglesia católica.
El apoyo a los partidos nacionalistas –sin excluir a ETA– el abandono del barco del franquismo, los Acuerdos que sustituyeron al Concordato y el papel representado en la Transición por la Iglesia católica resulta totalmente incomprensible si no se tiene en cuenta el deseo de salvar en el nuevo régimen democrático los muchos muebles acumulados durante un régimen, el de Franco, en que llegó a ser un estado dentro del estado. La Constitución de 1978 privó a la Iglesia católica de su condición de religión oficial, pero la mantuvo en una situación de privilegio frente a cualquier otra confesión y, sobre todo, encajonó el ordenamiento jurídico español en un sistema pactista que permitiera sustituir el Concordato por unos Acuerdos que al ser suscritos por la Santa Sede contaban con rango de derecho internacional y, por lo tanto, están por encima de la Constitución española.
Es muy posible que esa salida en 1978 fuera la más adecuada, pero, a día de hoy, esa situación de privilegio es insostenible por varias razones. En primer lugar, porque otorga a la Iglesia Católica no sólo frente a otras confesiones sino frente a otras personas jurídicas una situación de privilegio en el terreno fiscal. No se trata sólo de sus SICAV sino de la inclusión de una casilla en la declaración del IRPF o de las cantidades –jamás publicadas, jamás calculadas de manera global– que recibe por otros conceptos como la restauración de templos, la subvención de centros de enseñanza, la entrega de dinero público para ONGs relacionadas con la misma y un largo etcétera. Por añadidura, la casilla del IRPF ni es el impuesto religioso alemán –un sistema mucho más justo, aplicable a distintas confesiones y que permite saber los fieles dispuestos a costear su religión– ni tiene una alternativa sensata ya que los gastos de interés social pueden ser los hipopótamos de Trinidad Jiménez. El judío, el protestante, el agnóstico, el ateo o el simplemente partidario de la separación entre iglesia y estado debe escoger entre financiar a una confesión que no es la suya o a las dictaduras hispanoamericanas. Sin duda, semejante panorama favorece a la Iglesia católica, pero no puede decirse que sea justo ni razonable.
A estas alturas de nuestra Historia, sería mucho más sensato –y, desde luego, democrático– adoptar un sistema de separación total de iglesia y estado como el que existe en Estados Unidos aunque eso signifique, por ejemplo, una exención de impuestos para las distintas confesiones religiosas. En última instancia, lo más razonable es que sean los fieles de cada religión los que la mantengan si es que la Providencia no está dispuesta a hacerlo. No parece, por el contrario, que los contribuyentes deban cargar con ese gasto cuando se trata de una cuestión íntima que cada uno también íntimamente –y se supone que con entusiasmo incluso– debe costear o no de acuerdo con su conciencia.
Me consta que no faltarán los taliban que interpretarán mis palabras como un ataque frontal contra el catolicismo e incluso, como ha escrito algún majadero, como una colección de argumentos para el exterminio del catolicismo en España, afirmación esta última que denota lo poco que cree, en el fondo, en la persistencia de una confesión religiosa sin el apoyo directo y privilegiado del poder civil. A pesar de todo, esas reacciones me dejan indiferente ya que, a fin de cuentas, no se puede evitar, como señaló Kipling, "escuchar toda la verdad que has dicho, tergiversada por malhechores para engañar a los necios". Por añadidura, me consta que no muchas personas, incluidos católicos, pueden decir que han defendido con tanto denuedo la libertad de los fieles católicos, de manera pública y expresa, cuando han sido objeto de burlas o vejaciones en España. Se trata de un comportamiento que he adoptado en el pasado y que seguiré adoptando en el futuro cada vez que haya fanáticos dispuestos a injuriar, burlarse o atacar a otros por razón de la religión que practican. Se trata de una conducta que me ha sido agradecida en docenas de ocasiones por católicos que no eran más papistas que el papa, que no se dedican a ayudar a Dios a llevar la contabilidad de los que se salvan y que no pasaban más tiempo observando al prójimo para ver los pecados que descubren que haciendo el bien. Sin ir más lejos, esta semana, tuvimos en Libertad digital como pareja invitada de la semana al párroco y al sacristán de una parroquia del este de España y, difícilmente, habrían podido estar más agradables conmigo asegurándose, por ejemplo, que todos los días, tras concluir la misa de las 19:30, conectan esRadio para escuchar mi programa. Es fácil saber de dónde venían, pero permítaseme omitir su origen a fin de que los taliban que quieran avisarles de mi maldad teológica se tomen por lo menos la molestia de buscar el dato en la página web del programa.
Dicho todo esto, mi defensa de la libertad de conciencia no me ciega ante dos circunstancias que considero indispensables.
La primera es la veracidad en el análisis histórico que, en mi caso no es tuerto como sucede con otros y que no va a exculpar jamás atrocidades históricas como la Expulsión de los judíos en 1492 o la quema de protestantes en la España de la Contrarreforma porque ZP impulsara una ley de Educación para la Ciudadanía, cuyos objetores, por cierto, fueron abandonados por la Conferencia Episcopal en la segunda legislatura del ahora vigilante de nubes; y la segunda es mi firme convicción de que los católicos españoles serán mucho mejor católicos cuando su iglesia deje de disfrutar los privilegios que ha disfrutado durante siglos a lo largo de la Historia de España.
Si ese día –para bien de todos– llega alguna vez, los católicos españoles se parecerán a los de Estados Unidos y en lugar de pedir a Blázquez que censure el estado matrimonial de Soraya Sáenz de Santamaría y otros, le afearán en público el que no defendiera a las víctimas de ETA en todo lo que estuvo al alcance de su mano como me han hecho saber algunas de ellas.
Si ese día –para bien de todos– llega alguna vez, los católicos españoles se parecerán a los de Estados Unidos y sentarán en el banquillo a los sacerdotes y obispos relacionados con los abusos de menores, en lugar de minimizar unos hechos criminales apelando a la escasa proporción de delincuentes de ese género repugnante que puede haber entre el clero.
Si ese día –para bien de todos– llega alguna vez, los católicos españoles se parecerán a los de Estados Unidos y, como J. F. Kennedy ya en los años sesenta del siglo pasado, se darán cuenta de que la enseñanza religiosa no debe ser pagada por el Estado sino por los que la disfrutan.
Si ese día –para bien de todos– llega alguna vez, los católicos españoles se parecerán a los de Estados Unidos y no enfocarán la situación política sobre la base de lo que afirma la Santa Sede –tantas veces errada en sus juicios temporales- hasta el extremo de condenar la intervención en Irak, que sólo veinticuatro horas antes apoyaban, porque el papa se había pronunciado en sentido contrario, episodio éste que viví de cerca en la cadena COPE y que no constituyó ni mucho menos una excepción.
Si ese día –para bien de todos– llega alguna vez, los católicos españoles se parecerán a los de Estados Unidos y mantendrán a su iglesia como hacen los fieles de otras confesiones religiosas y como es su obligación. Y es que debo confesar que pocas cosas me causan mayor pesar que el ver que judíos y protestantes españoles sufragan animosos los gastos de sus respectivas confesiones mientras que no lo hacen los católicos a pesar de que han tenido siglos para conseguirlo.
Al fin y a la postre, el día en que desaparezcan los distintos privilegios –regionales y políticos, sindicales y patronales, regios y religiosos– España habrá dado un paso extraordinario –aunque no el último- para ser de verdad una nación de ciudadanos libres e iguales.

22/01/2012
¿Hay salida? (I)
Pretender borrar la Historia de España o convertirla en un compendio de virtudes y justificaciones de lo injustificable, son dos caminos semejantemente dañinos y llamados a perpetuar una mentalidad intolerante y perniciosa.
En los capítulos anteriores, he ido describiendo la manera en que episodios como la Expulsión de los judíos, el exterminio de los reformados españoles y la conversión en espada de la Contrarreforma determinaron trágicamente la Historia de España. Con esos pasos, se tiraban por la borda una serie de valores, básicamente bíblicos, que, abrazados por otras naciones, fueron esenciales en el hecho de que, en muy poco tiempo, nos dejaran atrás. Por añadidura, al atraso se sumó una mentalidad que conformó el comportamiento nacional de los siguientes siglos. La cuestión que resulta, pues, imperiosa es si existe salida.
Un empresario que ha seguido con inusitado interés esta serie de artículos me decía hace unas semanas que había quedado totalmente convencido de mi visión de la Historia de España, pero lo que le importaba saber es si existía alguna manera de liberarnos de esa herencia de siglos. Con gesto compungido, me preguntaba si no había manera de escaparse de lo negativo que pueda haber en nuestro pasado. En otras palabras, ¿hay salida?
Mi respuesta es que sí, pero que no es fácil porque los obstáculos se han ido enraizado durante siglos impidiendo cualquier consolidación del progreso salvo en aquellas cuestiones en las que ya otros han avanzado. Quizá la prueba más dolorosa de esa realidad sea lo que sucedió la mañana del 11-M. En lugar de responder como hicieron los ciudadanos británicos y norteamericanos frente a los ataques terroristas, la población española decidió volverse en no escasa medida contra su gobierno. Las razones eran varias. O pertenecían a la izquierda, o se alineaban con los nacionalismos vasco y catalán o no podían perdonar al PP que no hubiera seguido el mandato del papa de no entrar en la guerra de Irak. Fuera por lo que fuera, al final los que decidieron respaldar a su nación frente a una agresión que –ingenuamente– se pensó venida de fuera resultaron minoría y las conquistas de la Era Aznar no sólo no se consolidaron sino que fueron pulverizadas por el siguiente gobierno. Por enésima vez en la Historia de España el edificio parecía más que aceptable, pero, al carecer de las raíces que existen desde hace medio milenio en otras naciones, bastó golpearlo para que se viniera abajo.
Frente a esa situación –y tiene su lógica– no pocos españoles han optado por adoptar una posición muy semejante a la de ciertos pensadores musulmanes. El autor árabe Mohammed Yaberi en dos obras Nahnu wa-t-turat(Nosotros y nuestra herencia) y Takwin al–áql al–´arabi (El proceso de formación de la razón árabe) ha mostrado cómo el gran problema de los árabes es que no pueden contemplar un presente que no les gusta y, por lo tanto, se vuelcan en una visión –idílica y por ello falsa– del pasado. Eso mismo sucede con no pocas naciones de mentalidad católica y, de forma indiscutible, con un sector no pequeño de los españoles. El pasado o es rechazado como algo horrible que justifica cualquier desmán presente –una visión tuerta que ha caracterizado a buena parte de la izquierda– o es absorbido de una manera neciamente falsa e idealizada que, puesta a defender la Historia patria, intenta hasta justificar monstruosidades como la Expulsión de los judíos en 1492 o la quema de herejes por la Inquisición desde el s. XVI hasta inicios del s. XIX. Ambas actitudes son dañinas y peligrosas para la nación porque el primer paso que tenemos que dar para conservar lo bueno de nuestro pasado y, a la vez, librarnos de todo lo malo es el de asumirlo de manera veraz.
I. Sí hay salida, pero asumamos verazmente el pasado.
Uno de los grandes libros –descatalogado actualmente– de Federico Jiménez Losantos es Los nuestros. A lo largo de docenas de viñetas, Federico asumía como propios a aquellos españoles que nos habían antecedido ya fueran héroes o villanos, genios o cupletistas, mujeres u hombres, conservadores o comunistas. No dejaba de emitir juicios de valor propios de un liberal, pero, a la vez, evitaba hacer una purga tuerta como ésas a las que tan habituados han estado los españoles a lo largo de los siglos.
Frente a sólo quedarnos con los "nuestros" como los únicos que son verdaderamente españoles, tenemos que aprender a asumir el pasado verazmente. Cualquiera que haya leído una obra tan tendenciosa, manipulada y llena de errores como la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo se percata de que muchos de aquellos a los que el intolerante escritor ataca eran mejores españoles y, simplemente, mucho mejores personas que el mismo autor que se empeñó en que el destino de España era ser "martillo de herejes", o sea, una nación liberticida de sanguinarios inquisidores. No, ese destino no tuvo nada de glorioso; agotó nuestra riqueza y nuestra sangre en favor de un poder espiritual asentado en tierra extranjera y marcó a fuego y por desgracia los siglos siguientes.
Por supuesto que España pudo –y puede– ser mucho más, pero necesita como cualquier ser sometido a una dolencia reconocer sus males. Habrá quien diga que ese es un principio netamente enraizado en la Biblia, pero podrá señalarse igualmente que es de mero sentido común. Sólo el enfermo que conoce su enfermedad puede aspirar a intentar recibir la cura. Precisamente por ello, defender la Inquisición a estas alturas –¿cómo se puede ser tan miserable moralmente?– o la Expulsión de los judíos –¡y luego dirán que no hay antisemitismo en nuestra Historia y que nada tiene que ver con la iglesia católica!– o las matanzas de Paracuellos –de nuevo el fin justifica, en este caso la lucha contra el fascismo, los medios– o el fanatismo ruinoso de Felipe II constituyen ejemplos clamorosos de una actitud profundamente dañina que denota un interior repleto de ignorancia histórica, de tuertismo moral o de indigencia ética, bases todas ellas desde las que es imposible regenerar España.
Es difícil para una mentalidad modelada por la idea de una sola iglesia verdadera, que nunca se equivoca y fuera de la cual sólo hay tinieblas y condenación comprenderlo, pero se puede amar a Calderón como artista aunque la moral sexual de sus obras espeluzne; se puede cantar el heroísmo sobrecogedor de los Tercios y llorar la necedad fanática de unos Austrias que aniquilaron el imperio al convertirlo en el brazo armado de la Contrarreforma; se puede admirar la gesta de los guerrilleros que combatían contra los franceses lamentando al mismo tiempo que la libertad política –con excepciones como la de El Empecinado– no figurara entre sus metas; se puede deplorar las inmensas injusticias sociales de los años 20 y 30 del siglo XX sin asumir las soluciones de la CNT o del PSOE; se pueden reconocer los avances del desarrollismo de los años sesenta a la vez que se siente dolor por la ausencia de libertades, por los deseos de Franco de perpetuar su sistema y, de manera especial, por el carácter ovejuno de una población que deseaba muchas cosas antes que la libertad y que permitió que el dictador muriera en la cama. Es indispensable captarlo porque, de lo contrario, frente a los dislates de ZP se seguirán alzando las presuntas ventajas de la Inquisición y contra la dictadura de Franco se pretenderá erguir la supuesta inevitabilidad de las checas.
Pretender borrar la Historia de España –como Azaña y otros regeneracionistas– o convertirla en un compendio de virtudes y justificaciones de lo injustificable –como algunos nacionalistas del pasado y algunos filo-franquistas del presente– son dos caminos semejantemente dañinos y llamados a perpetuar una mentalidad intolerante y perniciosa. A decir verdad, el regreso a períodos pasados como la España de los Austrias, la Segunda República o el Régimen de Franco me parece no sólo terrorífico sino uno de los destinos menos deseables para cualquier persona que ame la libertad y yo, precisamente, creo que la Historia de España debe ser examinada desde ese deseo de libertad y así es como yo me permito examinarla.
Si podemos contemplar así la Historia de España rechazando de plano la idea de que la pérdida de peso social y político de la iglesia católica es la causa de sus males –su peso excesivo sí que fue la causa directa e innegable, entre otros fenómenos, de los pogromos anti-semitas de la Edad Media, de la Expulsión de los judíos de 1492, de la imposición de la Inquisición, del exterminio de los protestantes, del desastre imperial, de la imposibilidad de crear un estado moderno, del nacimiento de los nacionalismos catalán y vasco o de la persistencia de ETA– o de que la imposibilidad de coronar hasta el final un programa de izquierdas –que, como hemos visto, ha tenido siempre una mentalidad de retrato en negativo de la iglesia católica– es el origen de nuestro atraso, habremos dado un gran paso.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de honrar a nuestros héroes, pero no la de venerar a los que los sacrificaron por sus fanatismos en causas inútiles en el Centro de Europa o en la destrucción de culturas en Hispanoamérica.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de considerar la Reconquista una gran gesta, pero no la de convertir España en un grupo de mesnadas y reinos de Taifas que, por añadidura, reciben en algún caso el respaldo eclesial para que nunca exista un estado fuerte y libre que imponga una verdadera separación entre iglesia y estado.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de admirar a nuestros genios, pero no por eso hemos de asumir el antisemitismo de Quevedo o la aversión a los gitanos de Cervantes o la moralidad injusta de Calderón.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de sentirnos orgullosos de nuestros pintores, pero no por eso hemos de seguir el ejemplo de los reyes tarados o de los bufones de la Corte pintados por ellos mientras en las zonas de Europa donde había triunfado la Reforma ya se pintaba a la ciencia, al comercio y al desarrollo capitalista.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de dar gracias a Dios por nuestro sol, nuestro clima y nuestro cielo, pero no es lícito convertirlo en excusa para la holganza, la chapuza o la despreocupación despreciando la ética protestante del trabajo.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de apreciar algunas singularidades de nuestro carácter, pero no podemos ya considerar la mentira un pecado venial, ni tolerar un solo instante a los políticos corruptos, ni rechazar con desprecio la supremacía de la ley.
Porque, desde la libertad, tenemos la obligación de estimar nuestro variado paisaje, pero no podemos seguir despreciando la innovación técnica o el espíritu emprendedor.
Reconocer que nos hemos equivocado –y gravemente– y asumir como propias esas terribles equivocaciones, no pocas veces teñidas de sangre, es el primer paso para cambiar. De los siguientes, hablaré en próximas entregas.

15/01/2012
La izquierda española: un retrato en negativo de
la iglesia católica (III): el inevitable voto
socialista
¿Qué partido prometía que Papá Estado cumpliría con unas metas asistencialistas que hasta entonces sólo de manera muy limitada e imperfecta había cumplido la Santa Madre Iglesia?
En las
anteriores entregas hemos visto cómo, a inicios
del siglo XVI, España pasó a formar parte de un
grupo de naciones diferentes –Portugal, Italia,
las repúblicas hispanoamericanas...– al extirpar
la Reforma de su suelo y abrazar la
Contrarreforma. Semejante paso la apartó de
avances extraordinariamente positivos que
afectaron a otras naciones y, por añadidura,
tuvo como consecuencia directa la aparición de
una izquierda concebida mentalmente no sólo como
una fuerza de oposición a la iglesia católica
sino también como su verdadero retrato en
negativo. Esa identidad de mentalidades no sólo
configuraría a la izquierda española de una
manera muy peculiar sino que, además, abriría
camino, por paradojas de la Historia, a un
triunfo tras otro del PSOE por razones más
psicológicas que ideológicas.
En 1975, falleció en la cama el general Franco
aunque su régimen había comenzado a entrar en
agonía cuando algo más de un quinquenio antes
designó como sucesor al entonces príncipe Juan
Carlos. Basta examinar la prensa de la época
para darse cuenta de que las fuerzas vivas se
aprestaron a cambiar de rumbo político ante el
final de un régimen, el del 18 de julio, que, en
contra de lo que siempre quiso Franco y así lo
expresó por activa y por pasiva, no iba a poder
perpetuarse. El fenómeno se agudizó
especialmente tras la muerte de Carrero Blanco,
hasta el punto de que los dos últimos años del
Régimen fueron testigos más de cómo se
reubicaban los políticos que de una labor de
gobierno coherente.
Entre las instituciones que se habían apresurado
a recolocarse ante el inevitable cambio de
régimen destacó la iglesia católica. A decir
verdad, como había sucedido en los fallidos
intentos de formación de un estado liberal
durante el s. XIX, la iglesia católica ya había
dejado claro que no tendría ningún reparo en
apoyar a las fuerzas centrífugas regionales
–especialmente vascas, terroristas incluidos, y
catalanas– si sus intereses así lo exigían. No
cabe duda de que se trataba de una excelente
baza de negociación. El concordato franquista no
resultaba ni lejanamente tolerable en cualquier
estado que mantuviera un mínimo de deseo de no
verse controlado por un poder externo –religioso
o no– pero al concordato sí lo podían sustituir
unos Acuerdos con la Santa Sede. Éstos tenían
que permitir salvar los numerosos muebles de un
concordato que había convertido a la iglesia
católica en un verdadero estado dentro del
estado y, por añadidura, dejar de manifiesto que
el distanciamiento con su mejor valedor de
siglos era total y absoluto. Una vez cumplidos
sus servicios era de esperar que el general
quedara enterrado y bien enterrado. Incluso se
afirmaría que una de las mayores beneficiarias
de su Régimen había combatido contra él
defendiendo las libertades de los pueblos vasco
y catalán y protegiendo a los sindicalistas que
en los últimos tiempos de la dictadura se
reunían en las parroquias. La Historia se
repetía una vez más.
El Concordato salvó los muebles, pero poco más,
religiosidad popular incluida, de la inmensa,
verdaderamente omnímoda, influencia social que
el catolicismo había tenido durante siglos.
Había –y hay que dar gracias a Dios por ello–
más católicos partidarios de la democracia que
en toda la Historia de España junta, pero la
iglesia católica, como siempre, iba a jugar la
carta de sus intereses por encima de los de
otros colectivos incluso los relacionados con
ella y los resultados no se hicieron esperar.
Los demócrata-cristianos de entonces, por
ejemplo, no se han repuesto todavía de la
sorpresa de verse abandonados por los obispos,
aunque no pocos encontraron consuelo sumándose a
las filas del PSOE. Y entonces sucedió algo que
nadie –no nos engañemos, nadie– podía haber
pensado. Se produjo una descatolización de las
costumbres de los españoles verdaderamente
espectacular y tuvo lugar sobre todo por ese
área que había llamado la atención de sacerdotes
y confesores de manera preeminente, la del sexo.
Que la señal mayor de cambio social fuera
bautizada como “destape” indica hasta qué punto
fue limitada en sus resultados la tutela
espiritual que el catolicismo ejerció en la
España de Franco y hasta qué punto, desaparecida
la oficialidad –apoyada en el código penal y en
los chismorreos de las vecinas– de su moral
religiosa, ésta perdió terreno a ojos vista.
Cualquiera que tenga más de cincuenta años sabe
que no exagero lo más mínimo y para verificarlo
bastará con que recuerde los comentarios al
respecto de las mujeres de la casa. De aquel
mundo de costumbres pudibundas –insisto,
especialmente en el terreno sexual– no ha
quedado prácticamente nada y la prueba está en
cómo los católicos que en los años sesenta
defendían hasta las posturas más extremas de la
moral sexual vaticana con verdadero denuedo –y
además creo que con convicción– ahora se sienten
profundamente incómodos cuando surge el tema.
Sin entrar en juicios morales de ningún tipo,
por aquel entonces el peso social basculaba en
su dirección y ahora, incluso entre no pocos
católicos practicantes, sucede todo lo
contrario. Basta ver cómo algunas de las voces
profesionalmente católicas de la España actual
se han lanzado a pedir anulaciones canónicas de
sus matrimonios –algo impensable en la época de
Franco– y lo fácil que resultan aquellas de
obtener para saber que no exagero lo más mínimo.
Entendámonos. No es que la gente deseara
definirse de otra manera que como católica –la
moda de autodenominarse “agnóstico” tardaría
algunos años en extenderse con éxito– sino
simplemente que había decidido, más por
intuición que por proyecto, hacer mangas y
capirotes con la moral que los sacerdotes les
habían enseñado hasta ahora. Insisto en ello.
En el terreno sexual, con las excepciones
puntuales que se quieran señalar, no tengo la
sensación de que se haya recuperado una pulgada
del espacio perdido ni siquiera entre no pocos
de los católicos practicantes. Todo esto –que
puede ser considerado de importancia menor– para
muchos resultó esencial. Los millones de
españoles que eran católicos en menor o mayor
medida se sintieron libres del pastoreo
episcopal y, siguieran llevando o no a los niños
a clase de religión, decidieron votar por
criterios que, en no escasa medida, respondían a
la moral que durante siglos habían recibido
aunque, esta vez, de acuerdo con su real saber y
entender desvinculado de las declaraciones de
los obispos que, desde luego, no se lucieron en
su labor pastoral a juzgar por la conducta
despendolada de millones de sus ovejas. En otras
palabras, millones de españoles – católicos
practicantes incluidos– dieron escasa
importancia, por regla general, a temas como el
divorcio o el aborto –nada baladíes desde una
perspectiva católica, dicho sea de paso– y mucha
más a otros que, procedentes del catolicismo,
habían venido formando su mentalidad desde el
siglo XVI.
Semejante conducta tuvo también una repercusión
política directa. Vean si no:
¿Qué partido era el Partido mientras que los
otros carecían de legitimidad?
¿Qué partido –perdón, Partido– expresaba la
verdad dogmáticamente sin dejar que los herejes
dijeran palabra?
¿Qué partido insistía en que el trabajo tenía
algo de opresivo que debía ser mitigado e
incluso evitado por las leyes?
¿Qué partido arremetía por sistema contra los
empresarios considerándolos por definición
explotadores?
¿Qué partido mostraba auténtico desagrado ante
todo lo que oliera a banca o instituciones
crediticias?
¿Qué partido insistía en que los derechos de
unos –los propios– eran más importantes que los
de toda la sociedad y debían prevalecer?
¿Qué partido manifestaba un notable
antiamericanismo –¡Ah, los Estados Unidos,
nación de protestantes y empresarios– encarnado,
por ejemplo, en un “OTAN de entrada NO”?
¿Qué partido evitaba tener en sus filas curas
obreros –¡cuarenta años soportando su férula con
Franco, ahora sólo faltaba tener que aguantarlos
en democracia enseñando sobre Marx!– pero, a la
vez, orillaba la cuestión religiosa y contaba
con el respaldo de organizaciones católicas?
¿Qué partido evitaba la separación de poderes o
la supremacía de la ley porque hay causas que
están por encima de esos principios?
¿Qué partido se presentaba con un mensaje
social, pero desprovisto de las acusaciones de
ateísmo y, por lo tanto, desprovisto del estigma
del PCE?
¿Qué partido suprimía totalmente la discusión
interna porque apelaba a una Historia contada en
términos rosados que, presuntamente, demostraban
que nunca se equivoca, se ha equivocado o se
equivocará, es decir, que es infalible?
¿Qué partido prometía que Papá Estado cumpliría
con unas metas asistencialistas que hasta
entonces sólo de manera muy limitada e
imperfecta había cumplido la Santa Madre
Iglesia?
Sí, han acertado ustedes. Era el partido que
dirigía un joven abogado sevillano criado a los
pechos de la democracia cristiana y que había
estudiado en una universidad católica extranjera
gracias a una beca. ¿Puede sorprender que su
nombre en la clandestinidad fuera el del santo
más famoso de la villa hispalense, o sea,
Isidoro? Pues bien, ese partido iba a alzarse
con el santo y la limosna y era lógico que así
sucediera. Se mire como se mire, ese partido
traducía a términos políticos como nadie una
mentalidad modelada durante casi medio milenio
por la iglesia católica y bien diferente de la
vinculada, por ejemplo, a los principios
bíblicos defendidos por la Reforma del siglo XVI.
Se podía objetar que el PSOE era demasiado
abierto en temas como el aborto o el divorcio,
pero ¿acaso la UCD o AP no fallaban más cuando
se les comparaba esa mentalidad de siglos, por
ejemplo, siendo cicateros en la formulación de
un Estado que se ocupara del ciudadano desde el
nacimiento hasta la tumba e incluso antes y
después? Puesto a votar, el españolito de a pie,
criado en la mentalidad católica, pero no
especialmente dispuesto a que le controlaran los
sacerdotes la bragueta, aunque sí queriendo ser
bueno, tenía una opción evidente que era el
PSOE.
Por añadidura, llegado al poder, el PSOE –hasta
ZP– se esforzó además por llevarse lo mejor
posible con la iglesia católica. No tuvo que
legislar sobre el divorcio porque semejante
embolado ya lo había toreado la UCD; realizó
encuestas continuas para llegar en el tema del
aborto hasta unos límites que, por mucho que
indignaran a los obispos, no sublevaran a la
aplastante mayoría de católicos que lo votaban,
y mantuvo una serie de instituciones desde las
subvenciones a los colegios a las ayudas para
lugares de culto o la creación de una casilla en
el IRPF para subvencionar a la iglesia católica
que mellaron cualquier acción episcopal contra
él en caso de que a algún obispo se le hubiera
pasado por el báculo llevarla a cabo.
Si queremos ser ecuánimes, es dudoso que la
propia derecha hubiera podido hacer más en favor
de la iglesia católica y eso explica que todavía
en la época de ZP –¡de ZP!– el autor de estas
líneas haya tenido ocasión de contemplar los
encendidos elogios que obispos y cardenales
dirigían a políticos del PSOE cuyo mérito
fundamental era pagar la restauración de lugares
de culto, aunque el resto de los españoles
sigamos queriendo saber qué más hicieron con el
dinero de nuestros impuestos durante años. De
manera bien significativa, recuerdo los
comentarios acentuadamente elogiosos de dos
cardenales sobre políticos socialistas cuya vida
sexual no era precisamente un modelo de moral
católica. Es decir, que los purpurados estaban
aplicando el criterio de millones de sus ovejas:
hay unas partes de la moral católica más
importantes que otras y entre ellas se encuentra
el asistencialismo en beneficio propio.
Si el primer mandato de ZP dejó de manifiesto la
confrontación en puntos concretos de su política
–confrontación desarrollada sobre todo desde la
COPE que no tanto desde la Conferencia
episcopal– el segundo fue de pacto con el
gobierno socialista. Si Enrique IV llegó a la
conclusión de que París bien valía una misa,
algunos prelados también debieron de pensar que
la Jornada mundial de la Juventud valía unos
silencios y claudicaciones como la referente a
la asignatura de Educación para la Ciudadanía.
¡Cuántos padres objetores fueron dejados en la
cuneta por los obispos, una vez que éstos
optaron por pactar! Pero, como siempre, los
intereses de la institución no tenían por qué
coincidir con los de sus fieles. Una vez más,
la Historia se repetía.
Y eso por referirnos a la época de mayor
confrontación porque, en los años de Felipe
González, las muestras de afecto entre la
iglesia católica y el PSOE fueron innumerables
–¿podía ser de otra manera cuando había
políticos de primera fila como José Bono o Paco
Vázquez que manifestaban su acendrado
catolicismo?– y el maridaje episcopal –en
algunos casos, bochornoso cesaropapismo– con los
nacionalistas vascos y catalanes prosigue hasta
el día de hoy.
Sé que muchos me dirán que Bono es un hipócrita,
que Setién era un villano excepcional, que los
obispos siempre han enseñado cuál es la
enseñanza moral de la iglesia, que su ausencia
en las manifestaciones pro-vida puede entenderse
porque un obispo no puede entrar en esas
cuestiones y otros argumentos semejantes. No
digo yo que no sea así, pero
Yo, sin embargo, recuerdo cómo un obispo gallego
de la época de la Transición emitió una pastoral
contra la presencia de Susana Estrada en un
programa de debate en TVE mientras sus
compañeros vascos se callaban ante los
sacerdotes que obligaban a las víctimas del
terrorismo a sacar a sus familiares muertos por
la puerta de atrás de las parroquias.
Yo, sin embargo, recuerdo cómo voces episcopales
arremetieron contra la serie Farmacia de
guardiaporque los protagonistas eran dos
divorciados que se llevaban bien mientras
dejaban hacer a Setién en sus desprecios e
insultos contra las familias ensangrentadas por
los crímenes de ETA.
Yo, sin embargo, recuerdo a monseñor Sistach
jactándose de haber colaborado a echar a
periodistas independientes de la COPE mientras
su diócesis tiene representantes en clínicas
abortistas o alguno de sus sacerdotes
nacionalistas se ha jactado en público de haber
pagado abortos.
Yo, sin embargo, recuerdo otras muchas cosas que
podrían ilustrar la tesis principal aún más si
cabe, pero que nos desviarían del tema.
Al final, el español de a pie, en millones de
casos, sin darse cuenta de ello, ha asumido que
la izquierda española –y en especial el PSOE–
no es sino un retrato político y en negativo (o
en positivo, que de todo hay) de la iglesia
católica.
No ha censurado sus inconsistencias éticas como
tampoco lo ha hecho con las de ciertos obispos y
cardenales.
No se ha distanciado de ese partido porque haya
cambiado el discurso de la misma manera que no
lo ha hecho con una jerarquía que pasó de
franquista a demócrata en cuanto que supo que
Franco tenía sucesor y que al régimen le
quedaban dos telediarios.
No termina de condenarlo porque siempre le ve
cosas buenas de la misma manera que muchos
católicos creen que pueden justificar el
silencio de un obispo ante un sacerdote
paidófilo apelando a los comedores de Cáritas.
Aplaudamos lo segundo, pero no pretendamos
ocultar o compensar con ello lo primero.
No ve mal sus acciones porque lo importante no
es el vivir de acuerdo con unos principios sino
en la comunión con la iglesia única y, por
supuesto, verdadera e infalible.
No le retira su voto –salvo en situaciones de
pobreza, pero también lleva sin respetar el
descanso dominical siglos– porque su mensaje
contrario, entre otras cosas, a la ética del
trabajo, a la supremacía de la ley por encima de
todos, a la división de poderes, al espíritu de
empresa capitalista o a la consideración de la
mentira o el hurto como más que pecados veniales
encuentra resonancias de siglos y siglos en las
mentes de millones de españoles.
Frente a esas estructuras mentales, para esos
mismos españoles la prohibición del preservativo
o incluso la permisividad ante el aborto son, en
el fondo, pecadillos. En la última entrevista
que realicé al cardenal Rouco cuando aún
dirigía La Linterna en COPE le pregunté cómo era
posible que hubiera millones de católicos que
pudieran dar su voto a un partido que defendía
el aborto o el matrimonio de homosexuales. Con
una notable sabiduría –y sinceridad– el cardenal
me respondió que esos católicos escogían, dentro
de la moral católica, los partidos que, a su
juicio, eran más cercanos a la misma. Decía la
verdad. Para millones de españoles católicos,
es un pecado mucho mayor no defender un estado
asistencialista, copia de la Santa Madre
Iglesia, que ampliar los supuestos del aborto. A
las pruebas electorales me remito.
Hasta aquí he intentado, con todos los matices y
correcciones que se deseen apuntar, explicar por
qué hemos llegado hasta aquí en nuestras
diferencias, diferencias que compartimos, por
otra parte, con todas esas naciones en las que
la Contrarreforma se impuso sobre la Reforma. La
cuestión que, obligatoriamente, hay que plantear
ahora es la de si existe salida o, como hasta la
fecha, sólo nos cabe esperar seguir dando
vueltas a una noria que, históricamente, ha
resultado fatal y aciaga.
08/01/2012
La izquierda española: un retrato en negativo de
la iglesia católica (II): izquierdas e
izquierdas
Los paralelos son escandalosamente obvios. Hasta en la configuración de la izquierda, el hecho de que España quedara fuera de las naciones donde triunfó la Reforma ha sido decisivo.
En las anteriores entregas hemos visto cómo, a inicios del siglo XVI, España pasó a formar parte de un grupo de naciones diferentes – Portugal, Italia, las repúblicas hispanoamericanas... – al extirpar la Reforma de su suelo y abrazar la Contrarreforma. Semejante paso la apartó de avances extraordinariamente positivos que afectaron a otras naciones y, por añadidura, tuvo como consecuencia directa la aparición de una izquierda concebida mentalmente como un retrato en negativo de la misma iglesia católica. La identidad de puntos de vista resulta innegable.
Señalaba yo en mi última entrega cómo la izquierda española se constituyó desde su fundación como un retrato en negativo de la iglesia católica, imbuida por el deseo de "ser califa en lugar del califa". Semejante circunstancia tuvo como consecuencia que pudiera diferir en cuanto a puntos dogmáticos concretos, pero en lo que a objetivos de control social y mentalidad se refiere, las coincidencias son notabilísimas. Permítasenos en esta entrega señalar cómo esas coincidencias parecen ser mucho más que casualidades.
Por ejemplo, ¿por qué la izquierda española coincide con la iglesia católica en su visión del trabajo como de una maldición divina que hay que rehuir? No es por ser de izquierdas ciertamente ya que, en teoría, el trabajo es para el marxismo el medio privilegiado que separa al simio del hombre. Los primeros textos socialistas si acaso abundan en algo no es en el deseo de escapar de una maldición llamada trabajo sino en demostrar su relevancia. La excepción se halla en España –u otras naciones semejantes en que la Reforma fue extirpada– donde el trabajo es visto como un castigo hasta el día de hoy.
Por ejemplo, ¿por qué la izquierda española se empeña en utilizar una demagogia antibancaria como si el sistema crediticio fuera el colmo del pecado? No, ciertamente, por ser de izquierdas, ya que una conducta radicalmente distinta se percibe en otras izquierdas del norte de Europa. En la española, sin embargo, esa conducta no deja de estar impregnada de una enorme hipocresía. Se clama contra el capital y los banqueros y se crean sicavs para evitar que los más ricos paguen impuestos. Y ya que hablamos de sicavs, seguramente a muchos les parecerá una vergüenza que, por ejemplo, tenga una Pedro Almodóvar. Bien, lo comprendo. Según datos que me pasó Pablo Molina hace ya unos meses, la Conferencia episcopal en España posee varias sicavs. Y aquí – mucho lo temo– entrará en acción el claro tuertismo de los españoles. A los que les parezca fatal lo de Almodóvar, le resultará justificable lo de la iglesia católica... y viceversa.
Por ejemplo, ¿por qué la izquierda española se encabezona en mantener un sistema educativo desastroso? No, ciertamente, por ser de izquierdas, ya que el laborista Tony Blair supo mantener las reformas educativas de Margaret Thatcher mientras que en Escandinavia han sido en no escasa medida los socialdemócratas los que han procedido a desmontar un sistema educativo que no funcionaba. Por ejemplo, ¿por qué la izquierda española –y no sólo la izquierda– considera pecados veniales la mentira o el robo salvo que sean otros los que perpetran? No, necesariamente por ser de izquierdas. Británicos, suecos, daneses, holandeses o alemanes de izquierdas saben lo que es dimitir en esos casos.
Por ejemplo, ¿por qué la izquierda española – y no sólo la izquierda – siente tanta alergia frente a la división de poderes y a la supremacía de la ley? Una vez más, no necesariamente por ser de izquierdas. A decir verdad, esos mecanismos son indiscutibles en otras naciones europeas – sí, aquellas en las que triunfó la Reforma, qué casualidad – incluso cuando gobiernan los socialdemócratas o los socialistas. En todos y cada uno de los ejemplos citados –y son de notable gravedad– la desgracia no deriva necesariamente de ser de izquierdas y los ejemplos de otras naciones así lo dejan de manifiesto, sino más bien de una mentalidad que se ha ido forjando paso a paso desde la Contrarreforma.
Permítaseme añadir otros tres ejemplos bien significativos. ¿Por qué es la izquierda española históricamente tan antisemita? Pues tampoco por ser de izquierdas necesariamente. Los judíos –comenzando por Marx– no pocas veces han tenido una presencia importante en la izquierda y hay izquierdas que reconocieron al estado de Israel cuando la nada izquierdista y sí muy católica España de Franco se empecinaba en no hacerlo. De manera bien significativa, incluso existe un sector no pequeño de la derecha latina que se empeña en mantener un discurso antisemita aunque, ciertamente, en España vaya resultando gracias a Dios cada día más residual. Al respecto, incluso hay que señalar que el propio PSOE, uno de cuyos gobiernos estableció relaciones con Israel, vivió tiempos mejores de cara a esta democracia. Lamentablemente, en los últimos años se ha permitido en regiones como Castilla-La Mancha o Extremadura celebrar de manera oficial fiestas centradas en la acusación de "crimen ritual" cometido por los judíos en la Edad Media. ¡En pleno siglo XXI obispos y políticos manteniendo que hubo judíos en España que asesinaban a criaturas para burlarse de Cristo y que incluso recogían su sangre para confeccionar hostias! Para vomitar. Ciertamente, el Concilio Vaticano II cambió para bien muchas conductas católicas relacionadas con el antisemitismo, pero en casos así se percibe claramente que en unos años no se puede disipar toda la miseria moral de siglos.
Otra coincidencia. ¿Por qué es la izquierda española tan antiamericana? Pues no necesariamente por ser de izquierdas y la prueba se halla en que el antiamericanismo se produce también entre los votantes de derechas y en que en no pocos partidos de izquierda europeos no existe. Como en el caso del antisemitismo, la iglesia católica sólo ha comenzado a cambiar muy recientemente en su visión de los Estados Unidos; en parte, porque es obvio que es la primera potencia mundial; en parte, porque su política de separación de iglesia y estado también la ha beneficiado y, en parte, porque la iglesia católica es una importantísima minoría en Estados Unidos. Es cierto que el católico norteamericano no suele ser como el español y que, a inicios de los años sesenta del siglo pasado, JFK dejaba de manifiesto de manera innegable que ni un solo céntimo público debía ir a parar a escuelas de carácter confesional mientras que en España seguimos subvencionándolas con resultados ciertamente mejorables.
Y última pregunta: ¿por qué la izquierda española nunca reconoce sus errores? Ciertamente, no por ser de izquierdas. A decir verdad, la izquierda de otras naciones europeas no ha dejado de redefinirse –Tony Blair es un ejemplo claro– e incluso en la actualidad de sus filas están saliendo algunos de los mayores críticos de su posibilidad de pervivencia futura. Nada de eso es posible en la izquierda española porque está cortada sobre el patrón de una iglesia que, en teoría, no se ha equivocado nunca, no se equivoca y no se equivocará. Se trata de la iglesia a la que siempre ha querido sustituir como una iglesia verdadera.
Los paralelos son escandalosamente obvios. Hasta en la configuración de la izquierda, el hecho de que España quedara fuera de las naciones donde triunfó la Reforma ha sido decisivo. En la próxima entrega, intentaré mostrar cómo ese aspecto ha sido además decisivo –quizá más que ningún otro– en el triunfo electoral del PSOE durante décadas.
Continuará...
01/01/2012
La
izquierda española: un retrato en negativo de la
iglesia católica
El complejo de hiperlegitimidad ha ocasionado históricamente en la izquierda que lo copió directamente de la iglesia católica un mundo de inquisiciones, herejes e infiernos.
En las anteriores entregas hemos visto cómo, a inicios del siglo XVI, España pasó a formar parte de un grupo de naciones diferentes –Portugal, Italia, las repúblicas hispanoamericanas...– al extirpar la Reforma de su suelo y abrazar la Contrarreforma. Semejante paso la apartó de unanueva ética del trabajo, de una visión novedosa del crédito y de los negocios, de una alfabetización amplia como en las naciones reformadas, de la revolución científica, de laprimacía de la ley, de una moral que calificaba de grave la mentira y el hurto, de la separación de poderes y de unavisión constitucional realmente democrática como fue el caso de la anglosajona, en general, y la norteamericana, en particular. Por añadidura, colocó tanto a España como a las naciones de Hispanoamérica en una tesitura extraordinariamente difícil como fue la de elegir una perpetua minoría de edad sometidas al control de la iglesia católica no sólo en términos religiosos sino también políticos o al no menos férreo de la masonería. Esta situación, ya de por si poco feliz, terminó de agravarse con el surgimiento de una izquierda que no fue desde sus principios sino un retrato en negativo de la estructura mental católica.
Afirmar que la izquierda española no es sino un retrato en negativo de la estructura mental de la iglesia católica puede resultar ofensivo para muchos. En defensa de sus sentimientos heridos, pueden señalar que la iglesia católica es, por ejemplo, enemiga del aborto mientras que la izquierda española, especialmente con ZP, se ha convertido en agresivamente abortista. También podrían alegar que la iglesia católica es profundamente religiosa, mientras que la izquierda parece complacerse en una visión furibundamente laicista. Ambos ejemplos son ciertos, pero no tienen nada que ver con lo que yo sostengo en esta entrega y tengo intención de desarrollar en las siguientes. Las posiciones sobre cuestiones concretas pueden ser –de hecho, son– diferentes, pero la estructura mental de ambas instancias resulta muy similar y, como veremos en próximos capítulos, eso explica su coincidencia de criterios en cuestiones fundamentales y –paradojas de la Historia– el peso de la izquierda en la Historia reciente de España.
De entrada, tanto la iglesia católica como la izquierda española comparten un serio complejo de hiperlegitimidad. Si la primera es la única Iglesia, la segunda es la única Política. En España, por ejemplo, la expresión "la Iglesia", a diferencia de lo que sucede en el mundo civilizado, siempre se refiere a la iglesia católica y nunca va adjetivada. Las otras entidades –sean ortodoxos, reformados o bautistas– no son iglesias y no merecen tal calificativo por definición. Suerte tienen si no los califican de sectas. Exactamente lo mismo piensa la izquierda de los demás partidos. Carecen de legitimidad alguna y, por supuesto, muchos recordamos la época en que cuando se preguntaba si se pertenecía "al Partido" la expresión iba referida al único partido verdadero, el PCE, por supuesto, al que, con el paso del tiempo, sustituiría el PSOE. Partiendo de esa auto-otorgada hiperlegitimidad, el resto de entidades similares –no se atreve uno ni a escribir la palabra "semejante" no sea que haya quien se ofenda– pueden ser toleradas e incluso reconocidas como parte de la realidad española, pero carecen de una legitimidad parecida. Se las soporta porque, en el fondo, no queda más remedio, pero tal intolerable resulta pensar en un funeral de estado que no sea católico –aunque los muertos no lo sean– como en un gobierno de coalición PP-PSOE.
Precisamente por esa visión, jamás se puede pensar en cambiar de "lealtad". Un votante convencido de izquierdas no cambiará su voto –por muy mal que pueda hacerlo el PSOE o IU– de la misma manera que un católico devoto de la Macarena difícilmente va a convertirse en reformado –podría decir que salvo una acción especial de la gracia, pero, seguramente, algunas personas se sentirían irrazonablemente ofendidas por ese comentario– por muchos escándalos que pueda haber contemplado en las más diversas áreas. En ambas situaciones, tanto el devoto de la Macarena como el votante del PSOE pertenecen a la "única iglesia verdadera" y ese dogma no puede ser alterado por la pésima actuación propia o por la óptima actuación del contrario. La primera se negará hasta el punto de afirmar que "todos son iguales" – ah, pero ¿no partíamos de una marcada diferencia? – y la segunda, recurriendo a los argumentos más absurdos e incluso ridículos. En uno y otro caso, la razón queda orillada por la fe religiosa y el dogma resulta lo suficientemente poderoso como para desafiar la realidad más tangible. Ocasionalmente, el votante de izquierda puede abstenerse y cambiar de voto, pero es como cuando el católico decide no ir a misa enfadado con el párroco o suelta un exabrupto de carácter poco piadoso. Si bien se mira, se trata de conductas que confirman donde están sus creencias más íntimas.
El complejo de hiperlegitimidad ha ocasionado históricamente en la izquierda que lo copió directamente de la iglesia católica un mundo de inquisiciones, herejes e infiernos. Referirnos a ellos sería demasiado largo, pero poco puede discutirse que así ha sido – y es – como también resulta fútil negar que muchas veces las luchas entre sectores y facciones tanto en un caso como en otro apenas eran otra cosa que la lucha por el poder. He tenido ocasión de contemplar unas y otras y puedo dar fe de lo que digo. La supuesta discusión ideológica o teológica tan sólo encierra el combate encarnizado por determinadas zonas de poder. También ha ocasionado una figura tan específica de nuestra cultura como es el converso. Igual que el judío acosado por personajes como Vicente Ferrer podía recibir el agua del bautismo a cambio de conservar la vida, no pocos camisas azules de ayer han alzado durante las últimas décadas el puño y la rosa. Lo que hubiera en el fondo de cada corazón sólo Dios lo sabe, pero cuando una cultura quiere imponerse como la única legítima, ¿puede extrañar que existan los conversos poco o nada convencidos y que Unamuno dijera aquello de "los conversos, a la cola"?
Por añadidura, tanto la iglesia católica como la izquierda española han demostrado siempre un deseo irresistible por controlar la vida de los demás convirtiendo sus posiciones morales, totalmente respetables por otra parte, en norma aplicable a todos los ciudadanos. Una de las primeras –y muchísimas– concesiones arrancadas por los obispos a Franco fue la de que las fiestas católicas tuvieran carácter nacional. El guirigay festivo de efectos no precisamente positivos para nuestra economía que derivó de esa concesión fue notable, como también lo fue que el derecho de familia estuviera totalmente sometido a la iglesia católica. Se trataba de un horror no inferior al de someter ese mismo derecho de familia décadas después a la visión ideológica del zapaterismo. En uno y otro caso, la sociedad tenía que tragar con una visión concreta –le gustara o no, la representara más o la representara menos– simplemente porque existía una instancia ideológica que, rezumante de hiperlegitimidad, así lo sostenía. Pero es que no concluyen ahí los paralelos. La izquierda española, como la iglesia católica, ha mostrado siempre un ansia asfixiante por controlar la vida de los ciudadanos desde antes de su nacimiento a después de muertos. Prohibiendo el preservativo o repartiéndolo, alargando la vida cuando ya no se puede mantener o acortándola por si acaso duele, ambas instancias llevan mucho tiempo empeñadas no en anunciar su mensaje –lo que sería totalmente legítimo y digno de aplauso– sino en convertirlo en la horma social de la nación con resultados no precisamente felices.
Como no podía ser menos, tanto la iglesia católica como la izquierda han manifestado siempre un especial interés en controlar la educación nacional y, a la vez, en mantener la antorcha educativa en manos de sus propias élites. Algunos estudios recientes han mostrado de manera estadística que la contribución de las distintas confesiones protestantes a la educación en España durante el final del siglo XIX y los inicios del XX fue verdaderamente espectacular. Cuestión aparte es que el fenómeno sea otro de tantos desconocidos por la mayoría de la población española. Estas confesiones creían en la educación pública, pero se apresuraron a suplirla en la medida en que no existía con la pujanza de otras naciones. La izquierda ha intentado controlar la educación pública como elemento adoctrinador y, a la vez, ha llevado a los hijos a la privada como garantía de preservación del poder en sus manos. Seguía así el modelo católico que pretendía dictar los contenidos de la educación pública en España –los decretos de los sucesivos gobiernos de Franco incluso en plena guerra civil son claramente reveladores– pero, al mismo tiempo, mantenía en sus manos la formación de élites. Basta ver a qué colegios han ido Rubalcaba y los Solana, Gallardón o ZP para percatarse de que no exagero un punto. Cuestión aparte es que luego los educandos hayan salido díscolos como, sin duda, saldrán muchos de los que ahora cursan educación para la ciudadanía.
Naturalmente, con esas coincidencias de mentalidad, ¿puede a alguien sorprender que los sacerdotes que se han dedicado a la política rara vez hayan discurrido por las zonas liberales de la misma? Hemos disfrutado curas de extrema derecha y del PCE, de la Comunión Tradicionalista y del PTE, de la ORT y de CiU, del PNV y de ETA, de CCOO e incluso del PSOE, pero –me corregirán, sin duda, los lectores– no me viene a la cabeza uno solo que anduviera por un sendero político en el que la duda fuera permisible, en el que el dogma no lo invadiera todo y en el que la libertad fuera el primer valor. Por el contrario, su estructura mental los ha llevado siempre hacia el dogma que significa el pensamiento –es un decir– nacionalista o de izquierdas. Personalmente, no creo que se trate de nada casual y es que la izquierda española nació no como un movimiento de libertad, sino de supuesta justicia en oposición al control social e ideológico que significaba la iglesia católica. De ahí que José Antonio Primo de Rivera en el mismo discurso en que cargaba contra el liberalismo –demostrando de paso que no tenía ni idea de lo que hablaba– se apresurara a reconocer la justicia del nacimiento del socialismo y, acto seguido, desautorizara su carácter no católico. Lo cierto es que esa oposición de la izquierda a la iglesia católica, lamentablemente, no ha sido a lo largo de la Historia ni tolerante, ni democrática ni adogmática. Todo lo contrario. Ha buscado siempre ser "califa en lugar del califa" o, si se prefiere, "ser la Iglesia en lugar de la Iglesia". Las consecuencias –distintas, ya lo adelanto, de las surgidas en las izquierdas de otras naciones– han resultado aciagas para la Historia de España.
28/10/2011 El camino del AnticristoEstá el mundo de la economía que no gana para sobresaltos. La Comisión de Justicia y Paz de la Santa Sede ha presentado un documento sobre política económica. Doy tanta credibilidad a un texto económico redactado por clérigos o teólogos como a las opiniones de un frutero sobre física cuántica o a las de los titiricejas sobre política general. En su ocupación pueden ser notables, incluso brillantes, pero fuera de ella parecen atraídos por la posibilidad de acumular necedades desobedeciendo de un modo lastimoso ese juicioso refrán que aconseja al zapatero dedicarse a sus zapatos.
En este caso concreto, no veía tantos disparates juntos desde que se pusieron por escrito las reivindicaciones del 15-M. Ya me parece inquietante que se analicen cuestiones técnicas a partir de la Populorum Progressio, pero es que para los cardenales la crisis obedece no al gasto desaforado de las políticas socialistas o al exceso de intervención estatal sino a los "planteamientos neo-liberales" y a la "idolatría de los mercados". Por si fuera poco, afirman que la economía es algo que no puede dejarse a los especialistas, lo que me hace pensar que cuando el Papa necesita un médico no llaman a un facultativo sino a una monja para que recite jaculatorias.
No resulta extraño que el documento recomiende luego una tasa en las transacciones internacionales, el fortalecimiento de ese fondo de reptiles dictatoriales que es las Naciones Unidas y la creación de una Banca Mundial. De seguir las recomendaciones vaticanas, ahondaríamos la crisis mundial hasta convertirla en un caos planetario. No sé muy bien a qué atribuir semejante amasijo de dislates. Quizá los cardenales sueñan con un colapso semejante al de la Edad Oscura con la esperanza de que entonces la única autoridad sea el obispo del lugar. A lo mejor tan sólo son ignorantes bienintencionados que repiten las mismas tontadas que cualquier pijo indignado de Madrid o Nueva York. Pero tras releer el texto varias veces, no puedo evitar formular la pregunta: ¿están intentando sus autores abrir camino al Anticristo?
21/10/2011
Como era de esperar, Qadafi ha caído. Sigue sin estar claro si la muerte, que recuerda la manera en que fueron fusilados Mussolini y la Petacchi, se debe a una acción de las que denominan populares o al deseo de los aliados de que no pueda contar lo bien que lo pasó con gente como Zapatero, Gallardón -que le regaló la llave de Madrid- o Sarkozy.
Salvo para los historiadores, casi da lo mismo, porque ya ha comparecido ante el Altísimo. Vale. Punto y final de un dictador repugnante, que entregó dinero a manos llenas a terroristas palestinos, irlandeses y vascos; ideó una majadería conocida como El libro verde, y se permitió incluso financiar esperpentos como el independentismo andaluz o canario. No podemos sino celebrarlo.
Pero, ¿y ahora qué? Porque lo que va a venir en Libia, si nos atenemos a lo que significan los procesos de democratización en las naciones islámicas es, previsiblemente, un avance de los islamistas más rabiosamente anti-occidentales. Llegarán al poder por las urnas, pero eso no evitará que las palizas conyugales sean lícitas o que el testimonio judicial de una mujer valga la mitad que el de un hombre.
¿Ahora qué? Porque es para preguntarse si después de esta cruzada, urdida a medias entre Bernard Henri-Lévy y Carla Bruni, Libia conservará su integridad territorial o se convertirá en un nuevo y sustancioso pedazo del sistema neocolonial francés.
¿Ahora qué? Porque Qadafi, repugnante dictador -aunque no más que Mohamed VI, primo excelso de nuestro rey o que Saddam Hussein, a quien defendían nuestros progres- nos vendía el petróleo a un precio que no podemos soñar en encontrar en otra parte del globo.
¿Ahora qué? Porque, como siempre que hemos ido de palanganeros de los galos, nos ha costado la torta, un pan sin beneficio propio alguno. Sí, estamos muy contentos, nos alegramos de que las tropas que enviamos regresen, de que ha concluido una guerra, pero tenemos que preguntarnos: "¿Y ahora qué, señorita Trini?".
14/10/2011
Para muchos españoles el estado de Texas no deja de ser una referencia lejana. Alguno diría que algo tiene que ver con las películas de John Wayne, con las vacas azuzadas a través de inmensas praderas, con tiroteos espectaculares y, como mucho, con El Álamo que, por cierto, era una misión española.
En otras palabras, Texas podría casi resumirse en imágenes borrosas de cowboys y sombreros de ala ancha. No quiero herir susceptibilidades, pero Texas es algo muy distinto de esa suma de tópicos.
De entrada, a los cowboys se les suele denominar con el nombre español de buckeroos -léase vaqueros- y de salida, en ese estado, por dar un dato significativo, se ha creado el 40 por ciento de los nuevos empleos de los Estados Unidos. El 40 por ciento , sí. No se trata de un error de imprenta. Mientras la deuda nacional aumenta a impulso de los dislates económicos de Obama, en Texas, el estado de la estrella solitaria, se han creado cuatro de cada diez nuevos puestos de trabajo de la Unión.
Buena parte de ese éxito se debe a Rick Perry, el gobernador, un republicano extraordinariamente afecto al Tea Party. La fórmula económica que aplica es de una claridad absoluta y podría resumirse en tres mandamientos.
El primero, mantener los impuestos bajos. Cuando la fiscalidad no es alta, la gente consume más y, sobre todo, invierte más. Que aparezcan los nuevos empleos es cuestión de tiempo.
El segundo es mantener a los sindicatos lo más lejos posible de las empresas. Pues no han creado jamás un solo puesto de trabajo que genere riqueza -pesebres para provecho propio, muchísimos- y se caracterizan por entorpecer tan loable tarea. Someterse a ellos significa condenar al desempleo a un número incalculable de trabajadores.
El tercero es escuchar a los empresarios, quienes crean riqueza y puestos de trabajo. Nunca está de más saber qué piensan y qué necesitan para prosperar. La receta de Perry difícilmente puede ser más sencilla. O más acertada. O más lejana de lo que llevamos haciendo en España desde hace más de tres décadas. Así nos luce el pelo.
07/10/2011
Reconozco que lo de José Blanco me ha dejado pazmao, que decía Alfonso Guerra. Según ha declarado ante la justicia un conocido empresario farmacéutico, Blanco aceptaba sobornos para mediar ante ministerios distintos del que ahora rige.
El método, dinero entregado en mano y facturas hinchadas. El pacto para semejante enjuague habría sido un ambiente sacado de la peor película de gangsters. Juzguen ustedes.
El lugar de encuentro habría sido una gasolinera gallega, con los guardaespaldas cerca, dentro del coche y recurriendo a frases hechas como "Si tú te portas bien conmigo, yo me portaré bien contigo".
Tras ponerse de acuerdo, Blanco y el pagador incluso se habrían ido a embaularse un cocido con un grupo de empresarios. Sólo faltaba que el ministro de Fomento hubiera empleado el dialecto siciliano o pronunciado la frase lapidaria en un tono de voz especialmente bajo y parecería una escena de El Padrino IV: Conexión gallega.
Sencillamente, a mi me cuesta mucho creerme esta historia. No lo digo porque me haya parecido alguna vez verosímil la piedad del señor Blanco. En los anales ha quedado cómo se empeñó en hacerse la foto al lado del Papa. Pero yo de un católico que vota a favor de la ampliación del aborto desconfío y, por añadidura, acuerdos con la Santa Sede los han suscrito personajes tan poco recomendables como Hitler o Mussolini y puedo dar fe de haber visto a Franco bajo palio y a Pinochet comulgando. No. El factor católico no me aporta nada a la hora de aceptar la inocencia de Blanco.
En esa dirección me empuja más bien el hecho de que, puesto a robar el dinero de los contribuyentes y a aceptar cohechos, no ha podido ser tan rematadamente tonto. Medios existen para que no se pueda seguir el rastro del dinero, para que no queden pruebas de contacto alguno entre el que da y el que recibe, para que el soborno llegue a cuentas opacas en lugares fiscalmente privilegiados.
Blanco puede no haber acabado primero de Derecho, pero, sinceramente, no puede ser tan memo, tan sonso, tan gilí. Sobre todo, cuando se tiene en cuenta la experiencia del PSOE a la hora de trincar?
30/09/2011 ¿Quién será el próximo?
Lo de Cataluña se está convirtiendo en una pesadilla. Hace apenas un mes, se informaba a los ciudadanos de que no podían contar con determinados servicios -urgencias incluidas- en quirófanos y ambulatorios. Luego vinieron las medicinas.
A los presidentes de los colegios de farmacéuticos se les hizo saber que voluntad de pagarles había, pero que podía ser lo mismo ad calendas graecas que para las Bodas del Cordero.
Con apenas unas horas de distancia, los empleados de la sanidad catalana se enteraron de que volvían a recortarles los emolumentos y de que era mejor que no protestaran porque peor estaban los parados. Hace un par de días les ha tocado el turno a las residencias de ancianos y los centros de acogida para dependientes. El Gobierno catalán no tiene cómo pagar los conciertos suscritos en su día y así lo ha comunicado.
Se ha dicho hasta la saciedad que el nacionalismo catalán -como el vasco- surgió en las sacristías a pesar de sus conexiones históricas con la masonería. Desde luego, en el caso de Pujol o de Maragall la afirmación es verdad como el Evangelio, valga la redundancia. Por todo ello, resulta más sangrante la manera en que ese nacionalismo, tras décadas en el poder, ha decidido ir abandonando a los más débiles de la sociedad para mantener enhiestas sus banderas.
Mantiene una carísima embajada en París, mucho más costosa que la española, no ha hecho el menor ademán por cerrarla y acaba de anunciar el acuerdo con las majors para que se doblen al catalán 25 películas que seguramente no irá a ver ni Joan Tardá.
Las preferencias morales de tan catolicísimo nacionalismo no pueden ser más obvias. La gente puede morir en Cataluña a la espera de una operación o ver pasar las horas muertas hasta que la atiendan en un ambulatorio o pagarse las medicinas de su bolsillo o incluso verse arrojada de una residencia siendo un octogenario. Pero mientras todos se preguntan quién será el próximo en verse arrojado a las tinieblas externas al presupuesto, nadie debería preocuparse:
en Nueva Gales del Sur se siguen subvencionando los cursos de catalán.
23/09/2011 Diez negritos
Entre los recuerdos más agridulces de mi infancia figura uno relacionado con Diez Negritos , la archiconocida novela de Agatha Christie. Tenía yo 12 años y era un ávido lector de las obras de la autora británica.
Acuciado por la noticia de que era el mejor texto de la novelista, llevaba buscándolo meses sin que en ninguno de los kioskos y librerías del colegio a casa y de casa al colegio hubiera podido encontrarlo. Uno de mis compañeros de clase me dijo que lo vendían cerca de su casa. Le di el dinero para que adquiriera la ansiada obra y me dispuse a disfrutar.
Nada sospechaba yo que entonces comenzarían a encadenarse acontecimientos desagradables. Primero, mi supuesto amigo insistió en leer la novela antes de dármela. Luego, decidió no entregármela e incluso negar con bastante descaro que había recibido el dinero. Como el receptor de una hipoteca subprime, me quedé sin el dinero y sin el bien.
Creo recordar que la cuestión se zanjó con mi madre llamando a la suya, decidiendo ambas que "era cosa de críos" y logrando yo la ansiada entrega. Sin embargo, aquel muchacho, al darme el dichoso volumen me dijo con tono vengativo el nombre del asesino. Leí aquellas páginas con interés, pero no podía evitar sentir que el drama carecía de emoción ya que conocía quién era el criminal.
He vuelto a tener esa sensación en las últimas horas, viendo cómo Grecia, primero, y Portugal, después, han caído y se juegan verse fuera del euro sin apenas solución alternativa. Me gustaría pensar que la expulsión a las tinieblas externas no va a llegar para España, que nos lograremos recuperar, que tascaremos el freno a los nacionalistas catalanes y vascos, que quitaremos a nuestro disparatado sistema político todo aquello que le sobra y que nos está hundiendo. Pero no lo consigo.
Como me pasó en aquellos días de infancia, sé que gente de la que nos fiamos no lo merecía en absoluto y también me consta en el fondo quién va a ser el próximo negrito en caer.
Comprendan ustedes que no pueda evitar una profunda tristeza. 16/09/2011 Toxo y la demagogiaComo sabe cualquiera con dos dedos de frente, el dinero público se ha terminado y tenemos una deuda espectacular que no podemos pagar porque nuestra calificación no deja de caer por el dispendio autonómico encabezado por Cataluña.
Ante esto, algunos presidentes han decidido que se impone el recorte presupuestario. Los primeros afeitados han pasado por automóviles oficiales, pesebres varios, lenguas cooficiales -salvo en Cataluña, donde esa cuestión basta para violar la legalidad y debería ser suficiente para suspender la autonomía a tenor del artículo 155 de la Constitución- y liberados sindicales.
Ahí el ejemplo de sensatez lo ha dado el presidente de Baleares, que ha decidido que la inmensa mayoría de los liberados son prescindibles. Naturalmente, los secretarios de los respectivos sindicatos no han tardado en lanzarse al micrófono más cercano y escupir sus protestas.
Como en otras ocasiones, el que ha estado mejor ha sido Toxo , quizá porque Méndez es de lo más lejano a la sintaxis y la prosodia de la clase política. Toxo afirma que la supresión de los liberados sindicales es "demagogia", que representan a la clase trabajadora y que la medida va a provocar el empeoramiento de la vida en las Baleares.
De entrada, los liberados no representan a nadie. Ni el 10 por ciento de los trabajadores está afiliado a sus sindicatos y la vida en Baleares mejorará, y no poco, no teniendo los ciudadanos que mantener a esa gente. Ya se lo indicó a Toxo y a Méndez el presidente de los sindicatos alemanes: "¿Por qué no se mantienen ustedes de sus cuotas y así serán independientes?" Las carcajadas de los secretarios generales de CCOO y UGT debieron escucharse hasta en Sebastopol porque estos nuevos sindicatos verticales lo único que desean es trincar.
Tiene su gracia que hable de demagogia un sindicalista descamisado que veranea en cruceros por el Báltico o en hoteles de superlujo en Madeira y que ha conseguido por medios como mínimo dudosos un ático doble en una urbanización no precisamente obrera. Es como La Pompadour dando consejos sobre cómo conservar la virginidad hasta los 50?
09/09/2011 11.000 millonesDe aquí a fin de año, la Generalidad de Cataluña necesitará unos 11.000 millones para pagar sus absurdas, derrochonas e irresponsables cuentas. Esa caricatura de Mussolini con tupé que gobierna Cataluña no tiene el dinero, y ya ha comenzado la zarabanda para que lo pongamos los odiados opresores españoles.
Mientras suprime servicios sanitarios indispensables -las pancartas que llevaban los manifestantes estaban en español- ha decidido desobedecer la ley y anunciar que no acatará la ejecución de sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña sobre la enseñanza del español.
Estoy convencido de que Mas, con su pasado de pésimo gestor, sus fanfarronadas populistas y su canija ideología política, no hubiera llegado ni a conserje en cualquier nación civilizada. Aquí se permite desafiar la legalidad y encima convierte un acto tan despreciable -como los nacionalistas catalanes que lo han precedido- en un mérito.
La única salida razonable que veo para tanta chulería y expolio de décadas es aplicar el artículo 155 de la Constitución y suprimir la autonomía de Cataluña. Por mucho menos, Tony Blair suspendió varias veces la del Ulster y nadie dudó de su espíritu democrático ni lo expulsó de la Internacional Socialista. Al contrario, alabaron unánimemente su sentido de estado.
El nacionalismo catalán es una peste que ha inficionado nuestra democracia desde Pujol hasta la fecha. La reforma constitucional acordada entre PP y PSOE ha demostrado que no aporta nada a la vida común de los españoles más allá del chantaje, la ilegalidad y el latrocinio envueltos en una insoportable soberbia.Pues bien, suspéndase la autonomía, aplíquense la ley y las sentencias del Tribunal Supremo y verán lo pronto que se sosiegan. ¿Y los 11.000 millones? Ni uno debe salir de otras regiones españolas a esa CCAA que arrastra casi el 30% de la deuda autonómica total. Que vendan sus embajadas en el extranjero y clausuren cursos donde se enseña el dialecto del provenzal que mal hablan hasta alcanzar la cifra. Que ya está bien?

Era yo un adolescente recién caído por la Facultad de Derecho, cuando sonaba a todas horas una canción de María Jiménez titulada Se acabó .
A pesar de que debí de escucharla millares de veces -sin exagerar-, no recuerdo del todo bien la letra. Sí me viene a la mente que en ella, la cantante señalaba que había sufrido mucho, que había pasado por mil y un males, pero que aquella situación no podía continuar. Si mal no recuerdo, la razón última decía: "Ahora ya, mi mundo es otro". A situación paralela, pero mucho peor que la de aquella canción, llegó nuestra economía -y nuestro sistema político- hace tiempo.
Durante décadas, un número creciente de privilegiados arrambló con las imposiciones de las cajas; gastó presupuestos disparatados en autonomías y ayuntamientos; se nutrió -¡y cómo! - de jugosísimas subvenciones; aprovechó imaginarios agravios para llenarse los bolsillos, y ahora ya el mundo es otro.
Lo es porque el dinero se ha terminado, porque la economía ha dado un frenazo del que no sabemos cuándo saldrá y porque en Bruselas nos han tomado la medida y no están por la labor de tolerar lo que sucede al sur de los Pirineos. No sólo allí. La semana pasada en Texas, estuve leyendo una encuesta hecha por una revista especializada en relación con distintos temas de política internacional.
A la pregunta sobre cuál era el mayor peligro para la UE, la mayoría de los encuestados respondía: "España. Es demasiado grande para ser rescatada y puede disparar a Italia".
Endeudados hasta las cejas, con unas dilatadas clases parasitarias que desean seguir siéndolo, y sin perspectivas serias de crecimiento económico, tenemos que recortar gastos de la manera más drástica. La reforma constitucional -alicorta- o los anuncios de ahorro de Cospedal van en la buena dirección, pero, por desgracia, son insuficientes si no se abordan otras medidas.
El mundo en que vivimos es otro, y más vale que nos hagamos a la idea, pasando por alto los cantos de sirena de personajes que defienden el radicalismo de la izquierda más casposa mientras pasan vacaciones de lujo en Madeira o el Báltico. En otras palabras: se acabó.
15/07/2011 El verdadero rostro del nacionalismo
Lo dice el consejero de Empresa y Empleo de Cataluña, Francesc Xavier Mena: "Más de la mitad de los catalanes que están en paro no tendrá nunca trabajo". En otra cultura -como la japonesa- esa afirmación iría seguida del suicidio ritual del que la ha pronunciado, avergonzado por su inutilidad para enfrentarse con un drama humano de tal magnitud.
En el caso de Cataluña -donde los únicos suicidios políticos han sido cadáveres hallados en extrañas circunstancias para tapar los escándalos del nacionalismo catalán- ni puede ni debe esperarse ese desenlace, pero sí tendría que ser habitual que, tras esa confesión, el señor Mena hubiera presentado la dimisión. No lo ha hecho y, acto seguido, se ha perdido en divagaciones sobre el modelo alemán del que parece saber tanto como un servidor de la lengua de los mogoles.
El resto de sus compañeros de desgobierno ha estado sembrado estos días. Ni un reconocimiento de error, ni un plan coherente, sólo referencias a un mayor trinque del dinero que sale del bolsillo de los españoles. En casos así se ve el verdadero rostro del nacionalismo. En unas décadas, ha logrado que los alumnos catalanes se coloquen a la cola de España -que ya es difícil- gracias a la inmersión lingüística; ha conseguido que Cataluña acumule casi el 30 por ciento de la deuda de las CCAA y ha desplazado a la región del primer lugar para que no deje de perder puestos siquiera porque hay que estar muy trastornado como para invertir por esos pagos.
Al nacionalismo se le ha llenado la boca hablando de Cataluña y de su defensa, pero lleva dejándola como un erial desde tiempo inmemorial. Es más, si no fuera por el dinero del que nos desvalija a los demás españoles, la situación se acercaría peligrosamente a lo miserable. Ésa y la incompetencia absoluta para solventar problemas reales es la verdad.
Tengámoslo bien presente porque el Estado adelantó a Cataluña más dinero del debido en IRPF e IVA y, con toda seguridad, removerá cielo y tierra para no devolverlo.
08/07/2011
Como alemanes
Llevo toda la semana reflexionándolo.
Si no tuviéramos un concierto vasco y otro navarro que permiten a dos de las regiones más prósperas de España pagar menos impuestos por la chapela; si no existiera un voraz nacionalismo catalán que se ha dedicado a encargar informes sobre la concha brillante y las aves esteparias hasta acumular una deuda superior a la portuguesa; si los políticos socialistas no se hubieran empeñado en colocar a sus parientes o dar subvenciones a manos llenas a empresas donde trabajan sus tiernos infantes; si no se desviaran millones y millones a la Memoria Histórica, fundamentalmente, para enriquecer a sindicatos y fundaciones de partidos; si los alcaldes megalómanos no endeudaran a las ciudades; si las entidades financieras no perdonaran las deudas a partidos de sujetos como el bachiller Montilla; si los jefes de chiringuitos como la SGAE no se dedicaran a montar empresas paralelas con una capacidad de absorción de recursos superior a la de la aspiradora más poderosa; si no costeáramos mil y una televisiones locales y políticas; si no tuviéramos que mantener a más de 200.000 liberados sindicales cuya representatividad es nula; si no se hubieran levantado aeropuertos, helipuertos y estaciones ferroviarias que sólo pueden ser deficitarias; si todas esas -y otras- formas de dispendio escandaloso e injustificado no se hubieran prodigado en España durante las últimas décadas... bueno, ¿qué les voy a decir?
El dinero, en lugar de estar en los bolsillos que no debe, se encontraría en los de empresas, familias y particulares que lo habrían utilizado según su real saber y entender impulsando el consumo, el ahorro y el crecimiento. O sea que los españoles -de no ser por tanto chollo, tanto trinque y tanto mangui- podríamos estar a la cabeza de Europa.
Hasta es posible que contáramos con alguna universidad en la lista de las cien primeras del mundo. Todo ello, unido al clima y a los alimentos patrios, habría permitido que los españoles viviéramos como alemanes , pero de los que se van a Mallorca a hincharse de sol y marisco.
01/07/2011 El Lemur
Los antiguos romanos, que era gente acentuadamente práctica, sostenían una serie de creencias peculiares que hoy llamarían la atención de no pocos. Una de ellas era la referida a seres que no habían fallecido totalmente y que seguían vagando por este mundo. Entre ellos, ocupaba un lugar privilegiado un espectro que recibía el nombre de lémur.
Este ente peculiar había muerto ciertamente, pero su maldad y, sobre todo, el deseo de seguir perpetrándola, le impedían enterarse de algo tan elemental.
El resultado era que seguía deambulando fantasmalmente por el mundo de los mortales sin dejar de causar un daño tras otro. En un momento determinado, el grado de destrucción que había ocasionado el lémur llegaba a tal extremo que no quedaba más remedio que intentar acabar con él a cualquier coste antes de que siguiera dejando más destrucción a su paso.
He recordado esa vieja historia escuchando esta semana el Debate sobre el Estado de la Nación. ZP -Zombi Político- es un muerto vivo. Es justo que así sea y lo único que nos queda lamentar es que no haya desaparecido de la escena hace años.
Sin embargo, aquí es donde entra lo más morboso y terrible de la situación y es que ZP se ha convertido en el lémur de la vida política española. Acostumbrado desde hace siete años a causar todo tipo de desaguisados, desde aumentar escandalosamente el número de parados a pactar con ETA pasando por hundir la economía nacional o perseguir a las víctimas del terrorismo, ZP se niega a aceptar que está muerto. Ni una sola reforma, ni una sola medida sensata, ni un solo paso decente anunció ZP.
Tan sólo ejecutó algún guiño a los indignantes y los consabidos ataques al PP y, por supuesto, mantuvo su ansia por tramitar con carácter urgente adefesios jurídicos como la ley de muerte digna, la ley de igualdad o el intento final de sacar a Franco del Valle de los Caídos.
Lo dicho. O alguien quita de en medio a ZP antes de acabar el verano y esta nación comienza a abordar reformas o lo de Grecia va a resultar una excursión de ursulinas comparado con lo que nos espera. ¿Hay algún especialista en cultura clásica que sepa cómo librarse de un lémur?
24/06/2011 ¿Queremos seguir en el euro?
No les voy a contar mis impresiones del viaje que realicé hace una semana a EEUU porque aborrezco deprimir al prójimo. Baste señalar que la idea que al otro lado del Atlántico se tiene de nuestra situación es bastante ajustada y su pronóstico no es halagüeño.
No me sorprende porque, en ocasiones, me asalta la impresión de que buena parte del pueblo español tiene como objetivo básico que nos expulsen del euro .
Viendo a los 30.000 indignantes que marcharon sobre el Congreso el pasado domingo, y excluyendo a los que creen que esto es el inicio de un despertar cósmico en el que participarán los extraterrestres, las conclusiones a las que se llegan eran claras.
Primera, como indicaba el cartel de la convocatoria, la crisis y el capital son una y la misma cosa. Se veía venir, porque una de las que solicitó el permiso es aliada antigua de Batasuna-ETA y ya se descolgó hace años diciendo que la única salida que tiene el planeta es destruir a su enemigo: el capitalismo. Segunda, como gritaban los indignantes, "se va a acabar la paz social" y "huelga general", dos de los disparates más adecuados para alejar a los pocos inversores que aún osen pasar por España.
Tercera, nada de tocar el rígido mercado de trabajo -"conquista social" de los sindicatos de Franco, como todos saben-, con lo que podemos mantener nuestro avanzado ritmo de destrucción de empleo.
Cuarta, oídos sordos al FMI o a la UE, no sea que salvemos a la nación de la quiebra como pasó con el Plan de Estabilización de 1959. Quinta, mantengamos silencio sobre el sistema autonómico. Sexta, creemos la sensación de que cuatro pelagatos haciendo ruido en la calle pueden torcer la voluntad a un Gobierno.
El resultado será rápido e indiscutible. Con una deuda como la de Castilla-La Mancha, superior a la griega, o como la de Cataluña, mayor que la lusa, bastará con que arrojen a los helenos del euro para que España sea la siguiente. Entonces, ¡qué bien lo pasarán las generaciones venideras pagando una deuda de miles de millones de euros en zapateros! El entretenimiento les puede durar hasta bien entrado el siglo XXII.
17/06/2011 El legado de un déspota testarudo
Con el riesgo de la deuda en más de 250 puntos, con Cataluña, que significa un agujero económico mayor que el de Portugal, con sus camaradas quemando y destruyendo documentos como si anduvieran por el Berlín de abril de 1945 y, sobre todo, con mas de cinco millones de desempleados, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ya debería haber dimitido hace mucho tiempo, abriendo así el camino para que alguien intente solucionar todos los desaguisados provocados por su pésima gestión.
Tendría que haber sido así, porque resulta obvio que ZP no tiene la menor voluntad, el menor interés, ni el menor deseo de llevar a cabo una serie de reformas que, no por duras, resultan menos indispensables. Sin embargo, Zapatero ha decidido permanecer en el poder como aciago perro del hortelano por una sencilla razón: la de impulsar una nueva hornada de esas leyes inicuas y disparatadas por las que pasara a la Historia, no precisamente bien.
De entrada, nos va a dejar ese adefesio jurídico que es la Ley de Igualdad, para mayor gloria y provecho de los lobbies feminista y gay. Luego vendrá la Ley de Muerte Digna como apertura de una puerta ancha hacia la eutanasia en los hospitales que pagamos entre todos los contribuyentes, aunque luego las cuentas no le salgan a nadie. Y finalmente, ZP va a dejar establecido el futuro del Valle de los Caídos, un asunto que no le importa un pepino a nadie, salvo a cuatro fanáticos.
Y mientras tanto, España se cae a pedazos ante la amenaza de la quiebra y la intervención cerniéndose sobre nuestras cabezas. Da lo mismo.
Como el desequilibrado de Nerón, Zapatero contempla hoy a España ardiendo en la miseria que él ha provocado y se dedica a entonar odas a su gestión, convencido de que es genial. ¡Pobre necio! Tan sólo es un déspota testarudo.
10/06/2011 225.000
Hay números que tienen un no sé qué. El 12, por ejemplo, se asocia con las tribus de Israel o los apóstoles. Si se menciona el 4, vienen a la cabeza los puntos cardinales o las esquinitas de la cama. El 7 resulta ideal para los magníficos. El 40 me trae a la cabeza -¿por qué será?- al PSOE.
Pero, ¿qué le sugeriría a cualquiera el 225.000 ? De entrada, nada. Pero la cifra es de cuidado. Significa, ni más ni menos, que el número de empresas españolas que se han ido al garete en los últimos tres años como consecuencia de la morosidad de las Administraciones Públicas.
Se dice pronto. De las 450.000 compañías desaparecidas en ese período breve como un suspiro, la mitad de la desgracia debemos atribuírsela a esos políticos que se han gastado nuestro dinero en alegrías, amistades y corruptelas diversas, pero que -¡vaya por Dios!- se han olvidado de pagar las medicinas de hospitales y farmacias, el papel de las oficinas o las bombillas de los colegios. Quizá no debería sorprendernos tanto, porque, a fin de cuentas, ¿qué significa para tan insignes derrochones un pensionista, un enfermo, un anciano o un dependiente? Pues nada o casi nada.
El dinero que sale de nuestros sudores va a parar a las carrozas del día del Orgullo Gay en el municipio de Madrid, a los preservativos de sabores escogidos que costea la Junta de Andalucía, a los liberados sindicales a los que mantienen nuestros impuestos estemos o no afiliados a un sindicato, o a esas fantasmales embajadas que el nacionalismo catalán tiene en el extranjero a pesar de que su déficit es más del doble del que se consiente a otras regiones y de que concentra casi el 30 por ciento de la deuda total de las CCAA.
Puesto que no se puede costear lo necesario y lo nacido del amiguismo de la casta, se ha pagado, sobre todo, esto último y, a lo tonto me lo bailo, las Administraciones Públicas -simplemente pagando con retraso- se han llevado por delante el 13 por ciento del tejido empresarial español y millones de puestos de trabajo. 225.000 no es, pues, una cifra más. Es todo un símbolo de una España que se desmorona desde hace años como consecuencia directa de un sistema de Administración Local que no hubieran sabido diseñar ni nuestros peores enemigos.

02/06/2011 Ay, Portugal, ¿por qué te quiero tanto?
Parece mentira, pero no lo es. A lo tonto, los sucesivos gobiernos nacionalistas han ido acumulando en Cataluña una deuda que convierte a esa región en un territorio económicamente más arruinado que Portugal.
Casi el 30 por ciento de la deuda de las CCAA es catalana. No soy muy amigo de las ucronías, pero tengo que admitir que, ante estos datos, es para preguntarse qué hubiera sido de nosotros si a mediados del siglo XVII, cuando tuvimos que elegir entre defender Cataluña o Portugal, hubiéramos optado por lo segundo.
La permanencia de Portugal en España siempre habría sido más rentable que la de Cataluña. Nos habría ayudado a mantener el imperio de ultramar por más tiempo, y habría impedido una devastadora guerra como la de 1808, siquiera porque nunca se habría autorizado el paso de tropas francesas para invadir Portugal.
Por añadidura, el país vecino, a diferencia de Cataluña, nunca nos hubiera impuesto un régimen oligárquico de aranceles que machacara nuestras exportaciones para que la industria textil catalana nos vendiera prendas de dudosa calidad a un precio mucho mayor que el de las fábricas inglesas.
Puestos a elegir Portugal o Cataluña, debimos optar por la primera. La historia de Cataluña suele ser la de una población adocenada y pasiva que padece las locuras de una minoría de iluminados que se ven arrastrados por las terribles consecuencias de sus actos egoístas y estúpidos. Llegados a ese punto, aterrados ante la perspectiva de perder todo, lo mismo piden a Felipe IV que los reciba como fieles súbditos que visitan a Franco para que les ayude a recuperar la fabriqueta.
Ahora todo se repite, y con ese desprecio por la ley que caracteriza a las oligarquías catalanas nos siguen endeudando a todos con la amenaza de la independencia. ¿Amenaza? ¡Es la buena nueva! ¿A qué esperan para independizarse y librarnos de una deuda como la que han arrojado sobre nuestras espaldas? Ya lo dice la canción: "Ay, Portugal, ¿por qué te quiero tanto?".

27/05/2011 Vete, por favor.
De mi adolescencia recuerdo la canción de Matt Monro Vete, por favor. El cantante británico repasaba, con cierta caballerosidad, todo hay que decirlo, una relación amorosa y concluía pidiendo a la que había sido su amada que se marchara? por favor.
Guste o no, esa es la misma situación en la que se encuentran España y el PSOE en relación con ZP. La primera, desde luego, ha sufrido lo indecible por su gestión, que se traduce, entre otras circunstancias, en la aniquilación del orden constitucional gracias al Estatuto de Cataluña, en la presencia de ETA en las instituciones, en el desplome de nuestra economía y en más de cinco millones de parados. Todo eso se vio venir desde el principio, por mucho corifeo pro-ZP que poblara las tertulias televisivas negándolo.
En el caso del PSOE, el daño derivado de la presencia de ZP ha tardado más en ponerse de manifiesto. Por un lado, el partido socialista se mantenía mal que bien en sus feudos históricos; por otro, los más diversos inútiles procedentes de las zahurdas de los lobbies gay y feminista habían llegado a escalar puestos que sólo podían ser usados a mayor gloria del caudillo.
Pero entonces llegó el 22-M y el PSOE ha conservado apenas unos jirones de lo que fue un extraordinario poder territorial. Más allá de la diputación de Ciudad Real, el ayuntamiento de Cuenca y Extremadura, casi todo es páramo y, como no podía ser menos, en el PSOE han salido a relucir las navajas porque, quien más quien menos, nadie está dispuesto a jugarse el futuro para que Leire Pajín o José Blanco sigan siendo ministros unos meses más.
La verdad es que hemos llegado al final del camino, y ni España ni el PSOE se pueden permitir soportar a ZP un minuto más a menos que asuman nuevos y peores desastres procedentes de su cejuda persona.
Que lo que diga España le importa una higa al presidente es cosa sabida, pero el PSOE es otro cantar. Por eso, los camaradas deben decirle: "José Luis, vete , por favor", o atenerse a un futuro político comparado con el cual la travesía del desierto de la derecha española tras UCD sería una excursión de ursulinas.

20/05/2011 ¡Pobre mujer!
Creo que alguna vez les he hablado de la esposa de un amigo mío que padece serios problemas de salud. La causa de su desgracia reside en el alcoholismo. Por razones que no vienen al caso, comenzó a beber con desmesura cuando era joven y esa circunstancia minó su salud, su vida y la existencia de su familia.
Hace un par de años, visto que podía acabar muerta en cualquier momento o por una cirrosis o por un cáncer de hígado, la esposa de mi amigo se planteó seriamente dejar de beber. No llevó a cabo sus propósitos, pero, al menos, detectó dónde estaba el mal y cada vez se le fue haciendo más difícil beber al mismo ritmo.
Todo parecía ir en la buena dirección hasta que este fin de semana un grupo de amigos se le plantó enfrente de casa instándola a bajar a tomarse unas copichuelas con ellos. Los argumentos que alegaban eran triviales a la par que insistentes: "el alcohol alegra la vida", "para cuatro días que vamos a vivir, lo menos que podemos hacer es disfrutarlos", "al que no le gusta el vino es un animal o no tiene un real", etc., etc., etc.
En algún momento, de manera tímida, la mujer de mi amigo intentaba aducir que era precisamente el alcohol el que le había llevado hasta donde se encontraba, pero, inmediatamente, los visitantes le instaban a pasar por alto ese razonamiento insistiendo en que "beber es salud".
Dirán ustedes que la mujer de mi amigo es tonta de capirote y que sus relaciones sociales o son unos criminales o unos descerebrados. Quizá. Pero ese espectáculo - ampliado por miles - es el mismo que llevamos viendo hace días en la Puerta del Sol.
La izquierda ha aniquilado de manera pavorosa el empleo, la riqueza, la educación y el futuro de millones de personas en España. ¡En protesta frente a esa realidad, la gente se concentra pidiendo aún más medidas de izquierda, presidenta de la única CCAA que crea empleo! y atacando a Esperanza Aguirre
No digo que no haya buena fe en todo esto, e incluso las mejores intenciones, pero difícilmente se puede actuar de forma más necia y peligrosa. Tanto como aquellos que para curar a la alcohólica esposa de mi amigo la invitan a beber más vino.

20/05/2011 ¿Hay motivo?, ¡Vaya si lo hay!
No hay que dejarse llevar por calentones ideológicos que, por cierto, llegan con unos años de retraso
ESTIMO sobremanera el esfuerzo por cambiar la realidad, siempre imperfecta, siempre incompleta, de los hombres y mujeres concentrados en diversas plazas españolas al grito de «Democracia Real ya». Me temo que el grueso de las reivindicaciones sobrepasa, con mucho, a la racionalidad de las soluciones que aportan y que por ello sea difícil trasladar una sensación de seguridad en el futuro a quienes padecen los problemas que denuncian. Sustituir el «sistema» mediante proclamas urgentes y un tanto indefinidas no conlleva la generación de ilusiones revolucionarias más allá de los calentones asamblearios, pero convengamos que es un buen punto de partida para debates posteriores a realizar desde la serenidad. Listas abiertas, circunscripción única, separación de los poderes del Estado, elección directa de alcaldes, eliminación de candidatos inmersos en procesos de corrupción, etcétera, son ideas que pueden abrazar unos y otros, pero nos engañaríamos si creyéramos que sólo fines de tanta altura política son los que se manejan en el fondo del ideario agitador. Cambiar el sistema suele comportar su sustitución por otro y nos faltan garantías de que ese nuevo modelo fuera a traer más libertad y más justicia. La experiencia enseña que estatalizar libertades esenciales no siempre supone aumentar la libertad de los individuos.
D Pero no iba a eso. El empeño de algunos entusiastas izquierdistas —de la célebre «izquierda caviar»— por denunciar las pérfidas políticas de los gobiernos de la derecha española gobernante hasta 2004, se tradujo en una sucesión fílmica de dudoso talento titulada «Hay Motivo» en la que sus autores se lamentaban de lo que, según su criterio, era un
periodo negro de la política española. Había motivo entonces para elevar el grito de la rebelión, pero sin embargo ahora, con cinco millones de parados, una economía estancada, una generación de jóvenes descontada para el trabajo, un futuro espeso y una atonía general en todos los procesos de creación, ninguno de los exquisitos rebeldes de antaño ha querido sumar su voz en forma documental a quienes lamentan el colapso y anquilosamiento del sistema político español. Como si ahora no hubiera motivo para elaborar sus panfletos, en pocas palabras. Adolecen de la misma falta de puntería de muchos de los acampados, que, pudiendo dirigir sus iras a quien gobierna, prefieren mezclar a unos y otros en el engrudo intragable de «El Sistema», sin aportar, de momento, grandes ideas originales más allá de querer trabajo para todos, vivienda para todos y sanidad para todos. Cosa que, por lo que tengo entendido, queremos todos. No digo con ello que, antes o después, no surjan propuestas dignas de tener en cuenta, alejadas de los tópicos y ciertamente revolucionarias, digo que este que teclea aún no las ha escuchado. De la superficialidad, es evidente, se puede ir pasando a la profundidad, razón por la cual habrá que estar atento por si podemos estar a las puertas de una regeneración democrática en nuestro país; pero para ello no hay que dejarse llevar por calentones ideológicos que, por cierto, llegan con unos años de retraso. Al menos en el caso de los jóvenes y no tan jóvenes de estas concentraciones ha llegado el deseo de sacudirse modorras y reivindicar otro mundo más justo; en el caso de los cineastas sobreactuados del 2004 no se ha producido ese milagro rejuvenecedor. No sé en qué cueva están ocultos dudando en si sumarse o no a las revueltas, temiendo que si asoman su santa faz alguien acabe depilándoles las cejas, pero seguro que sí están lamentando haberse despertado tarde de la siesta. ¿Hay motivo?: ¡vaya si lo hay!
15/05/2011 Esas puñeteras ruedas de prensa
Los periodistas somos tipos raros, un tanto ensoberbecidos, poco solidarios entre nosotros, excesivamente dados a la rivalidad y particularmente partidistas. Digamos que tenemos poca tendencia a la asepsia y a la higiene más elemental a la hora de informar. Y que, con excepciones, somos fácilmente influibles. Dicho lo cual, nada de lo anterior justifica que nos tengamos que tragar sapos como la pretensión política de utilizar nuestro trabajo como un mero instrumento de correo. De las ruedas de prensa sin preguntas hablo, pero también de otras cosas.
Las asociaciones de prensa federadas en la FAPE han presentado un manifiesto contra las ruedas de prensa sin preguntas y han instado a los medios a boicotear los actos en los que el convocante no admita preguntas. Recordemos que una rueda de prensa la convoca quien quiere emitir una opinión o dar una noticia, no la convoca la prensa con una pistola en el pecho de quien es objeto de información. No es de recibo que se quiera, sin disimulos, utilizar a la prensa como mero altavoz; lo razonable sería que los convocantes contratasen publicidad y consiguieran así que se conociese su mensaje, pero no que pretendan reducir el trabajo del periodista al de vocero. Los medios de comunicación, con sus defectos o sus excesos, intermedian entre la sociedad civil y los diferentes tipos de poder, más o menos institucionalizados, y tratan de conseguir que aquellos representantes políticos con responsabilidades en la gestión de asuntos públicos -o con pretensiones de tenerlas- contesten a preguntas sobre cosas de las que no quieren hablar. Uno puede emitir, de vez en cuando, si la gravedad de un asunto lo aconseja, una declaración institucional, pero no hacer de cualquier chorrada algo «institucional», al igual que no se puede tragar con las informaciones que los aparatos de propaganda de los partidos ofrecen como producto final, enlatado por ellos como si fuera una pieza confeccionada por la redacción de un medio cualquiera.
Por otra parte, los dos grandes partidos pactaron un atraco en forma de ley según la cual las televisiones públicas y privadas debían ofrecer información, cronómetro en mano, de forma equiparable a la representación parlamentaria de cada bloque. Es decir, no existía libertad de información al alcance de los periodistas. Puede entenderse en televisiones públicas, pero era y es un absurdo en las privadas, a las que se les pretende privar de la más elemental de las libertades, la de criterio. De tamaño despropósito se ha querido desmarcar el Partido Popular, pero eso no evita que lo suscribiera entusiasmado: si uno dice que no va a reclamar minutaje a las televisiones privadas, lo mejor que puede hacer es no pactar una ley que lo impone. Ya solo nos falta a los periodistas tener que informar con una báscula de pesaje.
Políticos y periodistas mantienen, desde siempre, una complicada relación en la que hay que buscar permanentemente nuevos equilibrios. Ambos colectivos se necesitan y, a la vez, tienen objetivos no coincidentes, pero pretender usar la fuerza de la ley y de determinadas costumbres para imponer su propaganda es un exceso a todas luces denunciable. Afortunadamente se incuba un atisbo de rebeldía y por parte de la, a veces, indecisa profesión periodística. Lo mejor que pueden hacer los que asisten a una «rueda de prensa» sin preguntas es levantarse y dejar al pimpollo en soledad para que la próxima vez que se convoque a los medios sepa a lo que atenerse. No obstante, hay visiones más matizadas: como bien señala el maestro Víctor de la Serna, coincidiendo con el Día Mundial de la Libertad de Prensa, esas ruedas parecen más de molino que de otra cosa, aunque a veces no haya más remedio que cubrirlas para no evitarle información a los lectores, oyentes y espectadores.
Servidor, en cualquier caso, subscribe el Manifiesto contra las ruedas de prensa sin preguntas. Que progrese.

Hace un año, España quebró. La política económica de Zapatero, de los sindicatos y de los aliados nacionalistas nos había arrastrado al desastre. Por la inmensa misericordia del Altísimo y el interés de la banca alemana en que le devolvamos los créditos que le debemos, un puñado de manos nos sujetó cuando estábamos despeñándonos por el abismo.
ZP recibió el mensaje de que debía hacer reformas, porque ni la UE ni EEUU ni China nos sujetarían indefinidamente.
La reacción del presidente fue la propia de su incompetencia. Realizó unos recortes salvajes en los ingresos de los más débiles -pensionistas, dependientes?- y no movió un dedo para llevar a cabo las reformas indispensables que nos eviten una repetición, esta vez sin salida, de lo que sucedió en mayo de 2010.
Estamos en período electoral, y el PSOE -maestro de la agitación y la propaganda- niega su terrible responsabilidad en la desgracia que vivimos, niega que haya realizado los recortes más brutales -e injustos- de nuestra Historia contemporánea y niega que no ha hecho nada para evitar la catástrofe que se avecina. Para remate, los socialistas apoyados en sus terminales mediáticas, culpan de la situación al PP, incluso a Montoro, de cuya existencia pocos se acordaban a estas alturas.
Engañarán a muchos, porque desean ser engañados, pero al norte de los Pirineos nadie les cree y, por ejemplo, la prensa y las instituciones británicas no han dudado a calificar de "charlatán" a Blanco.
Un año después, es más imperativo hacer los recortes necesarios: el del Estado de las autonomías, que mantiene embajadas de Cataluña o multiplica los EREs andaluces; las subvenciones a los sindicatos y a la CEOE; el de los pesebres para los titiricejas; el de los impuestos que aniquilan el sistema productivo español; el de las empresas públicas cuya existencia carece de justificación alguna; el de los millares de asesores empotrados en la administración; el del déficit salvaje que caracteriza la gestión de Gallardón.
O se hacen esos recortes ya o será nuestro bienestar,
nuestro presente y nuestro futuro los que sufran auténticos recortes.
13/05/2011 ¿Cuál será la sorpresa de Rubalcaba?
RODRÍGUEZ Zapatero tiene todo el derecho a irritarse ante la escasa comprensión que inspira a los ciudadanos, incluidos sus propios votantes, pero no conviene que les insulte. Llamar bellacos a los mismos a los que les has recortado el sueldo o congelado la pensión no parece lo más aconsejable a las puertas de una convocatoria electoral en la que nadie da un duro por ti y en la que tus propios candidatos le han puesto velas a todos los santos para que ni siquiera te acerques a tomar café. Ya sabemos que eso no lo ha dicho por los funcionarios ni por los pensionistas, lo ha dicho por Rajoy, pero bramando frases como esa corres el peligro de que algún afectado por tus recortes lo tome como algo personal, y entonces la jodimos, con perdón. Tal vez sea consecuencia de la cierta desorientación que vive un presidente y un partido que ven venir una tunda de escándalo y que no aciertan con la clave para evitarla. Afortunadamente para él, dejó de asistir al cónclave de presidentes progres y evitó volver a hacerse una foto con el pobre de Papandreu, que parece un alma en pena y con el que hubiese formado una pareja de traca para cualquier portada; a cambio ha querido vender una cierta presión sobre los agentes sociales al objeto de acelerar la reforma de la negociación colectiva, pero poco o nada de lo que haga parece reportarle un beneficio satisfactorio al presidente que pende de un hilo caprichoso del PNV, por el cual tiene que presionar y convencer a los, de por sí bizcochables, magistrados del Constitucional. La sentencia que tanto dice respetar el PSOE tiene efecto un tanto corrosivo para sus intereses, aunque le garantice estabilidad parlamentaria (ya saben que los socialistas respetan las sentencias a días alternos: acuérdense de la que montó Montilla cuando el TC recortó algunos aspectos del Estatut; si eso es respetar una sentencia, yo soy La Chelito).
Las declaraciones estupefacientes de Pascual Sala, presidente acomodaticio del Tribunal, tampoco suponen un respiro para la campaña socialista y la actitud confusa y cambiante del PSC, según se vote en Senado o en Congreso, acerca del famoso fondo que le reclama Artur Mas al Gobierno para luchar contra el déficit tampoco ayudan a mantener el feudo símbolo de los socialistas: la ciudad de Barcelona, que podría pasar a gobernarla el independentista Trías en lugar de un Hereu que se lamenta del ciclo que le ha tocado vivir y del paño que le ha tocado vender. A ZP en Cataluña no le quieren ni ver y a Carmen Chacón tampoco y, por si fuera poco, la gentuza de Bildu no va a agradecer el esfuerzo disimulado por colocarles en las instituciones y va a provocar cuanta mayor tensión mejor. Si además aparecen cada dos por tres estudios o predicciones que aseguran que el crecimiento económico es un sueño vago, que la prima de riesgo aumenta, que la deuda engorda y que el paro se mantiene, ya sólo faltaba ZP diciéndonos que es el campeón de las políticas sociales y que el que no lo crea es un bellaco.
Con todo ello y a la vista del jardazo hay que preguntarse algo de forma muy seria: ¿Qué estará barruntando Rubalcaba para darle la vuelta a la tendencia? ¿Tendrá en mente algún truco para la noche electoral. Permanezcan atentos a la pantalla que éstos no se andan con chiquitas: acuérdense de la jornada de reflexión del 2004.
01/05/2011 Jandrín, o cuando hasta el diablo hace relojes
Jandrín Morán pudo ser, perfectamente, el chaval más malo del mundo. Pendenciero, chulo, golfante y embustero, era capaz de crear problemas donde nunca podría haberlos e incapaz de solucionar los muchos que se creaban a su paso. Estudiante imposible, dedicaba el tiempo en las aulas a pergeñar cómo complicarle la vida a sus compañeros y cómo gastársela a su profesor, posiblemente el hombre más paciente del planeta. Después de un largo historial de suspensos y tropelías varias, la gota que colmó el vaso de los Maristas de León ocurrió la mañana en la que Jandrín tuvo la idea de freír un huevo en un infiernillo al que le acopló una sartén con aceite en plena clase de matemáticas. Lo iba haciendo con mucho disimulo hasta que el ruido del huevo al caer en el aceite caliente alertó al profesor, el cual, asombrado ante la audacia, escuchó como toda explicación: «No se preocupe, don Fulano, que lo estoy friendo para usted». Jandrín fue expulsado a mediados de octubre del colegio mediante una carta que daba cuenta a su familia de las hazañas del prenda. La carta, hábilmente interceptada por Jandrín, nunca llegó a las manos de su paciente padre, relojero de profesión y uno de los hombres más queridos y respetados de la ciudad, ni a las de su encantadora madre, catedrática de Veterinaria de la Universidad; antes bien, el terremoto leonés se hizo con un sello del colegio mediante el cual falsificaba cartas en las que se detallaban los pagos mensuales o las excelencias del muchacho o las excursiones planeadas para algunos fines de semana totalmente ficticias. Mediante lo que los padres le daban para pagar las supuestas excursiones y merced al dinero del pago de los recibos que Jandrín falseaba, disponía de un dinerito nada desdeñable con el que entretenerse todas las mañanas en las que fingía que salía en dirección al colegio, pero en las que, en realidad, perfeccionaba su técnica, ya de por sí depurada, con el futbolín o los diferentes tipos de billar. Se hizo con un viejo R-8 que conducía, por supuesto, sin carné y en el que iba de aquí para allá manejando sin tener siquiera los dieciocho años (una de sus proezas fue bajar Pajares sin frenos). El R-8 murió una noche en la que se llevó a su novia a Madrid con la idea de volver antes de las nueve de la mañana, pero reventó en la Castellana y hubo de ingeniárselas para volver en taxi y meterse en la cama antes de que descubrieran su ausencia, cosa que no consiguió, evidentemente. Sí consiguió disimular el asunto escolar y darse la vida padre hasta el mes de febrero, fecha en la que su hermana Rosa se percató del montaje y fue con la historia a su padre y a su abuelo, los cuales montaron en cólera, pillaron a Jandrín por banda y le dieron una tunda de aúpa. Una vez sacudido, se prestaron a llevarlo a la comisaría de Policía, donde denunciarlo ante las autoridades para que estas actuasen debidamente, pero quiso la casualidad que aquella tarde sucediese algo que aconsejó no moverse demasiado de casa y menos en asuntos de orden público: era el 23 de febrero de 1981 y se acababa de poner en marcha un golpe de Estado. Jandrín asegura que él le debe a Tejero y compañía ser hoy un hombre de provecho.
Tras aquella aciaga tarde, padre e hijo convinieron que lo mejor sería que el uno le enseñara el oficio al otro y que este hiciese lo posible por obtener el graduado escolar. El milagro se produjo y el terremoto incontrolable aprendió el trabajo en el que hay que mostrar más maña y paciencia de todos. Algo le hizo cambiar y convertirse en un tipo formal. Sigue siendo amante de la fiesta (no hay quien lo case con su novia de estos últimos quince años), cuarentón, brutote y cierrabares, pero amigo de sus amigos, trabajador, noble como las maderas antiguas y poseedor de la más difícil de las suertes: una gracia natural a prueba de todo malaje. Su destreza es tanta que resulta capaz hasta de arreglar los relojes de imitación que sus amigos compran en China o en Nueva York y hacer que funcionen sin problema para los restos, lo cual ya es decir mucho.
Ello demuestra que, en este mundo nuestro, hasta el demonio hace relojes. Si quieren conocerlo, busquen por León.
29/04/2011 Cajas ... ¿de quién?
Se acaban de publicar las cifras de los préstamos que las cajas de ahorros han concedido a los partidos políticos y los datos son elocuentes. Estamos en crisis, pero los créditos concedidos a los partidos -los mismos que se niegan a los particulares- han aumentado un 8%, hasta superar los 85 millones.
Peor es el modo en que se ha repartido semejante chorro de dinero. Un tercio ha ido al PSOE, que, por añadidura, ha logrado que en los tres últimos años le hayan subido la ración más de un 17%. El dato es grave, pero fácil de imaginar. El siguiente es más inquietante. El segundo deudor de las cajas es CiU.
Se trata de una coalición que se presenta sólo en una región, que ni es la más poblada ni la que más produce, pero ahí la tienen ustedes, chupando del dinero de todos como la sanguijuela más voraz. Luego va Iniciativa per Catalunya, peculiar mezcla de comunismo, ecologismo y nacionalismo catalán que, al parecer, ha sumado cualquier proclividad de gasto derivada de las tres tendencias. Le sigue IU -arriba créditos de la tierra- y, por último, el PP.
De entre las cajas, la más pródiga al conceder créditos a los partidos y, en especial, al PSOE es La Caixa -que se sepa, 46 millones- aunque, en general, las cajas catalanas (algunas en abierta quiebra) demuestran una comprensión a la hora de entregar a los políticos el dinero de todos que pone los pelos como escarpias.
Son las peores, sin duda, pero no las únicas. Por ejemplo, Cajastur, Caja Extremadura y Caja Cantabria sólo han concedido préstamos a PSOE e IU. Desde 2007, la financiación que estas tres entidades otorgaron al PSOE creció un 24%.
En fin, me he puesto a pensar en las empresas que quiebran porque no se les renueva un crédito, en la gente que se va a la calle porque no reciben un euro, en la manera en que semejante prodigalidad la recompensan las autoridades competentes (es un decir), y en lo que nos ha costado hasta ahora a los contribuyentes cubrir los agujeros de las cajas, y -no quiero ocultarlo- llevo horas llorando como la Magdalena penitente.
15/04/2011 Los rancios republicanos
La República española, la Segunda, proclamó a las pocas horas de nacer su propio epitafio de intransigencia
AYER, 14 de abril, los nostálgicos de la época menos merecedora de evocación de la Historia de España, vivieron un día a caballo entre la melancolía y la impotencia. Ayer, ochenta aniversario de la proclamación de la Segunda República española, un puñado de individuos con el reloj retrasado recordó, festiva y reivindicativamente, el día en el que la España agotada del primer tercio del siglo XX se lanzó a la calle a proclamar una fallida experiencia política víctima de todo tipo de extremismos. La República en España va ligada, invariablemente, a la intransigencia, al sectarismo, a la violencia y al desvarío. Todo ello dicho con perdón. La Primera fue un sainete cómico en el que sucumbieron hombres de probada calidad como Figueras o Salmerón y la Segunda se convirtió en un infierno en el que perecieron nombres que en cualquier momento de la historia de este viejo país hubieran brindado páginas estimables para el devenir comunitario. Hoy en día, qué decir, abjurar de un periodo especialmente cainita de nuestro acontecer colectivo es merecedor de las miradas más sospechosas y de las consideraciones más sectarias por parte de los guardianes de la corrección política española. Parece como si abjurar de algo que enfrentó, violentó y masacró a españoles de diferente signo sea un pecado capital, pero el republicanismo, tan respetable por otra parte, comporta en España una alienación difícil de comprender en parámetros actuales: inevitablemente, todo republicano tiende a equiparar el periodo entre los años treinta y uno y treinta y seis a una suerte de Nirvana en cuyo seno se produjo el progreso deseable para cualquier nación. La República española, la Segunda, proclamó a las pocas horas de nacer su propio epitafio de intransigencia, su sectarismo incontrolable y, lamentablemente, su debilidad inevitable ante los extremismos que la sometieron desde el primer momento: no la dejaron vivir precisamente aquellos que resultan ser los padres de quienes hoy más la reivindican. Es muy progre ser republicano y pasear con la bandera tricolor por los diferentes espacios de manifestación política de España, sea para reivindicar el nuevo curso de un río o el replanteamiento de la política autonómica, pero no deja de ser un anacronismo histórico volver cromáticamente a un tiempo en el que ser español resultaba dolorosamente complicado. La Segunda República no pasó de ser un tiempo en el que unos españoles engrasaron la ira contra los contrarios y pusieron en marcha los más siniestros mecanismos de laminación incendiaria. Aquellos que hoy más la reivindican pertenecen ideológicamente a los grupos que de forma más contundente la hicieron inviable, se levantaron contra ella o, directamente, la reventaron desde dentro. Reivindicar hoy, metidos de lleno en el siglo XXI, un período de sangre y fuego, convulso, vengador, irascible, intolerante e improductivo, no es más que mostrar la impotencia de quien no ha sabido digerir la historia propia. Poco servicio se hace a la colectividad moderna de España por parte de aquellos que hoy lloran, como si les fuese algo en ello, la desaparición de un infierno pasajero que dejó, principalmente, enfrentamiento y pendencias entre hermanos y compatriotas.
La Monarquía constitucional ha aportado grandes servicios a la convivencia. Andarse a estas alturas con ensoñaciones absurdas es ser, inevitablemente, un rancio sin futuro.
15/04/2011 Tipos de interés
El Tratado de Versalles que selló la I Guerra Mundial fue un atropello. El francés Clemenceau había dicho aquella de le boche paiera tout (el germanata pagará todo) y se empeñó en ponerlo en práctica con verdadero sadismo.
De ese modo, con esa mezcla de depredación y miopía que caracteriza la diplomacia gala, sembró las semillas de la crisis económica alemana de inicio de los años 30 -miel sobre hojuelas para el nacionalismo francés-, una inflación galopante y las condiciones ideales para que Alemania cayera en manos de comunistas o nacional-socialistas.
De aquellos años, los germanos conservan pánico a la inflación. Lógico, pues se llegó a pagar un millón de marcos por un paquete de cigarrillos y a que la moneda ya no se contara, sino que se pesara. Esa circunstancia explica la última subida de los tipos de interés por decisión de la UE, ya que Alemania, mande Merkel o el tío Hans, no está por la labor de permitir otra espiral inflacionista.
En España, por desgracia, de siempre las cosas se ven de otra manera. Cuando en 1958, Ullastres se reunió con Franco para comentarle que la situación económica era un desastre y que la gente pasaba apuros angustiosos, el general preguntó asombrado si no habían servido de nada las subidas de sueldos impulsadas por el camisa vieja Girón.
Ullastres tuvo que explicar a Franco que semejante medida -socialista como todas las de la Falange- para lo único que había servido era para disparar la inflación. No es seguro que Franco se enterara del todo de lo que Ullastres le dijo, pero zanjó la entrevista con un haga lo que tenga que hacer y hágalo pronto, que fue la luz verde para el Plan de Estabilización.
Ahora parece que hemos vuelto al punto de partida con estos nuevos socialistas -no pocos de ellos procedentes del Movimiento- que no tuvieron en cuenta ni el gasto público ni la inflación ni nada que recordara lejanamente a la sensatez económica.
Dada su política, la subida de los tipos es fatal para quienes pagan hipoteca y contraerá el consumo y la creación de empleo. No es una medida agradable, pero evitará la inflación, que -de verdad- sería mucho peor.
12/04/2011 Joaquín Leguina: El rabo del diabloCuando el demonio no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas. (Sentencia popular).
Bastaría una simple contabilización del número de páginas que se publican en España conteniendo normas con rango de Ley para llegar a una conclusión elemental: estamos ante una superproducción legislativa de tal tamaño que no puede conducir sino a la confusión generalizada y a la contradicción entre unas y otras normas. Una diarrea legislativa que nos puede llevar a la tumba por deshidratación.
Pero qué van a hacer 17 parlamentos, sino leyes. A pesar de ello, habrá de ponerse coto o nos iremos por la pata abajo. Con el solo fin de ilustrar lo anterior me referiré a dos leyes (Cortes valencianas y Asamblea extremeña) sobre la llamada Responsabilidad Social Empresarial (RSE), concepto en torno al cual la ONU, la OIT, la OCDE, la Unión Europea? han propuesto numerosas recomendaciones, pero nunca que se transformaran en leyes, y menos autonómicas.
Pero en España abundan los ilusos que piensan que cada problema se soluciona mediante una ley y por esa senda han transitado los diputados de Valencia y de Extremadura. En Valencia -más modestos- las empresas elogiadas sólo obtendrán el beneficio de poder exhibir esa mención, pero en Extremadura podrán obtener subvenciones y contrataciones de la Junta, amén de beneficios fiscales.
El profesor Francisco Marcos ha señalado que "en Extremadura las certificaciones de empresa socialmente responsable se darán tras considerar casi 50 elementos configuradores, la mayoría de ellos vacuos, y también alguno divertido: la participación e interactuación (sic) en redes sociales, la transparencia de las políticas salariales y la equidad en su aplicación, el establecimiento de criterios éticos para la selección de proveedores y subcontratistas y el diálogo con sus grupos de interés sobre su política de mercado".
Vamos: "la gallina". Y todo ello adobado con un procedimiento burocrático de certificación y registro. Sencillamente, un disparate.
08/04/2011 Trichet y lo que nos espera
Todos los anuncios de recuperación, brotes verdes, síntomas de esperanza y demás zarandajas son una pura filfa
Trichet no piensa en ZP ni en los parados españoles cuando toma decisiones. Trichet es el capo del Banco Central Europeo y decide cuánto vale el dinero. Y acaba de decidir que hay que subir el precio porque hay países que crecen y su economía puede recalentarse en exceso. Trichet no piensa sólo en los parados españoles; piensa, especialmente, en los ocupados alemanes que consumen acorde a sus ingresos y que suben el precio de las cosas. Si hay más demanda, las cosas se encarecen.
¿Qué significa eso?: pregúnteselo a su bancario. Un país hipotecado como el español, endeudado hasta la coronilla, va a pagar más por sus créditos personales o hipotecarios. Si usted debe soltar cada mes ochocientos euros, puede que deba añadir treinta o cuarenta más a la factura, lo que añadido a la subida del IVA, a la subida de la factura energética, a la subida de los alimentos, a la puñetera gasolina y al hijo parado que tiene en casa, hace que el mes sea insoportable. Y encima le dicen que usted no consume; ¿pero cómo va a comprarse cualquier cosa más que lo esencial con el desglose de las cuentas que acabamos de hacer? Qué decir, además, si es funcionario y le han rebajado el sueldo, o si se lo han congelado como pensionista o si se lo ha ajustado voluntariamente con su empresa con tal de no perder el empleo. La economía española, tan castiza y tan cañí, es dependiente hasta la nausea del consumo interno. Exportamos menos que otros vecinos y dependemos mucho de lo que nosotros mismos gastamos en nuestras cosas y de lo que los turistas que nos visitan gastan cuando vienen de paseo a esta admirable y hermosa España de las cosas. Vender, lo que se dice vender, vendemos, pero infinitamente menos que países que viven de la competitividad de sus empresas: franceses, italianos y alemanes llenan el mundo de estupendos artilugios industriales y manufacturados, con lo que sus economías crecen a pesar de la que está cayendo. Nosotros no; nosotros tenemos más problemas porque lo que hemos vendido durante muchos años, principalmente, ha sido sol y moscas. Magníficos, por otra parte, pero de poca confección competitiva. El sector exportador está aliviando un tanto las cuentas de nuestro maltrecho PIB y a él hemos de agradecerle no estar metidos en el hoyo cabeza abajo; pero en el hoyo estamos, qué decir, aunque aún podamos respirar sacando de vez en cuando la cabeza del fango. Con ese panorama tiene que lidiar Zapatero en su tiempo de prórroga más allá de las inclemencias políticas que le sucedan a su partido. La economía no va a crecer en cifras relevantes y no se va a crear más empleo que el meramente estacional, o sea, el de los camareros de este verano, con lo que el consumo no se va a excitar y la recaudación va a ser menor, lo cual, sumado a la mayor cantidad de subsidio de desempleo que habrá que desembolsar, pone a las cuentas públicas al borde del hipo.
08/04/2011 César Vidal: No, Mariano, no
Piensa uno ingenuamente que hay atrocidades que no puede cometer la casta política que padecemos, y la realidad es que siempre se les acaba ocurriendo algo a sus miembros para sacarnos de tal error. La última -de antología- procede de Mariano Rajoy.
Mucho propalan los corifeos del PP -alguno tan cretino como para insistir en que Rajoy tiene un dominio magistral de los tiempos, como si fuera el dios Cronos- que las encuestas anuncian su mayoría absoluta, pero esta semana Rajoy decidió que en su agenda había lugar para darse un garbeo por Cataluña.
No vaya a creer nadie que advirtió de que determinadas situaciones -por ejemplo, el expolio continuado de España por los nacionalistas catalanes o la persecución del español- no pueden perdurar. ¡Quiá! Don Mariano fue a congraciarse con el mismísimo sector político que no sólo ha arruinado a Cataluña, sino que, además, constituye una amenaza para el orden constitucional y el bienestar del resto de España desde hace décadas. Y lo grave no es que intentara conseguir la aquiescencia de una gente que en teoría no va a necesitar para gobernar, sino que, además, haya pretendido hacerlo con el dinero de todos.
Rajoy, sacando pecho, le ha dicho a ZP que tiene que mandar más dinero a Cataluña. Murcia, Valencia y Almería se quedaron sin agua gracias a los nacionalistas catalanes; y Madrid suspira por unas infraestructuras necesarias que no impulsa ZP desde hace siete años mientras el 10 por ciento del PIB madrileño va a Cataluña y Rajoy no tiene mejor ocurrencia que la de pretender que nos vacíen más los bolsillos para tareas tan necesarias como la de construir un Casal de Cataluña en la península del Yucatán o la de abrir más embajadas catalanas en el extranjero.
Me dicen que Rajoy no sabe si podrá estar en la manifestación de las víctimas del terrorismo del sábado por problemas de agenda. Lo que son las cosas.
A estas alturas, estoy prácticamente convencido de que el día de las elecciones generales la agenda me impedirá votar a un personaje llamado Mariano Rajoy.
01/04/2011 Pero... ¿'ande' vas?
Lo ha señalado The New York Times y no es para tomárselo a broma. Los españoles no saben idiomas. Y tienen el descaro -o la inconsciencia- de pensar que pueden encontrar un empleo fuera de su nación. Produce inmenso dolor reconocerlo, pero lo que señala el medio estadounidense es la pura verdad y, por desgracia, se da en todos los ámbitos.
En la Universidad -que debería dar ejemplo- los profesores políglotas brillan por su ausencia. Hay numerosos ceporros que se han dedicado a la Historia contemporánea de España fundamentalmente porque son incapaces de leer un texto en inglés o francés -no digamos ya en alemán o en ruso- y así, con un poquito de prensa y otro poco de demagogia, más el respaldo de un departamento igual de inane, pueden tener una plaza para vivir de los contribuyentes toda la vida. En los departamentos de Historia Antigua no abundan quienes puedan leer hebreo, egipcio o sumerio. ¡Sumerio! ¡Si pueden descifrar una inscripción en latín démonos con un canto en los dientes! En cuanto a los arabistas, conozco más de uno que más allá de la Alianza de civilizaciones no sabe nada de nada.
Si entramos en la política, el panorama no es mejor. Basta mirar al presidente del Gobierno y a la inmensa mayoría de sus ministros para darse cuenta. Por lo que se refiere a la empresa privada, hay excepciones, pero ni punto de comparación con Francia, Alemania o Gran Bretaña.
Para terminar de arreglarlo, en regiones enteras de España han proscrito el español -cuando el metro de Los Ángeles y los hospitales de Miami tienen todos los letreros en inglés y en español- sin duda convencidos de que con ese dialecto del provenzal que se habla en Cataluña, el castrapo que se chapurrea en Galicia y el vascuence unificado se puede ir más allá de la aldea limítrofe. No, los españoles no se caracterizan por ser plurilingües, y cuando maltratan más de una lengua por regla general la segunda no tiene la menor utilidad en el resto del planeta. Mal asunto. Tal y como van las cosas, millones -sí, millones- van a tener que liar el petate y marcharse al extranjero.